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Con solo imaginarte - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Todo parece estar bien pero no lo está
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22: Todo parece estar bien, pero no lo está 22: Todo parece estar bien, pero no lo está  La empujo suavemente hacia el arco sellado del santuario.

Saco mi cristal de obsidiana.

—Dime la frase, Liara.

Algo que el universo acepte.

Liara mira el arco sellado, donde yo borré su decreto.

Su rostro es una mezcla de furia, dolor y un amor que exige control.

—Escribe…

—susurra—.

Escribe que la ley fundacional se restablece y se ancla únicamente en la inmutable entre nosotros.

¡Y que todo aquello que desafié este ancla, será contenido o desterrado!

¡Rápido!

Agarro el cristal.

Grabo la frase con una furia concentrada en el mármol, sintiendo la piedra ceder.

Apenas termino, la última palabra, el temblor regresa, más violento.

Los libros vuelan.

El techo abovedado cruje Liara se lanza hacia mí, su cuerpo se choca contra el mío.

—Nadie te quitara de mí —me grita en la boca, su voz es un juramento feroz sobre el caos—.

Tú siempre serás mío, como yo seré tuya.

No quiero ni voy a querer que se te acerquen.

La abrazo, sintiendo la desesperación de nuestro vinculo.

—Aunque yo muera de amor por Aislinn, te prometo que me olvidaré de ella —digo, la voz me sale ahogada por la emoción y el miedo—.

Trataré de hacerlo, aunque rompa mi promesa y una parte de mi corazón.

Pero aun así, ella estará presente en mi mente, porque con tan solo imaginarla podre tenerla, así sea en la imaginación.

Déjame solamente eso.

Estaré contigo y más nunca te engañare, Chispita.

El temblor cesa de golpe.

Un silencio absoluto llena de biblioteca.

Hemos ganado por ahora.

Salimos corriendo de la fundación.

Aparecemos en el mundo.

La calle no está vacía.

Todo ha vuelto a la normalidad.

La gente sonríe, pero sus movimientos parecen extrañamente lentos.

Las grietas en el cielo han desaparecido.

—Voy a la cabaña.

Voy a hacerte una sorpresa —Liara me mira, la adrenalina todavía fluye.

Ella se va.

Yo me quedo un rato en la plaza, agarrando aire.

Mi corazón late, pero el dolor físico ha desaparecido.

Estoy solo.

Cierro los ojos, intentando estabilizarme.

Y entonces unas voces, empezaron en mi cabeza.

—Tu pasado te atormentará.

—No te dejaremos estar en paz.

—Serás de nosotros.

Abro los ojos.

La gente sigue riendo, pero ahora, en la periferia de mi visión, veo figuras que no deberían existir.

Veo personas que han muerto.

Caminando a mi lado.

Sus rostros son huecos.

Y luego la veo a ella.

Mi madre.

Una visión clara, sonriéndome con la misma calidez que tenía antes de morir.

Mi trauma convertido en carne.

La visión de mi madre se desvanece, reemplazada por un rostro que me hiela la sangre.

Dorian.

El hombre que traicioné.

Me saluda, su rostro una máscara de calma helada.

—Hola, Elián.

¿Cómo un amigo traicionar a otro y matarlo en la cara?

¿Por qué a mí?

Ahora todo será imposible para ti.

—Pero…

si fue al contrario.

Tú me traicionaste a mí —las personas se me quedan viendo.

Sabiendo que para ellos estoy hablando solo.

Dorian se desvanece.

Me levanto, sintiendo el pánico.

El universo me castiga por mi egoísmo con la invasión de mis culpas.

Llego a la cabaña, trastabillando.

Mi mente es un manicomio.

Subo las escaleras.

Liara me espera en la cama, desnuda, sonriente.

—¡Ven, Elián!

—me llama—.

Úntame de nutella y cómeme.

Hoy soy tu cena.

Me acerco.

Me rindo a ella, la única ancla que me queda.

El amor que me da es un acto de devoción curativa.

Unto el dulce en su piel, desde el cuello hasta el vientre, y la saboreo lentamente.

Cada lamida, cada beso, es un acto de posesión y un intento desesperado por acallar las voces.

