Contrato Terminado: Rechacé a mi Esposo Alfa Primero - Capítulo 148
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Capítulo 148: Capítulo 148: El rescate
Niklaus salió furioso de la casa de la manada, con el ceño fruncido. Sin dudarlo, marcó el número de Freya. Durante días, su madre le había estado aplicando la ley del hielo mientras insistía en que volviera a casa cada noche.
Pero esa noche, Margaret había ido más lejos. Su mensaje, a la vez directo y sutil, era claro: «Pasa más tiempo con Freya, sé sincero sobre tus sentimientos y dale un heredero a la manada».
Era fácil para ella decirlo. Ahora Freya lo trataba como basura, haciendo todo lo posible por evitarlo. ¿Cómo se suponía que iba a «tener herederos»?
El teléfono sonó durante un buen rato, a punto de cortarse, cuando por fin alguien contestó. Antes de que él pudiera hablar, se oyó la voz aguda de una mujer mezclada con una respiración frenética. —Estoy aquí, ah…
«Bip. Bip.».
La llamada se cortó de repente.
El rostro de Niklaus se ensombreció al instante, y sus ojos relampaguearon. Flex gruñó ferozmente en su mente, sintiendo que algo iba muy mal.
Flex gruñó. —Le está pasando algo.
Niklaus volvió a marcar de inmediato, pero esta vez el teléfono estaba apagado.
Sin perder un segundo, arrancó el coche y aceleró hacia el apartamento de Freya. Sus dedos se aferraron al volante mientras enviaba un enlace mental. «Averigua dónde está Freya ahora mismo. Tienes tres minutos».
***
En el aparcamiento poco iluminado, uno de ellos le arrancó el teléfono de la mano a Freya de un golpe. El móvil se estrelló contra el suelo y la pantalla se hizo añicos al instante.
Sin dudarlo, uno de los hombres lo aplastó bajo su bota, hundiendo el talón en el dispositivo. —¿Por qué nos lo pones difícil? —rio con frialdad—. Solo queremos unas fotos. Si no cooperas, tendremos que ponernos desagradables.
Su mirada recorrió el cuerpo de ella, mientras una sonrisa lasciva se dibujaba en su rostro. —Joder, qué buen cuerpo tienes. Seguro que has estado con un montón de hombres, ¿a que sí?
Siguió una sarta de insultos groseros mientras la mirada de los hombres se volvía depredadora.
A pesar de la situación, Freya se mantuvo serena, con el bolso colgado del hombro. —¿Qué tipo de fotos pensáis hacer? —preguntó con calma.
—Del tipo que se ve en el porno —se burló uno.
—De acuerdo —respondió ella con voz neutra—, pero hagámoslo en el coche. No quiero que nadie nos vea. He quedado para cenar con una amiga dentro de poco, así que daos prisa. No quiero que se entere de… esto.
Los hombres intercambiaron sonrisas triunfantes, como si de verdad fueran a mantener las fotos en privado. Una vez hechas, esas imágenes se extenderían por todo internet. Pero, de todos modos, su plan original había sido hacerlas en el coche. Con esa luz tenue, era probable que las fotos salieran demasiado borrosas para ser útiles.
—Está bien —dijo el líder—, pero dame las llaves del coche.
Freya dudó, apretando los labios. El líder, impaciente, alargó la mano para cogerle las llaves.
Moviéndose con una rapidez inesperada, le pasó la correa del bolso alrededor del cuello y la apretó con fuerza en la mano, tirando con todas sus fuerzas. Antes de que los otros pudieran reaccionar, se giró, usándolo como escudo con la espalda contra el capó del coche.
Freya siempre había parecido una mujer elegante y delicada, alguien que sería incapaz de dar un puñetazo. Ni siquiera llevaba un arma. Aquellos hombres la habían subestimado, dando por hecho que estaba indefensa.
Ahora se daban cuenta de que no era alguien con quien se pudiera jugar, alguien que nunca se rendiría.
—¿Hacéis todo esto por dinero? —preguntó Freya, con la voz firme a pesar de la tensión.
—¿Pensando en comprarnos? Tenemos principios en este negocio. ¿Crees que tus amenazas nos asustan? A ver quién muere antes, ¿tú o nuestro jefe? —El hombre se metió la mano en el bolsillo y sacó una pistola. El metal relució en la penumbra.
