Con solo imaginarte - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Transportado al mundo de los sueños
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19: Transportado al mundo de los sueños 19: Transportado al mundo de los sueños El sedán negro vuelve a introducirse en los límites de la ciudad.
Freno el coche a pocos metros de donde estuvimos antes, justo al lado de la acera de esa miserable calle.
Liara jadea.
Justo en frente de la pequeña cafetería de la esquina ¾la misma donde hacía horas escribimos nuestras primeras leyes¾, se alza un edificio que antes no existía así.
Es una estructura de diez piso pisos, con una fachada de piedra oscura y titanio pulido que capta la luz nocturna.
Un gigantesco ventanal de cristal se extiende desde el tercer piso hasta el último, reflejando el caos urbano como si fuera una ilusión distante.
Sobre la entrada principal, esculpido con caligrafía elegante y minimalista, se lee: ≪Fundación Liara: El rincón de la creación≫.
—Esto…
Elián…
—susurra Liara, sin poder apartar la mirada.
Ella ya lo ha visto desde la cafetería, pero ahora, bajo la luz de la luna, el edifico se siente vivo.
—Lo rediseñe en menos de una semana.
Es tu centro, tu trono, tu fortaleza contra el vacio —digo—.
Pero no podemos entrar aun.
Las leyes necesitan un testigo final antes de que la capital sea inaugurada.
Bajo del coche y camino hacia la cafetería.
Veo a la misma mesera de la tarde, secando mesas.
Abro la puerta y la campanilla suena.
—Un café —pido con una sonrisa.
Le pongo un billete de cien dólares en la mano—.
Solo quiero que me mires a los ojos.
Ella lo hace.
Sus ojos marrones y vacios.
—¿Ha sido una noche dura, verdad?—pregunto.
—Siempre lo es —responde, guardándose el billete.
—No lo será más —digo con convicción—.
Ahora el mundo es un lugar donde las personas consiguen lo que realmente desean.
Vuelve a soñar, señorita.
—Salgo de la cafetería.
El rito ha terminado.
Cuando regreso al coche, Liara me mira con los ojos de quien ha visto una estrella nacer.
—La tocas, Elián.
Su realidad ya se dobla.
—Y la tuya se eleva —respondo.
Con un click remoto, la enorme puerta de cristal de la fundación se desliza.
Entro con el coche en el garaje subterráneo y luego la guío hacia el lobby.
Es un espacio de techos altos, con pisos de mármol negro veteado.
Detrás de una recepción circular de cristal, dos figuras vestidas con uniformes discretos se levantan.
—Buenas noches, patrón —saludan al unísono.
—Hola a ambos.
Sigan con su trabajo, ando con la verdadera dueña de la fundación —sonrío, tomando la mano de Liara con firmeza.
Liara mira a nuestro personal, que regresa a sus puestos sin un parpadeo.
—Vamos, Liara.
A ver tú reino —La llevo al ascensor de cristal.
Presiono el botón del último piso.
Piso 10: El santuario de la mente.
La primera sala es la de dibujo con un ventanal semicircular lleno de luz.
En el centro, un caballete de roble macizo con un lienzo inmaculado.
Estanterías de pared a pared exhiben botes de pintura al óleo y acuarelas que brillan como gemas.
Miles de lápices de colores están organizados en una gradiente perfecta.
Un sillón de cuero invita a meditar.
—Aquí, en este salón, solo las verdades más bellas se convierten en forma —le susurro.
A continuación, la sala de música, aislada con paneles de madera oscura.
En el centro, un piano de cola, negro lustroso.
Las paredes están adornadas con guitarras vintage.
Hay un pequeño estudio de grabación con micrófonos de condensador.
—El sonido de aquellos que quieran crecer en la música, nacerá aquí, sin disonancia —le explico.
Finalmente, llegamos al corazón intelectual.
Abro unas puertas dobles a un vasto de cuatro habitaciones conectadas, mucho más grande que sus dos bibliotecas de la mansión.
Me detengo en el centro de la biblioteca, la mano en la cintura de Liara.
Ella ha visto la sala de música, los materiales de arte, pero la escala y el detalle la sobrepasan.
