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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Iclys
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21: Iclys.

La ciudad del viajero 21: Iclys.

La ciudad del viajero Al llegar a Iclys, el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados y anaranjados que se reflejaban en las aguas tranquilas del río Tridente.

A esa hora, la ciudad parecía despertar con mayor ímpetu, como si aguardara el ocaso para mostrar su verdadero rostro.

Era el momento de mayor actividad en una de las ciudades más prósperas del continente de Eridian.

Iclys se alzaba ante los viajeros como un vasto entramado de caminos, puentes y edificaciones robustas, erigidas a lo largo de generaciones.

Era el epicentro de convergencia de todas las rutas de la región: senderos polvorientos que descendían desde las colinas, calzadas comerciales que unían reinos lejanos y cursos fluviales que traían mercancías desde tierras fértiles y remotas.

La ciudad estaba dividida en cuatro sectores por las tres ramificaciones del río Tridente, aunque sus habitantes no las distinguían con nombres específicos.

Para ellos, Iclys era una sola, unida por numerosos puentes de piedra que permitían el tránsito constante entre sus diferentes partes.

Los alrededores de la ciudad estaban habitados por granjeros dedicados al cultivo y a la cría de animales.

Gran parte de ellos eran medianos descendientes, o inmigrantes directos, de Colina Verde.

Habían encontrado en aquellas tierras fértiles y de clima benéfico un lugar propicio para asentarse, y sus campos verdes y corrales prolijos se extendían como un cinturón vivo alrededor de la urbe.

Gracias a esa abundancia cercana, la vida en Iclys era más sencilla que en otras ciudades del continente, y el alimento rara vez escaseaba.

Iclys era el paso obligado de todo viajero.

Ninguna caravana, mercader o aventurero que cruzara la región podía evitarla sin desviar su camino durante días.

Por ese motivo, el comercio florecía como en ningún otro sitio.

En sus calles atestadas proliferaban tiendas de toda clase: desde puestos improvisados con toldos raídos hasta sólidas casas mercantiles con fachadas de piedra labrada.

Mercaderes provenientes de las aldeas más inhóspitas ofrecían objetos curiosos, armas exóticas, telas de colores imposibles y productos mágicos que, en su mayoría, no surtían ningún efecto más allá de despertar falsas esperanzas.

Gabriel y Bringo ingresaron por el sector Este de la ciudad, sumergiéndose de inmediato en el caos ordenado de sus calles.

El ruido los envolvió como una ola: pregones, risas, discusiones, el rodar de carros cargados, el relincho de algún animal impaciente.

El aire estaba impregnado de aromas diversos: especias, pan recién horneado, cuero curtido, vino derramado y humo de antorchas que comenzaban a encenderse.

Mientras Bringo rebosaba de alegría a pesar de haber perdido todo su cargamento de dulces, su mente estaba ocupada casi por completo por el hermoso rostro de Lina Verdehermoso.

Caminaba con una sonrisa permanente, saludando a conocidos y desconocidos por igual, como si la ciudad entera fuera un viejo amigo.

Cada esquina parecía recordarle que estaba más cerca de su hogar y de su futuro.

Gabriel, por su parte, se encontraba fascinado por las particularidades de aquella población en su nuevo entorno.

Nunca había visto un lugar semejante.

El ensordecedor murmullo de la multitud, el aroma de especias exóticas y la visión de viajeros misteriosos y sombríos, provenientes de las tierras más remotas, invadían sus sentidos con una mezcla de temor y fascinación.

Había hombres de piel curtida por el sol, mujeres envueltas en telas coloridas, razas diversas que se mezclaban sin prestar atención a las diferencias.

Avanzaban con dificultad entre la marea de gente, teniendo que detenerse constantemente debido a los comerciantes que se agolpaban y se entrecruzaban en su camino, desesperados por hacer una venta antes de que cayera la noche.

Algunos se abalanzaban sobre los carros, otros tomaban del brazo a los transeúntes, y no faltaban aquellos que gritaban sus ofertas a viva voz.

Era un caos generalizado, donde el bullicio de las voces y el trajín de la actividad comercial formaban una sinfonía discordante que, sin embargo, parecía tener su propio orden interno.

Las tiendas mejor ubicadas pertenecían a los mercaderes con mayor poder económico, aquellas con fachadas firmes y letreros bien tallados.

Sin embargo, todos, en su mayoría, habían comenzado de la misma manera que aquellos vendedores desesperados que ahora interrumpían el paso en la calle.

Iclys no hacía distinciones al principio: ofrecía oportunidades a quien estuviera dispuesto a tomarlas.

Sortear a los comerciantes no era tarea sencilla, pero Bringo, hábil en esas artes, sabía cómo hacerlo sin parecer antipático.

Con palabras amables y gestos precisos, lograba avanzar sin ganarse enemistades.

Así cruzaron uno de los puentes de piedra hacia el segundo sector.

Estas construcciones eran curvas y elegantes, formadas por bloques de piedra tallados en diferentes cortes y ángulos que se mantenían unidos únicamente por la presión que ejercían entre sí.

El río discurría tranquilo por debajo, reflejando los últimos colores del cielo, mientras pequeñas embarcaciones permanecían atadas a precarios muelles de madera.

Era otra de las formas de llegar al mercado de Iclys para los habitantes de los alrededores, que preferían transportar sus productos por agua.

Las características del primer sector y del siguiente no variaban demasiado.

Continuaba el mismo remolino de gente que vendía o compraba, el mismo ir y venir incesante.

Las edificaciones eran rústicas y robustas, pensadas para resistir el paso del tiempo más que para agradar a la vista.

Proliferaban las tabernas y los hospedajes, muchos de ellos de aspecto dudoso, frecuentados por aquellos que no podían pagar demasiado.

También estaban los hospedajes de mejor calidad, que ofrecían a los viajeros un paquete completo que incluía cama, comida y bebida.

Las calles principales estaban empedradas, mientras que las secundarias eran de tierra, marcadas por las huellas de incontables pasos.

Otro aspecto inevitable de Iclys eran las prostitutas, que se agrupaban en las esquinas o descansaban en las puertas de los prostíbulos, ofreciendo sus servicios a quienes estuvieran dispuestos a pagar unas monedas o algún objeto de valor a cambio.

Su presencia no parecía escandalizar a nadie; formaban parte del paisaje urbano tanto como los mercaderes o los guardias.

Finalmente, Bringo se detuvo y miró a Gabriel con expresión serena.

—Hasta acá llego —dijo—.

Iré a visitar a algunos clientes para explicarles el contratiempo que tuve y que tendrán que esperar un próximo viaje para la entrega de los dulces.

Gabriel asintió, comprendiendo que aquel era el punto en que sus caminos debían separarse.

—¡Fue un gusto conocerte, Bringo!

—¡También para mí!

Espero algún día saldar mi deuda contigo.

No olvidaré que me has salvado la vida.

A propósito, si lo que quieres es llegar a Balamonte, en la taberna de Groomy podrás contactarte con alguno que viaje para allá.

No te metas en estas tabernas de mala muerte, porque te pueden asaltar.

—¿La taberna de Grompy?

—¡Groomy!

—Agradezco tu información.

Dime cómo llegar a ella, por favor.

—La taberna de Groomy es la más famosa de Iclys y sus alrededores.

No tienes cómo perderte.

Debes cruzar dos puentes más y, siguiendo siempre esta calle principal, en el último sector la encontrarás.

Si dudas, pregunta, y te dirán dónde está.

Todo el mundo la conoce.

—Gracias, amigo.

Se saludaron con un apretón de manos, y cada cual continuó su rumbo, perdiéndose entre la multitud de la gran ciudad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DorianDrake ¿Qué te pareció Iclys?

¿Te gustaría vivir en un lugar así, o al menos conocerla alguna vez?

Dejame tu comentario, me encanta leerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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