Hacemos el amor con una intensidad que es una súplica.

Ella me ama con todo lo que tiene, y yo me entrego a ella para sobrevivir.

Es una mentira necesaria.

Al siguiente día, el sol brilla.

Nos despertamos abrazados.

Me bajo a buscar café.

Liara se queda en la cama.

Cuando regreso, la encuentro, no con una sonrisa, sino con un rostro blanco con el mármol.

En su mano, tiene unas notas viejas.

Notas del otro mundo que no debieron haber cruzado.

Mis planes, mis deseos sobre Aislinn.

—¿Qué es esto, Elián?

—Siento el inicio de la pelea.

Meses se han ido abrir y cerrar de ojos, meses de paz y amor se han jodido por un papel.

—No encuentro manera de arreglar todo —susurro, el dolor es real—.

Nuestro amor es real, han pasado meses juntos, ha sido lo mejor, pero ¿por qué traje esas notas?

Por eso estamos tan mal.

Todo ahora sale mal.

Me hundo en una silla, la verdad me ahoga.

Los pensamientos en mi mente están jugando conmigo, ya no aguanto.

No quiero perder a Liara también, tengo que resolver este problema si o si.

—Tengo lo que quiero, menos a la persona que amo, a mi mejor amiga.

Y no la puedo tener porque no está en este mundo.

El amor de mi vida es mi mejor amiga, y yo soy el amor de vida de Liara, y me toca hacerla feliz todo para no dañar un corazón tan lindo y noble —pienso en voz alta—.

Yo sé que me puedo enamorar mucho más de ella.

Liara es linda, tiene un buen corazón, es amigable y hace lo imposible por las personas que quiere.

La miro.

Ella me dice que soy un demonio dispuesto a hacer maldades, pero me ama.

Yo haré lo imposible por mantenerla.

—En realidad, es linda, pero no me gusta cómo me encanta Aislinn.

Y esto me enseña que la vida no se trata de la persona que te enciende el deseo, sino la que te conoce bien, la que siempre está para ti.

La persona que a pesar de lo que hagas sigue detrás de ti.

Y estas cosas que he aprendido, quiero que las aplique Aislinn, aunque no sea conmigo.

No es la persona que te gusta, es la que te elige aun estando las cosas mal.

Me levanto.

Me acerco a Liara, quien llora en silencio sobre las notas.

—Y si, aunque mi mejor amiga, no esté conmigo como yo quiero, con solo imaginarla seré el hombre más feliz, porque teniéndola presente en mi mente, sabré que vivo.

Y tú, Liara, tu eres todo para mí, tu eres la que me conoce, la que me elige, así que yo nunca te dejare, siempre estaré convirtiendo mi vida contigo.

La abrazo.

El amor por Liara es la ley, pero mi alma ya está en guerra perpetua con mi conciencia.

El demonio es leal a su reina, que destroza el mundo por salvarla y yo…

soy el demonio de Liara.

El aire en la cabaña es pesado, cargado de la culpa de mi mentira y las notas que le había hecho a Aislinn que Liara encontró.

Hemos intentado discutir, pero las palabras se quedan atrapadas en la garganta.

Liara me ama, pero su fe en mi está destrozada.

Siento que cada día se vuelve más difícil respirar en el mundo.

La perfección que creamos es una fachada que se agrieta lentamente.

Han pasado unas semanas desde el temblor y la confrontación en la cabaña.

Liara y yo seguimos juntos, pero nuestra relación es un campo minado.

Ella no confía en mis palabras; yo no confió en mi mente.

Y las cosas se ponen peor.

Estoy en la cabaña, solo.

Liara ha ido a la plaza para sentir la estabilidad del nuevo decreto.

Camino por el pasillo.

La cabaña, antes un refugio cálido, ahora es una cámara de eco.

Empiezo a ver sombras.

No son sombras comunes.

Son movimientos rápidos, periféricos.

Estoy leyendo un libro de nuestra colección.

Levanto la mirada.

El pasillo está vacío.

Pero en el instante en que mis ojos se enfocan, juro ver un deslizamiento oscuro justo al borde del campo visual, moviéndose rápidamente detrás del marco de la puerta.