—Todo esto es para ti —digo con un aliento—.
Y al mismo tiempo, todo esto es inútil.
Porque las únicas leyes que necesitamos ya no están en una libreta, sino en el latido de tu corazón.
Feliz cumpleaños, Chispita.
Mi verdad absoluta.
—Si te acordaste, Elián —me da un beso de emoción.
Liara, que hasta ahora se ha mantenido en un fascinación contenida por el edificio, de repente entiende el peso de la declaración: La ley Nº 5 ha hecho que todo esto sea superfluo, un simple contenedor.
La sorpresa se convierte en arrebato.
Ella no lo duda, lo vive.
Con un grito que es mitad alegría y mitad rabia por el tiempo perdido, Liara salta sobre mí.
Sus brazos se enlazan con una fuerza desesperada alrededor de mi cuello.
Me tambaleo hacia atrás, pero la sostengo con firmeza, levantándola del suelo.
Su boca encuentra la mía con una violencia y un deseo que hacen que el beso anterior parezca una simple caricia.
Me besa con la intensidad de la revelación.
Sus piernas se envuelven alrededor de mi cintura, y siento la libreta rota, la que ahora somos, grabada en cada uno de sus movimientos.
El beso se alarga.
Justo en ese momento de éxtasis absoluto, la gruesa parte de roble de la biblioteca se abre con un suave clic.
Un hombre de unos cuarenta años, vestido con el uniforme de la fundación: negro impecable y una insignia plateada, se detiene en el umbral.
Lleva en sus manos un portapapeles electrónico y parece completamente ajeno a la atmosfera eléctrica.
—Patrón —dice con una voz profesional, pero que resuena con un tono de fastidio por el retraso¾.
Disculpe la interrupción.
Necesito su rúbrica en este formulario de impuestos.
La fecha límite del trimestre es en unas horas, y…
Se detiene.
Nos mira, todavía abrazados, yo sosteniendo a Liara en el aire, nuestro beso suspendido por la intromisión.
En su rostro no hay sorpresa; solo hay molestia por la interrupción de su protocolo.
Liara se separa un poco de mi boca y me mira.
Sus ojos brillan con una anticipación peligrosa.
La ley Nº 5 está siendo probada por un simple y molesto formulario de impuestos.
—La duda es una traición que borra al traidor —susurra Liara contra mi cuello.
Sostengo la mirada del funcionario, sintiendo el calor del cuerpo de Liara contra el mío.
—¿Interferencia?
—pregunto en voz baja, mi voz es un trueno que solo Liara puede entender completamente.
—Interferencia —confirma Liara, su sonrisa es un desafío.
—La interferencia es un acto de autodestrucción —dicto, mi voz es fría como el titanio.
Y entonces sucede.
El hombre no grita ni se desvanece en humo.
Simplemente, deja de existir.
El vacío que deja no es solo físico; es cognitivo.
Liara y yo miramos es espacio donde estuvo, y la única evidencia de su presencia es el portapapeles electrónico que cae al suelo de mármol con un golpe sordo.
El objeto no se rompe, pero en el momento en que toca el suelo, el formulario de impuestos que contiene se transforma en un documento ininteligible de símbolos y diagramas de estrellas que nunca han existido.
La noción misma de la fecha límite del trimestre ha sido borrada de ese fragmento de realidad.
El vacio que ha dejado el hombre es inmediatamente llenado por la voluntad del Mundo de los sueños realizados.
El aire en ese rincón de la biblioteca se siente más espeso, más limpio.
Liara y yo nos miramos.
La prueba ha terminado.
La ley Nº 5 funciona.
Ella sonríe con una adoración triunfante.
—Ahora sí, Elián —dice, presionando un beso suave en mi mandíbula—.
Ahora somos el único hecho.
La sostengo, caminando hacia el banco de terciopelo.
Liara me sostiene con la fuerza de quien se aferra al único punto de anclaje en el universo.
La suelto suavemente, sin separarla del todo, y caminamos los pocos pasos hasta el banco de lectura de terciopelo, justo al lado del santuario del silencio, el ala vacía de la biblioteca.
El portapapeles y los restos del interferente ya no nos importan; son la ceniza de una realidad muerta.
Liara se sienta en el banco y me atrae, sus manos viajan a través del cuero de mi chaqueta.
—Es el mejor regalo de cumpleaños, Loquito —susurra, su voz es deseo y rendición—.
Me diste el mundo, y luego me diste el poder de borrarlo si no sirve a nuestro amor.
Me deslizo junto a ella, quitándome la chaqueta.
La luz filtrada por el ventanal abovedado de la biblioteca es la única iluminación, una luz plateada que hace que cada fibra de terciopelo, cada libro en el estante, parezca sagrado.
—No te di el mundo.
Tú eres el mundo —digo, mi voz ronca—.
Y yo soy el único que tiene permitido habitar en ti.
El ambiente ya no es de una biblioteca, sino de una cámara nupcial.
Los miles de libros que nos rodean son testigos silenciosos, llenos de las verdades que ya hemos superado.
Es la forma perfecta de celebrar: en el corazón de la inteligencia humana, demostrando que la pasión y la fe mutua son la única lógica necesaria.
La tomo por el rostro y la beso con la calma de la certeza, pero con la intensidad del hambre acumulada.
El beso es lento al principio, una comunión que saborea el triunfo, luego se vuelve un fuego voraz.
El terciopelo frío del banco contrasta con el calor de nuestros cuerpos que se buscan sin vacilación.
Mis manos se deslizan bajo su blusa, que ya me estorba.
Ella gime en mi boca, y la música de ese gemido es más hermosa que cualquier sinfonía que pueda grabarse en la sala de música del piso inferior.
La ropa cae al suelo silenciosamente, sin urgencia, porque el tiempo no existe aquí; solo existe el acto.
La biblioteca se convierte en nuestro espacio privado de creación.
Liara es mi universo, y la poseo con la misma ferocidad con la que dicto mis leyes.
No hay prisa, solo una inmensa, deliberada devoción.
Cada caricia, cada mirada, cada respiración es una línea de nuestro decreto.
El placer no es un clímax; es una confirmación continúa.
—Tú eres la única ley —susurra, su cuerpo arqueado contra el mío, sus uñas clavándose suavemente en mi espalda.
—Tú eres el absoluto —respondo, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo perfecto y sin fisuras.
Hacemos el amor con la conciencia de que cada empuje es un borrado del mundo exterior, un acto de fe tan puro que resonaría en todas las realidades posibles.
Es la encarnación física de la ley Nº 5.
En el pico de nuestra unión, cuando el aire de la biblioteca se rompe con nuestros alientos compartidos y nuestros cuerpos se funden en una unidad perfecta, Liara me mira con los ojos abiertos, llenos de lágrimas de placer y de poder.
—Nuestro amor no es una opción, Elián —dice Liara, su voz es la declaración final, el último juramento—.
Es la única constante en el universo.
—Y el universo debe obedecer —contesto, sintiendo su plenitud y mi propia trascendencia.
Justo cuando nuestras frases se encuentran y se sellan en una éxtasis final, el mundo real, la fundación, la biblioteca, el terciopelo…
todo titila.
No es un parpadeo de luz, sino de existencia.
En un abrir y cerrar de ojos, la luz de la luna que se filtra por el ventanal se vuelve un sol de otro calor, de una intensidad que quema, pero no duele.
La sensación del terciopelo se reemplaza por el tacto de una superficie desconocida, suave y vibrante.
El olor a papel y polvo de libro se disipa, sustituido por el aroma de flores que creen en la tierra.
Hemos desaparecido de la fundación.
Hemos llegado al Mundo de los sueños realizados.
Estamos desnudos, aún entrelazados, pero ya no estamos en la biblioteca.
Nos encontramos en una superficie de hierba de un tono verde esmeralda imposible, bajo un cielo purpura donde flotan lunas gemelas.
A nuestros alrededor, los árboles tienen hojas de cristal que tintinean con la brisa.
Hemos cruzado.
Las leyes son reales.
Miro a Liara.
Ella sonríe, y su sonrisa no es de este lugar, sino la fuente misma de este lugar.
