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Con solo imaginarte - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 La petición se cumple
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23: La petición se cumple 23: La petición se cumple Salimos.

Empezamos a recorrer las calles desiertas del mundo.

Los edificios están intactos, pero la vida se ha desvanecido.

No hay ni un solo insecto, ni un susurro de viento.

—Buscaremos los errores —digo, girándome para encarar el silencio de la ciudad muerta—.

Liara, las personas desaparecieron porque el universo no puede tolerar la traición a la ley fundacional.

Si encontramos los fallos de la ley, podremos revertir el anclaje que nos atrapa.

Mientras recorremos la ciudad fantasmal, la verdad nos golpea con una frialdad brutal: somos lo único que existimos.

—Mira, Elián —dice Liara, señalando la plaza—.

El decreto nos selló.

Ahora somos los custodios de nuestra propia tumba.

Caminamos en un silencio sepulcral.

Siento la presión de la soledad; es una carga insoportable.

Necesito reafirmar nuestro vínculo, nuestro placer, antes de que el mundo nos consuma.

Mientras caminamos, la agarro con fuerza por una nalga, mi mano se desliza con intención.

—Deberíamos comernos aquí —digo, mi voz es un gruñido.

Agarro su cintura y la atraigo hacia mí.

—Calma, Elián.

—Uy, mamacita, chuparte esa vagina, lamértela aquí mientras agarro esos pezones tuyos…

uy, me encantas, preciosa, me tienes vuelto loco.

Ella se ríe, un sonido bajo y ronco que es música en el silencio de la aniquilación.

—Ay, sí, tontito —responde, inclinando la cabeza hacia atrás, entregándose al deseo—.

Pero haremos primero todo para poder arreglar o salir de aquí.

Si te matas, nos quedamos sin nada.

Su respuesta me recuerda la urgencia.

El placer puede esperar; la supervivencia no.

Seguimos buscando en los rincones del mundo.

Los errores no son visibles; son estructurales.

—Necesitamos los objetos de poder —digo, sintiendo una intuición desesperada—.

La libreta es la fuente, la ley es el código, pero ¿qué usamos para reescribir la ley cuando el mundo se autodestruye?

Liara y yo nos miramos.

Las respuestas son obvias.

—La luz de la cabaña —dice Liara—.

El cristal que amplifica tu voluntad.

—El cuaderno original —respondo—.

Y el lugar más sagrado para nosotros.

Corremos de vuelta a la cabaña.

Tomamos el cristal de obsidiana y la libreta original, de las pocas hojas que quedaron.

Es la que contenía las reglas que rompimos.

Nos teletransportamos directamente a la fundación Liara.

Corremos al ala 2 de la biblioteca.

Dejamos la libreta y el cristal sobre la mesa central de mármol.

Nos sentamos, uno frente al otro, agarrados de las manos.

La tensión es insoportable.

—¿Qué escribimos?

—pregunta Liara, su voz es tensa.

—No escribiremos —digo, mirando la libreta—.

Nos arrepentiremos.

El universo se rompió por mi arrogancia.

Necesitamos confesar nuestra culpa y desear el regreso, así vemos si podemos arreglar todo.

Cerramos los ojos.

Nos concentramos.

Unimos nuestras voluntades por última vez, no para crear, sino para deshacer.

—Nos arrepentimos de todo lo sucedido, no pasara de nuevo, fue nuestro error hacerlo —decimos los dos a la vez, nuestras voces sincronizadas y llenas de dolor y miedo.

Apenas las palabras salen de nuestras bocas, el suelo en un momento comienza a temblar.

No es un temblor; es un terremoto de escala bíblica.

El edificio de la fundación gime.

El techo, el piso de la biblioteca se resquebraja con un sonido crujiente.

Siento que el edificio se cae sobre nosotros, vemos de lejos como los otros edificios y casas caen.

El aire se llena de polvo de mármol.

Las voces regresas otra vez y más fuerte que nunca.

—¡Elián!

¡Elián!

¡Elián!

—gimen las voces con risas oscuras—.

¡Ya es tarde!

Las estanterías caen con estruendo.

Libros y escombros nos llueven encima.

Liara me abraza, gritando.

—¡Nos va a aplastar!

—grito, protegiendo a Liara con todo mi cuerpo—.

Te amo, Liara.

