CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Rumbo a Etheria
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10: Rumbo a Etheria 10: Rumbo a Etheria Diez de la noche.Gabriel avanzaba despacio rumbo a la casa del viejo.
Las calles lucían como nunca: solitarias y tristes bajo aquella garúa persistente que no había cesado desde la mañana.
Todos estaban en sus hogares, agolpados frente a los televisores, siguiendo las últimas informaciones que llegaban desde Estados Unidos.
Con el transcurrir de las horas, un nerviosismo creciente —entremezclado con miedo, ansiedad y deseos de partir— había ido ganando su corazón.
El recuerdo de sus padres se había hecho presente más que nunca.
Durante el día había ido al cementerio, algo que no hacía desde hacía años.
Limpió y ordenó sus sepulcros, colocó flores frescas y dejó que los recuerdos felices de la infancia acudieran y se le clavaran como agujas.
Lloró por primera vez desde aquel infortunado día en que los perdió.
Un duelo que les debía.
Continuó su marcha cabizbajo, empapado de pies a cabeza, con las manos hundidas en los bolsillos de su vieja y querida campera de jean.
Mientras avanzaba, acudió a su mente un diálogo que había mantenido tiempo atrás con su padre: —Cuando estés asustado y te sientas solo, recuerda que, aunque no me veas, siempre estaré ahí contigo.
Y si tienes que tomar una decisión, escucha a tu corazón, hijo.
Cierra los ojos por un instante y escúchalo.
Él siempre tiene la respuesta correcta.
Al llegar a la casa de don Anselmo, golpeó la puerta y, sin esperar respuesta, entró.
—¡Estoy acá abajo, Gabriel!
—se escuchó la voz del anciano proveniente del sótano.
Gabriel descendió las escaleras y halló al viejo hurgando entre pilas de libros antiguos, refunfuñando y transpirando.
Evidentemente llevaba horas buscando algo.
—Toda mi vida he sido despistado y desordenado —dijo el viejo—, pero jamás pensé que llegaría a tal extremo.
—¿Qué perdió?
—preguntó Gabriel, de pie junto a la mesa, aún con las manos en los bolsillos.
—¿Qué perdí?
En realidad no perdí nada.
Está acá, en esta habitación, oculto entre todos estos trastos.
Solo debo recordar dónde lo dejé.
—¿Pero qué cosa?
—insistió Gabriel, ya impaciente.
—Un libro.
Un viejo libro de tapa dura que tiene dibujado un ojo cerrado.
Allí tengo oculta La Llave que abre el portal.
—¿Es un libro de tapas amarillas?
El viejo se dio vuelta y, quitándose los anteojos, miró a Gabriel con expresión estupefacta.
—Sí.
¿Cómo lo sabes?
—Hay uno igual acá, sobre la mesa —respondió Gabriel, levantando el pesado libraco.
—¡Por todos los demonios del infierno de Dante!
—exclamó el viejo—.
¡Ese es el libro!
¡Llevo horas buscándolo y estaba encima de la mesa, el muy condenado!
Don Anselmo se acercó, tomó el libro con ambas manos y lo depositó nuevamente en su lugar.
Luego buscó entre sus herramientas una cuchilla bien afilada e introdujo la punta por uno de los bordes de la tapa.
—No se me ocurrió mejor idea que ocultarlo acá, entre las tapas de este viejo mamotreto que a nadie le interesaría.
Así, en caso de robo, sería completamente ignorado como botín.
Tomé esta medida después de haber extraviado La Llave durante cinco años, allá por 1820, en Berlín.
Creí que jamás la recuperaría, pero logré dar con los ladrones.
Por cierto, intentaron fundirla.
No sabían que es indestructible.
Terminó de cortar el canto superior e introdujo la cuchilla en el interior.
Haciendo palanca, desgarró por completo la cubierta.
De su interior extrajo una fina planchuela de oro, de unos veinte centímetros de largo por diez de ancho y apenas tres milímetros de espesor.
Era una antiquísima lámina reluciente, confeccionada por los Cinco.
En una de sus caras tenía tallado en bajorrelieve un ojo cerrado que ocupaba la parte superior.
Debajo, una escritura formada por caracteres indescifrables para Gabriel, aunque sin duda pertenecientes a una lengua extraña.
—¡Esta es La Llave, Gabriel!
¡La Llave Primordial, la que abre el portal!
El portal de la esperanza… o de la destrucción total.
Ponte de pie.
Gabriel obedeció, aturdido, sin apartar la vista de la planchuela dorada que brillaba en las manos del viejo.
Don Anselmo se acercó y se la entregó.
—¿Ya me marcho?
—preguntó Gabriel.
—Ya es hora.
Cuando estés del otro lado no sé si será de día o de noche, ni si hará frío o calor.
Tampoco sé cuánto ha cambiado mi mundo desde mi partida.
Recuerda todo lo que charlamos hoy.
Aparecerás junto a un viejo árbol que, espero, aún esté en pie.
En su interior hay un mapa y ropas adecuadas.
El mapa te permitirá llegar a Valarión y presentarte ante el rey de turno.
Recuerda también que el Bosque Tranquilo está custodiado por los Scrillch.
Han sido mis amigos y conocían este plan; por eso se decidió que tu aparición fuera allí, en un lugar al que muy pocos se atreven a entrar.
