Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 166
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Capítulo 166: Capítulo 166
~Valeria~
—¿No puedes clonarme y que yo me quede en casa? —pregunté, mirando hacia las enormes columnas de piedra.
—Pero nadie puede hacerlo mejor que tú —señaló Cayo, agarrando una carpeta lo bastante gruesa como para asfixiar a alguien.
—Adúlame todo lo que quieras, pero tengo el mal presentimiento de que esta gente me va a devorar para el desayuno.
Alerion se enderezó la corbata, porque por supuesto que llevaba un traje completo para esta ocasión no tan seria, y me lanzó una mirada. —Recuerda lo que practicamos.
—Sonreír, hablar solo cuando me pregunten y no mandar a nadie a la mierda.
—Valeria.
—¿Qué? ¡Eso es básicamente lo que dijiste!
—Dije que cooperaras.
—Es lo mismo.
Zane se hizo crujir los nudillos. —Si alguien dice alguna mierda, perderá la lengua.
¿Te has fijado en que no ha dicho «podría»?
—Tú no te encargas de nada —espetó Alerion—. Vas a montar guardia fuera.
—¿Por qué tengo que quedarme fuera?
—No cuestiones mis órdenes cuando ya sabemos por qué.
—El hecho de que estés al mando me cabrea. Yo debería haber sido el primero.
—Enfádate todo lo que quieras, pero no quiero verte dentro por ningún lado —le ordenó Alerion.
Lisandro subió los escalones delante de nosotros dando saltitos, demasiado enérgico para ser las ocho de la mañana. —¡Pido el turno de exploración!
—Tú no vas a explorar nada —le gritó Alerion—. Vas a sentarte en silencio y a comportarte.
—¿Qué soy? ¿Un perrito? —le respondió Lisandro a gritos, desapareciendo ya por las puertas.
—Definitivamente, no se va a sentar en silencio —observé.
—No —convino Alerion, con aspecto cansado—. No lo hará.
Entramos y de inmediato se hizo un silencio sepulcral.
¿Existe un tutorial sobre cómo no ser el centro de atención por un día?
Una mujer mayor con una túnica dorada ridículamente elegante se nos acercó, con la cabeza tan alta que me pregunté si le dolería el cuello.
—Señorita Valeria —dijo, haciendo que mi nombre sonara como un insulto—. Bienvenida al Consejo Real.
Un apunte, anciana. Es Princesa Valeria, a ver si nos enteramos.
—Gracias —conseguí decir—. Encantada de estar aquí.
Cualquier cosa que me oigáis decir, significa todo lo contrario.
—Soy la Consejera Edwina —continuó—. Supervisaré la revisión de su certificación. —Sus ojos me escanearon de la cabeza a los pies, claramente sin estar impresionada—. ¿Empezamos?
—Claro. Cuanto antes empecemos, antes podré irme.
Le tembló un párpado.
Culpa mía por decir lo que pensaba en voz alta.
Nos condujeron a una sala donde otros hombres lobo que parecían no tener derecho a estar vivos se sentaron a mirarme como si me estuvieran juzgando por asesinato.
Quizá estaba en la sala equivocada o en una trampa.
Alerion fue el primero en dirigirse a ellos sin importarle si le habían dado permiso para hablar. —Soy Alerion Cassian y hablo como tutor designado de Valeria durante este proceso.
—Sospechaba el parecido con ese estafador de Alfa —resopló la Consejera Edwina—. ¿Es seguro para la princesa cenar con sus enemigos o es que simplemente tiene un corazón bondadoso y compasivo?
—Con el debido respeto, creo que estamos aquí para su certificación y no para cotillear o juzgar —replicó él.
Eso le enseñaría a morderse la lengua.
Ella se enfureció, pero se sentó. —En efecto, ¿qué tiene que presentar el otro muchacho?
Cayo dio un paso al frente y abrió su enorme carpeta. —Los informes de los análisis de sangre que necesitarán para confirmar su identidad.
—No necesitamos los suyos, le haremos nosotros mismos un análisis —le interrumpió otro miembro del consejo, un vejestorio con una barba que le llegaba hasta el pecho—. El papeleo se puede falsificar por la desesperación de gobernar.
Si supieran que preferiría estar en Bora Bora disfrutando de mi adolescencia que gobernando a un puñado de cabras testarudas disfrazadas de lobos.
—Si pueden ver el parecido entre mi hermano y mi padre, seguro que sus ojos funcionan lo bastante bien como para notar el mismo con el Rey Alfa Alexander y Valeria. Además, están certificados por tres laboratorios independientes —respondió Cayo, con voz gélida—. Pero si quieren malgastar su tiempo y su dinero, adelante, háganlo.
Cayo siempre tenía una forma de hacer que los demás se sintieran estúpidos de un modo sutil y eso me encantaba. Enséñame tus métodos, maestro.
—Veo que has venido a buscar pelea —gruñó el de la barba.
—Solo la he defendido de lo que la ha acusado.
—Además, la chica de la que tanto dudan tiene un linaje más puro que las princesas anteriores. No es alguien a quien quieran subestimar —presumió Cayo.
¿Lo tenía? ¡¿Permiso para estar más orgullosa que nunca?!
La Consejera Edwina hojeó unos papeles. —Linaje aparte, hay otras preocupaciones. La etiqueta Real, por ejemplo.
—¿Qué pasa con ella? —pregunté con cautela.
—Fuiste criada como una humana —afirmó, como si fuera una enfermedad—. No tienes formación oficial en las costumbres de los hombres lobo, el protocolo adecuado o el comportamiento real.
Se me hizo un nudo en el estómago. No se equivocaba. Me había enterado de que era una princesa hacía literalmente dos semanas.
—Ha estado entrenando, puedo mostrarles sus registros —objetó Alerion.
—¿Durante cuánto tiempo? ¿Dos semanas? —se rio la Consejera Edwina, y fue como si me clavaran plata en el corazón—. Eso apenas es suficiente para ser competente. Otras princesas antes que ella fueron entrenadas desde su infancia.
—Aprende rápido —añadió Cayo.
—Aprender y dominar son cosas diferentes.
Si no te caigo bien, anciana, dilo y ya está.
Otro miembro del consejo, una mujer de pelo plateado, se inclinó hacia delante. —¿Siquiera puede recitar el Juramento Real?
Mi mente se quedó completamente en blanco. Habíamos practicado esto. Me lo sabía. ¿Por qué no podía recordarlo?
—¿Lo ven? —La Consejera Edwina parecía demasiado satisfecha—. ¿Cómo van a convencerme de que duraría un día en el trono? Alexander debería haber tenido un hijo y haberla casado con un Alfa.
La audacia de una mujer amargada para tenerme celos.
—Eso no era necesario —interrumpió Alerion—. Denle un respiro, solo está nerviosa. La están mirando como si ya tuvieran a otra persona para el trono.
Justo cuando murmuraban entre ellos, Zane irrumpió en el lugar.
—Han pasado más tiempo insultándola que evaluándola para el certificado. Me recuerdan que la edad no siempre va acompañada de sabiduría.
Vale, nunca conseguiré esa corona. Hora de irse a casa.
—¿Quién ha dejado entrar a un perro rabioso? —exigió la Consejera Edwina.
—Se necesita uno para reconocer a otro —replicó Zane.
La Consejera Edwina parecía furiosa. —¡A esto es exactamente a lo que me refiero! ¡Cómo vamos a tomar en serio a alguien como ella cuando ha estado viviendo con gente que no respeta a sus mayores!
—Salvó a quince niños en su escuela —resonó la voz de Lisandro desde algún lugar por encima de nosotros.
Todos miraron hacia arriba. Estaba literalmente colgado boca abajo de una lámpara de araña.
—¿Cómo has llegado hasta ahí? —empecé a decir.
—Explorando —sonrió—. En fin, sí. Usó el poder de su linaje para proteger a un montón de estudiantes de los rogues.
—¡Baje de ahí, jovencito! —chilló la Consejera Edwina.
—En un segundo. —Lisandro se balanceó para sentarse correctamente en la lámpara—. También se enfrentó a nuestro padre, que es una especie de psicópata, y sobrevivió a múltiples intentos de asesinato. Bastante audaz, si me preguntan.
—¡Nadie te ha preguntado! —rugió el de la barba.
—Pues yo se lo digo de todos modos. —Lisandro saltó al suelo, aterrizando perfectamente de pie—. Tiene el linaje, el poder y las agallas. ¿Qué más necesitan?
—¡Etiqueta! —La Consejera Edwina golpeó la mesa con la mano—. ¡Entrenamiento! ¡Comportamiento adecuado!
—Yo puedo enseñarle todos los modales reales que necesita —gritó Zane desde fuera—. ¡No es tan difícil!
—¿Tú? —se rio alguien—. ¡¿Cómo va a civilizar un animal bárbaro a otro?!
Eso no se le dice a nadie, y menos a la persona equivocada.
—¿Así que prefieren aniquilar a la familia real?
Todos se quedaron sin palabras ante su pregunta.
Finalmente, el de la barba suspiró. —Le permitiremos proceder a la fase de prueba.
—¿Fase de prueba? —pregunté.
—Una prueba —explicó la del pelo plateado—. Para demostrar que puedes hacerte cargo de los deberes reales. Si la superas, se te concederá la certificación.
—¿Y si fallo?
—Entonces retomaremos esta conversación.
—Se levanta la sesión —espetó la Consejera Edwina, recogiendo sus papeles como si la hubieran ofendido personalmente.
Salimos en fila del edificio y, en cuanto pisamos los escalones, los cuatro se pusieron a hablar a la vez.
—¿Viste cómo desmonté el argumento del linaje? —Cayo se subió las gafas.
—Por favor —se burló Zane—. Yo fui quien los asustó para que escucharan.
—¡Casi haces que nos echen!
—¡Pero no lo hice!
—Yo fui quien mencionó sus verdaderos logros —intervino Lisandro—. Ninguno de ustedes se acordó de decirles lo genial que es.
—Estabas colgado de una lámpara como un artista de circo, fue vergonzoso —murmuró Alerion.
—¡Vale! —grité, y todos se callaron—. ¿Podemos no hacer esto?
—¿Hacer qué? —Zane frunció el ceño.
—Todo eso de «quién contribuyó más» —me froté las sienes—. Todos ayudaron. ¿Podemos simplemente considerarlo un esfuerzo de equipo y seguir adelante?
—Sí, princesa —aceptaron al unísono.
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