Con solo imaginarte - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 El mundo real no es suficiente
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18: El mundo real no es suficiente 18: El mundo real no es suficiente Ella espera, la punta de la pluma temblando sobre la hoja.
Le dicto las palabras, asegurándome de que sean tan absolutas como las primeras, que no dejen espacio para la realidad que nos ha lastimado.
Decreto Fundamental Nº 2: En este mundo, Aislinn será creada para que yo, Elián, sea feliz, y para cumplir mí sueño de tenerla en mi vida, de poder verla, abrazar y poder compartir una vida con ella.
Con el dolor y rencor del pasado anulado, ella no es una enemiga ni un recuerdo amargo, sino será la razón por la cual se creó este mundo.
—¿Estás bien, Liara?
—pregunto en un susurro—.
Quiero que te acuerdes, que tú y yo, siempre seremos juntos, aunque miles de personas intente separarnos.
Liara presiona la pluma, y la tinta se absorbe con una sed palpable.
Al levantar la cabeza, sus ojos están secos, fijos.
El brillo es más intenso, ya no húmedo, sino ardiente.
Su mano derecha, que aun sostiene la pluma, se cerró lentamente hasta formar un puño tembloroso y firme, apretándola con tal fuerza que los nudillos se volvieron blancos.
La pluma crujió, y la intensidad de ese sonido fue la única respuesta necesaria.
—Ahora ya no tiene que pelear —susurra, el tenedor cayendo sobre el plato, haciendo un ruido metálico que nos saca de nuestra burbuja.
Se levanta de golpe.
—¿Qué haces?
—pregunto.
—Manifestar mi propia ley —dice, y veo el desafío, la locura hermosa de nuestro nuevo mundo, en cada uno de sus movimientos.
Camina, no hacia la puerta, sino hacia la barra donde la mesera está limpiando una taza.
Liara es una fuerza de la naturaleza, mi fuerza.
—Esta es la ley del coraje, Elián —me dice, por encima del hombro, y sé que va a hacer algo imprudente—.
Si hemos creado un mundo donde todo se comparte, incluyendo los celos, ella también tiene que someterse a la regla.
Veo a la mesera levantar la vista, la tensión se dispara, Liara se acerca a ella, y yo me levanto, listo para intervenir, pero también fascinado por la audacia de mi mujer.
Liara se detiene a solo un metro de la barra, sus ojos negros fijos en los de la mesera.
El aire es eléctrico, denso, cargado de café y promesa.
Mi corazón late como un tambor de guerra.
La ley secreta de Liara ha funcionado, creo.
Ahora, Liara está en guerra abierta con el mundo real, y yo soy su único refugio.
—Tú, la que te deslizas —dice Liara, y su voz es un látigo.
La mesera se pone rígida—.
Cometiste un gran error.
La mesera, una rabia alta y delgada, mantiene la cama exterior, pero su cuello se pone rojo.
—Disculpe —dice la mesera, su voz es seca—.
¿Algún problema con su café o su postre?
Liara se acerca un paso, invadiendo su espacio, y yo doy otro paso detrás de Liara, sintiendo que la energía de la cafetería se comprime alrededor de nosotros.
—El problema —dice, Liara ladeando la cabeza como un felino—.
Es que intentaste colarte en un mundo que no te pertenece.
Un mundo donde Elián y yo somos la única regla.
—No sé de qué habla —responde la mesera, su voz apenas un temblor.
—Hablo de este café —dice Liara, señalando la taza que aún humea—.
Tú nos trajiste dos tazas separadas, dos tortas separadas, con la intención de separar.
Pero ya te lo dijo mi hombre: ≪todo se comparte en nuestro refugio≫.
Y a ti, solo te toca la parte de la irrelevancia.
Vuelve a tu mundo, el real.
Este ya no es tuyo.
El desafío es absoluto.
La mesera abre la boca, buscando una respuesta, pero Liara le da la espalda antes de que pueda encontrarla, su figura es pura victoria.
Ella regresa a mí, y al pasar, toma mi mano y me arrastra de nuevo a la mesa, al único lugar donde el aire se siente limpio.
Se me queda mirando unos minutos, su mirada me vuelve a cautivar por milésima vez.
Como fue que no llego antes de Aislinn para enamorarme cien por ciento de ella.
Ahora en la creación de este mundo, debo tener en claro que estoy con Liara, no puedo desear a Aislinn.
