Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Con solo imaginarte - Capítulo 17

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Con solo imaginarte
  4. Capítulo 17 - 17 La realidad imposible
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

17: La realidad imposible.

17: La realidad imposible.

Liara se levanta.

No es un movimiento brusco, sino una ascensión suave que captura toda mi atención.

El sonido que captura toda mi atención.

El sonido de su silla sobre la madera es el único ruido que escucho.

La miro, y mi respiración se detiene.

—Un momento, Elián —Se acerca a mí.

La distancia entre nosotros se acorta hasta alunarse, su voz convertida en una súplica apasionada—.

Quiero que creemos una victoria, un nuevo cuento, una historia, un mundo donde solo existan nuestros sueños.

Donde por fin dejemos de sentir el vacio por lo que no tenemos y donde cada deseo que pronunciemos se cumpla al instante.

Su intensidad me desarma, me inunda.

Lo siento en cada célula.

Asiento, mi garganta se cierra por la emoción.

—Si —respondo, mi voz es grave, un susurro que solo es para ella—.

Así es.

Quiero eso contigo, Liara.

Mirándola, detallo que esta nerviosa.

No entiendo el porqué ni el motivo por el que juega con el lápiz, ¿estará pensando que crear?

Quiere crear un mundo donde solo podamos tener lo que soñamos, no habrá problemas y nada que nos detenga.

—Tengo una nueva historia, ¿sabes?

Algo que solo tú y yo experimentaremos.

Te estuve viendo días, semanas, meses, como la vida te lastimaba…

por eso quiero que, en esta libreta, plasmemos el mundo soñado de nosotros —Me extiende la libreta, como si me entregara su alma—.

Creemos un lugar donde podamos ser invisibles, donde podamos vivir lo que queremos y tenerlo todo, especialmente aquello que ahora mismo nos quitan.

Tomo mi taza, el café está helado, pero no me importa.

Su idea me incendia el alma.

—Podríamos empezar a escribir nuestras ideas —sugiero, mi mirada nunca deja la suya—.

Hagamos una lista de cada pequeño anhelo.

Un diario, si, donde cada línea sea un compromiso de amor con nuestro futuro.

—Me encanta eso —acepta Liara—.

Un diario de sueños que sea solo nuestro mapa.

Cada idea que nos nazca, la anotamos.

Y luego, nos la compartimos en secreto.

—¡Perfecto!

—confirmo, sonriendo—.

Siento su mano sobre la mía en la mesa, un contacto que parece accidental que enciende todo.

Imaginemos que todo es posible, Chispita.

Un guardián de las puertas que solo nos reconozca a nosotros, o un dragón que custodie el jardín donde nos besamos.

Me siento completo de nuevo al sentir su tacto.

Hacía tiempo que no sabía lo que es que el corazón te palpite con fuerza por alguien, especialmente cuando te tocan.

Me siento como un niño cuando ve a la chica que le gusta, que con solo mirarla, hace que el corazón se acelere y quiera salirse del pecho.

Es una sensación de inocencia redescubierta, de esa emoción pura y sin filtro que creí haber perdido con los años.

Ella no solo me mira; me desarma.

Sus ojos son un universo que me atrae, y cada vez que sonríe, siento un vuelco tan violento que temo que mi corazón se escape, se lance a sus pies y le ruegue que lo guarde para siempre.

Es el miedo dulce a perder algo que acaba de empezar a sanarme.

—¡Claro!

—Liara ríe, un sonido cristalino que me hace vibrar—.

También un espejo de la revelación.

Al mirarnos en él.

Veremos con nitidez inquebrantable nuestro futuro, nuestros grandes sueños ya cumplidos.

Y si llegamos a hacer cosas malas o damos pasos equivocados, el espejo nos lo mostrara con igual claridad.

—Si, está muy bien, me gusta esa idea, Liara —digo, pensativo.

El sonido de mi taza al reposar sobre la mesa es una sentencia.

