CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Bringo Valverde
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14: Bringo Valverde 14: Bringo Valverde Bringo, a sus treinta y cinco años, era considerado el último recurso para perpetuar el apellido Valverde.
Su hermano mayor, Bongo, ya contaba con sesenta y cinco años y una aversión palpable hacia los niños, lo que lo convertía en una opción poco probable para dar continuidad a la familia.
Juntos habitaban una antigua y destartalada casa en las afueras de la ya disminuida comunidad de medianos de Colina Verde.
La población de Colina Verde había sufrido un declive notable en los últimos siglos, en gran parte debido al atractivo de Iclys, la ciudad del viajero.
Hacía más de cuatrocientos años que Iclys había surgido, atrayendo a numerosos aventureros y comerciantes con su bullicioso mercado y sus oportunidades de negocio.
Esta transformación había llevado a muchos medianos a abandonar Colina Verde en busca de nuevas oportunidades en la próspera ciudad.
Sin embargo, Bringo se resistía a abandonar su hogar, principalmente por el deseo de no dejar solo a su hermano.
A diferencia de la mayoría, su interés por mudarse a Iclys no era impulsado por motivos comerciales, sino por un motivo más personal: Lina Verdehermoso, la mediana que había ganado su corazón.
Aquella mañana, Bringo rompió su rutina al despertar antes de lo habitual, un hecho poco común que sorprendería a cualquiera que conociera su tendencia a prolongar las mañanas hasta el último minuto.
Sin embargo, su estado de ánimo no podía ser más diferente: una mezcla de nervios y emoción le mantenía en vilo desde el instante en que abrió los ojos.
Cada cierto tiempo, Bringo emprendía el viaje a Iclys para vender sus dulces, que se habían ganado una reputación como los más exquisitos de la región.
Según él, el secreto de su éxito residía en una fórmula transmitida de generación en generación por la mismísima Dorita de la Colina Valverde.
Pero hoy era un día especial.
Aparte del plan de vender sus dulces en el mercado y adquirir provisiones que no se encontraban en Colina Verde, lo que más esperaba con ansias, era la primera visita a la casa de Lina y ser presentado formalmente ante sus padres como su novio.
La idea de formalizar su relación con Lina llenaba a Bringo de un júbilo indescriptible.
Después de tanto tiempo y esfuerzo, por fin sentía que el destino le sonreía.
La noche anterior, Bringo había dejado todo meticulosamente preparado para el gran día que se avecinaba.
En su mente, cada detalle había sido minuciosamente planeado y organizado.
Para llevar a cabo su empresa, Bringo contaba con la inestimable compañía de Rodolfo, un asno de notable fortaleza y resistencia.
A pesar de que él mismo no se consideraba un aventurero experimentado, confiaba plenamente en las habilidades del robusto animal para conducirlos a través de los senderos que los separaban de Iclys.
Atando firmemente a Rodolfo a un modesto carromato, Bringo cargó su preciada mercancía.
Sabía que la clave de su éxito residía no solo en el exquisito sabor de sus creaciones, sino también en la escasez calculada con la que las ofrecía.
Era un secreto guardado celosamente, un equilibrio perfecto entre calidad y cantidad que garantizaba la alta estima de sus productos entre los clientes más exigentes.
Desayunó apurado, haciendo más ruido de la cuenta, perturbando el habitual sosiego de la mañana y ganándose las protestas de su hermano que aún reposaba en la habitación contigua.
Sin embargo, no había tiempo que perder, y con un abrazo apresurado se despidió y partió.
El sendero hacia Iclys se extendía ante él, tentador y conocido, pero la sombra de la antigua rivalidad entre los medianos y los scrillch hacía que la prudencia le aconsejara evitar el atajo a través del Bosque Tranquilo.
Optó, entonces, por el camino más largo pero seguro, aquel que había recorrido en incontables ocasiones sin mayores contratiempos.
Según sus cálculos, en media jornada estaría llegando al río Tridente, desde allí seguiría por su margen derecha dos jornadas más hasta llegar a Iclys.
Mientras avanzaba cómodamente en su carromato, siguiendo el contorno del apacible lago Blanco, Bringo comenzó a divagar.
Las ideas descabelladas eran moneda corriente en su mente inquieta, y esta vez no fue la excepción.
Aunque ya había acumulado una reputación por sus extravagancias entre los suyos, siempre con resultados cuestionables, no podía resistir la tentación de aventurarse en nuevos caminos, incluso si estos estaban llenos de riesgos y sorpresas.
Como su ansiedad era tanta, y viajar dos días y medio para ver a Lina se le hacía una eternidad, se le ocurrió que si podía idear una especie de balsa que lo contuviese a él junto con su carro y su asno, podría descender por el río Tridente hasta los mismísimos muelles de Iclys en tan solo una jornada.
El asunto era cómo construirla sin perder demasiado tiempo.
Recordó un viejo proyecto de muelle que jamás se puso en funcionamiento y cuyas bases quedaron a la margen del río.
Si bien las maderas llevaban allí bastante tiempo sumergidas en el barro y se hallaban algo podridas, supuso que soportarían bien su peso junto con Rodolfo y el carro.
Azuzó a Rodolfo para que acelerara el paso, aunque el asno, acostumbrado a su ritmo tranquilo, mostraba cierta reticencia ante la repentina urgencia de su amo.
Llegaron a las orillas del río antes del segundo desayuno.
Bringo, siempre diligente y sin perder un segundo, se adentró en la ribera fangosa en busca de la estructura semienterrada que había imaginado como el inicio de un muelle.
Con habilidad aprendida en incontables momentos de necesidad, desplegó las sogas que llevaba consigo, anudando con destreza la plataforma a la espera de convertirla en su puente hacia la próxima etapa de la aventura.
Sin embargo, el temperamento de Rodolfo, su fiel compañero de fatigas se había vuelto tan impredecible como las corrientes del río que ahora se extendían ante ellos.
Rodolfo, atado al extremo de una de las cuerdas, se negó a avanzar.
Tiró hacia atrás, rebuznó con desagrado y clavó las patas en el suelo como si presintiera el peligro.
La paciencia de Bringo, ya desgastada por la ansiedad, se agotó más rápido de lo habitual.
Entre palabras de aliento y gestos bruscos, consiguió finalmente que el asno cediera.
La balsa improvisada flotaba ya sobre las aguas del Tridente.
Bringo se permitió un respiro y acarició el lomo de su compañero, murmurando disculpas sinceras.
Pero Rodolfo no parecía dispuesto a perdonarlo tan fácilmente.
Sus ojos oscuros seguían fijos en la corriente, y su quietud tenía algo inquietante.
El río avanzaba ante ellos, sereno solo en apariencia.
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