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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Tilfur Barbablanca
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17: Tilfur Barbablanca 17: Tilfur Barbablanca Dejaron atrás el carromato destruido y cruzaron nuevamente el río.

Ahora Bringo se encontraba sin sus dulces especiales, sin dinero y sin sus ropas nuevas que había hecho confeccionar para una ocasión tan especial como la de su presentación como novio de Lina.

Volver caminando a Colina Verde le significaría dos días de viaje, lo mismo que para llegar a Iclys.

Se acordó entonces del viejo amigo de su padre que vivía a media jornada de donde se encontraban ellos.

Su nombre era Tilfur Barba Blanca, vivía solo en su granja en el extremo sur del Bosque Tranquilo.

Quizás el viejo Tilfur pudiera prestarle algún caballo y llegar a tiempo a Iclys.

Bringo le expresó sus planes a Gabriel y le preguntó si quería acompañarlo.

El humano estimó que, si cabría la posibilidad de una cama blanda y una comida caliente, no le vendría nada mal.

Viajaron sin descanso durante todo el día siguiendo siempre la margen del río.

La geografía se mantenía sin ningún otro cambio; solo se veía, unos kilómetros más adelante, el final del Bosque Tranquilo.

Cuando corría la hora séptima de la tarde y el Sol ya caía disparando sus últimos rayos anaranjados en la llanura majestuosa, desviaron el trayecto en dirección al bosque, siguiendo una angosta senda cubierta casi en su totalidad por la hierba.

Era una vieja vía trazada años atrás por Tilfur, cuando todavía no tenía agua en su granja.

Después, construyó un pozo lo suficientemente profundo y ancho como para satisfacer sus necesidades de riego y consumo.

Se internaron en el bosque.

El mediano se sintió oprimido; no así Gabriel, que se sentía a gusto.

Bringo le explicó que hacía muchos años que no visitaba a Tilfur.

La última vez había ido junto con su padre cuando contaba solo con diez años.

Fue poco antes de la muerte de este, causada por una espina envenenada de un scrillch.

Después de ese luctuoso hecho jamás había vuelto a internarse en el Bosque Tranquilo hasta ese momento.

Gabriel le contó de su encuentro con el scrillch llamado Scrabellich, aunque omitió algunos detalles.

Le comentó también sobre su entendimiento con este ser y trató de convencerlo de que no tendría problemas con ningún otro scrillch —al menos eso le había dicho Scrabellich—.

El Sol ya se había puesto cuando llegaron a un claro en el bosque completamente cercado.

Por suerte, un cielo despejado de nubes y una Luna brillante y redonda eran suficientes para poder ver.

En el fondo del terreno se podía visualizar, casi oculta detrás de unos árboles, una cabaña muy rústica cuya chimenea despedía una columna de humo blanco.

Bringo abrió la cerca y entraron a la propiedad.

—¿Estás seguro de que no tiene perros?

—le preguntó por tercera vez Gabriel.

—Segurísimo.

El viejo Tilfur jamás tuvo perros y… —¡Guau, guau…!

Los ladridos comenzaron a resonar en la noche.

Las visitas se detuvieron en seco y retrocedieron corriendo.

—¿¡No era que no tenía perros!?

—increpó Gabriel.

—¡Jamás los tuvo… hasta hoy!

¡Corre… corre… corre!

—gritó Bringo.

Detrás de ellos, cinco furiosos perros se les venían encima.

Bringo y Gabriel buscaron, desesperados, un árbol donde poder protegerse, pero el más cercano estaba a unos veinte metros, rodeado del fango en donde se revolcaban los chanchos.

Corrieron hacia allí con los canes mordiéndoles los talones.

Se metieron en el lodazal y, resbalando, llegaron hasta el árbol.

Bringo trepó con gran agilidad hasta la copa.

Gabriel, con algo más de dificultad, se quedó en las ramas inferiores.

Uno de los perros, el más grande y el más feroz de todos, alcanzó a apresar a Gabriel del pantalón cuando intentaba subir.

De tanto tironear, se había quedado con un trozo de prenda entre las fauces.

El alboroto había sido tal que los chanchos, los caballos y las gallinas se inquietaron y se unieron al bullicio generalizado.

Ladridos, relinchos, cacareos y gruñidos rompieron con la típica paz del lugar.

Los perros siguieron ladrando enfurecidos, arañando el tronco del árbol, intentando infructuosamente trepar.

El viejo Tilfur Barba Blanca era enorme, por eso jamás se preocupaba por andar armado.

Cuentan que en el año de la invasión de los osos del noroeste al Bosque Tranquilo mató con sus poderosas manos al mismísimo Groos, rey de los osos, finalizando así con las ansias de conquistas de esta especie.