Es un chasquido seco.

Mi mirada, sin embargo, sigue en ella—.

Pero si vamos a crear este nuevo mundo desde cero, quiero que tengamos la capacidad de incluir a esas personas que ya no están en nuestras vidas, las que se han alejado o las que nos tienen odio.

Debemos tener aquí a esa persona con la que siempre hemos soñado.

Siento que he terminado de revelar lo que en realidad quiero en este nuevo mundo que Liara y yo estamos creando.

Mi deseo más profundo, mi absoluta prioridad, es incluir a Aislinn.

Juro que no importa cuánto me haya gritado en el pasado, no importa si me ofendió o lo que sea haya sucedido, mi corazón sigue latiendo por ella.

La sigo amando en este instante con una entrega total y nadie, absolutamente nadie, me quitara este sentimiento.

Es un amor que me consume y que la eternidad misma no podrá apagar.

Por eso es que la tengo que incluir: si en este mundo actual no puedo tenerla, si aquí su odio me lo impide, entonces en este nuevo universo que estoy forjando junto a Liara, que es donde podemos alcanzar todo lo que queremos, la voy a incluir precisamente para poder vivir el amor que siempre, en cada latido, he soñado tener con ella.

—Yo quiero seguir con el chico de mis sueños.

Ya lo tengo en este mundo, pero hasta en el nuevo lo querré —dice Liara, con un brillo excesivo en los ojos.

Su tono busca dominar la conversación—.

Solo a él.

No hay necesidad de inventar sombras.

—¡Mírala!

Revela, el secreto la dulce, princesa —respondo, esbozando una sonrisa fría—.

Y yo, Liara, quiero a la chica de mis sueños.

A esa que he deseado miles de veces y que nunca me da atención.

Siempre la imagino como algo más mío.

La niña de mis ojos, mi musa, mi maldición personal.

No puedo olvidarla, el recuerdo de Aislinn es una carga que arrastro en este preciso instante.

¿Por qué la pienso?

No lo sé.

Es un acto reflejo, un castigo que me impongo.

¿La sigo amando o solo es un capricho mío?

En este mundo es donde con solo imaginarla, puedo tener una vida con ella.

Pero ahora, soy feliz con Liara, lo soy, y eso es lo más doloroso.

La abrazo, la hago mía, mi piel la reconoce y mi boca responde a la suya.

Ella me dice que me ama y yo lo siento, lo siento más que a nada, una fuerza que debería borrar cualquier pasado.

Siento que mi amor por Liara es el sentimiento más potente que jamás he conocido.

Pero siempre en el momento menos inesperado, mientras mi corazón late fuerte por Liara, Aislinn aparece en mi mente.

Es una intrusa, una sombra.

¡Le prometí que no la pensaría más!

Juré que no quería saber nada de ella, que la dejaría morir en el pasado.

Sin embargo, está aquí, ahora, en cada rincón de mi cabeza, haciendo de este amor presente por Liara, una felicidad incompleta y un tormento constante.

—¡Siempre hablas de ella!

—Espeta, la máscara de calma de Liara se rompe en un instante.

El fuego oscuro de la envidia la consume—.

Estamos aquí, diseñando la eternidad.

¿Cómo puedes estar creando una nueva vida y solo piensas en esa sombra que te rechazo?

Tú y yo somos algo.

Somos parejas ¿cierto?

Se lo que somos: somos novios.

¿Por qué me tomas, me deseas, me haces tuya y luego me ignoras por la chica de tu pasado?

Es desconcertante lo que me está sucediendo.

Con toda honestidad, creía haber superado por completo la memoria de Aislinn, pensaba que era parte del pasado.

Sin embargo, justo en este periodo de plena y sincera felicidad que estoy viviendo junto a Liara, su imagen se filtra en mi mente como una sombra insistente.

La evoco, la imagino, la recuerdo en mis pensamientos…

y la culpa me consume por esta traición mental.

