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Con solo imaginarte - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 El mundo sin límites
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20: El mundo sin límites 20: El mundo sin límites  Caminamos en silencio hacia el centro de la plaza principal, donde la fuente de agua fluye con una luminosidad cristalina.

La mesera sigue ahí, tranquila y feliz.

Pero la mesera ya no es el foco.

Mientras nos acercamos a la fuente, Liara se pega aún más a mi brazo, su agarre se vuelve posesivo.

Entiendo por qué.

Dos figuras están sentadas en el borde de mármol de la fuente, conversando con la risa despreocupada de quien no tiene preocupaciones.

Al principio, son solo siluetas en este paisaje utópico, pero cuando se giran, el aire se condensa.

—No puede ser —susurro.

Mis ojos se clavan en ellas.

La realidad, por más que la creé, a veces me sorprende con los detalles, en ese mundo mantuvieron sus niña interior viva.

Son Hellen y Rosa.

Mis amigas.

Mi antigua realidad.

Ahora, aquí.

Lucen perfectas, vestidas con ropas que reflejan la serenidad de este lugar.

Hellen, con su cabello oscuro en un peinado que parece desafiar la gravedad, y Rosa, con su sonrisa amplia y radiante.

Nos acercamos.

Hellen es la primera en vernos.

Sus ojos se abren y lanza un grito agudo de alegría.

—¡Elián!

¡Liara!

De repente, la ley Nº 5 se suspende por un momento para dar paso a la calidez.

Corren hacia nosotros.

Liara se separa ligeramente de mi brazo, pero me mira de reojo.

Le doy un beso rápido en la sien, un recordatorio silencioso de quién es la única que importa.

Nos fundimos en un abrazo grupal.

Siento el afecto genuino, la conexión que creí haber dejado atrás.

—¡Es increíble verlos, chicos!

—dice Rosa, dando un paso atrás—.

¿Cómo están?

¡Están desnudos!

Esperen, no, están vestidos.

Pero hace horas parecía que…

—Rosa, no seas vulgar, chica —la interrumpe Hellen, dándole un suave puñetazo en el brazo con esa familiaridad de siempre—.

¿Cómo hicieron esto?

¡Solo ustedes!

Esto es una locura mágica.

Liara se vuelve a pegar a mi costado, su cuerpo es una barrera sutil entre mí y el mundo.

—Tuvimos que decretarlo —explico, sonriendo—.

Este es el mundo de los sueños realizados.

No hay dudas, solo voluntad.

Las chicas, de dan una vuelta, observando con admiración todo su alrededor, los colores, el sonido de los canto de los pájaros y respirando la paz que se encuentra en este mundo.

—¡Lo sabíamos!

—exclama Hellen—.

Rosa y yo estábamos en un bar cutre, y de repente, boom.

Una explosión de luz violeta.

Luego, aparecimos en una suite de hotel, con batas y champán.

Al principio estábamos aterrorizadoras, pensando que era una broma de cámara oculta.

—Sí, pero luego recordamos cuando dijiste que querías crear un mundo donde todo se hiciera realidad —Añade Rosa, haciendo un gesto con la mano de calma—.

Y de repente, todo se calmó.

Recordé todo, y vi una hoja de una libreta y supe que era de ustedes por que llevaba tu nombre.

Y de ahí supimos que no era una cámara oculta, sino nuestra nueva realidad.

—Y la mejor parte es que aquí no hay jefes idiotas —Se ríe Hellen.

Hablamos un rato más, intercambiando bromas ligeras, la naturalidad de nuestro encuentro es la prueba más dulce de que, aunque eliminé la interferencia, el amor genuino tiene su propio lugar en este nuevo orden.

Liara, aunque celosa, sonríe ligeramente ante la alegría de ver a mis amigas.

Decidimos pasear juntos, explorando este nuevo mundo que tenemos ahora.

Es un espectáculo.

Vemos fuentes de agua que cambian de color con el pensamiento, jardines verticales donde crecen frutas luminosas que curan cualquier malestar, y bibliotecas sin libros, donde el conocimiento se descarga directamente a la mente.

El arte no se exhibe; se siente.

