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Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 132

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132: Capítulo 132 132: Capítulo 132 ~Valeria~
Quienquiera que me haya dado este poder mágico, de verdad me odiaba.

Llevo más de cinco horas en este campo de entrenamiento y todavía no he aprendido nada.

Papá me observaba a unos metros de distancia con una expresión tan tranquila y paciente que me daban ganas de gritar, porque ¿cómo podía estar tan pancho mientras yo no paraba de prenderle fuego a las cosas sin querer?

—Inténtalo de nuevo —dijo—.

Concéntrate en tu centro.

Siente la energía y luego expúlsala lentamente.

¿Más lento todavía?

O sea, hola, estoy dando lo mejor de mí.

Cerré los ojos y busqué esa calidez dorada que vivía dentro de mí.

La encontré bastante rápido esta vez, lo que ya era algo.

Se sentía como electricidad, pero cálida, viva y un poco enfadada.

Más vale que esto no me explote en la cara.

Empujé.

La energía salió disparada de mis manos como una manguera de bomberos que no podía controlar, lanzando ráfagas en todas direcciones.

Una ráfaga golpeó una roca y la convirtió en grava.

Otra impactó en el suelo e hizo un agujero.

—¡Mierda!

—retiré las manos de golpe, intentando detenerlo.

—Oye, nada de palabrotas, y lo estás forzando otra vez —me corrigió Papá, y seguía sin sonar enfadado, lo que de algún modo lo empeoraba todo—.

No se trata de fuerza, Val.

Se trata de control.

—¡Estoy intentando controlarlo!

¡Es que no me hace caso!

¿Por qué la magia de los demás es tan fácil?

Nadie más vuela mierdas por los aires por accidente cada cinco segundos.

—Quizá necesites un enfoque diferente.

Cayo apareció a mi lado tan rápido que di un respingo, lo que provocó que más luz dorada saliera disparada y casi le diera en la cara.

Genial.

Casi mato a Cayo.

Añadamos eso a los desastres de hoy.

—Lo estás haciendo fatal —señaló, sacando un cuaderno destartalado lleno de dibujos y ecuaciones.

Por favor, que no me fría el cerebro hoy.

No me veo capaz de pensar en ningún cálculo.

—¡Pues vaya, no me digas!

Todo el mundo sabe que es así de obvio —puse los ojos en blanco, ya al borde de la sobreestimulación.

—Hablo en serio, y necesito que tú también te lo tomes en serio.

—La magia de linaje real no funciona con sentimientos, como la magia normal de los lobos.

Funciona con patrones.

Mates.

Quiere enseñarme magia con mates.

Me voy a morir.

—Cayo, apenas aprobé álgebra.

No creo que esté a la altura.

—Por eso estoy aquí —se acercó más a mí, llenando mis fosas nasales con su aroma a limpio—.

¿Me das la mano?

¿En matrimonio?

No digas tonterías, Val.

Antes de que pudiera responder, ya me la estaba tomando, con sus cálidos dedos rodeando los míos.

Me giró la palma de la mano hacia arriba y colocó la otra justo encima, sin llegar a tocarla.

—¿Sientes eso?

—su voz se volvió más grave—.

¿Ese zumbido entre nosotros?

Es la frecuencia.

Tienes que igualar la mía.

Frecuencia.

Claro.

Como si supiera lo que significa.

Pero podía sentir algo.

Esa extraña energía vibrante entre nuestras manos que se sentía como la chispa de dos verdaderos amantes.

Intenté proyectar mi poder para imitarla y, joder, la luz dorada salió suave en lugar de explotar.

—¿Ves?

—la voz de Cayo sonaba petulante—.

Si lo mantienes preciso en lugar de intentar ser brutal, lo harás bien.

Su pulgar rozó mis nudillos, un movimiento diminuto que hizo que perdiera la concentración.

—Vale, basta de tanta amabilidad pretenciosa.

Alerion lo apartó de mí con toda su fuerza.

—¿No te cansas de la misma vieja estrategia?

Hacer de su tutor cuando no sabes nada de magia.

¿Tienes siquiera idea de lo que estás haciendo?

—lo desafió Alerion.

—Enseñando —replicó Cayo como si fuera obvio—.

Ya sabes, ¿eso en lo que se supone que eres bueno?

—¿Desde cuándo para eso hace falta ser tan manoseador y pegajoso?

De hecho, la única persona que tiene derecho a enseñarle también debe tener magia.

—Esa teoría sin fundamento no va a ayudar en nada.

—Para ser un alfa que debería estar ocupándose de los asuntos de la manada, desde luego tienes mucho tiempo libre para meterte en los asuntos de los demás —replicó Cayo con tono irritado—.

Pero ya sé que disfrutas haciendo de matón, así que no te juzgaré.

El Cayo impertinente es una de sus versiones que nunca querrías encontrarte.

—Va a ser mi Luna en un par de semanas, así que es mi deber proteger lo que es mío de tipos como tú con ojos curiosos y manos largas.

—Esa audaz declaración suya hizo que mi corazón se detuviera por un segundo mientras un ligero sonrojo me subía por las mejillas.

Cayo hizo una breve pausa y soltó una risita.

—¿Tu Luna?

Y se supone que el que delira soy yo.

—Te permití que me faltaras al respeto llamándome capullo, pero insultar a Valeria hasta el punto de verla como una chica ingenua capaz de cometer un error tan tonto es pasarse de la raya —añadió, esta vez con tono serio.

—Llámalo como quieras, pero estoy en una posición mucho mejor para ser una buena pareja y un buen marido para su futuro.

Ahora apártate, yo mismo le enseñaré los movimientos —contraatacó Alerion, con la mandíbula dura como una roca mientras intentaba controlar su ira.