De repente, a través de la enorme grieta en el techo, veo el cielo.

Pero no es el cielo púrpura del mundo.

Es un tsunami gigantesco de agua oscura que se precipita hacia el edificio.

El océano, manifestado por el colapso de la realidad, viene a ahogarnos.

El rugido del agua es ensordecedor.

Liara cierra los ojos, gritando.

—¡No me sueltes, Elián!

No lo hagas, por favor.

—¡Aquí te tengo, Liara!

No te soltare.

El tsunami nos impacta, El edificio por fin cae, pero por suerte no nos aplasta.

No puedo, ni quiero soltar a Liara.

Estamos que nos ahogamos, ella ya no puede respirar y no encuentro manera de salvarla por motivo que el edifico nos atranco todo.

—Te amo, Liara.

Aguanta.

Respira un poco más por favor.

—Suéltame, déjame caer, Elián.

Ya no me agarres.

—Liara, no te dejare.

Estaremos juntos, bucare la forma de salvarte.

Y justo cuando veo a Liara perder la conciencia, todo se vuelve silencio.

El terremoto, tsunami se detiene.

Empiezo a ver todo negro.

Abro los ojos.

Estoy desnudo.

Liara está desnuda, encima de mí.

No estamos en la biblioteca destruida, ni en el mundo de los sueños realizados.

Estamos acostados sobre la cama de la mansión Roys.

El aire huele a húmeda y papel.

Miro alrededor.

Todo está en orden, perfecto, pero el lugar es oscuro y familiarmente frío.

Estamos en el cuarto de la mansión Roys, del pueblo Sylas.

Estamos en el mundo real.

Liara abre los ojos.

Me mira, su expresión es de susto, agitada y de terror.

—Elián no me sueltes —se para de la cama de un solo salto—.

¿Elián?

¿Funciono?

—Sí, Chispita.

Si funciono —Nos abrazamos con un amor gigantesco.

En ese momento, entra uno de los trabajadores míos, al cuarto.

Liara en un movimiento rápido se tapa con la cobija.

—¿Aparecieron?

Estábamos preocupados por ustedes jefe, estuvimos meses buscándote.

Ya notifico que has aparecido.

El sale.

Liara y yo nos miramos desnudos y temblando, mientras tocamos la parte nuestros cuerpos.

—El agua nos limpió.

Por eso estamos así.

El aire de la mansión Roys es frío y real, un contraste brutal con el caos del mundo de los sueños realizados.

Liara y yo nos vestimos rápidamente, cada prenda que me pongo se siente como una armadura contra el mundo que intentamos destruir.

Salimos de la mansión tomados de la mano.

El mundo está terriblemente normal.

El sol brilla sobre la acera, el tráfico ruge, y el humo de los camiones flota perezosamente en el aire.

Es el mismo mundo que despreciamos, que nos limitó, y que ahora nos ha aceptado de vuelta sin un rasguño.

Vamos a nuestra cafetería habitual.

La chica está detrás del mostrador, sonriendo con la misma indiferencia que antes.

Pedimos un café.

Liara me mira por encima de su taza, sus ojos llenos de preguntas sin respuestas.

—Todo está igual —susurra—.

¿No recuerdan nada?

—No, no recuerdan —digo—.

Para ellos, el mundo de los sueños realizados nunca existió.

Fuimos solo nosotros.

Volvemos a la mansión y tomamos una decisión urgente: tenemos que irnos de la ciudad.

New York es nuestro siguiente destino, el lugar donde nos vio crecer y pasamos toda nuestra infancia con la adolescencia.

Fuimos de nuevo a la mansión para buscar ropa y armar rápido la maleta.

Salimos y fuimos al aeropuerto, compramos nuestros pasajes y nos montamos en el avión.

La cabina es estrecha, llegan de personas que lee o duerme.

Liara y yo estamos sentados uno al lado de otro.

El motor del avión es un dron constante.

Me inclino hacia ella, mi voz apenas un susurro.

—Hacemos el amor aquí, ahora.

—Te espero en el baño —Liara sonríe, una sonrisa de desafío y posesión.

Ella se levanta primero y camina hacia la parte trasera del avión.

Espero un minuto, revisando que nadie nos preste atención.

Disimuladamente, me levanto y me dirijo al baño.

Entro.

Liara me agarra, empujándome contra la pared mientras cierra el seguro.