—Ese es el segundo juramento, Elián —me dice, y toma la pluma, lista para el siguiente decreto—.
Hemos desterrado el dolor del pasado y a la envidia del presente.
¿Qué manifestamos ahora?
¿La cura final para la vida real?
Me siento, mi respiración agitada, y la miro.
Ella está radiante, la adrenalina y el poder de su nueva ley fluyen por sus venas.
—Tiene que ser algo que anule el hecho de que no encajamos.
Que nos haga legítimos —digo, tomando mi café que está casi frio.
El chocolate en mi boca sabe a victoria.
—Este mundo que estamos creando para algo mejor, es el que tenemos que tener ahora —masculla, concentrada en el papel.
Luego levanta la vista, una luz diabólica en sus ojos—.
El tercer decreto.
El golpe final.
Ella gira la libretica y toma la pluma de nuevo, su caligrafía es ahora más precisa, más poderosa que antes.
Decreto fundamental Nº 3: La anulación del destino impuesto alza los brazos, imaginado como si tuviera la frase en el aire.
—Sí —susurro, hipnotizado —Así será el decreto, escucha.
—La vida que teníamos, ya no existe —Empieza a dictarme, mientras escribe con fervor¾.
Cualquier obstáculo legal, familiar o moral que impida nuestra unión y felicidad absoluta queda inmediatamente sin efecto y es borrado de la realidad.
—Y algo más —añado, inclinándome sobre el papel, mi voz es un rugido apenas contenido—.
Somos la pareja perfecta.
Nuestro amor es la única verdad y la única regla.
Liara sonríe, una sonrisa amplia y sin reservas, el chocolate machando sus dientes.
Ella termina la frase y presiona la pluma hasta que la tinta casi rompe el papel.
Se acabó.
—Y ahora, Elián.
¿Qué es lo primero que llegaremos a manifestar?
—pregunta, la picardía brillando en sus ojos mientras muerde su porción de pastel.
Me recuesto en la silla, sintiendo el crujido del cuero bajo mi peso.
La euforia es una descarga eléctrica que me recorre.
El café es un escenario vulgar, y la libreta entre nosotros, una tabla de leyes grabadas en piedra, húmeda con el sudor de nuestra promesa.
Hemos quemado los puentes, Liara.
Hemos borrado la tierra de la que venimos.
—Lo primero que vamos a manifestar…
—digo, mi voz se vuelve un gruñido bajo, posesivo.
Acerco mi mano a la suya, que sostiene el tenedor.
Mi pulgar roza el chocolate seco en la comisura de sus labios y lo limpio lentamente.
Ella tiembla bajo mi toque.
La miro, la anticipación en sus ojos es una cuerda tensa que sé que puedo romper o tocar a mi antojo.
Hemos aniquilado el pasado, desterrado el presente toxico, y borrado el futuro impuesto.
Solo queda el espacio virgen de mi creación, con ella como su única habitante.
Ella muerde el pastel, sus ojos sin pestañear.
Es una depredadora entrenada.
¿Quién se podría imaginar que Liara no es tranquila sino tremenda loca como me gusta?
—Vamos a manifestar nuestro juramento final de esclavitud mutua, Liara —digo, mi aliento se enreda con el suyo.
Ella parpadea, curiosa, y suelta el tenedor, dándome toda su atención, toda su alma—.
Ya hemos anulado las reglas de ellos.
Ahora vamos a escribir las nuestras.
La última ley, la que te asegura para mí por la eternidad, y a mí atado a tu locura.
Tomo la pluma de su mano, la giro y la oriento hacia a mí.
Veo el ≪Decreto fundamental Nº 3≫ en su caligrafía intensa, una ley grabada a fuego.
Debajo, dejo un espacio solemne.
No es solo una manifestación, Liara.
Es mi testamento.
—No puede ser solo una manifestación.
Tiene que ser la firma de mi propiedad —explico, sintiendo el pulso en la vena de mi cuello.
La tinta en mis dedos es la sangre de esta nueva vida¾.
Hemos destruido el mundo que nos quería separados.
Ahora vamos a crear la prueba de que ya no podemos separarnos.
Que es biológicamente, legalmente, imposible.
Ella desliza la mano bajo la mesa y aprieta mi muslo, esta vez con una ferocidad que me hace jadear apenas.
Su aliento se corta.
Sabe que estoy a punto de sellar el trato, de poner el candado.
