Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 35
- Inicio
- Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate
- Capítulo 35 - Capítulo 35: El Vacío del Poder
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: El Vacío del Poder
El olor a pólvora y hierro permanecía impregnado en las fosas nasales de Emma mucho después de que los guardias se llevaran el cuerpo inerte del Doctor Kline. En la biblioteca, la mancha roja sobre la alfombra persa parecía un mapa de su propio destino: oscuro, denso y sin salida. Leonardo no había vuelto a dirigirle la palabra desde que la dejó en la suite médica bajo una vigilancia que ahora no solo era constante, sino agresiva.
Emma estaba sentada en el borde de la cama, observando cómo dos hombres con uniformes tácticos y rostros de piedra instalaban un equipo de monitoreo mucho más avanzado que el anterior. Ya no eran las máquinas discretas del hospital privado; eran equipos de grado militar.
—¿Dónde está Leonardo? —preguntó Emma a nadie en particular. Su voz sonaba hueca, como si viniera desde el fondo de un pozo.
Nadie respondió. Los técnicos terminaron de conectar los electrodos a su vientre con una brusquedad que le recordó que, tras la muerte de Kline, ella había dejado de ser una paciente para convertirse exclusivamente en un activo de alto valor que debía ser preservado a toda costa.
La puerta se abrió con un golpe seco. Leonardo entró, pero no venía solo. Lo acompañaba una mujer de unos cincuenta años, de cabello gris rígidamente recogido y ojos que recordaban a los de un ave de presa.
—Ella es la doctora Varga —dijo Leonardo, situándose a los pies de la cama. Sus manos estaban limpias, pero Emma no podía dejar de ver la sangre de Kline bajo sus uñas—. Trabajaba para la unidad de trauma de la fundación en Europa. Ella se encargará de ti y del niño a partir de ahora.
—¿Qué pasó con los cuidados humanos, Leonardo? —espetó Emma, intentando que el temblor de sus manos no fuera evidente—. Mataste al único hombre que conocía mi historial médico frente a mis ojos. Mi presión arterial está por las nubes. ¿Crees que esto ayuda al bebé?
Leonardo se acercó a ella. La doctora Varga comenzó a revisar los monitores sin mediar palabra, como si Emma fuera un mueble.
—Kline te estaba envenenando lentamente, Emma —respondió él con una calma aterradora—. Estaba administrando inhibidores para mantenerte débil, para que no pudieras escapar, para que los Montenegro tuvieran tiempo de organizar su próximo movimiento. No me hables de humanidad. Le hice un favor al mundo al limpiar esa basura.
Emma cerró los ojos. La revelación sobre los inhibidores explicaba su fatiga constante, el letargo que la invadía incluso cuando intentaba pensar con claridad. Leonardo tenía razón en eso, y esa era la parte más retorcida de su realidad: su captor era, irónicamente, su único protector real frente a un mundo que la veía como una moneda de cambio.
—Rosa —susurró Emma, abriendo los ojos—. Si Kline era un traidor, ¿qué pasa con Rosa?
La expresión de Leonardo se volvió de piedra. Se giró hacia la doctora Varga y le hizo una seña para que saliera. La mujer obedeció de inmediato, cerrando la puerta tras de sí. El silencio que quedó era pesado, cargado de la electricidad que siempre precedía a una tormenta en Leonardo.
—Rosa no era una traidora por dinero, Emma —dijo él, caminando hacia el ventanal—. Ella era una traidora por sentimentalismo. Los Montenegro le prometieron que, si entregaba los códigos de acceso de la fundación que Kline obtenía de mi computadora personal, ellos sacarían a su hija de Panamá y le darían una vida nueva.
Emma sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dónde está ella?
Leonardo se giró lentamente. Sacó su teléfono y proyectó una imagen en la pantalla de la suite. Emma ahogó un grito. Rosa estaba en una habitación de hormigón, atada a una silla metálica. No estaba muerta, pero su rostro reflejaba una derrota absoluta.
—La encontramos en el puerto, a punto de subir a un yate privado —explicó Leonardo—. Llevaba un pendrive con información que habría destruido tres de nuestras filiales en el extranjero.
—No la mates, Leonardo —suplicó Emma, levantándose de la cama a pesar del tirón de los cables—. Por favor. Ella solo quería salvar a su hija. Tú mismo me dijiste lo que Diego te hizo… ella no es como Diego. Ella lo hizo por amor, no por codicia.
