Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 171
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Capítulo 171: Capítulo 171
~Valeria~
—Los residuos de la bomba de humo —anunció Cayo, dejando el plato con cuidado tras una larga investigación—. Contienen savia de enredadera oscura.
Parpadeé. —¿A juzgar por tu cara, supongo que es algo terrible?
—La enredadera oscura solo crece en un lugar, Val. —Se ajustó las gafas y percibí el agotamiento en sus ojos—. Cementerios antiguos de hombres lobo. Del tipo que llevan siglos abandonados. Los muertos están prácticamente vivos.
De repente, sentí un nudo en la garganta porque intuí lo que venía a continuación.
¿Por qué no podían usar un veneno normal? No, tenían que ir a desenterrar una planta de un cementerio antiguo que probablemente se daba un festín con las almas de los muertos o alguna mierda por el estilo.
Cayo ya se dirigía hacia la puerta y yo lo seguí rápidamente. —Tenemos que decírselo a los demás. Ahora.
Cuando llegamos a la habitación de Alerion, donde estaban los demás, una expresión de preocupación cruzó sus rostros al notar el inquietante ambiente con el que entramos.
—¿Has verificado ese resultado tuyo? Sabes que no podemos cometer ningún error.
—Nunca cometo errores cuando se trata de un asunto como este —le aseguró Cayo—. Repetí las pruebas tres veces. La composición química coincide a la perfección. Quienquiera que fabricara esa bomba de humo sabía exactamente lo que hacía.
La habitación se quedó en silencio.
—Entonces, tenemos que encontrar esa planta y a quienquiera que esté detrás de esto —dijo Zane finalmente, deteniéndose en seco.
—Exacto —convino Alerion—. Razón por la cual llevaré a mis hombres y bloquearé el cementerio esta noche. Nadie entrará ni saldrá sin que yo me entere.
—Y yo voy a entrar a investigar —dije antes de que nadie pudiera detenerme.
Los cuatro se giraron para mirarme.
La expresión de Alerion se volvió gélida. —No.
—Sí.
—Valeria.
—Alguien está intentando matarme con veneno de cementerio, Alerion —dije, señalando lo obvio.
—No vas a ir a ese cementerio. —Su tono no admitía discusión. La voz de Alfa.
Lástima que yo no fuera una loba inferior como para obedecerle.
—No te debo obediencia, Alerion.
Apretó la mandíbula y cruzó la habitación para plantarse frente a mí.
—¿Tienes la más remota idea de lo que hay en ese cementerio? —me preguntó, con un tono cargado de fastidio—. ¿Sabes lo que les pasa a los lobos que perturban a los muertos?
—No, ¿quieres darme una idea?
—Esas tumbas están malditas, Valeria. Los lobos enterrados allí no tuvieron una muerte tranquila. Fueron masacrados. Despedazados. ¿Y sus espíritus? No descansan en paz.
—Estás intentando asustarme —señalé.
—Estoy intentando mantenerte con vida, porque está claro que te crees inmortal.
—¿Quién sabe? Quizá sea uno de mis poderes secretos que el linaje aún no ha activado —dije encogiéndome de hombros, intentando bromear sobre la situación.
Pero ni una sola sonrisa cruzó el rostro de Alerion.
—Te parecerá gracioso ahora, hasta que te des cuenta de que esos fantasmas están dispuestos a intercambiar su lugar con los vivos.
¿Por qué me contaba todo esto como si a él no le fuera a afectar también? ¿O es que yo era el único objetivo?
—Voy a ir, Alerion. No hay nada que puedas hacer o decir para que me quede.
—Me gustaría ver cómo consigues burlar mi alarma de seguridad.
—Ni se te ocurra.
—¿Que se me ocurra? Ya está hecho, princesa —dijo con una sonrisa socarrona, encantado de tener la sartén por el mango.
—Controlarme no es la gran hazaña que crees que es.
—¡Será una gran hazaña cuando los ancianos y todo el mundo se enteren de que te salvé de jugar con tu vida! —replicó él.
Zane intervino de inmediato: —Alerion, deja que libre sus propias batallas. Es solo por un día, puedes tomarte el resto de los días del año para ser su guardaespaldas.
Alerion lo fulminó con la mirada. —¡Más te vale callarte! No sé por qué siempre estás de acuerdo cuando se trata de juegos peligrosos.
—Los hombres lobo más fuertes que conozco asumen riesgos, no les importan los peligros —argumentó Zane—. ¿Cómo va a aprender estas cosas si no la dejas? ¿O acaso crees que su trabajo como princesa es estar guapa y dar órdenes todos los días?
—Sí, eso es lo que hacen las princesas. Dejan el trabajo sucio para que lo hagan los hombres, ¡usa el cerebro por una vez! —espetó Alerion, alzando la voz.
—¿En qué mundo pasa eso?
Madre mía, puede que empiecen a lanzarse puñetazos pronto.
—Yo soy el Alfa —declaró Alerion con un tono peligroso que puso a Zane en su sitio por un segundo o menos—. Y os digo a todos que Valeria no se va a acercar a ese cementerio.
—Y ella es la hija del Rey Alfa, lo que le da más poder sobre ti —replicó Zane—. No eres quién para decirle cómo vivir su vida.
—No eres su padre ni su marido.
Lisandro se levantó lentamente. —Creo que todo el mundo debería calmarse un segundo. Alerion, ¿qué es lo peor que puede pasar si nos dejas acompañarla? Zane, ¿te morirás si dejas de desafiar a Alerion cada dos por tres?
«Hacía mucho que no decías algo sensato, gracias», articulé sin voz, con la sorpresa evidente en mi rostro.