—¿Qué escribimos, Elián?
—susurra.
La miro a los ojos.
En el brillo infinito de su pupila, veo el reflejo de la oscuridad que compartimos.
Es perfecta para mí.
Con una precisión casi sacra, y una mayúscula que tiembla bajo la presión de mi mano, dicto y escribo.
La voz me sale ronca, como un mandato arrancado de las entrañas.
Ella repite las palabras conmigo, grabándolas en su alma.
Decreto supremo Nº 4: En este mundo, Liara y yo somos una sola entidad indisoluble e inquebrantable, vinculados por la voluntad absoluta de Elián y el consentimiento incondicional de Liara.
Ninguna fuerza, ninguna circunstancia, ni persona en cualquier plano de la realidad puede ni podrá separarnos jamás.
Nuestro lazo es la única verdad de esta realidad.
La posesión es mutua y absoluta.
Garantizando que cada amanecer nos encuentre juntos, en el lugar exacto que deseamos, libres de toda atadura y con la única obligación de ser la obsesión y la felicidad eterna del otro, sin posibilidad de escape o arrepentimiento.
Firmo con una rúbrica violenta, un trazo que es una cicatriz.
Liara inmediatamente toma la pluma.
Su mano no tiembla, su agarre es firme.
Ella quiere esto.
Firma debajo de de mi nombre.
Es una declaración de guerra al universo.
El silencio que sigue a la firma es el que precede al colapso de un sol.
El aire huele a papel y a un futuro que nos pertenece por la fuerza.
Liara levanta la libreta, con las cuatro leyes escritas.
La besa con devoción.
—Entonces, ya somos invencibles —dice con la voz grave—.
El café esta frío.
El pastel se acabó.
¿Nos quedamos a ver como colapsa la farsa?
Me levanto de golpe.
Hemos agotado este lugar.
Hemos bebido su café, comido su pastel y hemos borrado las leyes que lo sostienen.
Ya no sirve.
La realidad en la que estamos sentados es un decorado de utilería que se va a desintegrar a nuestro paso.
—No, mi amor —respondo, y rodeo la mesa para tomar su mano.
Su piel contra la mía es la prueba.
Es real.
Ella es real—.
No nos quedamos.
El mundo de afuera es obsoleto y no tiene nada que ofrecernos que no nos pertenezca ya.
Vamos a recolectar lo que es nuestro.
Tiro un billete grande sobre la mesa.
No miro a la mesera.
Ella ya no está en nuestro radar.
La arrastro hacia la puerta, y Liara no opone resistencia, su cuerpo es suave y fuerte a la vez, encajando perfectamente contra el mío.
Al cruzar el umbral y sentir el frio de la tarde en mi rostro, Liara se aprieta a mí, mirando la calle bulliciosa, los transeúntes apresurados, los taxis, las luces que se encienden.
Es su última mirada al mundo que ha perdido la batalla.
Ella sonríe, y su sonrisa es una promesa que me congela la sangre.
—Este mundo real no es suficiente para la inmensidad de lo que somos, por eso crearemos el nuestro en cada paso que demos, en cada respiración, hasta que no quede nada más que nuestro paraíso —dice, y me mira con una adoración que es posesión pura.
La beso.
Un beso brutal, hambriento, en medio de la calle, ignorando el claxon impaciente de un coche.
El sabor es chocolate, tinta y una absoluta y deliciosa victoria.
El mundo es ahora nuestro.
El billete grande flota sobre la mesa de la cafetería, la ofrenda final a un dios derrotado.
No hay tiempo para el coche; el portal debe abrirse aquí, en el corazón podrido de la ciudad que nos ha fallado.
En el instante en que cruzamos el umbral, el sonido de la calle se hace más fuerte, más agresivo, pero también más falso.
Liara se pega a mí al salir, su cuerpo tiembla bajo mi agarre, no de miedo sino de una tensión eléctrica.
Hemos escrito cuatro leyes, y el mundo exterior, el viejo mundo, aún no se da cuenta de que ya no existe.
—Míralos, Elián —susurra, su vos cargada de un desprecio dulce mientras señala a la gente que pasa¾.
Títeres de la farsa.
Creen que tienen un destino.
Aún creen que llegaran a un sitio.
—Lo tenían —corrijo, y mi sonrisa es una herida oscura en mi rostro—.
Ahora son solo residuos.
Polvo.