Me levanto, la piel de la nuca erizada.

Camino hasta el pasillo.

—¿Quién anda ahí?

¿Eres tú, Liara?

—pregunto, mi voz tiembla ligeramente.

Silencio.

Regreso al libro.

Dos minutos después, escucho un susurro detrás de mí.

Es tan bajo, tan gutural, que no puedo distinguir la palabra.

Pero sé lo que significa: ≪están aquí.

Las voces de Dorian, Damon, Royner y las voces de las personas que perdí.

Las cosas físicas también empiezan a rebelarse contra la ley de orden.

Estoy en la cocina, preparándome un café.

Coloco la taza sobre la encimera.

Me giro para tomar la leche.

Cuando me doy la vuelta, la taza está en el suelo, rota en mil pedazos.

No cayó; parece que fue arrojada.

No había nadie cerca.

—¡Maldita sea!

—grito.

Liara va llegando.

Entra a la cocina, atraída por el ruido.

Mira la taza rota, luego me mira a mí.

—¿Qué pasó, Elián?

—Se…

se cayó.

La puse muy cerca del borde.

Miento.

Miento porque el terror es mío.

Siento que si le digo que los objetos se mueven solos, ella finalmente me dejará.

El mundo me está castigando Una noche, Liara y yo estamos durmiendo.

O al menos, lo intentamos.

Ella se acuesta de espaldas a mí, el silencio entre nosotros es un muro.

Cierro los ojos, esperando el sueño y el consuelo de Aislinn.

Pero el sueño no llega.

Siento un peso en el borde de la cama.

Abro los ojos lentamente.

La habitación está oscura, pero la luz púrpura de las lunas gemelas entra por el balcón.

Veo una figura borrosa sentada en el borde de la cama, a los pies de Liara.

Es alta y delgada.

No es una sombra; es una silueta de oscuridad absoluta, un vacio que absorbe la luz.

Siento el frío intenso que emana de ella.

Intento gritar, pero mi garganta se sella.

Intento moverme, pero estoy paralizado por el terror.

La figura se inclina lentamente hacia liara, como si fuera a susurrarle algo.

—¡No!

—Logro liberar un grito ahogado.

El sonido rompe el hechizo.

La figura se desvanece en el aire helado que me eriza la piel.

Liara se despierta de golpe, asustada.

—¡Elián!

¿Qué pasa?

Me siento, jadeando, el sudor frío pegado a mi cuerpo.

No puedo respirar por el momento, no me puedo mover aún —Tuve…

tuve una pesadilla.

El temblor —Mi voz, tiembla.

Aun no puedo hablar completamente.

Pienso que volverá.

Liara se da la vuelta, me abraza por la cintura.

—Tranquilo, amor.

Estamos a salvo.

Estoy aquí para ti, tontito —Ella me abraza, pero mi mente grita que no estamos a salvo.

Que las sombras vinieron por ella.

Unos días después, estoy solo en el baño, mirándome en el espejo del tocador.

Mi rostro está cansado, mis ojos tienen ojeras profundas.

Me lavo la cara con agua fría.

Levanto la mirada.

En el reflejo, mi rostro no está.

En mi lugar, veo la cara desfigurada de Dorian.

El hombre que mate en el mundo real.

La cara de Dorian me mira con una expresión de odio silencioso y absoluto.

—Te dije que todo sería imposible para ti, Elián —susurra la voz de Dorian, pero el sonido viene del espejo, no de mi boca—.

Tú mundo es una mentira.

Y yo soy tu castigo.

El terror es tan intenso que salto hacia atrás, golpeando la pared.

El espejo se rompe.

No, no se rompe; el reflejo de Dorian se desvanece, y mi propio rostro pálido regresa.

Salgo del baño, tambaleándome.

Sé que este no es el final.

Mi egoísmo ha roto el mundo, y la realidad está utilizando mis propios traumas y culpas para destrozarme lentamente.

El precio de Aislinn no es solo la traición a Liara; es la perdida de mi locura.