Me aterra la posibilidad de que este sentimiento crezca.

No quiero, bajo ninguna circunstancia, distanciarme de Liara y, mucho menos, causarle daño por una duda que no debería de existir.

—Somos almas entrelazadas por un imán, peligroso, Liara, no somos novios, creo que somos más que eso —corrijo, el sonido de mi voz es gélido, sin ceder un ápice—.

Y precisamente por esa deuda emocional que le debo, quiero crearla en este mundo.

¿Te molesta que traiga a mi verdadero anhelo?

Podrían ser amigas.

Es un experimento interesante.

—¡No puedo creer que sigas con el nombre de Aislinn en la boca, Elián!

¡Después de lo que te hizo!

¡De la forma que te dejo!

—grita, con los puños apretados.

Liara se levanta, sintiendo que la humillación la consume—.

Quiero irme ahora mismo.

Borra esa idea.

—Cada vez que te miro, te sientes hipnotizada.

Aceptaste esto.

Estás aquí conmigo, así que no te puedes ir —sentencio, mirándola fijamente.

Me levanto y la traigo hacia mí en un movimiento brusco y repentino, atrapando su cintura con una mano firme y dominante.

El café se derrama ligeramente de la taza al chocar con la mesa.

Acorto la distancia entre nosotros y no le doy tiempo a protestar: mi boca encuentra la suya en un beso voraz, posesivo, que no pide permiso, sino que exige su quietud y su rendición.

Sus labios tiemblan bajo la presión, pero ella no se aparta, atrapada en el deseo y el enfado.

—No puedes irte así solo porque te dé la gana —susurro contra su boca, retirándome solo para que me escuche.

—¿Y por qué te pones así?

—replica Liara, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en los míos, una mezcla de rabia y deseo.

Sus brazos aún están cruzados en un desafío vacío.

—¿Cuál es el problema si me sigue gustando alguien que siempre me ha rechazado?

—susurro, acercándome aún más, haciendo que el calor entre nuestros cuerpos sea el único lenguaje en la habitación—.

El problema es que me molesta profundamente que pienses que puedes irte.

Eres mía mientras estamos en este juego, Liara.

Y si mi anhelo es Aislinn, tendrás que soportarla.

Liara se separa un poco, el aliento caliente sobre mis labios me trae de vuelta a la realidad.

Nuestros ojos se encuentran, y veo en los suyos una mezcla turbulenta de conflicto y una necesidad abrumadora que no puedo descifrar del todo.

La distancia es mínima, pero la tensión entre nosotros parece llenar todo el espacio.

Sus manos suben lentamente desde sus brazos cruzados hasta mi pecho.

No me empuja, al contrario, sus dedos se clavan en mi camisa con una fuerza desesperada.

No puedo hablar, no tengo palabras que puedan contener la intensidad de ese momento.

Me quedo quieto, dejando que su contacto me ancle y me transmita la urgencia de su emoción.

Por un instante, solo existe el calor de su aliento y la presión de sus manos en mi corazón.

—¿Mía?

No soy tu maldito objeto, ni tu juguete de consuelo, Elián —sisea, pero su voz es un hilo tenso, estrangulado por la pasión y la rabia-.

Nunca lo seré.

Y si vas a tener a tu Aislinn aquí, tú también tendrás que soportar la mía.

Porque yo también soy un pozo oscuro de venganza y celos, y mi anhelo también tiene un lado oscuro.

Sus ojos brillan con una locura peligrosa, muy cerca de los míos.

El aroma del café derramado y el perfume caro de Liara llenan el espacio.

—No me voy porque ya sabes que no lo hago, pero no por miedo a ti, sino porque me gusta el fuego —confiesa, su boca se curva en una sonrisa torcida, casi psicótica—.

Me gusta cómo me tomas, la forma en que tu cuerpo me exige.

Pero si traes a tu musa, yo hago de este mundo su infierno personal.