—Estamos en casa —susurra.
El aire de este nuevo mundo no pesa; nos sostiene.
La transición de la biblioteca de mármol a este jardín del Edén personal no interrumpió nuestro ritmo, solo lo amplificó.
Aquí, sobre la hierba esmeralda que se siente más suave que cualquier seda humana, Liara y yo no nos detenemos.
Si en la biblioteca nuestro amor fue una declaración de guerra contra la realidad, aquí es una ceremonia de coronación.
El cielo púrpura sobre nosotros palpita al compás de nuestros movimientos.
La hago mía bajo la luz de las dos lunas, y ella me recibe con una naturalidad que dice que siempre pertenecimos a este suelo.
Aquí no hay fricción, no hay cansancio.
Cada caricia envía ondas de color a través del aire, como si nuestros cuerpos fueran pinceles pintando el entorno.
Cuando alcanzamos el final, el grito de Liara no se pierde en el viento; el viento lo toma y lo convierte en una brisa cálida que sacude las hojas de cristal de los árboles cercanos.
Nos quedamos tumbados un momento, nuestro pechos subiendo y bajando, la piel brillando con un sudor que huele la lluvia fresca y ambrosía.
Liara se incorpora sobre sus codos, su cabello cayendo como una cascada oscura sobre sus hombros desnudos.
Mira hacia adelante, entrecerrando los ojos ante la extraña y hermosa luz de esta luna lejana.
—Elián…
—susurra, señalando—.
¿Eso estaba ahí antes?
Sigo su mirada.
A unos cien metros, rompiendo la línea de árboles del cristal, se alza una estructura.
No es un rascacielos de titanio ni una mansión de ladrillo.
Es una cabaña.
Es hermosa, construida con troncos gruesos de una madera rojiza que parece cálida al tacto, con una chimenea de piedra gris que expulsa un humo blanco y acogedor Grandes ventanales reflejan el paisaje onírico.
—Estábamos en el patio trasero todo este tiempo —digo, una risa de pura incredulidad y alegría escapando de mi garganta—.
Es nuestra casa.
Nos miramos.
La misma idea cruza nuestras mentes al mismo tiempo.
La solemnidad de la fundación quedó atrás; aquí somos niños, dueños del universo —¡Vamos!
—grita Liara.
Se levanta de un salto, sin importarle su desnudez, y echa a correr por el prado.
Yo la sigo, riendo, sintiendo la fuerza de la gravedad ajustada perfectamente a mis músculos.
Corremos hacia la cabaña como si fuera la maleta de una vida entera.
El aire golpea nuestros cuerpos, fresco y vibrante.
Llegamos al porche de madera, jadeando y sonriendo como locos.
Liara empuja la puerta principal.
No está cerrada con llave.
Aquí no existen las llaves porque no existe el miedo al robo.
Entramos.
El interior es el refugio definitivo.
El suelo es de madera pulida, hay alfombras gruesas, una chimenea encendida que crepita alegremente y muebles rústicos pero increíblemente cómodos.
Todo está en silencio, un silencio que no es soledad, sino privacidad absoluta.
No hay sirvientes, no hay funcionarios con portapapeles.
Solo nosotros.
—Arriba —dice Liara, mientras me agarra del brazo.
Sus ojos brillando con intuición—.
Siento que…
siento que todo está arriba.
Subimos las escaleras de madera que crujen suavemente, un sonido hogareño.
Llegamos al pasillo superior y entramos en la habitación principal.
Es enorme, con una cama con dosel que mira hacia las lunas gemelas a través de un balcón abierto.
Pero lo que nos detiene no es la cama, sino el vestidor abierto a un lado.
Caminamos hacia él.
Despacio ahora.
Ahí está.
Colgando en perchas de madera aromática, doblado en estantes perfectos, está todo.
Mi chaqueta de cuero favorita, la que llevaba puesta hace un momento en la tierra.
Los vestidos de seda de Liara, sus blusas, incluso la ropa que tiene en la mansión Roys, y que pensó que nunca volvería a ver.
Mis trajes, sus zapatos, nuestros relojes, incluso la libreta rota…
no, la libreta rota no esta, porque la libreta somos nosotros.