El espacio es claustrofóbico, pero el peligro y la urgencia nos encienden.

Empezamos a desatar el deseo.

La beso, un beso que es una descarga eléctrica.

Nuestras manos son impacientes, despojándonos de la ropa en segundos.

Me uno a ella.

El roce de mi pene contra su vagina es un regreso brutal a la realidad física.

Liara me araña la espalda, sus uñas dejan surcos que me recuerdan que el dolor y el placer son inseparables.

Mi mano pasa a su clítoris, mientras adentro mi pene en su vagina con fuerza.

—Te amo —jadea en mi oído, su voz es áspera y absoluta.

En ese baño diminuto, hacemos el amor con la intensidad de quienes acaban de escapar de la muerte.

Es un acto desesperados por anclarnos al presente, por olvidar el vacío.

Terminamos, agotados y sudorosos.

Nos vestimos, rápido.

Ella sale primero, con el cabello revuelto.

Yo espero, y luego salgo.

Regresamos a nuestros asientos., pretendiendo dormir.

Aterrizamos.

Dejamos el aeropuerto.

El corazón me late con una mezcla de anticipación y terror.

New York.

Llegamos al barrio donde crecimos.

La casa de mi madre está justo allí.

Pero mientras caminamos por la acera, me encuentro con un rostro conocido.

Está de pie junto a un hidrante, mirándonos.

Es Nino, ¿que hace aquí?

Lo miro.

Está pálido, más delgado.

Un escalofrió me recorre.

Nos acercamos a él.

—Nino —digo, la voz me sale ahogada—.

¿Qué haces?

¿Cómo fue que…?

Él sonríe, una sonrisa cruel que no es humana.

Se ve que se le está cumpliendo algo que ha anhelado.

—Si, soy yo, Elián.

No digas que sobreviví porque no lo hice.

Tú no me mataste, me olvidaste completamente.

Me dejaste en el sótano de la casa de Elián, me dejaste aguantar hambre, me dejaste que las ratas me mordieran.

Pero mira quien está aquí a salvo —Sus palabras son como hielo en mi pecho.

Liara, sintiendo la tensión, me agarra del brazo con una fuerza protectora.

—Ay, ya Chicos, sin pelear.

Parecen niños —Me jala, arrastrándome lejos de la figura inmóvil de Nino¾.

Vámonos Elián.

Llegamos a la casa.

Tocamos la puerta.

Hellen y Rosa abren.

Nos miran, sus caras se iluminan de alegría.

—¡Chicos!

¡Volvieron!

¡Los extrañamos!

—grita, dándonos un gran abrazo.

En mi mente, el pensamiento es un grito silencioso: No recuerdan nada de lo que vivimos.

La ley Nº 5 los ha borrado.

Rosa me agarra del brazo, radiante.

—Elián, mira tu casa.

¡Está bien cuidada!

Cerrando la puerta, un paso que doy, se escucha el sonido más inesperado del mundo.

Tocan la puerta.

Salgo.

Abro la puerta.

Y ahí está Aislinn.

Ella me mira, sus ojos verdes llenos de lágrimas.

Abre los brazos y me abraza por encima de los hombros, con una desesperación que me recuerda al plano onírico.

—Elián, perdón.

Perdóname, por favor —dice, mientras me abraza—.

Fui una estúpida, de verdad.

Me di cuenta de que te amo.

Quiero estar contigo.

Me he enamorado de ti este tiempo que no he pasado contigo.

Este tiempo sin ti me di cuenta de que te he extrañado y que te amo demasiado.

Seamos novios.

Mi corazón se desgarra.

Es el momento que soñé, que siempre espere.

Pero ya no es mi momento.

El demonio hizo una promesa a su reina para salvar nuestras vidas.

—Muchas gracias por la aclaración —digo, mi voz es fría y controlada, un sonido que me cuesta producir—.

El momento era cuando yo estaba dispuesto.

Me separo de ella.

—Ahora tengo una relación, y no la pienso acabar por ti.

Quiero que sepas que te amo, créeme, te amo demasiado, pero no me hiciste caso cuando estaba para ti.

Ahora que estoy bien, no lo arruinaré por algo sin saber si será estable.

Así que, por favor…

—Aislinn me mira, sus lágrimas cayendo.

—Elián, por favor, ven.