Freya no se inmutó. Aflojó un poco la presa, permitiendo que el líder respirara con normalidad. Podría tardar dos minutos en estrangular a alguien, pero solo un segundo en que le dispararan.
—Quienquiera que os haya contratado para hacer estas fotos no os dijo quién soy, ¿verdad? Tal vez deberíais comprobar mi identidad —sugirió con frialdad.
—Aquí hay cámaras de seguridad, y la Manada Whitecrown tiene dinero, hombres y poder. Más os vale pensar a dónde vais a huir después de matarme. Llevaos también a vuestra mujer y a vuestros hijos. Niklaus es conocido por ser un despiadado. No perdona a nadie, ni siquiera a las familias de los que se cruzan en su camino.
Ante estas palabras, el hombre que empuñaba la pistola vaciló.
Freya se humedeció los labios secos y continuó: —Yo he atacado primero. Las grabaciones de seguridad muestran claramente que ha sido una pelea mutua. Nadie está gravemente herido, así que es poco probable…
Antes de que pudiera terminar, un rugido ensordecedor rompió el silencio de la noche invernal.
Dos haces de luz cegadora se proyectaron hacia ellos. Con un chirrido de neumáticos, un coche negro derrapó hasta detenerse frente a ellos.
La puerta se abrió y salió una figura alta. Las luces altas del coche estaban encendidas, obligando a todos a entrecerrar los ojos contra la luz intensa, lo que hacía imposible identificar al recién llegado, sobre todo porque caminaba hacia ellos a contraluz.
Freya observaba tensa, con todos los nervios a flor de piel. No sabía si esa persona era amiga o enemiga. Si era un enemigo, todo su farol no habría servido de nada.
Pero a medida que la figura se acercaba, la esperanza parpadeó en su interior. ¿Podría ser… Niklaus?
Todo permaneció incierto hasta que el hombre agarró al matón más cercano y lo arrojó al suelo como un saco de arena. Solo entonces su cuerpo tenso finalmente se relajó.
Se dio cuenta de que le temblaban las manos violentamente, apenas capaz de sujetar la correa del bolso. El recién llegado redujo rápidamente a los alborotadores, cuyos quejidos llenaron el aire. Agotada, Freya se sentó en el capó de su coche, mirando al hombre que estaba de pie ante ella.
—Henrik… —su voz tembló ligeramente—. ¿Qué haces aquí?
—Estaba preocupado por ti —respondió Henrik, cuya alta figura bloqueaba la intensa luz tras él—. Llamé a Fiona para preguntarle la dirección de tu trabajo. Sé que este lugar es un poco remoto, así que vine a recogerte.
Exhaló profundamente y se sentó a su lado, con las piernas separadas de forma casual. —Menos mal que vine. Todos esos años de entrenamiento no fueron en vano. Incluso mis instintos se han agudizado. Te llamé, pero tu teléfono estaba apagado. Sabía que algo iba mal.
Freya esbozó una leve sonrisa. —Gracias.
—La próxima vez, espérame dentro. Por la Diosa de la Luna, me has dado un susto de muerte.
—Lo siento… —murmuró ella.
—Estos cabrones no tenían ni idea de con quién se estaban metiendo —gruñó Henrik, mientras su presencia de Alfa se irradiaba hacia el exterior.
«¿Estás bien ahí dentro?», le preguntó mentalmente Freya a su loba.
«Solo asustada», respondió Vicki. «Pero aliviada de que Henrik haya aparecido».
Al ver a Henrik y Freya inmersos en su conversación, los matones que se sobaban las piernas y los estómagos magullados empezaron a arrastrarse para huir sigilosamente. Pero Henrik los derribó de una patada, haciéndolos caer de bruces con aullidos de dolor.
—¿Qué hacemos con estos tipos? —preguntó, haciendo crujir sus nudillos.
—Llévalos a la comisaría —respondió Freya. Realmente no había una opción mejor.
Justo cuando las palabras salían de su boca, otro coche aceleró hacia ellos, frenando en seco. Niklaus, vestido de negro, salió de él y su mirada se clavó de inmediato en la pareja sentada uno al lado del otro en el capó del coche.
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