Con solo imaginarte - Capítulo 21
- Inicio
- Todas las novelas
- Con solo imaginarte
- Capítulo 21 - 21 Donde existe lo bueno existe lo malo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
21: Donde existe lo bueno, existe lo malo 21: Donde existe lo bueno, existe lo malo Lucho contra el dolor, lucho contra la voz de la conciencia, La miro, y mi determinación de demonio regresa.
Este dolor es el precio.
Lo pagaré.
—No importa —digo, y mi voz es baja y firme, teñida con el dolor.
La jalo hacia mí con una posesión renovada—.
Tú y yo seremos uno.
Mi corazón se desgarra porque le miento a Liara, pero mi alma te elige.
La miro a los ojos con la furia del deseo no negociable.
—Quiero que sepas que haré lo posible para tenerte todo el tiempo.
Romperé el decreto.
Viviremos juntos, sin límites Aislinn niega con la cabeza, sus lágrimas silenciosas caen sobre mi hombro.
Su respuesta no es egoísta; es un aviso.
—No, Elián.
No lo hagas —dice, su voz es un susurro de profundo dolor—.
Si rompes ese decreto, si me sacas de aquí por la fuerza…
tu mundo perfecto dejará de serlo.
Empezará a traerte consecuencias.
El mundo que creaste se rebelará porque estas rompiendo las reglas fundamentales con las que lo construiste.
La abrazo más fuerte, sintiendo su cuerpo temblar.
El dolor en mi pecho se intensifica con cada respiración, pero me niego a ceder.
Yo si quiero tener a Aislinn.
—No importa, Aislinn —digo tocando su rostro.
Mi voz ahora es un gruñido —Mientras estés conmigo.
Mientras te tenga, no me importa si este mundo se quema o se desvanece.
Yo soy el demonio que ama, y no me detendré hasta tener mi absoluto.
Eres mi destino, Aislinn.
Y el destino no se negocia.
La beso de nuevo, un beso que ya no es dulce, sino una firma oscura en el universo.
La beso para sellar mi elección, para ahogar el dolor de Liara que arde en mi pecho.
Soy egoísta, soy malo, y no me importa.
Solo quiero mi amor total.
—Elián, ya creo que debes de despertar.
Te llaman —Ella me mira con una tristeza profunda, pero su voz se vuelve urgente.
—No, no quiero —digo, mi voz es un gemido desesperado.
La acerco más a mí.
La beso apasionadamente, un beso que es una negación violenta a la realidad.
Ella me devuelve el beso con una necesidad que iguala a la mía.
El aliento se nos agota.
El sueño comienza a doblarse a nuestro deseo; nuestras ropas desaparecen, nuestros cuerpos se buscan con la familiaridad de siglos perdidos.
Nos fundimos, a punto de cruzar el umbral.
Pero de repente, el sonido invade el sueño.
—¡Elián!
¡Elián!
¡Elián!
—Una voz suave, insistente, que viene de la realidad que me condena.
—Despierta, amor…
El sonido es un cuchillo que corta el sueño.
La imagen de Aislinn se disuelve.
Abro los ojos de golpe, agitado, con el corazón latiendo con la furia del fracaso.
El aire huele a seda, a perfume caro, a Liara.
Veo a Liara.
Está desnuda, encima de mí, con sus manos en mi pecho y su rostro muy cerca del mío.
Su respiración caliente me roza la barbilla.
—¡Mierda!
El susto es puro.
El contraste entre la dulzura etérea de Aislinn y la realidad física de Liara me hace reaccionar instintivamente.
La empujo suavemente hacia un lado, mandándola al edredón.
—¿Qué sucedió?
—Liara se sienta, confundida.
Mi mente se reinicia, el demonio toma el control sobre la culpa.
Mi corazón duele, pero la mentira es más fuerte.
Me incorporo, la agarro por la cintura y la beso apasionadamente, borrando el rastro de Aislinn de mis labios.
—Nada, Chispita.
Solo fue un sueño horrible —miento, con la voz aún áspera—.
Buenos días.
Te ves increíble.
Ella sonríe, el alivio inundando su rostro.
Siento que le miento, y la culpa es una dulce agonía.
Nos levantamos y nos dirigimos al baño.
Nos bañamos juntos, el agua caliente es un ritual de limpieza que, por supuesto, no limpia nada.
Liara me acaricia el pecho, y yo le devuelvo las caricias con una intensidad posesiva.
La abrazo fuerte, reafirmando que ella es mi ley principal.
El amor con Liara es fuego; el amor con Aislinn es aire.
Necesito ambos para respirar.
Después de vestirnos en nuestro vestidor mágico, bajamos a la sala.
Llamamos a Hellen y Rosa.
Las invitamos a desayunar y explorar nuestro mundo creado.
El día es una celebración de nuestra nueva vida.
Comemos frutas luminosas que saben a felicidad pura.
Salimos para volver a caminar en el mundo de los sueños realizados, y las personas nos saluda con un respeto tranquilo.
—Elián, mira —dice Rosa, señalando una fuente de piedra que tiene forma de arpa.
—Dicen que si pides un deseo de tu corazón aquí, se hace realidad al instante —dice Hellen.
El ambiente es eléctrico.
Animo a mis amigas a que digan sus sueños.
Hellen pide vivir en una casa donde siempre haya música increíble.
Rosa pide una biblioteca infinita donde cada libro se escriba solo para ella.
Sus deseos se cumplen al instante: vemos cómo una pequeña casa de cristal aparece en la colina para Hellen, y una torre de pergaminos se materializa para Rosa.
Es la utopía que prometimos.
Mientras ellas celebran, Liara me mira.
—¿Y tú, Elián?
¿Te has sentido mejor?
—Nunca he estado mejor, Chispita —digo, apretándole la mano con firmeza.
La abrazo fuerte, sonriendo.
Siento el latido de su corazón, y es real.
Pero mi mente no está aquí.
Mi mente está en el momento en que casi tengo relaciones con Aislinn, en el dolor de mi pecho, en la promesa que hice de romper el decreto.
Pienso en reventar y correr de vuelta a la colina, a canjear ese secreto que Liara me robó.
Cuando la tarde cae, Hellen y Rosa nos agradecen y se dirigen a sus nuevos hogares.
Liara y yo volvemos a la cabaña.
—Necesito ir a la fundación —le digo—.
Tengo que revisar unos detalles.
Liara asiente confiada.
Vuelvo a la cabaña, me teletransporto desde el garaje subterráneo de la biblioteca de la fundación.
Mi corazón late con adrenalina.
Tengo que encontrar una laguna legal, un defecto en las leyes.
Corro a la pared donde debería estar el Santuario de la voluntad.
Corro hasta el arco de mármol que me negó Lo golpeo con la palma abierta, buscando una entrada, un fallo en la estructura.
No hay nada.
La pared es sólida, inamovible.
Entonces, mis ojos caen en una inscripción minúscula grabada en la piedra, casi invisible, cerca del suelo.
No es mi caligrafía.
Es la caligrafía perfecta y elegante de Liara.
Me agacho.
La leo.
La inscripción es una nota personal, un decreto extraoficial, la cápsula que me condena.
Aislinn, aquí, solo en sueños de Elián.
En este mundo, ella no puede existir fuera del plano onírico para evitar la destrucción de la ley fundacional que nos une.
Esta cláusula es inmutable.
Siento el impacto de la traición y el amor.
Ella no solo lo decretó en el pasado; lo grabó en la propia arquitectura de la realidad.
Me levanto y golpeo la pared con mi frente.
El dolor es un recordatorio de mi límite.
Las lágrimas ruedan por mis mejillas.
Lloro por la mujer que no puedo alcanzar.
El dolor es tan intenso que me dobla.
—¡Maldita sea, Liara!
—grito en la vasta soledad de la biblioteca.
Siento la tristeza más profunda.
No me rindo.
—No importa lo que grabaste —susurro a la pared, a Liara, a la nada—.
Encontrare una manera.
Te sacare de ahí, Aislinn.
Te sacare de mis sueños.
El demonio en mi se regocija en el desafío.
Esto no es el final.
Es solo el comienzo de la guerra.
El mármol frío bajo mi frente absorbe mis lágrimas y mi rabia.
Siento la traición de Liara grabada en la piedra, el límite final a mi poder: ≪Aislinn, aquí, solo en los sueños de Elián≫.
La furia me consume.
Me levanto, mis manos temblando, y me dirijo hacia el Ala 2, donde están los libros de la ley reescritos.
Necesito encontrar una laguna, una ley de emergencia que me permita anular un decreto fundacional.
Miro a mí alrededor, buscando los lomos de los libros, mi mente enfocada en la anulación.
—¿Elián?
¿Qué haces?
—El sonido de su voz me congela.
Liara está en el umbral.
Me giro.
Liara está parada en el centro de la vasta biblioteca, con los ojos clavados en mí.
No hay sonrisa, solo una mezcla volátil de furia, celos y el dolor de una verdad conocida.
Ella ya sabe que no estoy aquí por ≪detalles≫ de la fundación.
Ella sabe que acabo de intentar romper su límite.
—Ais…
—comienzo a decir, pero me detengo.
Busco la forma de poderla hacerle quitar la idea de lo que podría estar haciendo yo aquí, pero su mirada causa escalofríos.
Me acerco, la agarro por la cintura y la acerco a mí.
La toco con una desesperación fingida.
—Te amo, hermosa —susurro, mi voz es grave—.
Solo quería volver a leer las bases de la ley, para que entendamos que podamos disfrutar nosotros dos de este mundo, solo tú y yo, nada más.
Liara me mira directamente a los ojos.
Hay una chispa peligrosa que no había visto desde que llegamos al mundo de los sueños realizados.
Ella no cae en mi mentira.
De repente, con una fuerza que me toma por sorpresa, me empuja.
Me tambaleo hacia atrás un paso.
—¡Basta, Elián!
—grita.
Su voz resuena en la inmensidad de la biblioteca.
Es un grito de dolor, no de rabia.
La miro fijamente.
—¡Está bien, Elián!
—Continua, su voz se rompe—.
¿Pero por qué coño sigues buscando a Aislinn cuando sabes que lo dejé claro que la verás solo en sueños?
¿No es suficiente?
¡Creamos la puta perfección!
¡Destruimos nuestro pasado por esto!
Yo solo quiero que estés conmigo y yo contigo, nada más, por favor.
Sus palabras me golpean más fuerte que cualquier puñetazo.
Es el dolor de mi traición, magnificado por el amor que nos une.
La miro, y siento la culpa, pero también la convicción de que mi absoluto es Aislinn.
—Liara, escúchame…
—¡No!
—me interrumpe, tapándose los oídos—.
¡No quiero escucharte!
Solo prométeme que no volveré a acercarte a ese santuario.
La atraigo hacia a mí de nuevo.
No puedo prometerle eso.
En cambio, la beso.
Un beso de dominación, un beso que le dice: ≪Soy tuyo, pero no soy esclavo de tu miedo≫.
—Vamos —digo, terminando el beso—.
Vamos a fuera.
Necesito aire.
Salimos de la fundación.
La tensión entre nosotros es palpable, pero la cubrimos con la formalidad de nuestra existencia.
Saliendo, nos encontramos con Hellen y Rosa.
Las tres mujeres parecen reacias a acercarse, pero mi presencia las obliga.
Decidimos ir a los jardines de las ilusiones, un lugar donde los colores del aire cambian con la emoción.
Hellen sugiere un juego: Crear flores que representen nuestros deseos más ocultos.
Liara crea una flor oscura y hermosa que se envuelve alrededor de un tallo de hierro.
Rosa crea un pergamino flotante con un poema épico.
Yo creo una flor que tiene dos colores: un rojo intenso (por Liara) y un dorado brillante (por Aislinn), unidas por una espina invisible.
Mi voluntad es clara.
El juego nos distrae.
Hablamos de tonterías, reímos, y durante un par de horas, la ley Nº 5 parece estar funcionando perfectamente.
Liara se mantiene pegada a mi brazo, un control silencioso, pero sé que su mente está en la de la fundación.
Cuando la tarde se vuelve noche, nos despedimos de Hellen y Rosa.
Volvemos a la cabaña.
El ambiente está cargado.
Liara me dice que se adelanta a la cama.
Es mi oportunidad.
Vuelvo al garaje.
Me teletransporto a la fundación.
Entro en el Ala 2, a la luz tenue.
Corro a la pared sellada.
Saco de mi bolsillo un cristal de obsidiana, un objeto que adquirí en el viejo mundo y que siempre ha amplificado mi enfoque.
Me arrodillo ante la pared.
Pongo el cristal sobre la inscripción de Liara.
Cierro los ojos.
Me concentro, no en el amor por Aislinn, sino en la lógica de mi poder.
Yo soy la ley.
Un decreto fundacional no puede contener la voluntad del creador.
Abro los ojos.
Con el cristal, comienzo a borrar la escritura de Liara.
No hay resistencia; la piedra cede ante mi voluntad amplificada.
La caligrafía de Liara desaparece de la piedra.
Luego, empuñando el cristal, comienzo a borrar la escritura de Liara.
No hay resistencia; la piedra cede ante mi voluntad amplificada.
La caligrafía de Liara desaparece de la piedra.
La ley del sueño es nula y sin valor.
Aislinn es requerida para la integridad de la ley fundacional.
Aislinn es liberada al plano físico del mundo.
Su presencia es inmediata.
Termino la última palabra.
En ese instante, un temblor sacude la fundación.
No es un temblor natural.
Es el sonido de la realidad reajustándose.
Los libros en la ala 2 vibran con una resonancia baja y profunda.
El suelo de mármol se agrieta ligeramente bajo mis pies.
El temblor es fuerte, pero no destructivo.
Salgo corriendo de la fundación, usando el garaje como portal de escape.
Aparezco en una de las calles principales del mundo.
El temblor ha cesado, pero el silencio es ensordecedor.
Miro a mí alrededor.
La ciudad del mundo está completamente vacía.
Hace solo unas horas, estaba llena de gente sonriente que paseaba y cumplía sus sueños.
Ahora, la plaza principal está desierta.
Los edificios están intactos, pero no hay un alma, ni siquiera un pájaro.
Es como si todas las personas, la mesera, los nuevos habitantes…
hubieran desaparecido de golpe.
La luz artificial de las farolas del mundo parpadea erráticamente.
Siento un escalofrió de terror.
He roto la ley.
Mi deseo, mi egoísmo, acaba de causar una consecuencia no deseada.
Liara.
Corro hacia la cabaña.
El miedo me golpea, no por mí, sino por la aniquilación de mi universo.
Si las personas desaparecieron, ¿qué paso con Liara?
Espero que no se haya ido, no quiero quedarme solo.
Llego a la cabaña.
La puerta está abierta.
El aire huele a seda y a desesperación.
—¡Liara!
—grito.
Subo las escaleras.
La encuentro en la habitación principal.
Está sentada en la cama, mirándome con unos ojos que no son de rabia ni celos, sino de puro horror, —Elián…
—susurra—.
Mira afuera.
Ella no mira la ciudad vacía.
Mira la ventana del balcón.
Miro hacia donde señala.
El cielo purpura del mundo está comenzando a agrietarse.
En el horizonte, veo fisuras negras que se expande lentamente, como si la realidad fuera un cristal roto.
—Tú lo hiciste —dice, su voz es apenas un susurro de incredulidad y dolor profundo—.
¡Tú rompiste el mundo!
Me acerco, sintiendo el aire frío de la destrucción que entra por el balcón.
Mis manos tiemblan, no por el miedo a la muerte, sino por el miedo a perder la perfección que tanto me costó crear.
—Yo…
yo no sabía que sería tan rápido —digo, la voz me sale raspada—.
Solo anulé un decreto.
Era un decreto menor, Liara.
—¡No hay decretos menores!
—grita Liara, levantándose de la cama.
Ella está desnuda, su cuerpo es la encarnación de la perfección que se está desmoronando, y su dolor me duele más que las fisuras en el cielo—.
¡La ley del sueño era fundacional!
Era la única restricción a tu voluntad, la única manera de mantener el equilibrio entre el deseo absoluto y la realidad.
¡Tú lo aceptaste!
Me acerco a ella, intentando tocarla, intentando usar el contacto como ancla.
—Mi amor, escúchame.
Lo hice por mi verdad.
Mi absoluto no puede ser parcial.
Yo te amo, Liara, pero mi alma requiere a Aislinn.
¡Nuestro mundo debería ser capaz de contener todas mis verdades.
Ella da un paso atrás, negándome el contacto.
Su rostro se tuerce en una expresión de dolor que me destroza.
—No.
El mundo que creamos no permite la traición.
La ley Nº 5 era sobre eliminar la duda, no sobre elegir el egoísmo por encima de la estabilidad —dice—.
Y mira ahora.
¡Mira las consecuencias!
Una de las grietas negras en el cielo se expande, y por un momento, veo a través de ella.
No veo estrellas; veo el vacio, la nada absoluta de donde vinimos.
—¡Nosotros somos la única ley, Liara!
—grito, desesperado—.
Si hay un problema, lo arreglamos, ¡Lo arreglamos juntos!
—¡Ya no podemos Elián!
—Ella corre hacia el vestidor, ignorando mi desnudez y la suya, buscando ropa con manos temblorosas—.
Borraste el equilibrio.
Ahora el mundo no sabe como contener la ley y tu deseo al mismo tiempo.
¡Por eso se ha vaciado el mundo!
Las personas desaparecieron porque la realidad se está autodestruyendo.
Miro a mi reloj sobre la mesita de noche.
Es irrelevante, pero busco una referencia.
La temporalidad de este mundo se siente inestable.
—¿Qué hacemos?
—pregunto, sintiendo el pánico helado por primera vez desde que rompimos la libreta¾.
Si el mundo se destruye, ¿dónde vamos?
¿A la nada?
Liara se pone a su vestido de seda más fuerte, casi con violencia.
Liara se pone su vestido de seda más fuerte, casi con violencia.
—¡No sé!
¡Regresar al viejo mundo es imposible!
Nuestra voluntad es demasiado fuerte aquí; sí regresamos, destruiríamos la tierra con solo respirar.
Ella me mira con una mezcla de amor y desprecio.
—Tienes que deshacerlo.
Tienes que revertir el decreto que acabas de escribir.
Ahora, antes de que el vacio nos consuma.
Corro hacia el vestidor y me pongo la ropa más fácil que encuentro.
El terror nos viste a los dos.
—No puedo, Liara.
El santuario de la voluntad absoluta solo acepta decretos, no anulaciones —digo, sintiendo el pánico crecer—.
Una vez que la ley es escrita, solo puede ser reemplazada por una nueva ley más fuerte, ¡no eliminada!
Liara se congela, su rostro pálido.
—Entonces…
tienes que escribir u decreto que reemplaza tu egoísmo con el orden.
¡Algo que restablezca el equilibrio de la ley!
Una vibración profunda sacude la cabaña.
Una de las grietas en el cielo se expande peligrosamente sobre nosotros.
Las luces de cristal de la cabaña estallan en una lluvia de esquirlas silenciosa.
—¡Tenemos que volver al santuario!
—grito—.
¡Ahora!
Agarro a Liara por el brazo.
Esta vez, el contacto es de pura supervivencia, no de pasión.
Corremos escaleras abajo, el sonido de nuestros pasos es el único sonido en la cabaña.
Llegamos a la sala principal.
Liara se detiene bruscamente.
—¡Espera!
Miro.
Frente a nosotros, en el centro de la sala, donde antes estaba la chimenea de piedra, hay un portal abierto.
No es un portal de luz, sino de oscuridad densa, negra, que absorbe la luz de la sala.
Es la manifestación del vacío que se filtra en nuestra realidad.
Mi mente se esta volviendo loca con tantas preguntas.
—Se está abriendo…
—susurra Liara, sus ojos delatados por el terror.
—Tenemos que ir por el garaje.
¡Es la única salida rápida!
Corremos hacia el garaje.
Mientras lo hacemos, escucho un sonido que me congela.
El sonido de alguien entrando a la cabaña por la puerta principal.
Miro hacia atrás, hacia la sala.
La figura se recorta contra el portal negro del vacío.
Es alta, delgada, y esta vestida con ropas de seda de un color verde pálido.
No es Aislinn.
No es Hellen ni Rosa.
Es una figura desconocida, y su presencia aquí, en nuestra cabaña sellada, desafía todas las leyes que creamos.
—¡Elián, corre!
—grita Liara, tirando de mi brazo.
Pero no puedo moverme.
El terror me clava en el suelo.
La figura levanta la mano hacia nosotros, y de su palma sale una luz blanca y cegadora.
—La ley fundacional exige compensación —dice una voz que no es humana, que resuena en mi mente como el sonido de dos metales golpeándose—.
El vacio viene por el alma de quien causó la anulación.
—¡El vacio me quiere a mí!
¾Liara tira de mi brazo, Pero la figura es un ancla de terror.
—¡Elián, vamos!
¡Tenemos que escribir una nueva ley!
Logro romper la parálisis.
Corremos hacia el garaje.
Mientras lo hacemos, la figura de seda dispara un rayo de luz blanca que impacta la pared de la cabaña.
La estructura cruje.
Llegamos al garaje y nos teletransportamos de nuevo a la fundación de Liara.
Aparecemos en la biblioteca.
Corremos hacia el ala 2, donde los libros tiemblan con furia.
Liara agarra mi rostro entre sus manos, sus ojos están dilatados por el terror y una posesividad absoluta.
—¡Tienes que escribir algo, ahora!
¡Antes de que ese algo nos siga aquí!
—¿Qué escribo, dime ya?
¿Por favor, no se autodestruya, mundo?
—¡Escribe orden!
¡Escribe que yo soy tu única necesidad inmutable!
¡Escribe que la restricción es la nueva ley!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com