La calle está congestionada.
Bocinas, gritos, el olor a combustible y a prisa.
La perfecta imagen de la vida que debemos anular.
La arrastro a la acera, buscando un hueco entre un puesto de periódicos y un buzón de correos oxidado, el lugar más banal y mortal.
—La libreta —ordeno, deteniéndonos abruptamente en el centro de ese caos.
Los transeúntes nos esquivan, irritados, murmurando insultos que no llegan a nuestros oídos—.
Tráela.
Necesitamos el nombre.
Aquí.
Ahora.
Liara, obediente y excitada, saca la libreta de su bolso.
La luz anaranjada del atardecer la ilumina mientras la sostiene en el aire, como si fuera un arma.
El papel hule a victoria.
—Ya tenemos las leyes, Elián.
Ya tenemos el juramento de pertenencia.
¿Qué nos falta para que este cementerio colapse y se abra el nuestro?
—pregunta, pero su voz no es una duda, sino un preámbulo.
—El nombre —respondo, sintiendo que la energía de la calle se comprime a nuestro alrededor.
Los ruidos se ahogan.
El tiempo se ralentiza para todos, menos para nosotros—.
El nombre que lo contiene todo.
La palabra que le dará cuerpo y carne a la realidad que hemos robado.
Vamos a darle una identidad que este universo no pueda negar.
Me inclino sobre ella, la atraigo a mi pecho, y la libreta queda atrapada entres nuestros cuerpos.
Ella me ofrece la pluma.
—Liara, dímelo primero.
Dímelo con la boca.
La palabra que sella nuestro destino de ser la única pareja perfecta, atados por el deseo y la posesión.
Ella me mira, y sus ojos brillan con una locura tan hermosa que la necesito.
—El mundo de los sueños realizados —susurra, y el nombre es una daga.
Tomo la pluma.
Su mano se superpone a la mía.
Juntos, escribimos en mayúscula, con un trazo lento y absoluto en el último espacio en blanco: El portal de los sueños realizados.
Mientras la tinta se impregna, lo decimos juntos, nuestra voz uniéndose en un solo rugido que desafía el ruido del tráfico: —¡Este mundo real no es suficiente para la inmensidad de lo que somos!
¡Necesitamos que este mundo de “el mundo de los sueños realizados” esté lleno, exista, y se convierta en la única y absoluta realidad!
Lo decimos con tanta fuerza, con tanta certeza, que el asfalto bajo nuestros pies vibra.
Y entonces ocurre.
El aire se quiebra con el sonido de un cristal colosal haciéndose añicos.
A tres metros de nosotros, justo en la boca de un callejo oscuro, la noche se rasga.
Es una herida vertical y giratoria en la tela de la realidad, del tamaño de una puerta doble, que emite una luz roja y azul eléctrica.
Es un portal.
Pero no es una entrada pacifica; se abre con la violencia de un alma desgarrada.
Un sonido inaudible pero devastador en un chillido agudo antes de apagarse.
Los transeúntes se detienen.
Sus rostros se vuelven grises y desenfocados, sus movimientos se congelan.
Son solo figuras de cera, mudas.
El mundo real ha detenido su función.
—¡Las cabras!
—jadea Liara, con la respiración entrecortada.
El portal nos llama.
El aire ahora huele a un dulce perfume de fuego y metal.
Estoy a punto de sonreír, de arrastrarla hacia la gloria, cuando…
Un destello de plata.
La luz reflejada en el collar de una mujer que acababa de pasar a nuestro lado nos golpea en el rostro.
Es una medalla de San Benito, un símbolo de la “vieja fe”, una validad religiosa, pero su brillo es suficiente para recordar la existencia de la moral que acabamos de anular.
En ese instante de desviación visual, en esa micro-traición a nuestra ley suprema, el portal que había estado rugiendo, se cierra de golpe con un chasquido seco y brutal.
Es como si el universo diera un portazo, La luz roja y azul se extingue.
El callejón vuelve a ser solo oscuridad y basura.
El silencio sobrenatural de la calle se rompe con una oleada de cláxones furiosos, gritos y el murmullo de voces confundidas.
La realidad ha vuelto a imponerse.
Mi corazón se congela.
El poder se drena de mis venas.
Lira me mira, sus ojos llenos de una mezcla de furia y un pánico que amenaza con romper su control.
Ha sido mi culpa.
Mi distracción.
—¡Elián, mi amor!
—grita, y el terror en su voz es una puñalada.
Me acusa, pero también me ruega.
El fantasma del dolor, la idea de volver a ser infelices, le da un escalofrió que me contagia.
Tomo su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme.
Sus ojos, que hace un momento brillaban con locura divina, ahora están oscuros, desesperados.
El fantasma de la vieja Aislinn, el dolor del pasado, está sonriendo desde el borde de su pupila.
—No hay vuelta atrás, Chispita —le digo, mi voz un gruñido bajo y peligroso.
La posesión me consume.
La traigo con tanta fuerza que su cuerpo se funde con el mío—.
¡Tú eres la única realidad que me importa!
¡La medalla, la fe, el mundo entero, son solo interferencia!
Esta calle, esta gente, son solo estorbo.
Una barrera que vamos a derribar.
Juntos.
El mundo alrededor vuelve a ser ruidoso, caótico, opresivo.
Los transeúntes nos empujan, indignados por nuestra intromisión.
Pero ya no los vemos como personas.
Son obstáculos.
Tomo la libreta que aún sostiene con una mano temblorosa y la abro en la página donde escribimos.
El nombre del mundo, “El mundo de los sueños realizados”, brilla con una intensidad cruel, como una promesa que exige ser cumplida.
—Esto no ha terminado para nosotros —le digo, y mis ojos buscan los suyos, buscando el fuego que sé que aún arde dentro de ella—.
El portal volverá abrirse.
Pero esta vez, Liara, no habrá distracción.
No habrá fe, ni moral, ni fantasma.
Solo tu boca en la mía y el peso de mi nombre sobre el tuyo.
Seremos la única causa y el único efecto.
¿Entendido?
Ella asiente lentamente, el miedo se desvanece y la determinación, la locura, el amor oscuro que nos une, regresa a sus ojos con una intensidad que promete devoción eterna.
—Entendido —responde, y su agarre en mi cintura se vuelve firme, posesivo, devolviéndome el control.
La beso.
Un beso brutal, hambriento, en medio de la calle, una declaración de guerra total a lo mundano.
El sabor es chocolate, tinta y una absoluta y deliciosa victoria que está a punto de concentrarse.
—Este mundo real no es suficiente para la inmensidad de lo que somos, por eso crearemos el nuestro en cada paso que demos, en cada respiración, hasta que no quede nada más que nuestro paraíso.
La calle vibra, la realidad nos empuja, pero ya no importa.
Yo soy Elián, y ella es el único punto de anclaje en el centro del caos.
El beso termina y jadeamos, buscando oxigeno, pero lo que realmente respiramos es la adrenalina del fracaso y la promesa de la repetición.
—Vamos —digo, y no la arrastro, sino que la retiro de la calle, como quien se lleva un tesoro de la boca de un dragón.
El mundo que hemos decretado no nos quiere aquí, y cada segundo que pasamos en esta calle es un insulto a nuestras leyes recién escritas.
Cruzamos la acera, obligando a los transeúntes a esquivarnos.
El conductor del taxi que antes frenó ahora nos grita obscenidades; su frustración es el último estertor del mundo que estamos matando.
Llegamos a mi coche, un sedán negro, pulcro y anónimo, estacionado a metros.
Abro la puerta para ella y la empujo dentro.
Me deslizo al asiento del conductor, cerrando de golpe la puerta.
El ruido metálico nos envuelve en nuestra burbuja de cuero y oscuridad.
Ella no se acomoda.
Sostiene la libreta en su regazo como si fuera un tótem, y la mira con una mezcla de amor y una furia fría.
—El portal nos está retando, Elián —dice, su voz es baja, pero tiene el filo del vidrio—.
La moral, la fe, las trivialidades…
Nos esta obligando a demostrar que somos absolutos.
Arranco el motor.
El rugido es una liberación.
Salgo de la ciudad, dejando atrás las luces neuróticas.
Esta vez no busco la autopista; busco la soledad, la oscuridad sin testigos, un lugar donde la influencia de la fe y los globos reventados no pueda alcanzarnos.
Manejo sin rumbo, solo concentrado en la presión de su muslo contra el mío, su mano buscando la mía y apretándola con la intensidad de una mordaza.
La libreta esta entre nosotros abierta.
—Necesitamos la ley Nº 5 —declaro, mi voz es un gruñido—.
Una ley de aniquilación total contra cualquier interferencia.
No es suficiente con que el amor sea la única regla; necesitamos que la duda sea una imposibilidad física.
Liara asiente, sus ojos fijos en la carretera, pero su visión está en el futuro.
Ella saca la pluma, lista para sellar el último juramento, la última barrera.
Detengo el coche en un mirador abandonado, en la cima de una colina.
Abajo, las luces de la ciudad se extienden como una enfermedad.
El aire es frío y limpio, solo para nosotros.
—Dicta, mi amor —susurra, el deseo en su voz es un juramento.
La libreta tiembla en sus manos.
Me inclino sobre el papel, mi aliento empaña el espacio entre nosotros.
La luz de la luna llena que se filtra por el parabrisas de la visibilidad justa.
Nos quedamos mirándonos por un buen rato.
Pegamos nuestras narices, haciendo tentación al besarnos.
Liara esta que no puede, ella ya quiere pecar, no puede aguatar las ganas.
Le tomo las manos y se la beso, volviendo a mirar la libreta para dictarle el decreto Nº 5.
Comienzo a dictar, y mi voz es firme, sin sombra de vacilación: Decreto Fundamental Nº 5: Todo elemento externo, persona, recuerdo o idea, que se interponga o ponga en duda la unión, felicidad y posesión inquebrantable, será inmediatamente aniquilado de la existencia, dejando un vacio que solo puede ser llenado por la voluntad del mundo de los sueños realizados.
La duda es una traición que borra al traidor.
La interferencia es un acto de autodestrucción.
Desde este momento, nuestra fe mutua es la única fuerza posible.
Liara escribe con una ferocidad que casi rompe el papel, su caligrafía es un mandato.
Al terminar la última palabra, me mira con una adoración salvaje.
—Ahora —susurra—.
Ahora ya no hay errores, Elián.
Hemos eliminado la causa de la falla.
Tomo la libreta de sus manos, la beso por última vez, justo sobre la rúbrica, sellando ley.
Luego, sin pensarlo dos veces, la abro en la primera página y la rompo.
—¿Qué haces?
—pregunta, con un jadeo de sorpresa.
—Esto ya no es un contrato, Chispita.
Es una realidad, absoluta —respondo—.
Las leyes están grabadas en nuestro aliento, en nuestra piel.
Ahora somos la libreta.
Abro mi ventanilla.
El aire frío entra, trayendo consigo el sonido distante de la ciudad.
Arrojo los pedazos de papel al vacio.
Se los entrego al mundo real como prueba de su inminente muerte.
Miro a Liara.
Ella sonríe, y su sonrisa no es de ese tiempo.
Ella es mi universo.
La tomo por el cuello de su blusa y la atraigo con una violencia que es puramente amor.
La beso hasta que siento su corazón latir con la misma furia.
El latido furioso que compartimos se asienta en un ritmo sincronizado, un tamborileo bajo y seguro en el centro de nuestra burbuja de cuero y oscuridad.
El beso, cargado con la aniquilación de la duda, ha sido el último ritual.
Los fragmentos de papel de la libreta ya navegan hacia el pueblo que acabamos de condenar.
Me separo de Liara, mi aliento es caliente en su rostro, y una sonrisa que es mitad triunfo, mitad locura, curva mis labios.
La luz de la luna llena resalta la adoración salvaje en sus ojos.
—Ya no somos una idea, mi amor —declaro, deslizando mi mano desde su cuello hasta su nuca, donde aprieto suavemente—.
Somos un hecho.
Somos la única ley.
—Los dioses nos envidian, Elián.
Creamos el paraíso sin morir —Liara asiente, su voz es un murmullo profundo.
Suelto una carcajada ronca.
Pongo el coche en marcha, el rugido del motor es un himno a nuestro poder compartido.
—Ahora, vamos a tu fundación, el regalo que te di el día de hoy —digo, mi mirada está fija en los faros que cortan la oscuridad—.
La última pieza de nuestro mundo recién decretado.
Giro el volante con autoridad, tomando una carretera secundaria que nos lleva de vuelta hacia el centro.
—¿El regalo?
—pregunta Liara, su tono se carga de curiosidad —¿Después de todo esto?
—Especialmente después de todo esto —replico, sonriendo de lado—.
Necesitamos una capital para nuestro imperio.
Algo tangible, un faro de nuestra verdad, justo donde la duda y la fe solían habitar.
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