Contrato de 6 Meses con el Dios de la Mafia - Capítulo 49
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49: Dile a Enzo que me llame 49: Dile a Enzo que me llame PUNTO DE VISTA: DIMITRI
En el armario no había nada.
Lo había revisado a fondo…, cada estante, el espacio tras los productos de limpieza, el suelo de debajo.
Nada alterado.
Nada faltaba.
Nada que no debiera estar allí.
Había permanecido en la cocina a oscuras durante cuatro minutos, escuchando al ático respirar a su alrededor, y no encontró nada, salvo el silencio particular de un edificio a las tres de la mañana y sus propios instintos sobrecalibrados reaccionando ante las sombras.
Había vuelto a la cama.
No había dormido.
A las seis ya estaba en su despacho con un café y con Marco en una llamada segura, con la ciudad aún a oscuras tras las ventanas, repasando cada variable con la fría y sistemática meticulosidad que aplicaba a los problemas que de verdad importaban.
Enzo estaba en la ciudad.
Había aterrizado sin previo aviso, lo que significaba que no quería que Dimitri se preparara.
Lo que significaba que tenía algo que ganar si pillaba a Dimitri desprevenido.
Lo que significaba que ya sabía más de lo que a Dimitri le gustaría.
—¿Ubicación?
—preguntó Dimitri.
—Hotel Noir.
Se registró con el nombre de una empresa…
Russo Holdings —la voz de Marco sonaba neutra, cautelosa—.
No está solo.
Cuatro hombres con él.
A dos los reconozco del equipo de Antonio.
A los otros dos no.
—Averigua quiénes son los dos desconocidos.
—Ya estoy en ello.
—¿E Isabella?
—El nombre le supo a metal en la boca.
Una pausa.
—Aún sin movimientos por su parte.
Hasta ayer, seguía en Roma.
—Sigue vigilando.
—Hay algo más —otra pausa, esta más pesada—.
Uno de mis hombres en el perímetro este marcó un vehículo.
Rodeó el edificio dos veces anoche.
A las once y cuarenta y cinco y de nuevo a las dos y cuarto.
Dimitri guardó silencio un momento.
Las dos y cuarto.
Veinte minutos antes de encontrar el armario abierto.
—¿Matrículas?
—Limpias.
Demasiado limpias.
Profesionalmente limpias.
—Consigue las grabaciones de la calle.
Todas las cámaras en un radio de cuatro manzanas.
Quiero saber quién iba en ese vehículo y adónde fue.
—Ya las he conseguido.
Las estoy revisando ahora —Marco titubeó…, y Marco nunca titubeaba, lo que significaba que lo que venía a continuación era algo que había sopesado cuidadosamente antes de decidirse a decirlo—.
Jefe.
Deberíamos hablar sobre contárselo a ella.
—Yo me encargo.
—Jefe…
—
—He dicho que yo me encargo, Marco —mantuvo la voz firme—.
¿Cuánto tardarás en tener algo sobre los desconocidos?
Un breve silencio que comunicó todo lo que Marco había decidido no decir.
—Al final del día.
Quizá antes.
—Llámame cuando lo tengas.
Colgó.
Se quedó sentado un momento, con la ciudad iniciando su mañana gris al otro lado del cristal, y pensó en Eva durmiendo al fondo del pasillo.
En su mano en su pelo anoche.
En la forma en que ella le había respondido «pronto» como si fuera una promesa que pensaba cumplir.
Pensó en lo que Enzo vería al mirarla.
No una mujer.
No una persona.
Una palanca.
Algo a lo que agarrarse cuando querías mover a Dimitri Valentino en una dirección que no había elegido tomar.
Cogió el café, se lo bebió y tomó sus decisiones con la fría eficacia de un hombre que llevaba tomando decisiones como esas desde los dieciséis años.
Enzo no se le acercaría.
Costara lo que costara, requiriera lo que requiriera, ese era el único resultado que no era negociable.
****
PUNTO DE VISTA: EVA
Lo notó en el desayuno.
No era algo que pudiera nombrar específicamente, nada tan concreto como un cambio en su expresión o algo particular que dijera.
Más bien como un cambio de frecuencia.
El mismo hombre, la misma cocina, el mismo café un poco demasiado cargado, pero algo por debajo funcionando en un registro diferente.
Lo observó por encima de su taza.
Estaba leyendo algo en el móvil, con el rostro sereno y neutro, una mano rodeando su taza de café.
Tenía exactamente el mismo aspecto de siempre.
Controlado.
Contenido.
Presente.
Pero su pulgar se había movido por la misma sección de la pantalla tres veces sin deslizarla.
No dijo nada.
Comieron.
Él le preguntó por su día…
una reunión con un cliente a las diez, la revisión de un contrato por la tarde.
Ella le preguntó por el suyo.
Él dijo que llamadas y papeleo.
La Nonna apareció desde el cuarto de invitados del ala este a las ocho y media, evaluó la cocina con una sola mirada panorámica y empezó a preparar algo que implicaba un gran estrépito deliberado.
Le dio un beso en la cabeza a Dimitri, le apretó el hombro a Eva y no dijo nada que no fuera sobre comida.
Pero sus ojos, cuando se movían entre ellos, lo hacían con cautela.
Marco llegó a las nueve.
Estaba en el dormitorio preparándose para ir a trabajar cuando oyó el ascensor, oyó el bajo intercambio de voces en el pasillo, demasiado bajo para distinguir las palabras, demasiado cortante para ser informal, y luego el sonido inconfundible de una puerta al cerrarse.
La puerta de su despacho.