Lisandro me hizo una peineta y yo me reí entre dientes.
Cayo, que había estado en silencio un rato, intervino. —Iremos todos. Nos dividiremos en equipos. Alerion puede asegurar el perímetro con sus hombres. El resto investigaremos dentro.
—Ah, así que de repente todo el mundo tiene opiniones y puede dar órdenes que hay que seguir, excepto yo —se mofó Alerion.
—Nosotros lo planteamos como una sugerencia porque somos considerados, pero cuando tú lo haces, parece que nuestras vidas dependen de que te obedezcamos —replicó Zane de nuevo.
—Porque es así. ¿Qué es tan difícil de entender? —La frustración se apoderó de Alerion.
—No, tú eres el que parece no entender nada de esto. No es que la vayamos a enviar allí sola, uno o dos de nosotros iremos con ella —respondió Zane.
—¿Y quiénes seréis? —intervine.
Todos intercambiamos miradas y supe que iban a empezar otra pelea.
Los ojos de Zane se posaron finalmente en Alerion mientras hablaba: —Llevar a Lisandro no tiene sentido, Cayo tiene que estar allí porque identificará la planta más rápido. Ahora la cosa está entre nosotros dos.
—Iré con ella y con Cayo —declaró Alerion.
—Sin mi velocidad, ninguno de vosotros podrá sobrevivir —presumió Lisandro.
—Puedo protegerla en un segundo, así que déjamelo a mí.
—Chicos, ya sé con quién quiero ir —anuncié antes de que la cosa fuera a más.
—¡¿QUIÉN?! —preguntaron al unísono.
Respiré hondo, haciendo que la tensión aumentara, antes de hablar.
—Ya que Alerion ya se ha encargado de la seguridad del perímetro, es justo que vaya con Cayo y Zane.
La decepción brilló en los ojos de Alerion, pero antes de que pudiera responder, Lisandro intervino.
—Espera, ¿y yo qué? —Se cruzó de brazos, con aire genuinamente ofendido—. Literalmente arriesgué mi vida recogiendo más residuos de humo mientras todos vosotros estabais ocupados sin hacer nada. Merezco ir más que nadie aquí.
—¿Que recogiste qué? —Cayo se giró hacia él, de repente interesado.
—Residuos de humo. De diferentes zonas alrededor de donde estalló la bomba. —Lisandro sacó un pequeño recipiente de su bolsillo—. Pensé que si teníamos varias muestras, podríamos encontrar algo que se te hubiera pasado. Ya sabes, por si tu afirmación de «nunca cometo errores» era realmente errónea por una vez.
A Cayo le tembló un párpado. —No me hace ninguna gracia que dudes de mi inteligencia.
—No he contado ningún chiste.
Antes de que Cayo pudiera discutir, alivié la tensión. —Retiro lo dicho sobre que no eras sensato.
—Disculpa aceptada. —Le lanzó una mirada de suficiencia a Cayo—. ¿Ves? Val aprecia mis detallados esfuerzos, a diferencia de algunos hombres egocéntricos que comparten mi sangre.
—Lo único que ella aprecia es la imprudencia —murmuró Alerion sombríamente—. Perderías el tiempo intentando demostrarle algo, como si le importara. Déjala estar con Zane.
—Al menos, soy libre de hacer lo que quiera, pero contigo, me tratas como a una niña pequeña y traviesa —repliqué.
El músculo de la mandíbula de Alerion se tensó. —Bien. Id al cementerio. Haced que os maten. A ver si no lo supero en dos días.
—Alerion… —empecé, herida por sus palabras, pero él ya se dirigía a la puerta.
—Pase lo que pase, asegúrate de que Zane sea lo bastante capaz de rescatarte del peligro.
La puerta se cerró de un portazo tras él, y el sonido resonó en la habitación.
Zane hizo ademán de seguirlo, pero le agarré del brazo. —Déjalo.
—Siempre es así —dijo Zane con voz dura—. Cuando no se sale con la suya, recurre a la manipulación, pero de alguna manera se cree mejor que el resto de nosotros.
—Entiendo que se preocupa por mí, solo que le cuesta expresarlo —lo excusé—. Ya nos ocuparemos de eso más tarde.
—Si es que hay un «más tarde» —murmuró Lisandro, mirando el recipiente que tenía en la mano.
—Lo habrá —dije con más confianza de la que sentía—. No vamos a morir en un cementerio espeluznante.
—Sí, porque todavía me quedan muchas cosas por hacer en mi vida —dijo Zane.
Lisandro levantó el recipiente. —Entonces… ¿alguien quiere mirar lo que he recogido? ¿O simplemente vamos a ignorar mi duro trabajo?
—Dáselo a Cayo —dije—. Él puede analizarlo mientras no estamos.
—Mientras no estamos… espera, ¿yo no voy? —El rostro de Lisandro se descompuso.
—Acabas de decir que recogiste muestras para analizarlas.
—¡Recogí muestras para demostrar que debía ir!
—Bueno, pues ahora has demostrado que deberías quedarte y ayudar a Cayo —dijo Zane con una sonrisa—. Felicidades.
—No, lo hará solo porque yo estaré demasiado ocupado investigando cómo contrarrestar el veneno. De todas formas, fue idea suya dudar del resultado de mi prueba. —Cayo todavía parecía cabreado por las acciones de Lisandro.
—Debería haberme metido en mis asuntos, pero está bien, lo haré.
—¡Divertíos jugando con fantasmas y cazadores de sombras! —espetó antes de salir corriendo.
Con Alerion y Lisandro fuera de la ecuación, esperaba haber tomado la decisión correcta al llevarme a los demás.
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