Seamos claros.

Yo soy tu dolorosa realidad, no tu maldición.

Ella es una sombra que siempre te rechaza.

Liara da un paso hacia atrás, liberándose de mi agarre, pero el contacto con mi pecho dura un segundo más de lo necesario.

Sus ojos ya no miran los míos, sino que recorren la cafetería con esa mirada hambrienta y dominante.

Está recuperando el control, o al menos fingiendo hacerlo.

—Trae a Aislinn.

Créala.

La quiero aquí de una —dice con frialdad, como si estuviera dando una orden.

El tono ya no es suplica o de rabia, sino de un desafío calculado-.

Es un experimento.

Veamos si es tan perfecta cuando me tenga a mí enfrente, ¿verdad?

Liara toma asiento de nuevo, su cuerpo es una figura de ébano y furia contenida.

Sus dedos tamborilean rítmicamente sobre el mármol, al lado de la mancha del café.

Me mira con una intensidad que promete un juego aún más peligroso.

—¿Entonces?

¿Aislinn o no Aislinn?

¿Empezamos con el diseño de nuestro nuevo mundo?

—pregunta, inclinándose hacia adelante, retándome a tomar la siguiente decisión.

Mi corazón late fuerte contra mi costillar.

Liara espera mi respuesta, una furia calculada, pero yo le entrego la verdad más cruda y hermosa de mi alma.

Mis manos se posan suavemente sobre las suyas en el mármol, deteniendo el tamborileo nervioso.

Me inclino, mi rostro a centímetros del suyo, y mis ojos buscan los suyos, sin parpadear.

—Sí Liara.

La crearemos.

Por supuesto que la crearemos.

Y quiero que escuches esto, no con celos, sino con la certeza inquebrantable de lo que somos.

Mi voz se quiebra ligeramente al revelar una verdad que he guardado toda mi vida.

—Aislinn…

ella es el amor de mi vida.

Es la musa de mi infancia, la chica que imaginé en cada noche sin dormir.

El simple hecho de poder crearla aquí, de mirarla a los ojos y que me sonría, cumple el deseo de toda mi existencia.

Es mi sueño más dulce.

El rostro de Liara se endurece, los ojos se estrechan, preparándose para el ataque.

Pero yo la detengo con la intensidad de mi siguiente frase.

—Pero, amor mío…

Si Aislinn es el sueño perfecto, tú eres la vida que vivo.

¿De qué me sirve un sueño si, al despertar, no te encuentro a ti, con tu rabia, con tu fuego, con esta posesión que nos une?

Acuno su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme.

Mi expresión es de absoluta necesidad.

—Ella es la belleza que miro, pero tú eres la fuerza que me mantiene en pie.

Yo puedo soñar con Aislinn por toda la eternidad, y puedo ser feliz tan solo imaginándola, si…

pero tú, Liara, tú eres la única que puede hacerme sentir, la única que me puede tocar, la única que me puede poseer.

Mi voz es un susurro profundo, áspero y lleno de una convicción febril.

Es un juramento inquebrantable que sella mi alma para siempre, marcándome como tuyo.

La sostengo con mis ojos, grabando cada palabra y cada letra de esta verdad en lo más hondo de los suyos, como un tatuaje doloroso y eterno.

Y si te atreves a dudarlo, te recordaré esta promesa con cada latido de mi corazón robado.

—Nadie, absolutamente nadie, puede quitarme lo que tengo contigo.

Porque lo que tengo contigo no es un sueño, es la realidad brutal que me consume.

Ella es la niña de mis ojos, pero tú eres todo lo demás: el aliento, la locura, el camino y el destino.

Y por eso, tú siempre vas a ganar, Liara.

Porque no puedo vivir sin ti.

Liara me escucha, y el impacto es visible.

Sus labios se separan.

Sin embargo, en lugar de ceder, la furia se aviva con una chispa de celos y rabia.

