Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 35
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35: Capítulo 35 35: Capítulo 35 ~Valeria~
En el momento en que sonó el silbato, supe que estábamos jodidos.
No porque no fuéramos lo bastante fuertes o lo bastante listos.
No, teníamos todo eso.
Pero algo en este desafío hacía parecer que estaban empeñados en humillarnos.
Quizá fuera la forma en que los organizadores sonreían con suficiencia mientras explicaban las reglas.
O quizá el hecho de que nadie sabía a qué tipo de tareas nos enfrentaríamos.
Lo único que nos dijeron fue que teníamos que completar una serie de desafíos en un tiempo limitado.
Eso significaba acertijos, obstáculos físicos y, probablemente, algunas sorpresas pensadas para desconcentrarnos.
Alerion era nuestro capitán.
Era obvio; era el más fuerte, el más rápido y al que todos seguían por naturaleza.
Cayo era el cerebro del equipo, el estratega que podía resolver problemas bajo presión.
Zane y Lisandro eran los músculos, rápidos y brutales cuando era necesario.
¿Y yo?
Yo era el refuerzo.
Eso no significaba que no fuera importante.
Tenía que observar, encontrar cosas que ellos pudieran pasar por alto y proporcionar el tipo de apoyo que podía decidir el juego.
—Tenemos que concentrarnos todos en el juego —nos dijo Alerion.
—Sí, Capitán —asentimos todos.
—Bien.
—¡Vamos!
Corrimos hacia la zona del desafío, pero una enorme puerta de hierro nos bloqueó el paso.
Los otros equipos llegaron al mismo tiempo, esforzándose por averiguar cómo abrirla.
—Hay un acertijo —murmuró Cayo, dando un paso al frente mientras sus ojos escrutadores recorrían los símbolos grabados en la puerta—.
Parece una cerradura de combinación.
Tenemos que….
Zane no esperó.
Retrocedió y estrelló el pie contra la puerta.
El metal gimió, pero no se rompió.
—Zane, joder —espetó Cayo—.
¡No todo es cuestión de fuerza!
Lisandro sonrió con suficiencia.
—Ha funcionado antes.
Alerion les lanzó una mirada de advertencia.
—Dejad que Cayo haga lo suyo.
Cayo se agachó, trazando los símbolos con los dedos.
—Es un acertijo.
«Dos piernas por la mañana, cuatro al mediodía, tres por la noche».
—El ciclo de la vida humana —dije de inmediato—.
Un bebé gatea, un adulto camina, un anciano usa un bastón.
Cayo asintió, girando los símbolos hasta que se alinearon.
La cerradura hizo clic y la puerta se abrió con un crujido.
Zane caminó a mi lado con una sonrisa socarrona y me atrajo hacia él para susurrarme con voz profunda: —¿Siempre encuentras la manera de enorgullecerme, eh?
¿Por qué una simple frase hizo que mi corazón diera un vuelco?
Resoplé, fingiendo indiferencia.
—Me importa más que ganemos que impresionarte a ti, Zane.
—Ahora suéltame, no tenemos todo el tiempo del mundo para que coquetees conmigo.
—¿Así que si hago que ganemos, finalmente me dejarás salir con la mía?
Puse los ojos en blanco.
—En tus sueños.
Su voz se volvió más grave y ronca.
—Sí, te veo ahí todo el tiempo.
Quizá ya va siendo hora de que lo convierta en nuestra realidad.
Le di un empujón en el hombro, ignorando lo que sentí con el contacto.
—Ni hablar.
Concéntrate.
Él se rio entre dientes, sin inmutarse.
—¿Qué sentido tiene ganar este desafío si no puedo conquistarte a ti?
Eres mi premio, Val.
Mi corazón martilleaba con fuerza en mi pecho, y era aún más vergonzoso que él pudiera oírlo.
—Hasta tu corazón late por mí, pero aun así no quieres aceptarlo —se burló.
Mis ojos se abrieron de par en par y jadeé, justo cuando iba a responder.
—Zane…
—¡Moveos!
Estamos perdiendo el tiempo —la profunda voz de Alerion nos sacó de la fantasía en la que estuviéramos.
Cierto.
El desafío.
Corrimos hacia adelante, entrando en lo que parecía un laberinto de imponentes muros de piedra.
Alerion tomó la delantera, deslizándose por los estrechos pasillos.
—Esto tiene toda la pinta de ser una trampa —murmuró Cayo.
—Ni de coña nos dejarán pasar por aquí sin que algo nos joda.
Como si las paredes nos hubieran oído, el suelo bajo nuestros pies empezó a agrietarse y a temblar.
Un fuerte chirrido resonó por el laberinto mientras unas enormes losas de piedra comenzaban a deslizarse, cerrando los caminos.
—¡Mierda, corred ahora!
—ladró Lisandro.
Salimos disparados, esquivando y corriendo por el laberinto que cambiaba rápidamente.
Me ardían los pulmones de dolor, pero me obligué a seguir.
Un giro equivocado podía significar morir aplastada entre los muros móviles.
Alerion derrapó hasta detenerse en una intersección, con la mirada saltando entre los tres caminos que tenía delante.
—¿Izquierda o derecha?
Cayo ya estaba examinando los patrones del suelo, su mente trabajaba a la velocidad del rayo.