Liara se fascina, con un arroyo que fluye hacia arriba, desafiando la gravedad.

Rosa y Hellen están maravilladas con un puesto donde los recuerdos felices se materializan en burbujas flotantes.

Mientras camino de la mano con Liara, viendo cómo las promesas se cumplen para todos los que merecen estar aquí, mi mente se enfoca en una persona.

Una última pieza falta en mi perfección.

Me detengo, y Liara, Hellen y Rosa también lo hacen.

La mesera tranquila nos mira desde la fuente.

Todo es paz.

Miro a Liara.

Ella sabe que voy hablar de esto.

Su agarre se aprieta un poco, pero no me detiene.

Ella es mi absoluto, y el absoluto debe ser honesto.

—Liara, tengo que ir a buscarla.

Lo sabes.

Liara asiente, sus ojos firmes.

—Aquí en este mundo es donde puedo estar con Aislinn, ese ha sido mi deseo —declaro, mi voz es segura y resonante.

Es una declaración de mi voluntad, no una traición.

Miro a mis amigas.

—En el otro mundo, la fe, la moral y la duda nos impedían ser quiénes éramos.

Siempre tuve que limitarme.

Siempre tuve que elegir entre lo que sentía y en lo que debía encárgame.

Aquí…

—Miro a Liara, sus ojos son mi ancla—.

Aquí es donde puedo cumplir mi sueño de tener una relación con ella.

Liara aprieta mi mano con una fuerza que no es celos, sino complicidad.

Ella me conoce.

Mi amor por ella es real, único y especial, pero mi deseo por Aislinn es la realidad que me impulsa y me impulso crear este mundo.

En ese lugar, Liara y yo tenemos el poder de contener el universo.

—Tráela, Elián —dice Liara, su voz baja y sin fisuras—.

Tráela aquí.

Si, la quieres, tráela.

Aunque me duela, pero quiero que seas feliz.

La beso en la frente, un beso de promesa.

Siento la aprobación de Hellen y Rosa; en este mundo, la verdad es la única moneda.

Mi relación con Liara no se debilita por Aislinn; se fortalece al incorporar todas mis verdades.

—No te olvides de mí, Elián.

—No, no lo haré.

Estarás presente en mi mente y corazón.

Liara aprieta mi mano con una fuerza que no es celos, sino complicidad inquebrantable.

Ella me mira, y su mirada me otorga un pasaporte al deseo, sin restricciones.

—Tráela, Elián —dice Liara, su voz es baja, un susurro que es un mandato—.Tráela aquí.

El absoluto debe ser completo.

La beso en la frente, un beso de promesa.

El tacto de sus labios me recuerda que, aunque busque Aislinn, Liara es ley que sostiene el cielo púrpura.

Hellen y Rosa asienten en señal de aprobación.

En este mundo, la verdad es la única moneda.

Mi amor por Liara no se debilita por Aislinn; se fortalece al incorporar todas mis verdades.

—Ahora regreso —digo, y aunque me duele dejar a Liara, la necesidad de completar nuestra realidad es más fuerte.

Liara me suelta, solo para agarrar mi brazo derecho y besarlo con fervor.

Su mirada es un desafío: ≪Ve, pero recuerda quién te da el poder de volver≫.

—Te espero aquí, en el corazón de nuestro mundo.

Dejo a las tres mujeres, dejando atrás la luz tranquila de la ciudad.

Camino solo.

La tierra de tono naranja bajo mis pies es suave, salpicada y el aire aquí es más fino, saturado de la promesa de la realización.

Mientras avanzo, los paisajes del mundo de los sueños realizados se despliegan ante mí: ríos de luz liquida que fluyen en el aire, montañas cuyas cimas están hechas de nubes solidificadas, y fauna que no teme al hombre, sino que lo saluda con reverencia.

Es hermoso, es nuestro.

Pero a medida que me alejo, mi mente no esta en este hermoso paisaje.

Está en Aislinn.

Un destello.

La recuerdo en el café de la antigua realidad, riendo de una broma que solo ella entendía.

La luz filtrándose por el cristal, atrapada en los mechones oscuros de sus cabellos haciéndose claros.