Ella voltea los ojos con un bufido dramático y aparta mi mano de su rostro con brusquedad.

—Eres un idiota.

Un hipócrita.

Un soñador patético, Elián ¿de verdad?

—gruñe, sintiendo la humillación, aunque la ultima parte de mi confesión haya tocado su fibra de posesividad—.

Si me amas tanto, deja de hablar de ella y empecemos a crear el maldito mundo.

Estoy aburrida de tus cursilerías, y los celos me dan hambre.

Se voltea y me da la espalda, mirando hacia la gran ventana donde se extiende la vista de la ciudad, de su edificio.

Ella no me mira, pero sé que me escucha.

—El cielo.

Será de un color que nadie más haya visto.

Un purpura oscuro, casi negro, con destellos dorados.

El color de un moretón hermoso.

Y en cuanto a tu amada Aislinn.

Liara sonríe, pero es una sonrisa helada, de depredadora.

—Yo la creare.

La creare al anochecer, para que siempre viva en mi color de cielo.

Y tal vez…

—Voltea la cabeza lo justo para que solo yo vea el brillo malicioso en su ojo—.

Tal vez la visite en sueños.

Nadie te quitará lo que tienes conmigo.

Pero puedo hacer que ella se sienta muy, muy sola mientras duerme.

Solo para recordarle quién es la dueña de la vida que respira aquí.

Se voltea completamente con una elegancia glacial.

Me mira fijamente y en su mirada hay un desafío total.

Estamos perdidos en la promesa de ese mundo, flotando en el espacio que hemos creado con solo dos miradas y unos cuantos deseos.

El café se vuelve hielo, pero no me impórtale frío.

En ese instante, donde estoy tratando de volver a tener la atención de Liara, una sombra cae sobre la mesa.

—¡Hola!

Disculpen —dice una voz que suena demasiado entusiasta, demasiado cerca.

Levanto la vista.

Es la mesera.

Sus ojos claros me recorren con una intensidad—.

¿Necesitan algo más?

¿Alguna bebida, algo para endulzar el momento?

¿O están bien así?

-pregunta, y su boca se estira en una sonrisa que se detiene en mí.

Siento a Liara tensarse, su cuerpo se vuelve una roca.

Sus ojos se oscurecen por una fracción de segundo, la señal inconfundible de que los celos han hecho más el acto de presencia.

La amo por esa posesividad instintiva.

—Sí —digo, y mi voz se vuelve protectora, marcando mi territorio sin alzar el tono—.

Otro café para mí, por favor.

Y, ¿Por qué no?

Un pedazo de la mejor torta de chocolate que tengan.

—Un café negro y un dulce capricho para el…

—La mesera anota, dedicándome una mirada coqueta que no puedo ignorar.

Me adelanto antes de que termine su frase, cortando la tensión.

La mesera se dirige a Liara, intentando involucrarla con una falsa amabilidad.

—¿Y para ti cariño?

¿Qué deseas?

No le doy tiempo de responder.

Deslizo mi mano por la mesa y tomo la de Liara con fuerza, entrelazando nuestros dedos hasta que es imposible separarnos.

—Ella va a querer exactamente lo mismo que yo —declaro, mirando directamente a Liara, no a la mesera.

Mi voz es suave, pero tiene el peso de una sentencia-.

Los dos compartimos lo mismo.

En todo.

Liara aprieta mi mano con la misma fuerza, su aliento roza mi oído mientras la mesera se retira, visiblemente irritada.

Es nuestra primera victoria en este nuevo mundo.

—Quiero que este mundo sea un reflejo de nosotros -me dice Liara, volviendo a la sinceridad profunda—.

Un lugar donde podemos ser quienes realmente somos y seremos.

—Así será, Liara.

Cada Rincón llevará nuestra esencia.

Y cuando lo terminemos, será nuestro refugio, un lugar tan dulce como este chocolate que compartiremos —La miro fijamente.

