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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Un graznido en la oscuridad
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12: Un graznido en la oscuridad 12: Un graznido en la oscuridad El muchacho inició su viaje cuando el día ya había avanzado lo suficiente como para que el sol se alzara firme sobre las copas de los árboles.

Durante largas horas caminó sin descanso, guiado por el mapa y por una intuición silenciosa que parecía susurrarle desde lo más hondo.

No llevaba cuenta exacta del tiempo, pero calculó que habían pasado unas cinco horas cuando el bosque, hasta entonces denso y sombrío, se abrió de pronto en un pequeño claro, oculto como un secreto antiguo entre la espesura.

Allí descubrió árboles frutales que jamás había visto.

Sus troncos eran retorcidos y de corteza oscura, y de sus ramas pendían frutos de forma semejante a peras, aunque más robustos, cubiertos por una cáscara gruesa de un rojo profundo, casi sanguíneo.

El hambre, que hasta entonces había logrado ignorar, se manifestó con crudeza.

Su estómago protestó, recordándole la fragilidad del cuerpo frente a los rigores del camino.

Gabriel dudó.

No conocía aquellos frutos ni sus propiedades, pero la necesidad fue más fuerte que la prudencia.

Tomó uno entre sus manos, lo observó a contraluz y, tras una breve vacilación, mordió.

El sabor fue intenso y agreste, agrio al primer contacto, pero enseguida liberó un jugo abundante que le refrescó la boca y la garganta.

Sintió cómo la sed se apaciguaba y una tibia energía recorría su cuerpo cansado.

Comió uno tras otro, hasta completar cuatro, y luego, con cuidado, guardó los restantes en su improvisado bolso, confeccionado con la tela del envoltorio que aún conservaba.

Descansó unos minutos a la sombra, respirando hondo, dejando que el murmullo del bosque aquietara su espíritu.

Observó la posición del sol y dedujo que debían ser entre las dos y las tres de la tarde.

No podía permitirse demoras.

Se puso en pie y abandonó el claro, llevándose consigo la sensación de haber sido brevemente acogido por la tierra misma.

El bosque volvió a cerrarse a su alrededor.

Árbol tras árbol, senda tras senda, el paisaje parecía repetirse como un antiguo canto.

Sin embargo, algo comenzó a cambiar.

No fue una alteración visible, sino un presentimiento que llegó primero a sus oídos.

Al canto de las aves y al susurro del viento entre las hojas se sumó, lentamente, un sonido grave y persistente: un rumor profundo, rítmico, que vibraba en el aire.

Era el trepidar de un río poderoso, aún oculto más allá de los límites del bosque, tal como el mapa anunciaba.

Aquello encendió su ánimo.

Gabriel apresuró el paso, impulsado por la certeza de que avanzaba por el camino correcto.

Tras cerca de una hora, los árboles comenzaron a dispersarse y, finalmente, el bosque quedó atrás.

Ante él se extendía una vasta llanura verde, un prado inmenso que ondulaba suavemente hasta perderse en el horizonte.

A unos ciento cincuenta metros, atravesándolo como una herida viva, rugía el Gran Río Tridente.

La hierba le llegaba hasta la cintura cuando avanzó en ella.

El aire era puro, cargado de aromas frescos y florales.

Todo en aquel lugar hablaba de calma y plenitud.

Gabriel se detuvo, sobrecogido por la belleza del paisaje, y durante un largo instante olvidó el cansancio, el propósito del viaje y hasta su propio nombre.

Caminó lentamente, con los brazos extendidos, dejando que sus dedos rozaran las flores silvestres y las espigas doradas.

Su rostro, endurecido por la marcha, se suavizó con una expresión de gozo sincero.

Se inclinaba a observar las flores ocultas en la espesura, admirando sus colores imposibles, y seguía con la mirada el vuelo errático de las mariposas, cuyas alas parecían pintadas por una mano divina.

Cada una era una obra de arte efímera, una prueba silenciosa de que el mundo aún conservaba una belleza intacta.

Así llegó a las márgenes del Gran Río Tridente.

En aquel tramo, el cauce era bravo y caudaloso; las aguas golpeaban las piedras con fuerza indómita, levantando espuma y un rumor constante que imponía respeto.

Más adelante el río se ensanchaba y su furia se apaciguaba.

Consultó el mapa una vez más.

Debía seguir el curso del Tridente casi hasta su final, hasta el punto en que se dividía en tres brazos.

Allí se alzaba Iclys, la ciudad del viajero, cruce de caminos y refugio de quienes iban y venían.

Desde allí debería encontrar un medio para continuar hacia la legendaria Ciudad de las Nubes.

Retomó la marcha siguiendo el río.

El sol, ya bajo, comenzaba a teñir el cielo de tonos rojizos y dorados.

A lo lejos, el enorme disco ardiente parecía fundirse con la tierra misma.

Gabriel contempló el espectáculo en silencio.

Era como si el día y la noche se besaran por última vez antes de separarse.

Una hora y media después, la oscuridad cayó de golpe.

La noche lo envolvió todo con su manto profundo.

Solo la Luna, alta y pálida, luchaba por abrirse paso entre las sombras.

El bosque, ahora distante, se erguía como una muralla negra y ominosa.

El recuerdo de las advertencias del scrillch regresó a su mente, sembrando una inquietud difícil de ignorar.

Buscó un lugar donde descansar.

Se sentó sobre la hierba húmeda, comió tres de los frutos que había guardado y luego se recostó mirando el cielo.

El rumor del río se volvió más claro, casi hipnótico, acompañado por el canto de los insectos nocturnos.

La naturaleza entera parecía entonar una melodía antigua, envolvente, que poco a poco calmó su temor y lo arrulló.

En ese estado de ensoñación, Gabriel se abandonó al descanso.

Pensó, vagamente, en el mundo que había dejado atrás, en sus ruidos y exigencias sin sentido.

Allí, bajo la Luna, solo existían él y la tierra, unidos en una armonía primordial que alguna vez había sido el destino de todos los hombres.

Pero la paz no estaba destinada a durar.

Un graznido horripilante desgarró la noche como un cuchillo.

Gabriel despertó sobresaltado, con el corazón desbocado.

Permaneció inmóvil, conteniendo la respiración.

El sonido aún parecía vibrar en el aire.

Cuando comenzaba a convencerse de que había sido un sueño, otro graznido, más cercano y potente, resonó en la oscuridad.

Entonces la vio: una sombra enorme, alada, recortándose contra la Luna.

Sus alas batían con lentitud solemne, describiendo círculos, como si buscara algo oculto en la llanura.

Gabriel se hundió entre los pastos altos y cerró los ojos con fuerza, temiendo que incluso el brillo de su mirada pudiera delatarlo.

Los graznidos y el batir de alas se alejaron finalmente, perdiéndose en la distancia.

El silencio regresó, espeso y absoluto.

Durante largos minutos, ningún sonido se atrevió a romperlo.

Solo mucho después, tímidamente, la noche recuperó su canto.

Exhausto y aún tembloroso, Gabriel tardó casi dos horas en volver a dormir, mientras el río Tridente seguía su eterno curso bajo la vigilante mirada de la Luna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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