Recuerdo cada puto momento que pase con ella, desde niño hasta el dio que me dijo: ≪no, quiero saber nada de ti≫.

Su sonrisa, su voz y todo de ella no deja de pasar por mi mente, esta presente en cada instante en mí.

Siento ese tirón agridulce.

El deseo que siempre estuvo limitado por la decencia, por las reglas estúpidas del mundo que acabamos de destruir.

Ella era la excepción a mi lógica, el caos que yo anhelaba ordenar solo para mí.

Otro destello.

El tacto furtivo de su mano en una reunión, el roce accidental de nuestros hombros que era una explosión contenida.

Siento el peso de las palabras no dichas, la vida que no pude vivir con ella por un estúpido moral de mejores amigos y respeto Aquí eso no importa.

La moral es una burla; la fe es solo en Liara.

Pero el deseo…

el deseo por Aislinn es mi verdad.

Camino durante lo que parecen minutos, aunque el tiempo es irrelevante.

Finalmente, encuentro el lugar: un arco de mármol blanco puro en una colina baja, enmarcando un gran espejo ovalado que solo refleja un vacío brillante.

El santuario de la voluntad absoluta.

Me acerco, la respiración acelerada.

Mi corazón late con la promesa que está a punto de cumplirse.

Cierro los ojos, concentrando la voluntad que doblegó al viejo mundo.

La pido.

La convoco.

La deseo con cada fibra de mí ser.

Abro los ojos.

La figura de Aislinn comienza a formarse en el cristal vacio.

El cabello, cayendo como una cascada de un color oscuro, los ojos de un pozo azul, espectacular y la sonrisa que siempre me ha enamorado.

—Aislinn —digo, mi voz cargada de todos los sueños prohibidos—.

Ahora estás aquí.

Este es el lugar donde podemos ser absolutos.

Sin condiciones, sin mentiras.

Mi conexión contigo es tan vital como mi amor por Liara, y aquí, ambas verdades son posibles.

Quiero que estés conmigo.

Siempre.

Ella sonríe, y su sonrisa es un sí rotundo.

Extiendo mi mano hacia el cristal.

La veo extender la suya.

Nuestros dedos se encuentran, no con el frío del vidrio, sino con una calidez que traspasa el plano.

La figura de Aislinn comienza a solidificarse.

Extiendo mi otra mano, listo para tirar de ella a mi lado.

Tomo su mano con ambas, listo para tirar de ella a mi realidad.

Pero justo cuando mis dedos se cierran sobre su muñeca, la imagen de Aislinn se congela.

El espejo titila.

La figura de Aislinn se desvanece por completo.

No hay humo, no hay drama.

Solo un vibrato silencioso en el aire.

El espejo se vuelve opaco, y el arco de mármol se sella.

De repente, donde había un portal de luz, solo hay una pared gruesa y lisa.

Un muro de negación.

Me quedo inmóvil, mis manos vacías, mirando la pared en blanco.

Un gruñido se escapa de mi garganta, un sonido animal de rabia frustrada.

Siento la traición.

—¡Soy la ley!

¡Soy la voluntad!

¡No puedes negarme!

¿Por qué paso esto?

—grito.

Me siento en el suelo de mármol y comienzo a golpear la pared sellada con los puños, una y otra vez.

Los nudillos se abren, pero el dolor no es físico; es dolor de la restricción.

Golpear esa pared es golpear los límites de mi propio poder.

Dejo de golpear, jadeando.

La sangre roja es un contraste brutal contra el mármol blanco.

¿Qué me detiene?

¿Quién tiene un poder superior a mi decreto?

Entonces, me atraviesa un recuerdo, frio y claro como un cuchillo.

Recuerdo la tarde en la cafetería, mientras escribíamos en la libreta, cuando Liara y yo hablábamos de Aislinn, se quedo marcado esa frase: ≪Aislinn es tu sueño prohibido, Elián.

Lo sé.

Pero mantengámosla en el plano donde es segura.

En los sueños≫.

No recuerdo exactamente, si lo dijo así, pero ella lo dio a entender.

