Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 89

  1. Inicio
  2. Condenada a mis 4 hermanastros abusones
  3. Capítulo 89 - 89 Capítulo 89
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

89: Capítulo 89 89: Capítulo 89 ~Zane~
La azotea se veía perfecta, girasoles por todas partes porque Valeria había mencionado una vez que le recordaban a los días de verano cuando era pequeña.

Guirnaldas de luces que yo mismo había colgado porque no voy a pagarle a un decorador para que haga una chapuza con algo tan importante.

Y el pastel de fresa de esa pastelería del centro que siempre se quedaba mirando cuando pasábamos en coche, pero en la que nunca pedía parar.

Era el momento.

Este era el momento en el que por fin iba a decirle lo que sentía, en lugar de ver a mis hermanos rondarla como buitres mientras yo me quedaba ahí sentado como un idiota.

—Zane, oh, Dios mío…

Esto es tan bonito —dijo Valeria, pasando los dedos por uno de los pétalos de girasol—.

¿Hiciste todo esto tú solo?

—Sí, bueno…

—balbuceé, metiendo las manos en los bolsillos porque me temblaban y era jodidamente vergonzoso—.

Quería hablar contigo de algo.

Se giró para mirarme, y la forma en que la luz del atardecer incidía en su pelo hizo que sintiera una opresión en el pecho.

Llevaba meses queriendo decir esto.

Meses viendo a otros chicos intentar llamar su atención.

Abrí la boca para empezar el discurso que llevaba semanas practicando frente al espejo.

—Valeria, antes te ha costado este problema de cálculo.

¿Es una puta broma?

Me di la vuelta y vi a Cayo entrando en la azotea como si hubiera planeado cómo colarse, con un fajo de apuntes y esa expresión que me recordó su última advertencia de que sabotearía mi jugada.

—Déjame que te lo explique —continuó, ignorando por completo que yo estaba justo ahí—.

Parecías confusa durante la clase.

—¿No ves que estoy hablando con ella?

—espeté, interponiéndome entre él y Valeria.

Cayo se ajustó las gafas, ese gesto pretencioso que hacía cuando quería parecer más listo que los demás.

—Su educación importa más que cualquier cosa que fueras a decir.

Ya te declararás más tarde.

Que me declarara más tarde.

Como si fuera así de simple.

Como si pudiera reprogramar sin más el momento para el que llevaba meses reuniendo el valor.

—Chicos, parad —suspiró Valeria, y pude oír el agotamiento en su voz—.

De verdad necesito ayuda con cálculo, y a Cayo se le da muy bien explicar.

¿Podemos ocuparnos de esto primero?

Quise decir que no.

Quise decirle a Cayo que cogiera sus apuntes y los tirara desde la azotea.

Quise coger la mano de Valeria y decirle que los deberes podían esperar, que lo que yo tenía que decir era más importante que un estúpido problema de matemáticas.

Pero ella me estaba mirando con esos ojos, los que siempre hacían que accediera a lo que fuera que quisiera, aunque me matara por dentro.

—Está bien —dije entre dientes—.

Pero daos prisa.

Los observé apiñarse sobre los apuntes, con Cayo señalando ecuaciones y explicando algo sobre la regla de la cadena mientras Valeria asentía y hacía preguntas.

Ella estaba inclinada hacia él, tan cerca que sus hombros se tocaban, tan cerca que pude ver cómo se emocionaba de verdad al entender el problema.

Los celos me estaban devorando.

No solo porque Cayo acaparaba su atención, sino porque lo conseguía siendo útil.

Ayudándola con algo que de verdad necesitaba.

Mientras, yo estaba ahí plantado con flores y un pastel, como el pringado de una comedia romántica.

¿Cuándo se había convertido mi hermano en el chico al que ella recurría cuando necesitaba ayuda?

¿Cuándo me había convertido yo en el chico al que recurría cuando quería reírse de chistes malos?

—Gracias, Cayo —dijo ella, sonriéndole con esa gratitud que me revolvió el estómago—.

Ahora de verdad que lo entiendo.

—Cuando quieras —respondió, y juro que lo vi lanzarme una mirada con una sonrisa socarrona antes de empezar a recoger sus apuntes.

Esa sonrisita.

Esa puta sonrisita que decía que sabía exactamente lo que acababa de hacer.

Había aparecido a propósito, justo cuando estaba a punto de hacer mi jugada, porque no podía soportar la idea de que fuera yo a quien ella mirara de esa manera.

Tenía las manos apretadas en puños y estaba a unos cinco segundos de hacer algo por lo que probablemente me detendrían por agresión.