La energía entre nosotros es palpable, la tensión se ha transformado en una promesa sellada.

—¿Qué tal si comenzamos ahora a escribir?

—sugiero, inclinándome hacia ella.

—Sí, obvio Elián —dice, sonriendo y acercando la libretica a mi lado, la mano todavía unida a la mía.

—Empecemos a escribir juntos, entonces.

Mi mano sigue unida a la de Liara.

Es un ancla.

Ella, acerca su silla, y la libreta de cuero se abre sobre la mesa, justo en medio de nosotros.

El olor a papel viejo se mezcla con el aroma residual del café.

—¿Qué escribimos primero?

—pregunta, y su voz es apenas un susurro cómplice.

Antes de que pueda responder, la mesera regresa.

No camina, parece deslizarse, y el sonido de los platos es más fuerte de lo necesario.

Siento los ojos de Liara clavarse en ella mientras coloca las dos tazas humeantes de café y las dos porciones idénticas de torta de chocolate.

—Aquí tienen.

Dos cafés negros, dos porciones de nuestro postre estrella —dice, y aunque intenta sonar cortés, noto una sequedad en su tono.

Cuando coloca mi plato, sus dedos rozan mi mano.

La miro, ella sonríe, una sonrisa fugaz que es puro desafío.

—Que disfrutes, Elián —dice, usando mi nombre sin que yo se lo haya dado, una invasión sutil.

Liara suelta mi mano de golpe.

Es mi culpa; debía haberla soltado antes.

La mesera se aleja, y el silencio que deja es más ruidoso que su presencia.

—Qué descarada —masculla.

Toma su café, sin mirarme.

Sé lo que está pasando.

Acerco mi porción de pastel y la empujo hacia ella.

Tomo mi taza y le doy un sorbo al café humeante.

—Olvídala —digo, mi voz es firme y suave a la vez—.

Solo está intentando interrumpir lo que acabamos de crear.

Y no vamos a permitirlo.

—Mira.

Tenemos dos cafés y dos pedazos de torta.

No dos porciones separadas —Tomo su mano de nuevo, esta vez con más autoridad, y la acerca a la torta—.

Es la primera ley de este nuevo mundo: todo se comparte, Liara.

Incluso los celos.

Ella me mira, y el fuego en sus ojos se suaviza.

Una pequeña sonrisa aparece mientras toma el tenedor.

—Bien —acepta, tomando un bocado de la torta.

El chocolate es intenso, casi pecaminoso—.

Entonces, si todo se comparte, el primer decreto debe ser la libertad total.

Cojo la pluma que ella me ofrece.

Es de tinta negra.

La punta se desliza suavemente sobre el papel blanco y virgen de las primeras páginas.

—No solo libertad —corrijo, mientras pienso en todo lo que la ha hecho sufrir—.

La libertad no es suficiente.

Debe ser algo que anule el dolor de lo real.

Algo que nos cure.

Ella se inclina sobre la mesa.

Siento su aroma a vainilla y café.

—Dios —me susurra—.

Dame la frase para que sea el juramento.

Mi corazón late rápido.

Sostengo la pluma sobre la hoja.

Pienso en nuestro amor, en su intensidad, en cómo no encajamos en la vida que tenemos.

Escribo con una caligrafía firme.

Decreto fundamental Nº 1: En este mundo, todo aquello que se sueña desde el amor profundo y la conexión inquebrantable entre nosotros, es inmediatamente manifestado y real.

La duda no existe.

El miedo no tiene acceso.

Dejo la pluma.

Liara lee en voz alta, y cuando termina, sus ojos me buscan.

Están brillantes, húmedos.

—Es perfecto —susurra, y luego se lanza hacia mí, su abrazo me quita el aire, me reinicia el corazón.

El aroma a chocolate y café llena el aire.

La sostengo, su cuerpo está pegado al mío, sin importarme que estemos en medio de la cafetería.

Este es mi refugio, esta mujer es mi mundo.

