CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 El descenso por el rio Tridente
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15: El descenso por el rio Tridente 15: El descenso por el rio Tridente Después de comer y ayudar a sostener su creciente abdomen, Bringo ató nuevamente a Rodolfo al carro y lo condujo hasta la balsa.
El animal estaba aterrorizado.
Por primera vez en su vida, el piso se le movía de un lado para el otro, y no era nada agradable con el estómago tan lleno.
Bringo sujetó bien el carro con sogas, soltó a Rodolfo y lo obligó a echarse; de ese modo no perdería el equilibrio con el movimiento.
Luego cortó las amarras que la sujetaban a los viejos pilotes de madera y comenzó el descenso por el río Tridente.
La improvisada balsa emprendió su camino sin mayores sobresaltos.
El Tridente no era un río de grandes rápidos: era ancho, con una abundante masa de agua que se desplazaba lentamente hacia Iclys, atravesando la Llanura del Sol y el Bosque Tranquilo.
Solo en algunos sectores, donde las márgenes se estrechaban y la pendiente se hacía más pronunciada, el cauce ganaba velocidad y se tornaba más caudaloso.
Esto no lo había previsto Bringo, como tantas otras veces en las que se le ocurrían ideas que, en cierta forma, eran buenas, pero a las que les faltaba un poco más de planificación que redujera sus aspectos negativos.
La idea de utilizar el río para llegar más rápido a Iclys no era mala; el problema era que no había tomado en cuenta que jamás había navegado, que existían rápidos que debía sortear y, peor aún, que no sabía nadar.
Pero había algo más que, aun habiendo considerado todas esas precauciones, jamás habría previsto: Rodolfo, el asno.
Durante dos horas la balsa siguió su curso sin complicaciones.
Algún que otro sacudón —que al principio asustó al mediano y casi lo hizo perder el equilibrio— fue lo único digno de mención; con el tiempo, ambos se habituaron al vaivén.
Las márgenes estaban cubiertas de sauces que lloraban sus verdes lágrimas sobre las cristalinas y frías aguas del río.
Más adelante, la presencia de aquellos árboles se volvió ocasional, hasta desaparecer por completo.
Entonces, una vasta llanura se abrió ante los ojos de Bringo.
Aspiró profundamente la brisa tibia proveniente de la Llanura del Sol.
Sobre la margen izquierda se alzaba la muralla verde del Bosque Tranquilo, imponente y silenciosa.
El Sol casi había alcanzado su cenit cuando se presentó el primer obstáculo serio para alguien sin experiencia en navegación.
Una piedra angular sobresalía en el centro mismo del río, bifurcando las aguas y generando dos pequeños rápidos a ambos lados.
Bringo se puso nervioso.
Intentó maniobrar para tomar el lado derecho, que aparentaba ser menos caudaloso, pero le fue imposible darle una dirección definida a la balsa.
Esta se estrelló de frente contra la piedra.
El impacto provocó un giro brusco y la embarcación encaró, invertida, el rápido de la izquierda.
Bringo, tirado en el piso, se aferró con desesperación a las cuerdas que ataban el carro.
La balsa cayó de punta, se sumergió casi un metro y luego emergió de forma violenta.
En ese instante, Rodolfo perdió el equilibrio y solo se mantuvo sobre la balsa gracias a su buena fortuna.
El asno comenzó a rebuznar, entre enfurecido y asustado.
Cuando la embarcación recuperó la horizontalidad y volvió a navegar en aguas tranquilas, Bringo intentó calmar a la bestia.
Pero Rodolfo no tenía la menor intención de hacerlo.
Al contrario: al sentir que su amo lo sujetaba por la brida, su enojo se reavivó y vio la oportunidad de vengarse.
Sacudió la cabeza con fuerza, de un lado a otro, y zarandeó al mediano como a un muñeco.
Bringo no pudo sostenerse más.
Salió despedido por los aires y cayó varios metros delante de la balsa, en las frías aguas del Tridente.
Se hundió un par de metros y, antes de salir a la superficie, tragó una buena cantidad de agua.
Entonces lo recordó, con pánico: no sabía nadar.
El frío le entumecía los miembros.
Comenzó a dar brazadas y pataleos sin ton ni son, poniendo aún más en peligro su vida.
Gritó pidiendo auxilio, aunque, de haber razonado un poco, habría comprendido lo ridículo de hacerlo en aquellos parajes solitarios.
Era un lugar transitado, de vez en cuando, por algún que otro mediano… y ese “algún que otro mediano” era él mismo en ese momento.
Pero siguió gritando y tragando agua.
Pronto dejó de patalear y de bracear; el agua del deshielo había entumecido todo su cuerpo.
A unos veinte metros río arriba, Rodolfo viajaba a la deriva.
Allí, la bestia comprendió su error al vengarse de su amo: no había nadie que lo sacara de aquella situación.
Para colmo, unos trescientos metros más adelante se aproximaban rápidos atestados de rocas.
Bringo había entrado en un estado de somnolencia, aunque aún alcanzó a advertir la situación.
Pensó que su final sería morir machacado contra las piedras.
Entre vueltas y sumergidas, logró distinguir la silueta de alguien en medio del río.
Sintió que unas manos lo aferraban de las ropas.
Después, ya no vio nada más.
El frío le había hecho perder el conocimiento.
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