Pero entonces Valeria se volvió hacia mí, y su rostro se iluminó cuando vio el pastel.

—¿Es de Rosetti’s?

—preguntó, acercándose para verlo mejor.

—Sí —dije, obligándome a relajar los puños y a actuar con normalidad—.

Pensé que querrías probarlo.

—Zane…

—Levantó la vista hacia mí con una expresión de dulzura—.

¿Te acordabas de que quería probar este sitio?

—Por supuesto que me acordaba.

Recuerdo todo lo que me dices.

Lo cual era cierto, y probablemente patético, pero no me importaba.

Recordaba que odiaba el olor de las velas de vainilla, pero que le encantaba el helado de vainilla.

Recordaba que siempre pedía el café con más azúcar cuando estaba estresada.

Recordaba que tenía una cicatriz en la rodilla por haberse caído de la bici, y que a veces todavía se sobresaltaba si alguien alzaba la voz más de la cuenta.

Lo recordaba todo porque llevaba años fijándome en ella, mientras que los demás solo la veían como otra chica guapa a la que perseguir.

—Come un poco —dije, cortándole un trozo a pesar de que mi declaración se acababa de ir al traste—.

Llevas todo el día estudiando.

Le dio un bocado y literalmente puso los ojos en blanco.

—Oh, Dios mío, esto está increíble.

Esa sonrisa.

Esa sonrisa perfecta y genuina que hacía que todas las flores, la planificación y las declaraciones arruinadas hubieran merecido la pena.

Aunque Cayo lo acabara de sabotear todo, aunque volviera a estar en el punto de partida para decirle lo que sentía, al menos la había hecho feliz.

—Gracias, Zane —dijo, y me apretó la mano—.

Todo esto es muy tierno.

Tierno.

La palabra que todo chico teme oír de la chica que le vuelve loco.

Pero su mano estaba cálida, y me miraba como si yo importara, como si fuera importante para ella, aunque no de la manera que yo quería.

—Sí, bueno —dije, intentando sonar despreocupado—.

Solo quería tener un detalle contigo.

Cayo seguía por allí, fingiendo que ordenaba sus apuntes, pero obviamente sin perderse ni una palabra.

—Será mejor que baje ya —dijo tras terminarse el pastel—.

Tengo que ponerme con el trabajo de Historia.

—¿También necesitas ayuda con eso?

—pregunté, a pesar de que era un negado para la Historia y ambos lo sabíamos.

—Creo que podré con ello.

Pero gracias.

—Se puso de pie y se sacudió las migas de los vaqueros—.

Por todo esto.

Significa mucho.

Me dio un beso en la mejilla antes de bajar, y yo me quedé ahí plantado como un idiota, tocando el lugar donde habían estado sus labios.

—Qué fino —dijo Cayo cuando ella se fue.

—Vete a la mierda.

—Solo la estaba ayudando con los deberes.

No hace falta que te pongas territorial.

—¿Territorial?

—Me giré para encararme con él, y sentí que la rabia volvía a subirme por el pecho—.

Apareciste justo cuando iba a decirle lo que siento.

Eso no ha sido casualidad.

—Quizá si se lo hubieras dicho sin más, en lugar de montar una escenita romántica para demostrar que eres mejor que el resto de nosotros, el momento no habría importado.

—Y quizá si no te metieras en mis putos asuntos, yo habría tenido la oportunidad.

Nos sostuvimos la mirada un instante, y pude ver el desafío en sus ojos.

Se creía mejor que yo.

Más listo, más sofisticado, más merecedor de la atención de Valeria.

—Ella necesita a alguien que la ayude a crecer —dijo en voz baja—.

Alguien que la desafíe intelectualmente.

—Necesita a alguien a quien de verdad le importe hacerla feliz —ataqué—.

Alguien que preste atención a lo que ella quiere y no a lo que él cree que debería querer.

—¿Y tú crees que ese eres tú?

—Sé que soy yo.

Cayo asintió despacio, como si estuviera archivando esa información para usarla más tarde.

—Ya veremos.

Cuando se fue, me quedé en la azotea una hora más, recogiendo las flores y las luces mientras mi mente no paraba de darle vueltas a todo lo que debería haber dicho y hecho de otra forma.

La próxima vez, no iba a planear ningún gran gesto romántico que pudiera interrumpirse.

La próxima vez, simplemente la apartaría y le diría la verdad, sin importar quién estuviera cerca o qué más estuviera ocurriendo.

Porque no pensaba volver a ver a Cayo aparecer para hacerse el héroe mientras yo me quedaba plantado con el pastel en la mano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo