CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Más allá del Bosque Tranquilo
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19: Más allá del Bosque Tranquilo 19: Más allá del Bosque Tranquilo Aquella noche, tanto Gabriel como Bringo durmieron placenteramente.
Aún estaba oscuro cuando Tilfur despertó a sus invitados.
Bringo saltó de la cama, ansioso por el día que consideraba sería el más importante de su vida, una predicción que se demostraría acertada más tarde por una serie de decisiones que tomaría.
A Gabriel le costó un poco más despertarse.
Había acumulado cierto cansancio en los dos días que llevaba en aquel mundo; a esto había que sumarle el vino que había ingerido la noche anterior en la cena, el cual, aunque poco, resultó más fuerte de lo esperado.
Tilfur, siempre atento a las necesidades de sus invitados, les aguardaba con un desayuno abundante y reconfortante.
Jugos frescos, panecillos recién horneados, manteca, dulces caseros y suculentas fetas de jamón invitaban a los viajeros a recargar energías para el día que se extendía ante ellos, lleno de promesas y posibilidades.
En aquel ambiente de amistad y hospitalidad, la mañana comenzaba con el aroma delicioso de la comida, preparando el terreno para las aventuras que aguardaban a Bringo y Gabriel en su viaje hacia Iclys.
—¡Tilfur, eres de lo mejor!
—dijo Bringo— Creo que, de ahora en más, pasaré más seguido a visitarte, querido amigo.
—Eres tan voraz como tu padre.
—respondió Tilfur sonriendo.
Gabriel se preguntaba si Tilfur había dormido algo, pues cuando ellos se habían acostado el gigante se había quedado fumando su pipa sentado afuera, al lado de la puerta de la cabaña.
Después -no estaba seguro de si lo había soñado-, le había parecido escuchar los cascos de un caballo que partía al galope.
De ser real, lo más lógico era que Tilfur hubiera sido quien cabalgaba.
Y ahora los recibía con este desayuno y se había tomado la molestia de hornear unos panecillos.
—Mi jornada comienza muy temprano —expresó Tilfur como adivinando los pensamientos de Gabriel—.
Hay mucho por hacer en la granja: arreglar cercas, dar de comer a los animales o regar los cultivos.
Gabriel solo atinó a sonreír.
Terminaron el desayuno y cargaron la carreta con provisiones para tres días cuando, en realidad, el viaje a Iclys duraría solo media jornada.
—No te encargo la carreta, pero sí a Tomy.
Devuélvemelo sano y salvo, querido Bringo; y no inventes nada, por favor.
En cuanto a ti, muchacho, ten mucho cuidado: Iclys es muy atrayente, pero también peligrosa.
Ve con cuidado.
—Gracias por el consejo, y gracias por tu hospitalidad —Contestó Gabriel.
Bajo el manto grisáceo de las nubes amenazantes, Bringo y Gabriel emprendieron su viaje hacia Iclys, el destino que marcaba el comienzo de un nuevo capítulo en sus vidas.
El único camino que se extendía ante ellos serpenteaba entre hileras de árboles frondosos y campos verdes salpicados por granjas dispersas.
En el bosque adormecido, el silencio reinaba soberano, roto únicamente por el ritmo constante de los cascos de Tomy y el suave crujido de la carreta al avanzar por el camino.
Bringo, con las riendas firmemente sujetas en sus manos, intentaba llenar el vacío sonoro tarareando una antigua canción que le recordaba tiempos pasados y enseñanzas paternas.
Mientras tanto, Gabriel permanecía sumido en sus pensamientos, el peso del futuro y la incertidumbre se posaban sobre sus hombros como un manto oscuro.
Aunque hasta ahora el viaje había sido una aventura emocionante, una voz interior le recordaba las realidades más crudas y prácticas de su situación.
¿Qué haría si no encontraba en Iclys un medio para llegar a Balamonte?
¿Cuál sería su próximo paso en un mundo desconocido y desafiante?
Tras dos horas de marcha constante, Bringo y Gabriel dejaron atrás las sombras del Bosque Tranquilo para adentrarse en una vasta llanura que se extendía ante ellos como un lienzo interminable.
El terreno ondulante, que se elevaba y descendía suavemente, creaba un paisaje pintoresco y sereno a medida que avanzaban por el camino.
A lo lejos, divisaban pequeñas formaciones de árboles dispuestos en perfectos cuadrados, como si alguien hubiera trazado meticulosamente líneas imaginarias sobre la tierra para crear un patrón ordenado y simétrico.
Estos bosquecillos marcaban los límites de las granjas que prosperaban en esta otra región, donde la agricultura y la vida rural florecían en armonía con la naturaleza circundante.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a salpicar el paisaje, marcando el inicio de una suave precipitación que parecía acariciar la tierra sedienta.
Aunque el frío no se había instalado aún, una brisa fresca soplaba con delicadeza, trayendo consigo los aromas embriagadores de los pastizales mojados.
Para Gabriel, criado en la jungla de concreto de la gran ciudad, esta experiencia era completamente nueva y estimulante.
Cada bocanada de aire fresco estaba impregnada de perfumes naturales que nunca había tenido la oportunidad de apreciar antes.
Los olores de la tierra húmeda, la hierba recién regada y las flores silvestres inundaban sus sentidos, haciendo que se olvidara por un momento de las preocupaciones que lo habían estado acosando.
Mientras tanto, Bringo continuaba cantando alegremente la misma canción que había entonado desde que partieron de la granja de Tilfur.
Esta refería al amor que sienten los medianos por las flores, por los cultivos y la cosecha: un canto a la tierra, un canto a la vida y al amor por las cosas simples: En la tierra fértil labramos con ilusión, Semillas de esperanza, en cada surco una canción.
Con nuestras manos, cosechamos amor, En cada fruto maduro, encontramos el valor.
Oh, tierra bendecida, madre de abundancia, En tu regazo hallamos, la esencia de la danza.
Canta el viento, los campos reverdecen, Y en cada flor que brota, tu amor florece.
Bajo el cielo infinito, nuestras manos laboran, Con sudor y con cariño, cada fruto se enamora.
El sol nos guía, en su eterno andar, Y cada día nuevo, es un regalo sin par.
Oh, tierra bendecida, cuna de la vida, Tu esencia nos envuelve, en dulce melodía.
Canta el río, los valles resplandecen, Y en cada brizna de hierba, tu amor se estremece.
Desde el alba al ocaso, trabajamos sin cesar, Con gratitud en el alma, por todo lo que nos das.
En cada cosecha, en cada estación, Renace la promesa, de amor y redención.
Oh, tierra bendecida, guardiana de sueños, En tus vastos horizontes, encontramos nuestros dueños.
Canta el corazón, con alegría y esperanza, Y en cada paso que damos, tu amor nos alcanza.
En medio del paisaje envuelto en la lluvia y la música, Gabriel encontró un momento de paz y asombro, maravillándose ante la belleza simple y sublime que lo rodeaba.
En aquel instante, comprendió que la verdadera riqueza se encontraba en los regalos simples y cotidianos que la naturaleza ofrecía generosamente a aquellos que estaban dispuestos a abrir sus corazones y sus sentidos a su belleza eterna.
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