Ahora, cada sombra, cada sonido, cada reflejo es un recordatorio de que este mundo elegirá mi final, mi muerte.

La vida en el mundo se ha convertido en una pesadilla lenta.

Las sombras son constantes, y el terror de ver a Dorian en el espejo me ha dejado al borde de la locura.

Liara intenta ser mi ancla, pero el miedo ha erosionado nuestra intimidad.

Sé que me mira buscando signos de la traición que nos persigue.

Estoy solo en la sala principal de la cabaña.

Liara ha salido brevemente a intentar contactar a Hellen y Rosa, desesperada por saber si ellas también están sufriendo las consecuencias de mi decreto.

Camino hacia la chimenea.

La cabaña está en penumbra, aunque es mediodía.

La luz del sol purpura apenas penetra las ventanas.

Me detengo frente al gran ventanal que da al balcón.

Miro hacia afuera.

La ciudad del mundo parece normal, pero sé que la gente de allí, son solo fantasma de la perfección.

De repente, escucho un crujido sobre mí.

No es el sonido de la madera vieja; es un sonido seco y tenso.

Levanto la mirada.

El candelabro principal, una hermosa pieza de cristal del mundo, se está balanceando lentamente, aunque no hay viento.

Siento que algo no está bien.

El aire se vuelve denso, pesado, como si la gravedad se hubiera triplicado.

Intento dar un paso atrás, pero es demasiado tarde.

El candelabro se desprende del techo con un sonido desgarrador.

—¡Mierda!

Corro, impulsado por el instinto.

La masa de cristal y metal cae justo donde yo estaba parado.

El suelo se rompe bajo el impacto, el cristal estalla con un sonido ensordecedor, si me hubiera quedado un segundo más, habría muerto.

Me quedo en el suelo., jadeando, mirando la destrucción.

Esto no fue un accidente.

Fue un intento deliberado de matarme.

El mundo me quiere muerto.

Me quedo en el suelo, jadeando, mirando la destrucción.

Esto no fue un accidente.

Fue un intento deliberado de matarme.

El mundo me quiere muerto.

El miedo se convierte en adrenalina helada.

Salto sobre el sofá, buscando refugio.

De repente, la chimenea a mi izquierda se enciende con una llamarada verde y fétida.

La temperatura en la sala sube de golpe, quemando mi piel.

Y luego los veo.

Salen del fuego verde.

No son sombras ni fantasma.

Son las figuras de mi pasado, pero esta vez, están materializadas.

Están vestidas con ropas carbonizadas, sus rostros son máscaras de furia y descomposición.

Dorian está a la cabeza.

Detrás de él, hay otras dos figuras que no reconozco, pero sé que se murieron por mi culpa indirectamente en el mundo viejo.

Dorian sonríe, pero su rostro está en llamas.

—Te dije que no te dejaríamos en paz, Elián —su voz es un crepitar de fuego y dolor—.

El universo ha ordenado tu sacrificio.

Tu vida es la única moneda para restaurar la ley.

Intento huir, pero las otras dos figuras me flaquean.

El miedo es tan intenso que mi visión se vuelve borrosa.

Me acorralan contra la pared.

Dorian levanta una mano envuelta en llamas verdes.

Siento el calor insoportable en mi rostro.

—Esto es por la ley que rompiste —dice Dorian—.

Y por la amistad que traicionaste.

Elián, estás a punto de morir.

Siento el calor del fuego quemando mis pestañas.

Cierro los ojos, esperando el final.

Justo cuando Dorian está a punto de tocarme, un grito agudo interrumpe en la sala.

—¡Aléjate de él!

Liara.

Ha regresado.

Liara corre hacia la chimenea, ignorando el calor abrasador.

No lleva armas, solo la fuerza de su voluntad desesperada.

Se lanza contra Dorian, empujándolo.

Su contacto es suficiente para desestabilizar la aparición.

Las figuras de fuego parpadean y se disuelven en un humo denso y acre.

Cae a mi lado, respirando con dificultad.

—Vámonos —susurra, sus ojos llenos de terror puro—.

Aquí no estamos a salvo.

Me levanto, con el corazón latiendo a un ritmo frenético.

Miro la chimenea apagada y el candelabro destruido.