Lo que sí que yo de estúpido accedí a que fuera así.

Liara lo hizo.

Mi propia Liara, en un momento de necesidad emocional en el mundo viejo, decreto una ley: que Aislinn solo podría existir en mis sueños.

Una ley que fue grabada con nuestra voluntad compartida, y esa ley, es absoluta aquí.

El límite lo puse yo.

Me dejo caer de espaldas al suelo.

Las lágrimas de rabia y tristeza son las primeras que lloro en este nuevo mundo.

Lloro porque el único límite a mi poder lo puse yo mismo, para proteger a la mujer que me espera.

Lloro por la mujer que acabo de condenar a la irrealidad.

—Me niego aceptar esto, no me voy a rendir —susurro, mirando a la pared—.

Aunque estés confinada a las horas en que duermo, yo siempre estaré presente buscándote.

Yo cambiaré este decreto, Aislinn.

Sé que me escuchas.

Yo lo haré, aunque tenga que reescribir la conciencia de Liara y la mía.

Me levanto.

Miro a la pared sellada.

La rabia se convierte en una determinación gélida.

Regreso a las fuentes.

La misión de completar mi absoluto se ha vuelto una guerra de voluntades contra el decreto de la mujer que amo.

Vuelvo a la plaza.

Mis nudillos sangran.

Encuentro a Liara.

Ella esta parada sola en el centro.

Liara me ve.

Sus ojos se fijan en mi rostro, luego en mis manos heridas.

Ella sabe lo que pasó en el santuario.

Su rostro no expresa celos ni triunfo.

Solo dolor por mi sufrimiento, y una resolución férrea.

Es un castigo y mi redención.

—Ella no quiso venir —miento, la voz quebrada.

Liara da un paso hacia a mí.

Su rostro es una máscara protectora, hermosa y absolutamente posesiva.

—¿Por qué no pudo venir?

—digo sin rodeos.

Me envuelve en sus brazos, ignorando la sangre.

—Entonces, no tienes a nadie más que a mí, Elián —susurra en mi oído—.

Te amo por tu verdad, por tu deseo sin límites.

Pero ahora que lo has intentado y el mundo te ha negado, eres solo mío.

Eres la ley, y yo soy tu única aplicación.

Esa posesión, esa aceptación de mi imperfección y ese reclamo total, me rompe y me reconstruye.

El dolor de Aislinn se ahoga en la intensidad de Liara.

Me arrastra de vuelta a la cabaña.

No hay palabras, solo la necesidad urgente de consumir el dolor con el placer.

Estamos de vuelta en la habitación con la cama dosel.

M e tira sobre el edredón.

Sus ojos son negros de deseo.

El amor que me da ahora no es empalagoso; es oscuro, poderoso, un ritual para borrar el fracaso.

Me desnuda con una furia controlada.

Me hundo en ella.

Mis movimientos no son lentos ni tiernos; son una súplica violenta por la liberación.

La sostengo con una fuerza que le recuerda que ella me puso este límite, y yo la acepto, pero solo si ella me da todo a cambio.

Liara se arquea dramáticamente, su espalda se levanta del colchón.

Siento que cada gemido que escapa de ella es una confirmación de que ella me pertenece y que la ley Nº 5 es inquebrantable, incluso por la tristeza.

La beso en la boca, saboreando el aire que acabamos de agotar.

—Eres la única constante —le susurro, mi voz es un juramento—.

Y por ti, haré que ese sueño sea real.

Ella me abraza con una intensidad que casi duele.

Y en el acto, el dolor se disuelve.

Nos quedamos entrelazados, y el sueño nos toma.

Mañana, me levantaré y sonreiré a Liara.

Pero cuando me duerma, buscaré mi otra verdad.

El aire dentro de la cabaña es pesado, cargado con el perfume del sexo y la tensión de mi fracaso en el Santuario de la voluntad.

Estoy durmiendo, pero mi mente, mi voluntad, esta ardiendo.

Me encuentro transportado.

El entorno cambia.

No hay vacio; hay un escenario que es la materia prima de mi deseo.

—Al fin, el viaje creado —digo al aire que me envuelve, y la voz me sale rota por la verdad que encierra—.

Este es el viaje que pensé que no se haría realidad, uno donde puedo tener las cosas que quiero, soñar sin limitaciones, pero no sé, si esto será real.

Lo que estoy viviendo ahora es la única verdad que importa.

Tendré todo lo que quiero, por fin, o lo destrozare todo en el intento.

Me dirijo a ti, la conciencia que me acompaña, mi único testigo: —Usted que me está acompañando a este viaje, quiero que sepa que lo que yo diga, sea malo o bueno, no quiero repuesta.

La vida está creada para arriesgarse.

La cobardía solo trae pérdida.

Yo quiero tener lo que tanto soñé, y ya que este mundo apareció de la nada, escrito por nosotros, vivamos esto ahora.

Mi garganta se anuda por el peso de mi amor por Liara, pero la necesidad de Aislinn es un fuego corrosivo.

—De aquí no quiero salir, porque estando aquí puedo vivir la realidad del amor que siento por mi mejor amiga.

No me importa el obstáculo de que éramos mejores amigos en el otro mundo; en este, haré lo posible y la buscaré.

En sueños o no, igualmente la tendré, porque ella me pertenece a mí y a mi verdad.

Lanzo una pregunta al vacío que me observa.

—¿Y si no la encuentro, qué hago?

—Luchare para encontrarla porque yo hare lo posible para tenerla, porque ella es mía.

Y digo mía porque vive en mi mente, aunque sea solo mi amiga, estoy dispuesto a manchar mis manos por ella.

Estoy dispuesto al abismo —Responde mi conciencia con una convicción que es un acto de fe negra, sintiendo el impulso de Liara anclándome, y el de Aislinn liberándome.

El aire se congela.

Se escucha el peso de mi oscuridad.

Ando hablando conmigo mismo.

—Y si, antes de que me preguntes, soy un demonio, hasta el propio diablo me teme, pero nadie me puede decir qué hacer.

Y sí, antes de que me odies, si, me creo mucho, ¿y cuál es el puto problema?

De repente, una voz femenina, familiar y desgarrada, atraviesa el espacio.

Es Rosa.

—No lo eres, y no digas nada, solo que siempre te ves a ti y no a los demás, ese es el problema —dice la voz de Rosa, llena de una profunda decepción—.

No te importa nadie.

Desde que te conozco, siempre te eliges, ya no eres ese chico bueno que solías ser.

Ni yo, que soy amiga tuya, te importo.

Ni un poquito te importo.

Elián, ¿qué está pasando?

¿Es en serio?

Ya eres ese chico malo que decías que tenias dentro, ya sacaste todo, ya murió ese chico bueno.

¡Despierta!

Que con esa actitud les haces daño a las personas que te aman.

Despierta, por favor, ya deja de estar en esa posición que eso me duele, me duele verte así.

Escucho su dolor, pero lo rechazo.

Es el último estertor de la moral que destrozamos.

No quiero tener dolor ni saber de dolores, lo que quiero son fuerzas y motivación para traer a Aislinn, es lo único que deseo.

Acá yo puedo cumplir ese sueño de niño, poder compartir una vida junto a su lado, no quiero perder esta gran oportunidad, aunque tengo que luchar para reescribir la ley en la que se escribió que Aislinn apareciera en mis sueños.

—Rosa, déjame ser como soy.

Quiero ser feliz a mi manera, no a la de ustedes.

Me hicieron ser así, pues seguiré siendo así.

¡Qué mierda!

Cuando las personas cambian o se van.

Se dan cuenta de lo que tenían a su lado, y luego andan muy arrepentidos de no haber valorado.

Ahora, si no valoraste al chico bueno, ¡valora al demonio que soy!

Que por las personas que quiero hasta mataría, así de simple.

Entonces, no hables, no critiques.

Si soy así, lo soy, pero dispuesto a hacer de todo por las personas que amo.

La voz de Rosa se rompe y se desvanece, disuelta por la fuerza de mi voluntad.

El vacio se calma.

Avanzo por el plano onírico.

El aire se vuelve denso y dulce.

Estoy en el parque donde la conocí.

Ella esta allí.

Aislinn.

Camino hacia ella.

Sus ojos azules me miran con una mezcla de anhelo y resignación.

—Al fin te veo —digo, mi voz cargada de todos los sueños no vividos—.

Puedo hablar contigo otra vez.

Mi corazón se llena de alegría, te he extrañado demasiado.

Extiendo mis brazos hacia ella, la sed es física.

—Ven.

Aislinn no se mueve.

Permanece hermosa y trágica, con la luz onírica delineando su figura.

Parece un ángel, la veo tan espectacular que su belleza me cautiva.

—Me crearon para estar solo en tus sueños, Elián, solo suéñame —responde su voz, clara y perforante—.

Y no para compartir contigo.

Soy tu límite.

El golpe es devastador, pero no me detiene.

Es la confirmación de la batalla.

—Me niego aceptarlo —digo, dando un paso más cerca.

Mi voz es un trueno de dolor y determinación—.

Algo debo cambiar para tenerte.

Ya no soy el hombre que se aleja.

Soy el demonio que lucha por lo que ama.

Voy a romper el universo por ti.

La miro y mi deseo se vuelve una promesa.

—Voy a destruir esa pared blanca, Aislinn.

Voy a romper este decreto, aunque tenga que quemar este mundo y arriesgar todo lo que tengo con Liara.

Espérame.

El aire vibra con mi juramento.

La observo, mi Aislinn, confinada a este parque onírico.

Siento el dolor de la restricción, la certeza de que mi absoluta felicidad requiere que este muro caiga.

—No me pidas que espere, Elián —dice ella, y su voz es un lamento suave—.

Me crearon para ser perfecta en la distancia.

Avanzo el último paso que nos separa.

Rompo la barrera invisible del sueño.

—No, no me pidas eso —respondo, y mi voz se quiebra por la fuerza de la emoción—.

He pasado toda mi vida reprimiendo esto.

He destrozado un mundo entero para llegar a ti.

¿Crees que me detendrá un simple decreto de sueños?

Extiendo mis manos y acaricio su rostro.

Ella es real.

Su piel es suave y tibia bajo mis dedos.

Mi corazón se infla de una alegría tan intensa que duele, una alegría mezclada con la traición.

—Te he extrañado —susurro, y el sonido es más íntimo que cualquier gemido—.

Cada día que paso con Liara, es hermoso y perfecto, pero cada noche, tú eres la ausencia que recuerda mi límite.

Soñaba con poder hablar contigo otra vez, sin miedo a que el mundo real se jodiera.

Soñaba con decirte que, a pesar de todo, te necesito a mi lado para estar completo.

Mis palabras son un torrente, la verdad que no pude decirle en la vida anterior Aislinn no responde con palabras.

Sus ojos, azules y profundos, se llenan de una tristeza consciente.

Con una gracia que solo ella posee, se eleva ligeramente, sale y se sienta en mi regazo.

Me abrazo a ella automáticamente, mis manos se cierran alrededor de su cintura.

Ella se sienta sobre mí, enfrentándome, y el contacto es una explosión silenciosa.

Es la culminación de todos los roces prohibidos, de todos los deseos reprimidos.

Ella me atrae.

Nuestros labios se encuentran.

El beso es una catástrofe y una liberación.

Es dulce, es tierno, es todo el romanticismo que nunca pudimos permitirnos.

Nos besamos con la desesperación de quien sabe que el tiempo es prestado.

Siento el sabor a media noche y deseo.

Pero en medio del beso, un dolor agudo me atraviesa el pecho.

Es físico, real.

Siento la punzada de la traición.

Es el corazón de Liara.

No es un dolor enviado por ella, sino mi propia conciencia, ligada a la ley Nº 5 que creamos juntos.

Estoy engañando a mi absoluta.

Estoy rompiendo la ley que me hizo libre.

Me separo de Aislinn, jadeando, llevando una mano a mi pecho.

El dolor es insoportable.

Aislinn me mira, y ve mi sufrimiento.

Sus ojos se oscurecen por la angustia.

—Elián, ¿Qué pasa?

—pregunta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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