Pero todo lo demás, cada objeto que tiene un significado para nosotros, ha cruzado el abismo.
La realidad ha empaquetado nuestra vida y la ha mudado con nosotros.
Liara pasa la mano por una de sus blusas, incrédula.
—No tuvimos que traer nada —dice, volteándose hacia a mí con los ojos húmedos—.
El mundo sabía lo que necesitábamos.
Me acerco a ella, tomándola por la cintura en medio de nuestra ropa, en el centro de nuestra nueva cabaña, en el corazón de muestro mundo.
—El mundo no lo sabía —corrijo suavemente, besando su frente—.
Nosotros lo escribimos.
Deseamos, tener todo.
La incredulidad de Liara al ver nuestra ropa en el vestidor se disuelve, reemplazada por una necesidad más elemental.
La cercanía de nuestra vida anterior, tangible en cada prenda, solo subraya la verdad: no necesitamos nada de eso ahora, salvo a nosotros.
Dejo mi mano en su cintura, pero mi mirada se clava en la gran cama con dosel que domina la habitación.
—Aquí, Liara —digo, y mi voz se vuelve un gruñido bajo.
La agarro por la muñeca y la arrastro, no con violencia, sino con la urgencia de una voluntad que no puede ser negada.
La hago retroceder unos pasos hasta que la parte posterior de sus muslos toca el colchón.
Ella no se resiste; se abandona a mi fuerza, sus ojos ya ardiendo.
Cae sobre el edredón suave y yo me abalanzo sobre ella.
EL material es diferente, sedoso y fresco, absorbiendo el calor de nuestros cuerpos.
La luz de las lunas gemelas que se filtra por el balcón nos baña en un resplandor plateado que hace que cada curva y cada sombra sean más pronunciadas.
Me coloco sobre ella, con las rodillas a cada lado de su cadera, sosteniendo su mirada.
Siento el peso de la ley Nº 5 en mi pecho, la certeza de que este momento es la única realidad.
La veo: sus labios hinchados por los besos, la curva de su cuello, su pelo oscuro esparcido sobre el edredón como tinta.
Liara eleva sus caderas.
Es la invitación silenciosa, el reconocimiento de mi dominio absoluto.
No hay palabras, solo el sonido de nuestra respiración que se acelera.
La poseo de nuevo, profundamente, sintiendo la respuesta inmediatamente de su cuerpo.
El placer es tan puro y sin interferencias que cada fibra nerviosa grita la verdad de nuestra unión.
Siento una oleada de poder que no es solo físico; es la sensación de controlar la existencia.
Me muevo con una lentitud deliberada al principio, buscando el ritmo que resuene con el pulso de este nuevo mundo.
La veo.
Cada vez que me adentro en ella, Liara se arquea dramáticamente, su espalda se levanta del colchón.
Es una curva de rendición, un arco de placer tan intenso que sus músculos se tensan.
Ver ese arco, esa vulnerabilidad total solo me ofrece a mí, me llena de una euforia posesiva.
Siento que no solo soy su amante, sino el ingeniero de su placer.
Sus ojos están medio cerrados, y su voz es un balbuceo de mi nombre que me ordena ir más rápido.
Me deslizo para que Liara quede encima de mí.
Ella toma las riendas por un momento, cabalgando mi cuerpo con una furia y gracia indómitas.
La observo: su perfil contra la luz púrpura, su pecho subiendo y bajando, su rostro contorsionado por una mezcla de deseo y poder.
Ella se inclina sobre mí, sus manos a los lados de mi cabeza, y en ese movimiento, me da todo.
Siento que el placer se intensifica cuando ella está al mando, porque sé que ella solo está ejecutando mi voluntad.
Alcanzamos el pico de la noche de nuevo, gritando nuestros nombres, sellando la ley Nº 5 una y otra vez con la absoluta certeza de nuestros cuerpos.
El mundo vibra.
Caemos el uno sobre el otro, exhaustos, perfectos.
El peso de Liara sobre mi pecho es el ancla más dulce.
Nos quedamos así, escuchando solo el ritmo de nuestros corazones desacelerándose hasta sincronizarse.