—Tenemos que salir de este mundo —digo—.

Si este mundo me quiere muerto, volvamos al mundo real.

Corremos hacia el garaje.

Nos teletransportamos fuera de la cabaña, fuera de la fundación.

Aparecemos en un paisaje desolado, en las afueras del mundo, cerca del límite del bosque de cristal.

—¡Busca el portal!

—grito—.

¡El portal por donde entramos!

¡Necesitamos volver al mundo real!

Corremos, tomados de la mano, a través de la tierra agrietada.

El cielo está gris y apagado.

Llegamos al borde.

Donde antes estaba e portal del vacío que nos trajo a este Edén, ahora solo hay una pared de obsidiana negra y lisa.

Liara se acerca a la pared, golpeándola con las manos.

—¡No!

¡Tiene que estar aquí!

Nosotros queremos salir, pero cada intento es imposible.

Empiezo arrepentirme de haber creado este mundo.

No quiero saber nada de este mundo ahora.

Cuando tenga la oportunidad de salir, me voy y jamás volveré.

—Liara, escúchame.

El nuevo decreto nos ancló.

No podemos salir.

Nuestro poder es demasiado fuerte; el universo nos ha sellado aquí.

Entonces el terror se vuelve colectivo.

El sonido empieza a llegar a nosotros desde el mundo, un grito lejano y gutural, seguido por un silencio inmediato.

Corremos hacia la colina más cercana para ver la ciudad.

Y lo vemos.

La gente del mundo, la gente que regresó por mi decreto de orden, está muriendo.

No por fuego, ni por violencia, sino por el mismo vació que vimos en el cielo.

Las figuras están de pie en la plaza.

De repente, su carne se oscurece y se desintegran en polvo negro que el viento se lleva.

La mesera en la fuente, Hellen, Rosa…

todas las que traje a esta perfección.

Están muriendo porque la ley no es pura.

Mi presencia, mi corrupción, está matando a mi propia creación.

Liara y yo observamos la escena, sin poder movernos.

—¡No!

—grito, un lamento que se ahoga en el viento seco—.

¡Todo se esta yendo!

La última persona visible en el mundo cae.

El silencio regresa.

Miro a Liara.

Ella me mira con los ojos llenos de lágrimas.

—Estamos atrapados —susurra—.

En el mundo que rompiste.

Y la aniquilación viene por nosotros.

El terror nos agarra.

Liara y yo observamos la ciudad del mundo, ahora un mausoleo de polvo.

La realidad se ha vengado.

Estamos sellados en el mundo que descubrí.

—Tenemos que ir a la cabaña —digo, mi voz es un hilo de miedo—.

Es el lugar más seguro.

Corremos, la tierra bajo nuestros pies es ahora ceniza.

Llegamos a la cabaña.

El cristal roto y el agujero en el suelo de la sal son recordatorios de que el mundo ya nos ha encontrado.

—Tenemos que contenerlo —dice Liara, cerrando la puerta con un golpe.

Sus ojos están llenos de desesperación, pero su mente busca la solución¾.

Las malas vibras, la energía de la anulación…

tenemos que sellar la cabaña.

Corremos escaleras arriba, buscando el refugio de nuestra habitación.

Liara agarra unas esencias que encontró en el vestidor: romero, lavanda del mundo, y las quemas en un cuenco de plata.

El humo es dulce y denso.

Luego, yo agarro un cuchillo que encontramos en la cocina.

Liara me guía.

Me esta detallando cada cosa que debo de hacer, en estos momentos, sin saber que hacer ella es la que me está ayudando a resolver este gran problema.

—Graba el nuevo decreto en los marcos de las puertas, Elián.

No la frase larga.

Solo escriba: Orden – Liara y Elián.

Necesitamos un ancla visual.

Con el cuchillo temblando.

Grabo las palabras en cada marco de la habitación.

Es un juramento grabado de madera.

El humo de las esencias nos envuelve.

Siento una ligera estabilidad, una barrera temporal contra el caos que hemos liberado.

Nos miramos.

El terror sigue ahí, pero la adrenalina nos ha llevado a un punto de no retorno.