—La izquierda lleva a un callejón sin salida.
La derecha debería llevarnos a la salida…
El suelo volvió a temblar y casi perdí el equilibrio.
—Necesito que te quedes cerca de mí.
—Zane me cogió la mano con cautela.
Justo cuando paró y estábamos a punto de tomar un respiro, unas flechas salieron disparadas de las paredes.
Apenas conseguí esquivarlas, retrocediendo a trompicones mientras cortaban el aire.
Zane me agarró del brazo, pegándome a él de un tirón justo cuando disparaban otra ráfaga de flechas.
—Te dije que te quedaras cerca, ¿o no?
—Lo siento —exhalé con pesadez—.
Es que no esperaba ver flechas viniendo directas hacia mí de la nada.
—No pasa nada, no puedo enfadarme contigo ahora mismo.
Este desafío se estaba convirtiendo en la supervivencia del más fuerte y deseé recuperar mi vida normal.
En ese momento, Alerion nos hizo un gesto para que avanzáramos.
—Cuidado dónde pisáis.
Se activan con placas de presión.
Cayo volvió a examinar el camino y luego señaló.
—Ahí.
Los símbolos del suelo.
Pisad solo los que tienen forma de media luna.
Seguimos sus instrucciones al pie de la letra, avanzando con cautela por el suelo plagado de trampas.
Cuando por fin llegamos al final, solté un profundo suspiro y casi me desplomo sobre el tipo que tenía más cerca.
Un obstáculo menos.
¿Quién sabía cuántos más quedaban?
****
La siguiente zona se abría a un amplio espacio circular rodeado únicamente por la oscuridad.
En el centro había un pedestal enorme con cinco baldosas de piedra.
Cada baldosa tenía un símbolo diferente: un sol, una luna, una estrella, un lobo y una llama.
Una inscripción brillante parpadeó hasta materializarse sobre el pedestal: «Cinco son como uno, pero solo el camino correcto lleva adelante.
Elegid sabiamente, o seréis engullidos por el abismo».
Cayo suspiró.
—Por supuesto, otro acertijo.
—¿No podemos simplemente…?
—gimió Zane.
Estrelló el puño contra la baldosa más cercana.
La plataforma bajo sus pies retumbó de inmediato.
Solté un chillido cuando el suelo se inclinó.
Alerion agarró a Zane por el cuello de la camisa y tiró de él hacia atrás.
—Deja de dejar que tu ira nos joda las cosas.
¿Y si te hubiera atacado un hacha de combate?
Cayo los ignoró, su mente ya estaba trabajando y sentí curiosidad por meterme en su cabeza.
—Los símbolos parecen más profundos de lo que aparentan.
—Sí, dice que cinco son como uno, y ese es nuestro número ahora mismo.
¿Quizá tengamos que activarlos al mismo tiempo?
—sugerí.
Alerion asintió.
—Cada uno a una baldosa.
—Pero en el orden correcto —añadió Cayo—.
Si no, caeremos.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Genial.
Alerion irá primero y yo la última.
Intercambiamos miradas antes de pisar las baldosas con cautela.
Alerion cogió el fuego; Zane, el lobo; Lisandro, la estrella; Cayo, la luna, y yo, el sol.
No pasó nada.
Entonces, el pedestal bajo nuestros pies se iluminó y la oscuridad que rodeaba la plataforma se desvaneció de repente, revelando el siguiente camino.
Zane exhaló.
—Joder.
De verdad esperaba que nos cayéramos.
—No lo gafes —murmuré, bajándome de mi baldosa.
Avanzamos, pero algo en todo esto era demasiado… fácil.
Lo sentí antes de oírlo; el aire a mi espalda olía a polvo.
Me giré justo a tiempo para ver cómo se derrumbaba el suelo.
—¡CORRED!
—gritó Alerion.
Salimos corriendo, nuestros pies apenas tocaban la piedra mientras la plataforma se desmoronaba a nuestras espaldas.
La siguiente puerta estaba a solo unos metros, pero parecían kilómetros.
No iba a conseguirlo.
El borde estaba demasiado lejos.
Mis piernas no eran lo bastante rápidas.
Y entonces, Zane me agarró y, sin dudarlo, nos lanzó hacia adelante, su fuerza nos impulsó por encima del borde que se derrumbaba.
Caímos con fuerza al suelo, rodando por el piso de piedra mientras la entrada a nuestra espalda se desvanecía.
El peso de Zane sobre mí me dificultaba levantarme, pero no me resistí.
Estaba agradecida de estar viva.
Me miró desde arriba, sus labios se curvaron en esa familiar sonrisa arrogante.
—Te dije que hoy ganaría algo.
Fruncí el ceño, apartándolo de un empujón en cuanto levantó su peso de encima.
—Casi nos matas a los dos.
—Pero no lo hice —se incorporó, todavía sonriendo—.
Y sigues de una pieza.
Odiaba que tuviera razón.
Alerion nos puso a los dos en pie de un tirón.
—Basta de coqueteos, tortolitos.
Tenemos que movernos.
¿Coqueteos?
Yo no lo llamaría así.
¿O sí?
No tuve tiempo para pensar en ello.
Porque justo al doblar la siguiente esquina, la vimos.
La línea de meta.
La marca de nuestra victoria.
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