También cuentan que su pellejo descansa hoy en las estancias de Kaladryck, actual Rey de Balamonte, un viejo amigo de Tilfur.

Acerca de la barba de Tilfur se podría decir que era blanca debido a la edad avanzada de su portador, pero no.

Tilfur, desde joven, tenía sus cabellos largos y blancos y, cuando cumplió la veintena de años, su barba comenzó a crecer del mismo color, tan blanca como su tierra natal en los confines del norte: las heladas praderas de Thurgol.

De por qué se exilió de su hogar para asentarse en tierras tan lejanas y contrapuestas al clima natural que conocía nada se sabe.

Solo dos personas conocían la verdadera razón de su exilio: uno era el padre de Bringo, quien se llevó el secreto a la tumba; el otro era el mismísimo Kaladryck.

Como se dijo, Tilfur era enorme, lo era tanto de alto como de ancho.

Su barba blanca y larga descansaba sobre su prominente abdomen, acostumbrado a la buena comida y bebida.

Usaba unos pantalones enterizos con tiradores de color azul y una camisa amarilla siempre arremangada.

Una pipa tallada por sus propias manos colgaba siempre de su boca y emitía un constante humo amarillento.

Su cara era regordeta y sus ojos, pequeños y azules, estaban hundidos en ella como dos gemas de hielo.

Siempre sonriente, tenía un aspecto bonachón; pero cuando se enojaba, convenía no ponerse en su camino.

Si algo le molestaba era que interrumpiesen su cena.

Nunca recibía visitas en la granja.

La última había sido justamente la de Bringo con su padre, hacía unos veinticinco años.

Por eso, lo que menos sospechó cuando los perros ladraron era que se tratase de visitas.

Salió furioso de su cabaña dando grandes zancadas y vio a sus cinco bestias ladrando enfurecidas alrededor del árbol que los chanchos utilizaban para rascarse el lomo.

Fue hasta allá y, a los gritos, ordenó a los perros que callasen.

—¡Tino, Windy, Reyna, Noel, Manchita!

¡Silencio!

Los animales obedecieron inmediatamente y, echando sus orejas hacia atrás, se colocaron detrás de Tilfur.

—¡Quién demonios anda allí!

¡Sal ahora o lamentarás haber incursionado en la propiedad de Tilfur Barba Blanca!

—¡Tilfur!

¡Soy yo, Bringo!

—dijo Bringo, contento de escuchar la voz del viejo Tilfur.

—¿Bringo?

¿Bringo?

¿El hijo de Bango Valverde?

—¡El mismo, señor!

¡Ese soy yo!

—¡Muéstrate, muchacho!

¡Baja de ese árbol!

No temas a mis perros.

Bringo, con el temor que le provocaron los perros, no se había dado cuenta de qué tan alto había trepado.

Se hallaba recostado en las ramas más altas y frágiles.

Cuando quiso moverse, no alcanzó a descender un metro prolijamente.

Pisó en falso una rama quebradiza que cedió y cayó sin posibilidad de asirse nuevamente, rompiendo a su paso todas las ramas que se le atravesaban en el camino.

La buena fortuna para Bringo, y la mala para Gabriel, que estaba más abajo, fue que este se cruzó en su trayectoria.

Ambos se precipitaron.

Gabriel cayó boca abajo y su rostro quedó hundido en el barro.

Bringo cayó sobre él, pudo amortiguar el golpe y hasta evitó embarrarse.

—¡Por todos los osos!

¿Qué sucede aquí?

—exclamó Tilfur.

—¡Tilfur!

—exclamó, contento, Bringo, sin salir de encima de Gabriel, que refunfuñaba con su cara todavía sumergida.

—¡Pequeño pillo!

¡Sal de encima de tu amigo, que está tragando barro, y ven a darle un abrazo a este viejo!

—dijo Tilfur, riendo a carcajadas por la situación tan cómica.

Bringo ayudó a Gabriel a incorporarse.

Este se levantó, maldiciendo y escupiendo, cubierto de barro de pies a cabeza.

El mediano casi muere estrangulado por el abrazo de Tilfur, que mantenía la fortaleza de antaño.

—¡Bringo, querido Bringo!

Aunque te faltan unos años, eres igual a tu padre, muchacho.

¿Quién es tu amigo enlodado?

—¡Él es Gabriel!

No somos precisamente amigos, pero le debo la vida.

—¡Si alguien le salva la vida a un amigo mío es bienvenido a mi morada!

Ya habrá tiempo para conocernos mejor.

Ahora, pasen, límpiense un poco, supongo que tendrán hambre… —Supones bien, Tilfur —dijo Bringo.

—¡Pues Tilfur llenará sus estómagos y saciará su sed!

Vengan conmigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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