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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 La Taberna de Groomy
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22: La Taberna de Groomy 22: La Taberna de Groomy Gabriel siguió avanzando por las abarrotadas calles de Iclys, su mirada curiosa absorbiendo cada detalle del bullicioso entorno.

Entre el ir y venir de los comerciantes y las llamativas fachadas de las tabernas, no notó que alguien lo seguía de cerca desde el momento en que puso un pie en la ciudad.

Los vendedores y las prostitutas, ávidos de atraer a los transeúntes, no dejaban pasar la oportunidad de detenerlo en su camino.

Sin embargo, entre el trasiego constante, Gabriel percibió de repente una mano firme que se posó en su brazo.

Al principio, pensó que era otro vendedor empeñoso, pero la persistencia del agarre le hizo comprender que algo no estaba del todo bien.

Intentó liberarse con cortesía, pero el desconocido no cedía, manteniendo su sujeción con determinación.

Un escalofrío de inquietud recorrió la espalda de Gabriel mientras se preguntaba quién era aquel hombre y cuál era su propósito.

—¡Hey, amigo!

Acompáñame —dijo el extraño.

—¿Quién eres?

—preguntó Gabriel, poniéndose en alerta.

—Solo acompáñame.

Sé quién eres.

¿No vas acaso a la Taberna de Groomy?

Gabriel observó detenidamente al extraño que lo sujetaba, sintiendo una leve incomodidad ante su aspecto descuidado y poco confiable.

El hombre era notablemente más alto que él, con una delgadez que sugería cierta falta de sustento.

Su barba, apenas una sombra irregular, contrastaba con la aguileña forma de su nariz, y unos labios apenas definidos intentaban formar una sonrisa que no llegaba a convencer.

Bajo un sombrero desgastado y sucio, sus ojos parecían ocultar secretos oscuros, mientras que su vestimenta, aunque no desgarrada, mostraba claramente el paso del tiempo y la falta de cuidado.

Gabriel se sintió aún más cauteloso ante la figura de este hombre misterioso, preguntándose qué intenciones podía tener y si seguirlo sería prudente.

Viendo que Gabriel no atinaba a moverse, el sujeto lo tomó por un brazo y prácticamente lo arrastró entre medio de la multitud.

—¡No debes tener miedo, muchacho!

¡Sé por qué estás acá!

—le dijo el extraño—.

Camina.

No demos señales a los ojos enemigos.

Están atentos y están en todos lados.

Avanzaron con dificultad hasta llegar a la taberna, situada en el cuarto sector de la ciudad.

El edificio se imponía sobre la calle angosta con su fachada de madera oscurecida por los años, reforzada con gruesas vigas y una puerta maciza marcada por incontables golpes y arañazos, recuerdos mudos de noches agitadas.

Al cruzar el umbral, se encontraron con un recinto amplio construido enteramente en madera: el piso crujía bajo cada paso, y las paredes, cubiertas de tablones desparejos, estaban salpicadas de viejos clavos, marcas de humedad y algunos símbolos tallados por manos anónimas.

Las mesas, de aspecto rústico y mal pulidas, intentaban sin demasiado éxito ser redondas, y estaban acompañadas por banquetas bajas e incómodas, todas talladas del mismo material y suavizadas apenas por el desgaste de años de uso.

Algunas presentaban manchas oscuras de vino seco y cortes profundos, señal de discusiones pasadas o juegos imprudentes con cuchillos.

La iluminación en el interior dejaba mucho que desear.

Varias lámparas colgaban de cadenas oxidadas, alimentadas con grasa de aphis, derramando una luz amarillenta y temblorosa que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes.

A medida que ardían, despedían un olor rancio y espeso que se adhería a la ropa y al aliento.

En algunos rincones del local, apenas se distinguía el rojo titilante del tabaco en pipas ocasionales, inhaladas lentamente por clientes silenciosos que parecían observar más de lo que bebían.

El aire estaba saturado por el penetrante aroma del vino, proveniente de los grandes toneles alineados detrás de la larga barra, donde se encontraba Groomy, el dueño.

La mezcla del vino, la grasa de las lámparas, el humo del tabaco y el sudor de los viajeros creaba una atmósfera densa y embriagadora, casi palpable, que invitaba tanto al olvido como a la desconfianza.

A esa hora, la taberna no estaba muy concurrida; el verdadero ajetreo solía comenzar cuando caía la noche, la cual se acercaba lentamente.

Por el momento, las pocas mesas estaban ocupadas por viajeros eventuales, mercaderes cansados y aventureros de paso que planeaban descansar esa noche en Iclys antes de retomar su camino al día siguiente.

Optaron por sentarse cerca de una de las ventanas, cuyos vidrios opacos dejaban entrar una luz mortecina y el lejano murmullo de la ciudad, recordándoles que, aun allí dentro, Iclys nunca dejaba de observar.