Te amo de verdad, quiero contigo.

No tengo a nadie…

Escúchame.

Liara, sale con un rostro de furia absoluta, no la deja terminar.

Me empuja a un lado y le da una cachetada a Aislinn.

El sonido es seco y brutal.

—¡Te dijeron que no, estúpida!

¡Vete ya!

Miro Aislinn, cuyo rostro está marcado por el golpe.

Mi corazón duele, pero mi lealtad es la ley.

—Vete, Aislinn, antes de que suceda algo —digo, mi voz ahora es un aviso helado—.

Pero quiero que tengas presente, que sé que te llevaré en el corazón y te amaré, pase lo que pase.

Pero solo al cerrar los ojos y pensarte, logro vivir contigo ese cuento de amor perfecto que siempre quise.

Aquí, en la vida real no puede ser, porque mi camino ya es de mi mujer.

El aire se espesa con la tensión.

Liara me agarra del brazo, temblando de rabia, y Aislinn se toca la mejilla, con los ojos llenos de un dolor que me atraviesa el alma.

Este es el final de nuestros sueños, y necesito un cierre que sea tan absoluto como lo fue en el mundo realizado de los sueños.

Miro a Liara.

Ella me da un asentimiento duro; entiende que esto es necesario para sellar el pasado.

Saco de mi chaqueta un papel doblado.

Había escrito esto en el avión, un torrente de palabras en un momento de desesperación.

Me acerco a Aislinn, ignorando a Liara por un instante.

Le entrego la carta, mi mano roza la suya.

—Toma.

Léela.

Y vete.

Me doy la vuelta antes de que pueda verla, abrirla.

Liara me jala hacia la puerta, cerrándola de golpe.

Hellen y Rosa nos miran, confundidas.

El mundo real no puede contener este drama.

Aislinn.

No tienes que entenderlo, solo tienes que aceptarlo.

Te ofrezco estas palabras como una promesa y como una lápida para lo que pudimos ser.

Tú llegaste tarde.

Llegaste en el momento que la ley se había reescrito con sangre, fuego y la traición que casi destruye el universo.

Yo destrocé mi vida perfecta, arrastré a la mujer que me ama a la locura, y casi morimos, todo por la verdad que tú encarnas.

Y cuando necesité tu presencia, el universo me la negó.

Me amas ahora.

Lo sé.

Lo siento.

Y créeme, una parte de mí, la parte más libre y más salvaje, grita que te abra de nuevo, que rompa esta ultima promesa, que te tome y que juntos, quememos el resto.

Esa parte te pertenece, siempre.

Pero míranos.

Yo estoy aquí, vivo, porque Liara me ancló al orden.

Yo soy su demonio, y ella es mi reina.

Yo soy un hombre de extremos.

En el mundo de los sueños realizados aprendí que mi amor por ti es la libertad destructiva, y mi amor por Liara es la posesión vital.

El mundo no pudo contener ambas verdades en la realidad, y nos mató a todos.

Ahora estoy aquí, con Liara, la mujer que se interpuso entre mí y la muerte.

La que me conoce más allá de mi fachada.

No te voy a decir que te voy a olvidar.

Sería una mentira, y ya no puedo mentirle a mi alma.

Pero si te prometo que la vida real no es el escenario de nuestro amor.

Y quiero que sepas, que: No te buscare en las calles, en los bares, ni en los viejos rincones.

Tú no serás mi amante de la realidad.

Pero en el momento exacto en que cierro los ojos, en el instante en que la cabeza toca la almohada y la conciencia se desvanece, ahí, mi alma te encontrará.

Con solo imaginarte, estarás presente, Aislinn.

En mi mente, no habrá promesas rotas, no habrá Liara, no habrá consecuencias.

Serás la verdad pura que el mundo me negó.

Te amaré allí, en ese plano íntimo, donde el dolor es placer y el error es ley.

Esa es mi penitencia y mi consuelo: tenerte solo para mí, en la ficción más profunda.

Tú eres mi sueño constante, mi escape eterno.

En la vida real, pertenezco a la mujer que me salvó.

Pero en la imaginación, te amaré por toda la eternidad.

Vive tu vida, Aislinn.

No busques lo que ya no existe.

Y quizás, solo quizás, un día, te encuentres a ti misma en mi sueño.

Adiós.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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