—Me pregunto por qué no aparezco directamente en Valarión.
Nos habríamos ahorrado muchas complicaciones.
—Valarión estaba muy convulsionada cuando partí.
Y temo que ahora esté en manos del enemigo.
El custodio del árbol te dará las últimas noticias y, si algo ha cambiado, deberás tomar tus propias decisiones.
—¿Y a usted… ya no lo veré más?
—Ya te dije, Gabriel, que mi tiempo ha culminado.
No es momento de ponernos sentimentales.
Gabriel se acercó y lo abrazó.
—El destino de todos está en tus manos, muchacho.
Quieras o no, deberás asumir esta responsabilidad.
Entrega todo de ti… y más.
Contarás con la ayuda de mi gente, pues de ti también depende su futuro.
Ya es hora de que partas.
Toma la Llave con ambas manos y lee lo que está escrito.
—¡Pero no entiendo nada!
¡Esto es un jeroglífico!
—Cálmate.
Relájate.
Pronto comprenderás lo ilegible.
Y, pase lo que pase, no la sueltes por nada del mundo.
Ahora concéntrate y observa con atención el ojo grabado.
Gabriel miró desconcertado la planchuela de oro, en especial el ojo cerrado.
Una reliquia milenaria forjada por seres poderosos: el Legado de los Cinco.
Esto era lo que el humano veía en idioma Luminëlfico: En lë esfera dë lë mëntë, mën fälgan dëmëhär, cinquë mägiän ädornän crëän un därla sin mäthil.
Ädäl, en lë susurrë dël vïnd, äzulë ädu vëntür, tëjän filës dë quëhë, en un mänto änquenë.
Të, viätëror dël univërsë, äscoltä lor talar, ërës lë quëlëdër, lë purtär dël un destinu rëvëlän.
Ën tü ârë nö estärnü, ni covärdür ni timüd, ërës lë lärjë ardentë, dël portâl hösië lë lumë.
Rëcitän cön päsü y fë, les paröls äncantän, sintën cömë lë podër së levä, ë lë mägia së divulgän.
Prëpärä për lë viäjë, për lë fuëgu ën tü mëntë, cäscû vërsu rësidë ün potëntë lâtan.
Nö huir, nödeciâ Le Clâf, ën stë sendero ängostu, pois lë fuegu së ve, ë së ardër nö se sïnt.
Con vâlor y nöblëssë, trâvesä lë umbra, haciâ un mondë diferëntë, tü destinu finâl.
Gabriel estaba extremadamente nervioso.
Un cuarto de hora transcurrió antes de que lograra concentrar todos sus pensamientos en la lámina dorada.
Entonces, el ojo grabado pareció cobrar vida y comenzó a abrirse lentamente.
Estuvo a punto de soltarla, pero la voz del viejo lo detuvo.
—¡No desvíes tu mente, Gabriel!
¡No sueltes La Llave o todo se perderá!
El ojo se abrió por completo y un haz de luz dorada brotó de su centro, proyectándose directamente sobre la frente de Gabriel.
La habitación se oscureció por completo y, ante él, apareció la imagen etérea de cinco ancianos apoyados en bastones, observándolo con miradas penetrantes y severas, indagando en lo más profundo de su mente.
Fue solo un instante.
Un destello.
Luego volvió a estar en el sótano, sosteniendo la planchuela.
El Ojo de los Cinco había sondeado su mente y, con ese conocimiento, los caracteres comenzaron a transformarse, retorciéndose y traduciéndose hasta volverse comprensibles.
Esto fue lo que Gabriel leyó: En la esfera de la mente, bajo un cielo de esmeralda, cinco magos poderosos forjan una puerta sin malla.
En el eco de sus voces, en el susurro del viento, tejen hilos de hechizos, en un manto misterioso.
Tú, viajero del universo, escucha su llamado, eres el elegido, el portador de un destino revelado.
En tu ser no hay mentira, ni cobardía ni temor, eres la llave anhelada, del portal hacia el fulgor.
Recita con pausa y fe, las palabras encantadas, siente cómo el poder se eleva, y la magia es desatada.
Prepárate para el viaje, para el fuego en tu mente, pues en cada verso reside un poder latente.
No huyas, ni sueltes La Llave, en este sendero sinuoso, pues el fuego se ve, y su ardor no se siente.
Con valentía y nobleza, atraviesa el umbral, hacia un mundo distinto, tu destino final.
De inmediato, la lámina de oro comenzó a derretirse entre sus manos.
—¡No la sueltes ni te muevas!
—gritó el viejo—.
¡Es solo una ilusión para los carentes de fe!
Gabriel creyó sentir un dolor intenso, hasta que recordó las palabras: el ardor no se siente.
Aun así, la lámina terminaba de fundirse… y sus manos también comenzaban a derretirse como cera.
Su mente oscilaba entre el horror, la locura y una calma inexplicable.
Por momentos el dolor parecía insoportable; al instante siguiente, no existía.
—¡No hay dolor!
¡No hay dolor!
¡No hay dolor!
—se repetía.
El fuego dorado se apoderó de todo su cuerpo, consumiéndolo como a una estatua de cera.
A través de las llamas vio cómo don Anselmo y todo su entorno se diluían lentamente, hasta que finalmente la oscuridad total lo envolvió.
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