—Veo a papá en ti, y si ella no lo ve, entonces quizá estéis hechos el uno para el otro —Cayo negó con la cabeza mientras me dirigía sus últimas palabras.

Cada vez que intento centrarme en mí misma en lugar de hablar de chicos y relaciones, encuentran la forma de traer el drama a mi vida.

Porque ¿cómo hemos pasado del entrenamiento a hablar de matrimonio?

¡¿Pero qué…?!

Era el tipo de locura que hace que el terapeuta te interne en el psiquiátrico.

—Voy a hacer como que no te he oído compararme con ese monstruo —Alerion sonrió con malicia antes de volverse hacia mí—.

Ahora, a lo nuestro.

Aconsejo que se guarde todo tipo de distracciones.

Todos sabíamos a quién se refería.

—Val, por lo que he observado atentamente, el verdadero problema aquí es tu postura —afirmó Alerion, con su voz junto a mi oído.

Me corrigió la postura, con sus manos firmes en mis caderas, atrayéndome ligeramente hacia él.

—Pies separados.

Hombros hacia atrás.

Abdomen contraído.

Esta es la forma básica —su aliento golpeó mi nuca—.

Si la base está mal, nada más importará.

Esto no ayudaba.

Con la proximidad, me di cuenta de que respiraba agitadamente mientras intentaba no imaginar un millón de cosas picantes en mi cabeza.

—Es la enseñanza más vaga que he visto en mi vida y estás haciendo exactamente aquello contra lo que predicabas —lo desafió Cayo—.

No tienes ni la más remota idea ni experiencia de cómo funciona su tipo de magia, pero tu ego no te deja admitirlo.

—¿Podéis parar de una vez?

Ya hemos perdido suficiente tiempo discutiendo por nada.

No me quejo de quién me toca siempre que no me haga sentir incómoda y realmente mejore mis habilidades mágicas.

—Si no se abordaba el elefante en la habitación, definitivamente destruiría todo lo que habíamos planeado para el día.

—¡Hora del descanso!

La voz de Zane surgió de la nada.

Se acercó con un plato lleno de…

objetos.

Objetos redondos y quemados que quizá alguna vez fueron comida.

Qué son esas cosas.

Qué ha hecho.

—Te he preparado unos aperitivos —me dijo Zane, sonriendo como si su pasatiempo favorito fuera alimentarme—.

Para coger energía.

Come.

Parecen discos de hockey.

En realidad, peor que discos de hockey.

—¿Los…

has cocinado tú?

—pregunté.

—¡Sí!

Encontré una receta en internet.

Llevan hierbas y cosas para el poder mágico —cogió uno y le dio un mordisco.

Toda su cara hizo una cosa rara, pero siguió masticando—.

Qué bueno.

Prueba uno.

Está mintiendo.

Están asquerosos y lo sabe.

—Quizá más tarde —me negué educadamente—.

En realidad no…
—Necesitas energía —dejó el plato y me agarró ambas manos, apartándome de Alerion—.

Ven, olvida sus métodos.

Te enseñaré algo que mola de verdad.

Colocó mis manos delante de mi pecho, entrelazando sus dedos con los míos.

—Concentra la energía justo aquí —ordenó Zane, con la cara supercerca de la mía.

Si tantas ganas tienes de besarme, ¿por qué no lo dices?

No me importaría.

—Y ahora, apriétala con fuerza.

Mira.

Una luz dorada se acumuló entre nuestras manos y empezó a formar una figura.

Un diminuto lobo de luz, que corría en círculos por el aire.

—¿Ves?

—la sonrisa de Zane se hizo más grande—.

Solo piensa en lo que quieres.

Ni mates, ni líos de posturas complicadas.

—Las mates son importantes —empezó Cayo.

—Quieres que lo sean a toda costa para tener una excusa para estar con ella, cuando la magia no necesita todo eso para funcionar —dijo Zane por encima de él.

Justo cuando Cayo iba a replicar, apareció Lisandro con una extraña velocidad que me hizo preocuparme por su ritmo cardíaco.

—¡Val!

¡Tienes que ver este truco nuevo que acabo de aprender!

—empezó a esprintar en círculos a nuestro alrededor, tan rápido que solo mirarlo me provocaba un ligero dolor de cabeza.

—¡Lisandro, deja ya esta niñería!

—grité—.

¡Me estás mareando y necesito mi energía para el resto del día!

Se detuvo justo delante de mí, botando sobre los pies.

—¡Esa es mi velocidad máxima!

¿Mola, eh?

Podría enseñarte cosas de velocidad.

Mucho más útil que lo que sea que estén haciendo ellos.

—Ella no te ha pedido eso.

Una cosa cada vez —mencionó Cayo con sequedad.

—Su magia está tardando demasiado en desarrollarse.

¡No hay nada de malo en que aprenda otra cosa que pueda salvarla más adelante si está en peligro!

—No paras de hacer el numerito para llamar su atención —se burló Zane, poniendo los ojos en blanco con aburrimiento.

—Lo dice el que le ha traído el almuerzo cuando ni siquiera le gusta cocinar.

Presentí que se avecinaba una larga discusión y no estaba dispuesta a soportarla.

Mi papá debió de notar mi estado de ánimo, porque tosió muy fuerte desde donde seguía de pie, observando todo este desastre.

—Si ya habéis terminado de pelearos por mi hija —dijo, con voz cansada—, ¿quizá podríamos volver al entrenamiento de verdad?

Los cuatro miraron a Papá.

Luego se miraron entre ellos.

Y después a mí.

Antes de obedecer respetuosamente: —Sí, señor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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