Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 41
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41: Capítulo 41 41: Capítulo 41 ~Valeria~
Nunca pensé que llegaría a decir esto, pero el instituto ya no estaba tan mal.
Mis notas empezaron a subir como la espuma y todo gracias a mi encantador profesor, que ya te puedes imaginar quién es.
Cayo.
Tenía paciencia conmigo incluso cuando yo ya me daba por vencida.
Hacía que todo fuera tan fácil de entender que sus fórmulas eran mejores que las de mis profesores.
¿Y la mejor parte?
Por fin había recuperado la confianza en mí misma.
Ya no estaba amargada ni deprimida, por mucho que los acosadores intentaran sacarme de quicio.
No es que hubieran parado, por supuesto.
Es que simplemente me importaban más otros momentos alegres, como cuando dejé de sentir pavor al recibir los resultados de mis exámenes.
En algún momento, sus palabras empezaron a sentirse como un pequeño pinchazo en una piel adormecida.
Empecé a mirarles directamente a la cara, desafiándolos a que hicieran lo peor.
Cayo se dio cuenta.
Y no dijo mucho al respecto, pero la forma en que me sonreía, como si supiera que por fin me estaba viendo como él me veía, hacía que todo valiera la pena.
Pasábamos mucho tiempo juntos, sobre todo estudiando, pero también simplemente… estando cerca el uno del otro.
A veces yo divagaba sobre cualquier cosa solo para evitar que se fuera.
Otras veces, él se sentaba conmigo en silencio mientras yo intentaba resolver las cosas por mi cuenta, sin meterme prisa, sin hacerme sentir estúpida.
Y cada vez que acertaba, me recompensaba con pequeños regalos para levantarme el ánimo.
¿Y si no acertaba?
Contaba un chiste para relajar igualmente el ambiente.
Con Cayo no había derrotas.
Solo victorias y lecciones.
No sé cuándo empezó a suceder, pero empecé a desear que llegaran nuestras sesiones.
No solo por la ayuda, sino por él.
Incluso a mi madre dejó de parecerle tan extraña nuestra supuesta amistad.
Pero, aun así, la vida no podía dejarme ser feliz sin una dosis de drama.
Porque justo cuando las cosas empezaban a parecer estables… el pasado llamó a la puerta.
Zane.
Tenía un sexto sentido para saber cuándo estaba pasando página, como si pudiera olerlo en el ambiente.
Cuanto más tiempo pasaba con Cayo, más aparecía Zane en los pasillos, en mis mensajes, a la salida de mis clases.
Siempre con esa sonrisa de niño bueno y ese aroma familiar que hacía que mi corazón diera un vuelco aunque yo no quisiera.
Era como una sanguijuela y no encontraba la forma de librarme de él.
Cada vez que salía sola o estaba con Cayo, sentía que me observaban.
Como si tuviera una cámara oculta.
Quizá en mi collar o incrustada en un botón, como en las películas de espías.
Empecé a registrarme los bolsillos y el bolso como una loca, más paranoica que nunca.
Al principio no decía gran cosa.
Solo aparecía de repente con excusas de lo más torpes.
—Oye, se me olvidó devolverte el cargador.
—Ah, te dejaste el coletero en mi coche hace tres semanas.
—¿Me prestas tu gel de ducha?
Me he quedado sin jabón esta mañana —entró en mi baño como si nada, con una toalla anudada a la cintura y luciendo sus abdominales de infarto.
Me giré, negándome a darle la satisfacción de ver que estaba a punto de babear.
—Zane, sabes que podrías habérselo pedido a los chicos, ¿no?
—Sí, lo sé, pero soy alérgico a sus productos.
Además, los tuyos huelen mejor.
O simplemente le encantaba llevar mi olor en su cuerpo.
—Puedes quedártelo, pero, por favor, devuélvemelo cuando acabes.
No quiero tener que ir a buscarte —lo fulminé con la mirada en broma.
La idea de entrar en su dormitorio me parecía una condena.
Los labios de Zane se curvaron en una sonrisa socarrona y sus ojos se iluminaron.
—No te preocupes, te lo devolveré… con intereses.
Puse los ojos en blanco, pero aun así se me revolvió el estómago.
Pasó lentamente a mi lado, nuestros hombros se rozaron y la chispa que una vez compartimos se reavivó.
Odiaba que el efecto que tenía en mí nunca desapareciera.
Justo cuando estaba a punto de desaparecer por el pasillo, mi móvil vibró.
Cayo: ¿Estás libre para que nos veamos antes hoy?
Tengo algo importante que decirte.
¿Importante?
Mis dedos temblaron ligeramente mientras tecleaba una respuesta rápida.
Yo: Claro.
Llego en 15 minutos.
Cuando aparté la vista del móvil, me encontré a Zane mirándome con severidad, como si él también hubiera estado mirando su propio móvil para comprobar a saber qué, antes de bajarlo.
—¿Era Cayo?
—me espetó, sin ningún disimulo.
—¿Qué?
No —fruncí el ceño.
—¿Entonces quién era?
Tu móvil nunca suena, así que, ¿quién es el nuevo?
—No hay ningún chico nuevo, ¿vale?
Solo era una notificación cualquiera —volví a mentir.
—¿Y has respondido?
—Sabes, los celos te ponen muy feo.
—Claro, y a ti decir mentiras te hace más guapa —respondió con sarcasmo antes de marcharse furioso.
Me quedé de piedra, preguntándome por qué se comportaba así si yo no era su novia.
¿Es que no tengo derecho a ser feliz?
Por lo visto, no, si Zane anda cerca.
Ha dejado claro que si él no está en mi vida, entonces ningún otro hombre puede estarlo.
Dudaba entre contárselo a Cayo o mantenerlo al margen.
Además, ¿qué podría hacer él?
¿Decirle a Zane que me dejara en paz?
Ni de broma.
***
Nudillos contra la madera.
Dos toques.
Una pausa.
Y esa colonia intensa que tanto me gustaba.
Estaba aquí otra vez y sentí un cosquilleo en el corazón por el hecho de que nunca se rindiera.
—La puerta está abierta —dije en voz alta, con los ojos todavía en el libro que en realidad no estaba leyendo.
La puerta crujió y, a continuación, oí sus pasos.
Sostenía un botecito.
Mi gel de ducha.
El que me había «pedido prestado» hacía tres días tras colarse en mi baño como si fuera un spa de cinco estrellas.
Le dije que se lo quedara; lo había dicho sin pensar, sobre todo porque quería que se fuera.
Pero ahí estaba.
Devolviéndomelo.
¿Y eso?
Eso no iba del gel.
—Imaginé que lo querrías de vuelta —dijo, dejándolo caer en el borde de mi cama.
Cayó demasiado cerca de mi muslo.
Sus ojos lo siguieron.
O quizá siguieron la línea de mis piernas, la curva de mi cadera, la sudadera que me quedaba enorme y que claramente no era mía.
La sudadera de Cayo.
Y supe que Zane la había reconocido.
El tic de su mandíbula lo delató.
Por fin levanté la vista.
—No tenías por qué traerlo de vuelta.
—Tengo otros dos botes que aún no he usado.
—Sí, bueno —se pasó una mano por el pelo; estaba demasiado nervioso—.
No me parecía bien quedarme con algo que huele a ti.
Ahí estaba.
La declaración nada inocente.
Una migaja de pan más en el rastro del juego al que fuera que estuviera jugando.
Entrecerré los ojos ligeramente.
—Claro.
—Me gusta la sudadera —dijo tras una pausa—.
Te queda bien —pude oír el desdén en su voz.
Dios.
Lo sabía.
Claro que lo sabía.
Zane podía oler a Cayo en mí a kilómetros de distancia.
Probablemente hasta contaba los segundos que pasábamos juntos.
Y, aun así, fingía que era algo casual.
Solo la devolución de unos artículos de aseo.
No me lo tragué.
—¿Querías algo más?
—pregunté.
Bajó la vista al suelo por un segundo.
Luego suspiró y volvió a mirarme, esta vez con más suavidad.
—Sí.
Esperaba que pudiéramos hablar en privado.
Hablar.
Claro.
Zane nunca quería hablar.
Quería comerme la cabeza hasta que olvidara el daño que me había hecho.
Quería recordarme que nadie podía generar el calor que él traía consigo.
Aun así, asentí.
—De acuerdo.
Habla.
No se sentó de inmediato.
Se limitó a mirar por la habitación como si hubiera cambiado desde la última vez que estuvo allí.
Como si se hubiera convertido en un espacio al que ya no pertenecía.
—Has estado pasando mucho tiempo con él —dijo.
Enarqué una ceja.
—¿Con quién?
—Ya sabes con quién.
—La última vez que hiciste un comentario así fue por Landon, y hace tiempo que no hablo con él.
—Lo sé, y él no es el tema de conversación de hoy.
—Si es por Cayo, solo me está ayudando.
Nada más.
La mirada de Zane se volvió penetrante como un puñal.
—¿Ayudándote?
Siempre pareces la damisela en apuros, ¿verdad?
No podría ocultar sus celos aunque le fuera la vida en ello.
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