Leonardo se acercó a ella con pasos rápidos, rodeando su cintura con un brazo y obligándola a mirarlo. Su cercanía era sofocante.
—Esa es la diferencia entre tú y yo, Emma. Tú ves el motivo. Yo solo veo el resultado. El resultado de su “amor” habría sido mi ruina y, por extensión, la tuya. Si la fundación cae, tú no eres libre. Eres un cadáver en manos de los Montenegro.
Él le acarició el brazalete de oro blanco, pero esta vez el gesto no tenía nada de la ternura fingida de la biblioteca. Era una advertencia.
—Rosa vivirá —sentenció él—. Pero pagará el precio. He traído a su hija aquí, a la propiedad. Estará bajo mi custodia, en el ala de servicio, bien alimentada y educada. Pero Rosa nunca volverá a verla si no es a través de una pantalla. Trabajará en las cocinas, bajo vigilancia de veinticuatro horas, sabiendo que la vida de su hija depende de su absoluta obediencia.
Emma sintió náuseas. Era un tipo de crueldad diferente. No era la muerte rápida de Kline, sino una sentencia de servidumbre eterna impulsada por el chantaje más bajo.
—Eres un monstruo —susurró ella, con lágrimas de rabia quemándole los ojos.
—Soy el monstruo que te mantiene con vida —corrigió él, inclinándose para besarle la frente—. Descansa. La doctora Varga te dará algo para dormir. Mañana empezamos el nuevo régimen de seguridad.
Cuando Leonardo salió, Emma se dejó caer sobre las almohadas. El monitor fetal emitía un latido constante: bum-bum, bum-bum. Su hijo estaba vivo, creciendo en medio de un campo de batalla de egos y sangre.
Esa noche, Emma no pudo dormir. El silencio de la mansión se sentía diferente. Sabía que Rosa estaba en algún lugar bajo sus pies, prisionera de su propia maternidad. Sabía que Kline estaba bajo tierra. Y sabía que el brazalete en su muñeca ya no era solo un símbolo de propiedad, sino una marca de guerra.
Se levantó con cuidado, evitando que los cables se enredaran. Caminó hacia el pequeño escritorio de la suite y abrió el cajón secreto que había descubierto días atrás. Allí, escondido tras el fondo falso, había un pequeño trozo de papel que Kline le había entregado antes de morir. No era un informe médico. Eran unas coordenadas y un nombre: Castillo.
Emma comprendió entonces que Kline, a pesar de su traición, le había dejado una última llave. ¿Era una trampa de los Montenegro? ¿O era la salida que tanto había buscado?
Miró hacia la cámara de seguridad en la esquina del techo. Sabía que Leonardo la estaba observando desde su despacho, bebiendo su whisky, analizando cada uno de sus movimientos. Emma se llevó la mano al vientre y, por primera vez en semanas, sintió una patada clara y fuerte.
—No te preocupes —susurró para el aire—. El muro está manchado de sangre, pero tiene grietas. Y yo voy a encontrar la forma de romperlo sin que nos aplaste.
La manipulación mutua había escalado a un nivel donde ya no había vuelta atrás. Emma se metió el papel en la boca, lo masticó y lo tragó, sintiendo el sabor amargo de la celulosa. La información era su única arma, y ahora la llevaba dentro de ella, junto con su hijo.
Al amanecer, cuando la doctora Varga entró para el primer análisis de sangre, Emma le dedicó una sonrisa perfecta y vacía.
—Estoy lista para el nuevo régimen, doctora —dijo con voz firme—. Quiero que este bebé sea fuerte. Como su padre.
A kilómetros de distancia, en su oficina, Leonardo observaba la pantalla. Una parte de él quería creer en esa sonrisa. La otra, la parte que Diego había destruido años atrás, sabía que Emma acababa de convertirse en su enemiga más peligrosa. Porque ahora ella no solo quería escapar. Ahora, ella quería ganar.
Y en el juego del poder, cuando dos personas que se desean y se odian compiten, el único final posible es la destrucción total de uno de ellos. O de ambos.
Emma Galicia ya no era la novelista que escribía sobre dramas corporativos. Ahora, ella era la protagonista de uno, y estaba dispuesta a escribir el final con la sangre de quien fuera necesario. Incluso la propia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com