Terminó de maquillarse frente al espejo e intentó no contar los minutos.
Dimitri estuvo en su despacho cuarenta minutos.
Cuando salió, la acompañó él mismo hasta el ascensor, algo que hacía a veces, no siempre, sin un patrón establecido que ella pudiera señalar.
Le ajustó el cuello de la blusa, lo que no había hecho nunca.
Le dio un beso en la sien y lo mantuvo un instante más de lo habitual.
—Marco estará contigo hoy —dijo él.
—Marco siempre está conmigo.
—Quiero decir cerca.
No a distancia.
—Sus ojos estaban fijos en los de ella—.
Dentro del edificio, no fuera.
Eva lo estudió.
—Dimitri.
—Es por precaución.
—¿Para qué?
—Nada en concreto —lo dijo con naturalidad, como lo decía todo—.
Prefiero ser precavido.
Lo miró durante un largo momento.
Podía presionar.
Podía hacer la pregunta que llevaba componiendo desde el desayuno, podía exponer las piezas: el pulgar distraído, los ojos cautelosos, la llegada de Marco, el cuello de la blusa, el beso que duró un instante de más, y preguntarle a qué equivalía todo eso.
En su lugar, dijo: —De acuerdo.
Algo se movió en su expresión.
—¿Eso es todo?
—Por ahora —le sostuvo la mirada—.
Pero, Dimitri, cuando estés listo para contarme lo que está pasando de verdad, yo estaré lista para escucharlo.
La miró como hacía a veces, como si lo hubiera sorprendido, algo que ella empezaba a comprender que era raro.
Como si se hubiera movido en una dirección que él no había previsto.
Le acunó el rostro con las manos.
—Esta noche —dijo en voz baja—.
Te lo contaré esta noche.
—De acuerdo —apoyó los labios un instante en la palma de él—.
Esta noche.
El ascensor se abrió.
Ella entró.
Él se quedó de pie con la mano en la puerta, manteniéndola abierta un segundo de más, con los ojos fijos en ella con esa atención particular que ella había memorizado, del tipo que no consistía tanto en mirar como en asegurarse.
Entonces la soltó.
Las puertas se cerraron.
Se quedó de pie en el ascensor que descendía, con Marco a su lado.
Algo se avecinaba.
No sabía el qué.
No conocía su forma ni su nombre, ni lo cerca que ya estaba.
Pero lo que había dicho iba en serio.
Estaría lista.
****
PUNTO DE VISTA: DIMITRI
Observó los números del ascensor descender en el panel sobre las puertas hasta que se detuvieron en la planta baja.
Luego volvió a su despacho, se sentó y llamó a Antonio.
Sonó cuatro veces.
Su padre respondió al quinto tono, una elección deliberada, Antonio nunca hacía nada sin calcularlo…, con la misma cortesía suave y pausada de antes.
—Dimitri.
Qué sorpresa.
—Dijiste que Enzo vendría esta semana —dijo Dimitri—.
Aterrizó hace dos días.
Una pausa.
—¿Ah, sí?
Desconocía el momento exacto.
La mentira era tan pulida que resultaba casi elegante.
Dimitri se había criado estudiando las mentiras de su padre como otros niños estudian idiomas…
por inmersión, por necesidad, hasta que fue capaz de identificar cada inflexión y variación.
—¿Qué es lo que quiere?
—Ya te lo dije.
Negocios.
Cuestiones de territorio.
—¿Y el vehículo que rodeó mi edificio dos veces anoche?
Una pausa más larga.
Cuando su padre volvió a hablar, algo había cambiado de forma casi imperceptible en su tono.
Seguía siendo suave.
Seguía siendo medido.
Pero ahora atento de una forma diferente.
—No sé nada sobre ningún vehículo.
Esta sí se la creyó Dimitri.
Lo cual era casi peor.
Si no era Antonio y no era Enzo, o al menos no por orden de Antonio, entonces quienquiera que estuviera en ese vehículo era un tercero.
Alguien más con interés en el edificio de Dimitri.
En la vida de Dimitri.
En lo que Dimitri valoraba.
—Dile a Enzo que me llame —dijo Dimitri—.
Si quiere una reunión, que la organice por los canales adecuados.
No da vueltas alrededor de mi edificio a las dos de la mañana.
No se mueve por mi ciudad sin mi conocimiento.
—Dejó que eso calara durante un segundo exacto—.
¿Ha quedado claro?
—Se lo haré saber —dijo Antonio.
—Asegúrate de hacerlo.
Colgó.
Se recostó en la silla, miró al techo y pensó en el vehículo.
Enzo era celoso, resentido y calculador de la forma específica de un hombre criado a la sombra de su hermano mayor.
Pero no era así de preciso.
Así de paciente.
Alguien lo estaba ayudando.
O usándolo.
La distinción importaba enormemente, y Dimitri aún no tenía suficiente información para determinar cuál de las dos era.
Abrió un nuevo mensaje para Marco.
Isabella.
Necesito confirmación de su ubicación actual.
Hoy.
La respuesta llegó en menos de dos minutos.
Roma esta mañana.
Pero su equipo de viajes ha reservado algo.
Destino desconocido.
Vuelo mañana.
Dimitri lo leyó dos veces.
Dejó el móvil boca abajo sobre el escritorio.
Al otro lado de la ventana, la ciudad avanzaba en su mañana, indiferente y ordinaria, cuarenta pisos más abajo.
En algún lugar de ella, en la habitación de un hotel bajo un nombre falso, su hermanastro se despertaba con un plan del que Dimitri no había sido informado.
Volvió a coger el móvil y empezó a hacer llamadas.
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