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Contrato de 6 Meses con el Dios de la Mafia - Capítulo 9

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9: ¡Bastardo 9: ¡Bastardo La realidad de su situación se le vino encima como un peso físico.

Estaba atrapada.

Legalmente atrapada.

Económicamente atrapada.

Y él lo sabía.

Él había planeado esto.

Todo.

La rabia burbujeó a través del miedo, caliente y feroz.

—Maldito cabrón —siseó, y antes de que pudiera pensárselo dos veces, su mano le restalló en la cara.

La bofetada resonó en el silencioso ático.

La cabeza de Dimitri giró con el impacto, y su mejilla enrojeció.

Durante un instante que la dejó sin aliento, no se movió.

Luego, lentamente, se giró de nuevo para mirarla.

Sus ojos habían pasado de la diversión a algo completamente distinto.

Algo que hizo que le flaquearan las rodillas, que se le cortara la respiración y que una parte traicionera de su ser se contrajera de deseo.

—Eso —dijo en voz baja y peligrosa— fue un error.

Antes de que ella pudiera reaccionar, él le sujetó las muñecas y se las inmovilizó por encima de la cabeza contra las puertas del ascensor.

Su cuerpo se apretó contra el de ella, cada plano duro y cada músculo atrapándola por completo.

—Suéltame —exigió, intentando sonar fuerte a pesar de que le temblaba la voz.

—No.

—La palabra fue absoluta.

Definitiva—.

¿Quieres pelear, cara?

Bien.

Pues peleemos.

Pero que te quede claro: yo siempre gano.

Ella intentó darle un rodillazo.

Él lo bloqueó con facilidad, usando su muslo para inmovilizarle la pierna y abrirla contra la puerta.

—Para —jadeó, pero hasta ella misma pudo oír la mentira en su voz.

Porque su cuerpo…, su traicionero y dolorido cuerpo…, estaba respondiéndole.

A su dominio.

Al poder puro con el que la controlaba sin esfuerzo alguno.

—No quieres que pare —murmuró contra su oído—.

Estás húmeda ahora mismo.

Puedo olerlo.

Puedo sentir cómo se te acelera el pulso.

Esto es lo que querías anoche, ¿no?

Ser dominada.

Controlada.

Poseída.

—No…

—Entonces, ¿por qué firmaste?

—¡No recuerdo haber firmado!

—Pues deja que te lo recuerde.

—Le soltó una de las muñecas el tiempo suficiente para coger el contrato de donde ella lo había dejado caer y se lo metió en la mano libre—.

Léelo.

En voz alta.

Todas y cada una de las palabras.

—¿Qué?

No…

—Léelo, o te follaré contra la puerta de este ascensor ahora mismo sin dejar que te corras.

Tú eliges.

La amenaza debería haberla aterrorizado.

Debería haberle dado asco.

En cambio, sintió que se humedecía más.

—Te odio —susurró ella.

—No, no me odias.

Pero lo harás antes de que acabe contigo.

Ahora, lee.

Con manos temblorosas, levantó el contrato, obligándose a concentrarse en las palabras a través de la neblina de miedo, excitación y humillación.

—Este…, este contrato, celebrado el…

—Más alto.

Apretó los dientes.

—Este contrato, celebrado el veinte de febrero, entre Dimitri Valentino, en adelante el «Dueño»…

—su voz se quebró en esa palabra—, y Eva Thorne, en adelante la «Propiedad»…

—Sigue.

Y lo hizo.

Cada término degradante.

Cada regla.

Cada cláusula que dejaba claro exactamente a qué había accedido.

Para cuando llegó a la cláusula de rescisión y a la penalización de cincuenta millones de dólares, su voz era apenas un susurro y las lágrimas corrían por su rostro.

—Duración —dijo con voz ahogada—.

Seis meses a partir de la fecha de la firma.

—¿Y cuál es la fecha?

—Su voz seguía siendo dura, implacable.

—Veinte de febrero.

—¿Lo que significa que eres mía hasta cuándo?

—Veinte de agosto.

—Seis meses.

Medio año.

Y durante ese tiempo, ¿a quién le perteneces?

—A ti.

—La palabra supo a cenizas y a miel.

—Dilo como es debido.

—Te pertenezco.

—¿Y qué soy yo?

Ella sabía lo que él quería.

Sabía lo que estaba haciendo.

Destrozándola.

Haciendo que lo admitiera.

—Mi dueño —susurró.

—Buena chica.

—El agarre en sus muñecas se aflojó, y una de sus manos bajó para acunarle el rostro, obligándola a mirarlo—.

Y ahora.

¿Ya has terminado de luchar contra lo que ambos sabemos que quieres?

Quería decir que sí.

Quería seguir luchando, seguir negándolo, seguir fingiendo que aún era la chica buena que había entrado en ese bar la noche anterior.

Pero la verdad estaba escrita en la humedad entre sus muslos.

En la forma en que sus pezones se habían endurecido bajo el vestido.

En el hecho de que estar inmovilizada contra esa puerta por Dimitri Valentino, obligada a leer su propia sumisión en voz alta, la había excitado más de lo que jamás lo hicieron tres años de matrimonio con Simón.

—No quiero esto —dijo, pero incluso para sus propios oídos sonó a mentira.

—Mentirosa.

—La soltó por completo, retrocediendo, y ella casi gimió ante la pérdida—.

Adelante.

Vete.

El ascensor ya funciona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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