Contrato Terminado: Rechacé a mi Esposo Alfa Primero - Capítulo 91
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91: Capítulo 91 Despertar en sus brazos 91: Capítulo 91 Despertar en sus brazos La forma en que Margaret trataba a Freya, en comparación con cómo trataba a su propio hijo, era como la noche y el día.
A pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, Margaret siempre había tratado a Freya como a una hija.
Freya no podía negarse.
Si lo hacía, Margaret seguramente sospecharía que algo iba mal entre ellos.
—Por supuesto, Margaret.
Deja que te acompañe abajo.
Es tarde y necesitas descansar.
Las dos mujeres salieron del brazo, dejando a Niklaus, el paciente, solo en la habitación.
—Freya, ¿cuándo planean tú y Niklaus tener cachorros?
—preguntó Margaret mientras caminaban por el pasillo.
Al ver la expresión de Freya, añadió rápidamente—: A una loba le cuesta más recuperarse del parto a medida que se hace mayor.
Freya vaciló.
—Margaret, Niklaus y yo…
No estaba segura de cómo informar con delicadeza a su suegra sobre su inminente divorcio.
Entonces, llegó el ascensor y Margaret sonrió con calidez.
—Cariño.
Vuelve ya con Niklaus.
Puedo bajar sola.
Antes, Freya habría insistido en acompañarla, pero ahora temía que Margaret volviera a sacar el tema de los cachorros.
Tras decirle que tuviera cuidado, se dio la vuelta rápidamente y regresó a la habitación.
Niklaus estaba en su cama de hospital, revisando el teléfono, al parecer ocupándose de asuntos del trabajo.
Freya fue al baño a asearse.
Cuando volvió, se acostó en la cama de acompañante al otro lado de la habitación, decidida a mantener las distancias.
A esa hora, salvo la enfermera de turno, casi todo el mundo dormía.
La habitación estaba en silencio, a excepción del pitido ocasional del equipo médico.
Justo cuando se estaba quedando dormida, la voz de Niklaus rompió el silencio.
—Necesito agua.
Freya, de espaldas a él, no movió ni un músculo.
—Estás herido en la frente, no en las manos.
El silencio que siguió estaba cargado de tensión.
Freya pensó que se había rendido, pero justo cuando sus ojos volvían a cerrarse, se oyó su voz.
—Me siento ahogado.
Ábreme la ventana.
Esta vez, Freya no pudo contenerse.
Se dio la vuelta, se apoyó en un codo y le lanzó una mirada furibunda con un sarcasmo evidente.
—No tiene nada que ver con que la ventana esté abierta o no.
Es tu conciencia, que intenta salir a flote.
—Tengo la conciencia perfectamente tranquila —replicó Niklaus con frialdad—.
No como otras que golpean a sus parejas.
—¡Me estabas forzando!
—siseó Freya—.
¿Qué se suponía que hiciera?
—Soy tu compañero —dijo él con simpleza, como si eso lo explicara todo.
—Un compañero que no me respeta —replicó Freya—.
Uno que me trata como una propiedad en lugar de como a su par.
Niklaus se quedó en silencio después de eso.
Freya le dio la espalda de nuevo, arrebujándose más en la fina manta del hospital.
En su mente, Vicki gimoteó suavemente.
«Está herido», dijo su loba.
«Deberíamos consolarlo».
«Se lo merecía», le respondió Freya con fiereza.
«Además, está bien».
A pesar de su enfado, el agotamiento acabó por vencerla y Freya cayó en un sueño agitado.
Quizá fue porque se había acostado muy tarde, o por el estrés de la noche, pero tuvo una pesadilla.
Soñó que la perseguía un monstruo que la encontraba sin importar dónde se escondiera.
Los brazos del monstruo eran como muros de hierro que la asfixiaban.
Cuando por fin el rostro desfigurado del monstruo se acercó a ella y, justo cuando le mordía el cuello, ¡el monstruo se transformó en Niklaus!
Freya jadeó y se despertó de golpe.
Al abrir los ojos, se encontró mirando directamente el rostro de Niklaus.
Él seguía dormido, con sus rasgos, normalmente afilados, considerablemente suavizados.
La luz del día entraba a raudales por la ventana, arrojando un suave resplandor sobre su rostro y proyectando las sombras de sus pestañas.
Freya no recordaba la última vez que lo había mirado tan de cerca sin que la ira o el dolor le nublaran la vista.
Desde un punto de vista objetivo, era increíblemente guapo.
Por un instante, quedó hipnotizada.
Entonces Niklaus abrió los ojos y la dureza regresó a su rostro al instante.
Freya volvió a la realidad de golpe, y el desagradable recuerdo de la noche anterior la inundó.
Lo apartó de un empujón, con el rostro lleno de ira.
—¿Qué haces en mi cama?
Se apresuró a levantarse, solo para quedarse helada al darse cuenta de que no era Niklaus quien se había metido en su cama: ¡era ella la que estaba en la cama de hospital de él!
—¿Te aprovechaste de mí mientras dormía y me trajiste a tu cama?
—la voz de Freya se alzó con indignación—.
Niklaus, ¿por qué eres tan rastrero?
¿Acaso tenías alguna fantasía enfermiza con esto?
La última frase solo pretendía provocarle asco.
El Alfa la miró de reojo y soltó una risa fría y sin gracia.
—Hum.
Mientras Freya se levantaba, apartó la manta.
Niklaus estaba ahora tumbado boca arriba, con la manga de la camisa arremangada, dejando al descubierto un musculoso antebrazo con una sangrienta marca de mordisco.
Freya se quedó mirándola, perpleja.
¿Se había mordido él mismo?
¿Y por qué tan fuerte?
Al ver que le miraba el brazo, Niklaus le plantó el antebrazo herido delante.
—¿Qué, quieres ver más de cerca tu obra?
Una cosa es ser sonámbula, ¿pero morder a la gente y negarte a soltar cuando te lo piden?
—¿Yo hice eso?
—Freya no recordaba nada de lo que él estaba hablando.
Solo recordaba haber sido perseguida por un monstruo en su sueño y haber corrido toda la noche.
—¿No recuerdas haberte metido en mi cama a gatas?
¿Aferrarte a mí como si yo fuera tu salvavidas?
—La voz de Niklaus estaba teñida de algo que Freya no pudo identificar del todo.
¿Era fastidio?
¿Diversión?
Dada la expresión seria de Niklaus y aquellas inconfundibles marcas de mordisco en su brazo, ella empezó a dudar.
Al verla dudar, él se mofó: —¿Pérdida de memoria?
¿O estás pensando en cómo echarle la culpa a otro?
¿Debería pedirle al médico que recupere las grabaciones de vigilancia para enseñarte el descaro con el que te aferraste a mí anoche?
Su lobo, Flex, dejó escapar un gruñido de satisfacción en su mente.
«Vino a nosotros», dijo Flex.
«Incluso dormida, sabe a dónde pertenece».
El rostro de Freya ardía de vergüenza y rabia; tanto contra sí misma como contra la expresión de suficiencia de Niklaus.
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