—Ahora cálmate y no llames la atención.

Soy Kooplá Koor, un viejo amigo de Groomy.

Ambos sabemos de tu misión y somos tu contacto.

Creí que no vería el día en que vinieras.

¿Cómo te llamas?

—Soy Gabriel, pero…

¿cómo se dio cuenta de quién soy?

—Sencillo, muchacho.

Una era la forma en que caminabas, como atontado observando todo; llamabas la atención de medio mundo.

Y la otra, por tus orejas.

¡Por todos los esbirros del mago oscuro!

¿Cómo puedes ser tan incauto?

Solo espero que nadie más que yo se haya dado cuenta.

—¿Mis orejas…?

—Recién allí Gabriel se percató que desde que había llegado al nuevo mundo jamás había tomado la precaución de cubrir sus orejas, aunque el cabello algo las tapaba.

Era extraño que ni Bringo ni Tilfur lo hubieran notado.

—Estamos en peligro, Gabriel.

Deberás encerrarte hasta mañana y evitar todo contacto con otras personas.

Mañana a primera hora partiremos.

—Dercom no me habló de ningún otro contacto.

—Muchacho, Valarión ya no existe.

Muchas cosas han cambiado desde que Dercom partió.

—¿Y a dónde partiremos mañana?

Kooplá Koor no respondió inmediatamente.

Miró fijo a los ojos de Gabriel durante unos segundos y respondió: —A…

a La Ciudad de las Nubes…

eso es.

Directo a Balamonte —culminó diciendo Kooplá Koor con una sonrisa forzada en aquella boca retorcida.

Gabriel quedó tranquilo con la respuesta de Kooplá Koor.

Fue una forma de probarlo preguntarle el próximo destino.

—¡Se acerca alguien!

—dijo Gabriel, nervioso.

—No temas.

Es Groomy.

—¡Kooplá Koor, viejo amigo!

—dijo con voz gutural el enorme Groomy— Veo que estás acompañado por un joven viajero.

¿Qué tal, amigo?

Soy Groomy Tramper, el dueño de esta pocilga.

—Encantado de conocerlo, señor Groomy.

—Así es, Groomy.

Este es mi ‘amigo’, el semielfo del que te hablé —dijo Kooplá Koor, guiñándole un ojo.

—¡Ah, sí!

Ahora entiendo.

No debemos levantar la voz ni actuar sospechosamente.

—murmuró— Comportémonos naturalmente.

—Necesitará quedarse esta noche aquí.

Temo que el enemigo ande cerca.

—Concluyó Kooplá Koor.

—Los amigos de Kooplá Koor tienen cabida en mi casa.

—Afirmó el tabernero, guiñando un ojo y esbozando una enorme sonrisa.

— ¿Qué tal si brindamos con el exquisito fruto de los viñedos de Noork?

Este es un encuentro memorable.

Grandes cosas están por suceder.

—¡Excelente idea!

—exclamó Kooplá.— Brindemos por un futuro más auspicioso.

—Me parece bien, pero también tengo deseos de comer algo.

Mi estómago se queja —dijo Gabriel.

—¡No te preocupes, muchacho!

Eso lo arreglamos enseguida —replicó Groomy mientras golpeaba sus enormes manos.

Inmediatamente apareció su esclavo burundi trayendo en sus cuatro manos platillos diferentes y dos jarrones tallados en madera repletos del vino de Noork.

Gabriel se quedó embobado mirando a la extraña criatura que hacía de mesero.

Kooplá Koor le dio una patada por debajo de la mesa.

—¡Disimula, muchacho!

¡No llames la atención!

La noche cayó sobre Iclys, y la taberna poco a poco se fue llenando.

El bullicio y el jolgorio aumentaban, y los cuatro meseros, incluyendo al burundi, apenas daban abasto para satisfacer las necesidades de los clientes.

Gabriel estaba deleitado con todo ese entorno.

Comió y bebió, apreciando el rico sabor del vino de Noork más de lo debido.

Entrada la medianoche, el vino surtió su efecto y el muchacho se desplomó sobre la mesa.

—Parece que nuestro amigo no está acostumbrado a tomar unas copitas de más.

Será mejor que lo llevemos a descansar.

Mañana le espera un largo viaje.

Nuevamente Groomy llamó al burundi, quien cargó a Gabriel sobre sus hombros y lo llevó a los fondos de la taberna.

Nadie se sorprendió por esto; era común que durante la noche sacaran a algún borracho por los fondos del edificio.

Nadie había prestado atención a la escena, salvo una persona.

Desde un alejado y oscuro rincón del salón, un par de ojos observaron con detenimiento todo el encuentro, y tan pronto como Gabriel fue llevado a los fondos, el desconocido se puso de pie y se marchó por la misma puerta por la que habían sacado al muchacho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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