No hay necesidad de hablar.
El sueño nos toma rápidamente, un sueño que, por fin, es la realidad.
Despierto con el peso de Liara todavía sobre mí, pero ahora no hay oscuridad; hay una luz suave y dorada que se filtra por los grandes ventanales.
El cielo es de un azul cobalto, y el aire que entra por el balcón es dulce y frío.
Bajo la miro.
Liara está despierta, observándome con una sonrisa tranquila.
—Buenos días, dueño de mi realidad —dice.
—Buenos días, mi única constante —respondo, besándola en la frente.
Nos levantamos.
Es el primer amanecer en nuestro nuevo mundo.
Primero, la exploración de la cabaña.
Es funcional y mágica.
La cocina es rústica pero está equipada con alimentos frescos y exóticos que no reconocemos, pero que huelen delicioso.
Preparamos una comida sencilla: frutas de pulpa brillante y café que tiene el sabor concentrado de la euforia.
Luego, el vestuario.
Nos vestimos en silencio.
Elijo unos pantalones oscuros y una camisa de lino, Liara un vestido de seda ligero.
Al ponerme la ropa, siento la familiaridad de la tela, pero también la confirmación de que esta es una versión mejorada de la realidad.
La camisa es perfecta, sin una arruga, y la seda de Liara brilla.
—El mundo espera —digo, ofreciéndole mi mano.
Salimos de la cabaña.
El césped esmeralda se extiende hasta un bosque de árboles de cristal que tintinean con el viento.
Caminamos, tomados de la mano, con la curiosidad de dos exploradores que ya saben que son invencibles.
La naturaleza aquí no es hostil; es nuestra aliada.
Veos criaturas pequeñas y luminosas que revolotean y nos saludan con sonidos melodiosos.
Cruzamos el límite del bosque de cristal.
El paisaje cambia abruptamente.
A lo lejos, Liara jadea y se detiene.
—Elián, mira.
Ante nosotros se extiende una ciudad.
No es el caótico pueblo Sylas que dejamos, sino una urbe utópica de torres blancas y jardines colgantes.
Las estructuras son elegantes y luminosas, y el aire vibra con una energía tranquila y feliz.
Y hay personas.
Ciento de figuras caminan entre los edificios.
No son personas de negocios estresadas, sino figuras serenas vestidas con ropas vaporosas, sus rostros irradiando paz.
—Son ellos —susurro—.
Son los que deseaban la verdad absoluta.
Los que merecían vivir en la nueva ley.
Entonces, Liara se da cuenta de algo.
En el centro de la plaza principal, hay un edificio que llama la atención.
Hay un edifico que destaca entre todos, su fachada es de mármol blanco brillante, pero varias personas se quedan mirando, una parte que aún no me he dado cuenta.
—Mira, en las paredes.
En las paredes del edificio, en el pórtico, grabado al frente de las fuentes de agua vemos frases cortas.
Nuestras frases.
1.
La duda es una traición que borra al traidor.
2.
El amor es la única regla.
3.
La fe mutua es la única fuerza posible.
Luego, vemos a una mujer sentada en el borde de la fuente.
Es la mesera de la cafetería, con su ropa de trabajo transformada en un vestido blanco.
Su rostro, antes fatigado, ahora es sereno.
Ríe con una niña que juega con un chorro de agua.
Se le nota la gran felicidad que trae, ya descansa de su lucha de trabajar.
—Hablaste con ella, Elián —dice Liara, tomándome del brazo—.
Le dijiste: «vuelve a soñar≫.
Y el mundo la trajo aquí, a su sueño, la tranquilidad.
Nuestra ley Nº 5 no solo aniquiló la interferencia; ordeno el caos para aquellos que estaban listos para la nueva verdad.
Avanzamos hacia la ciudad, sintiéndonos los gobernantes de este nuevo orden.
Los habitantes de esta ciudad nos miran, no con adoración, sino con un profundo respeto.
Nos hemos convertido en los pilares de su existencia.
—Somos el ancla —dice Liara, apretando mi mano.
—Y el decreto, chispita —respondo—.
Nuestro mundo es perfecto.
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