Condenada a mis 4 hermanastros abusones - Capítulo 93
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93: Capítulo 93 93: Capítulo 93 ~Valeria~
Que dos tíos discutan sobre quién puede enseñarte a usar poderes mágicos suena mucho más guay en teoría de lo que es en la práctica y, ahora mismo, estoy a unos tres segundos de decirles a los dos que se callen.
Michael me había escrito sobre las seis de la mañana para decirme que tenía que enseñarme algo importante sobre mis poderes.
Y, vale, era ambiguo, pero también estaba desesperada por entender qué significaban estas marcas doradas y por qué mi loba se alteraba de repente en los momentos más inesperados.
Así que aquí estaba, en medio del bosque al amanecer, como la protagonista de una novela de fantasía, solo que, en lugar de sentirme poderosa, lo que sentía sobre todo era frío.
—Concéntrate —dijo Michael, dando vueltas a mi alrededor como si yo fuera una especie de experimento científico—.
Cierra los ojos y deja que tu loba salga a la superficie.
No te resistas, solo deja que ocurra.
Cerré los ojos, sintiéndome ridícula.
—¿En qué se supone que debo concentrarme exactamente?
—En la vida que te rodea.
La energía del bosque.
Tu Sangre Real te conecta con todos los seres vivos, solo tienes que aprender a conectar con ella.
Sonaba como algo sacado de una aplicación de meditación, pero bueno.
Respiré hondo e intenté acallar mis acelerados pensamientos.
Al principio no pasó nada.
Entonces mi loba rugió, irrumpiendo en mi interior con más fuerza de la que jamás había mostrado.
Las marcas doradas se extendieron por mi piel como la pólvora, quemando y hormigueando, y, de algún modo que no sabría explicar, sentí que era lo correcto.
Y entonces los oí.
Pájaros.
Cientos de ellos, a kilómetros de distancia, con sus gorjeos y cantos de repente nítidos en mi mente.
No era solo ruido, sino comunicación de verdad.
Avisos de una tormenta que se acercaba.
Miedo por un depredador cercano.
—Joder —musité, abriendo los ojos de golpe.
—La Sangre Real te permite hablar con los animales —afirmó Michael—.
Sentir el peligro antes de que suceda.
Tu padre usaba esta habilidad para proteger a las manadas de lobos bajo su mandato.
Podía sentir las amenazas a kilómetros de distancia.
Me quedé mirando mis manos, observando cómo las marcas doradas se desvanecían lentamente en mi piel.
Era real.
Estaba pasando de verdad.
—Esto es una locura —dije—.
¿Cómo lo controlo?
¿Cómo hago que se detenga cuando no quiero?
Michael abrió la boca para responder, pero una voz familiar lo interrumpió.
—Michael, para.
Es demasiado arriesgado.
Me giré y vi a Cayo salir de entre los árboles, con una expresión a medio camino entre la preocupación y el cabreo.
Vestía de manera informal, con vaqueros y una sudadera, pero no había nada de informal en su forma de mirar a Michael.
—La estoy ayudando —dijo Michael, sin echarse atrás—.
Necesita comprender sus habilidades.
—Primero necesita aprender a controlarse —replicó Cayo—.
¿Forzar sus poderes tan deprisa, tan bruscamente, sin un entrenamiento adecuado?
Así es como la gente acaba herida.
—Sé lo que hago.
—Puedes engañarte a ti mismo, pero no voy a permitir que la engañes a ella, porque parece que la estás usando como conejillo de indias para los mitos que lees en libros viejos.
La tensión entre ellos era más letal que la erupción de un volcán.
Michael apretó la mandíbula con fuerza, sus manos se agitaron lentamente y pude sentir que estaba a cinco segundos de empezar una pelea por primera vez.
Pero entonces se limitó a negar con la cabeza y retrocedió.
—Está bien.
Encárgate tú, entonces.
—No, Michael.
No tienes por qué…
Se marchó sin decir una palabra más ni darme la oportunidad de terminar la frase, desapareciendo entre los árboles y dejándome allí plantada con Cayo.
—Has sido demasiado frío, solo intentaba ayudar —dije una vez que Michael estuvo lo bastante lejos como para no oírnos.
—Pues a mí no me lo han parecido ni sus intenciones ni sus métodos, y mi intuición nunca falla.
—Cayo se acercó y noté cómo sus ojos me recorrían, buscando cualquier señal de herida o angustia—.
Él no comprende con qué está tratando.
Tus poderes no son un simple truco de salón que puedas practicar cuando te apetezca.
Están conectados con tus emociones, tus niveles de estrés, tu estado general.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque he estado investigando los linajes reales desde que me enseñaste esa insignia.
He leído todo lo que he podido encontrar sobre la manifestación y el control de los poderes.
—Sonrió, y su sonrisa le hizo cosas a mi ritmo cardíaco que probablemente eran preocupantes desde un punto de vista médico—.
Conozco un lugar más seguro para enseñarte a controlarte.
Un sitio donde no nos interrumpan y donde puedas aprender a tu propio ritmo.
Extendió la mano, con la palma hacia arriba, esperando a que me decidiera.
Miré su mano y luego le miré a la cara.
La luz de la mañana realzaba sus rasgos de una forma que me cortó la respiración, y noté que su pulso se aceleraba de forma inusual.
Estaba nervioso.
Puse mi mano en la suya y el contacto me provocó una descarga que me recorrió el brazo.
—Vale —dije, con la voz más entrecortada de lo que pretendía—.
Enséñame.
Sus dedos se cerraron sobre los míos, cálidos e inesperadamente suaves a pesar de la fuerza que sabía que poseía.
—Gracias por confiar en mí.
Empezamos a adentrarnos en el bosque, con las manos aún entrelazadas como una pareja de cuento de hadas.
A los tres minutos de nuestra pequeña aventura, otras dos figuras emergieron de la línea de árboles frente a nosotros.
Por supuesto.
Alerion y Zane, con pinta de habernos estado rastreando, cosa que probablemente habían hecho porque, por lo visto, la privacidad era un lujo que no me podía permitir.
—Se acabaron las excursiones al bosque con Cayo —dijo Alerion, con ese tono autoritario en la voz que hacía que la gente sintiera un impulso automático de obedecer—.
Es demasiado peligroso.
—Hace cinco minutos estaba literalmente entrenando con Michael y no aparecisteis para impedirlo —señalé.
—De eso no sabíamos nada —dijo Zane, interponiéndose entre Cayo y yo—.
Pero ahora que lo sabemos, pues la próxima vez vente conmigo.
Yo te enseñaré.
—¿Tú?
—Cayo arqueó una ceja—.
¿Y qué se supone que le vas a enseñar tú?
—A luchar.
A defenderse.
Ya sabes, habilidades realmente útiles en lugar de meditar en el bosque.
—Necesita control antes que entrenamiento de combate.
—Necesita ser capaz de protegerse cuando no estemos cerca.
—No necesitaría protegerse si hiciéramos nuestro trabajo como es debido.
—Chicos —dije, soltándome de la mano de Cayo—.
Hay formas mejores de resolver nuestras diferencias sin tener que discutir.
—No es culpa mía que Alerion solo entienda un tipo de lenguaje —replicó Cayo, y le tembló un párpado en dirección a su hermano mayor.
Suspiré, sabiendo que no me harían caso.
—Tenéis razón, seguid discutiendo.
Avisadme cuando terminéis.
Casi que podría echarme una siesta.
Si Michael viera esto, se limitaría a negar con la cabeza y a decir: «Te lo dije».
Quería a estos chicos, pero la mayoría de las veces, sus acciones solo parecían hacerme perder el tiempo.
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