La vida se desintegra afuera; solo nos queda la certeza de nuestros cuerpos.

Liara se acerca a mí.

Sus ojos ya no tienen miedo; tienen una necesidad elemental, el deseo de reafirmar que, aunque el mundo muera, nosotros existimos.

—Ahora —susurra—.

Ahora, la única ley que queda.

Nos despojamos la ropa.

La tela cae al suelo, un estorbo inútil.

Nos abrazamos.

Siento la calidez desesperada de su piel contra la mía, el contraste entre su suavidad y la crudeza de la muerte que nos acecha.

Ella me besa.

El beso es una declaración de guerra contra la nada.

Me empuja hacia la cama.

Caemos juntos, el colchón suave es la única tierra firme.

Me coloco sobre ella.

Mi peso es una confirmación de la realidad.

La miro a los ojos.

Siento una oleada de ternura mezclada con la más profunda posesividad.

En este acto, no hay mentiras.

Ella me pertenece, y yo me entrego a su necesidad de ser sostenida.

Siento su corazón latiendo salvajemente bajo mi pecho.

Cada caricia es un conjuro para mantenernos vivos.

Cuando me uno a ella, es un acto de fe ciega en nuestro vínculo.

Ella gime, un sonido que es un bálsamo para mi alma atormentada.

Liara me da la vuelta.

Ella se sienta sobre mí, cabalgando mi cuerpo con una furia y una urgencia que no permite dudas.

La observo: su rostro, iluminado por la luz tenue, está contorsionado por el placer, pero también por la determinación.

Ella me está reclamando.

Siento que cada movimiento de sus caderas es un latido del universo que se niega a morir.

Ver su rostro, ese abandono total que me ofrece a mí solo, me hace sentir invencible.

El dolor de la culpa por Aislinn se disuelve en esta intensidad física.

Somos uno, y por ahora, es suficiente.

Alcanzamos el pico de la noche, aferrándonos el uno al otro, un grito compartido que desafía el silencio de la ciudad muerta.

La respiración se calma.

La cabaña parece más brillante, más estable.

Nos quedamos acostados un rato, entrelazados.

La cabaña está en silencio, solo se escucha nuestra respiración.

Liara se levanta lentamente.

Se viste con una túnica sencilla.

Va hacia el balcón.

—Necesito aire —susurra—.

Necesito respirar el mundo.

Ella sale al balcón.

Me quedo solo, el cuerpo agotado, la mente en calma temporal.

Pero la calma es una ilusión.

El aire se enfría de golpe.

Escucho las voces de nuevo, más claras que antes, susurrando desde la oscuridad del rincón.

—Tú lo mataste…

—Eres un asesino, Elián…

Cierro los ojos, pero la imagen se forma detrás de mis parpados; el señor del restaurante, el temblor, la nota que escribí y que sello el destino de todos.

Veo la cara de Dorian, la de mi madre…

y luego, la imagen de Nino.

Nino, unos de los integrantes de la banda de los cuervos de Nox.

Él fue el que sobrevivió, lo deje en otro lugar.

De repente una idea se me cruza por la mente.

—Nino —susurro—.

El quedo vivo.

El pudo ser que hizo algo exteriormente.

Si Dorian y el vacio me persiguen, es porque alguien en el mundo real sobrevivió o sigue vivo y está consciente de mi poder.

Nino debió ser el que llamo al caos.

El haría unas cosas de brujería.

El puede ser la interferencia.

Me levanto de la cama, la adrenalina reemplaza el agotamiento.

Miro la pared, el cuchillo, el decreto grabado.

—Tengo que salir —digo al aire—.

Tengo que salir y terminar esto.

Si Nino es el punto de fuga de la realidad, tengo que sellar esa puerta.

Tengo que eliminar la traza del pasado para que este mundo pueda sanar o salir yo con Liara.

Corro hacia la puerta.

Liara está en el balcón, de espaldas a mí.

—Voy a buscar algo, amor —miento—.

No tardo.

—Quieto ahí.

Tú no sales solo —Liara se cambia de ropa, mientras me mira—.

Ahora sí, ¿qué buscaremos?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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