El café se enfría de nuevo, pero ahora el calor está en nuestra piel.

Nos separamos apenas un centímetro.

Ella toma la pluma, lista para agregar algo.

—¿Y qué es lo primero que manifestamos?

—pregunta, la picardía brilla en sus ojos mientras muerde su porción de pastel.

Aprieto mi mano más fuerte sobre su muslo bajo la mesa.

Ella está lista para pedir un deseo trivial, pero yo necesito que el segundo decreto sea una prueba de fuego, algo que sane el origen de toda nuestra tensión.

Sus ojos brillan.

El chocolate en sus labios es la distracción perfecta para el fuego que ella enciende en mí, el mismo fuego que la mesera acaba de intentar ahogar con sus celos patéticos.

Liara me está retando a soñar más grande, a ser más ambicioso que la realidad.

—Antes de escribir el siguiente decreto…

—digo, y mi voz se vuelve grave, cargada de la tensión que aun no se disipa del todo.

Acerco mi rostro al suyo, obligándola a sostener mi mirada-.

Hay algo que debe ser nuestra primera victoria sobre el pasado, Liara.

Algo que te traiga paz absoluta.

Vamos a agregar lo de Aislinn, tal como tú pusiste la condición.

La mención de Aislinn oscurece sus ojos por una fracción de segundo, una sombra del ≪mundo real» intentando colarse.

Pero la mención de su condición inmediatamente le devuelve el destello de una esperanza pura y temeraria.

Ella se inclina hacia mí, su aliento caliente en mi oído, desafiándome.

—Mi condición…

—susurra, y noto el nudo de ansiedad en su voz-.

¿Crees que funcionara?

¿Y si no funciona?

La interrumpo, mis dedos están peinando el cabello suave de su sien.

Necesito anclarla completamente en este mundo, nuestro mundo, el que acabamos de escribir para que exista.

—Funciona y es real porque lo hemos decretado.

No hay crees, ni sí.

Olvidémonos de este real.

¿No lo entiendes, Liara?

El papel lo dice: ≪La duda no existe.

El miedo no tiene acceso≫.

Desde ahora, ya no vivimos en la vida que conocíamos, sino en el mundo que acabamos de fundar.

Todo lo que queremos y anotemos va a ser realidad.

Es nuestro juramento y nuestra ley.

Y si lo hacemos, si manifestamos esto, el dolor de esa historia se anulará, ¿verdad?

Ella cierra los ojos, y una lagrima solitaria y perfecta escapa, resbalando por su mejilla hasta el borde de sus labios manchados de chocolate.

No es una lágrima de tristeza, sino de un alivio monstruoso, abrumador.

Me quita la pluma de la mano, su agarre es feroz, la punta ya roza el papel debajo del primer decreto.

El impulso fue tan repentino que sentí el latigazo de la sorpresa, seguido de una punzada de molestia.

¿Qué diablos estaba haciendo?

¿Por qué me había arrebatado el bolígrafo con demasiada violencia?

Siendo sincero, estaba indignado; yo había preparado el primer decreto fundamental, había depuesto el papel de manera que la luz le diera bien para que lo leyera.

Me pregunté que habría hecho yo para merecer ese desaire, esa ofensa silenciosa.

¿Acaso mi explicación había sido demasiado forzada?

—Entonces, que sea nuestra segunda ancla —dice con un jadeo.

Se acomoda sobre la mesa, buscando mi boca, su beso es el juramento a la nueva ley—.

Dalo.

Dímelo con detalle.

Quiero borrar su fantasma, Elián.

Quiero lo que me prometiste que tendríamos.

Sonrió, una sonrisa posesiva.

Me recuesto apenas, dejándola, que escriba.

Veo el mundo cambiar afuera de la ventana: los coches, la gente, la misma mesera en la barra, se vuelven grises, irrelevantes.

El único color es Liara y la tinta negra sobre el papel virgen.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo