CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 24
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Capítulo 24: Adiós a la granja. Entre patos y picotazos
Tilfur llegó a la granja cuando la noche aún se aferraba al cielo. El aire era frío y quieto, como si el mundo contuviera la respiración. Durante un instante permaneció inmóvil, observando las siluetas conocidas: el cercado, el viejo granero, el abrevadero. Todo estaba en su lugar… y, sin embargo, nada lo estaba.
Se ocupó de los animales con movimientos automáticos, soltando trancas y abriendo portones. Las bestias, ajenas a la urgencia que lo consumía, se alejaron lentamente hacia los campos cercanos. Los perros, en cambio, no se movieron. Permanecieron a su alrededor, atentos, expectantes.
Se arrodilló frente a ellos.
—Mis queridos perros… —dijo con voz quebrada—. Quisiera llevarlos conmigo, pero me temo que emprendo un viaje muy largo. No sé si volveré a este hermoso lugar; y si lo hago, espero encontrarlos aquí. Son libres de quedarse o de marcharse. Cuídense entre ustedes, ante todo, y tengan una hermosa vida.
Uno de los más viejos apoyó el hocico en su rodilla. Tilfur cerró los ojos por un momento, como si quisiera grabar esa sensación en la memoria. Los abrazó uno por uno con profunda emoción, pues los amaba como a su propia familia.
Luego desensilló el caballo que lo había acompañado durante toda la jornada de cabalgata y ensilló otro, más joven y veloz, aunque menos dócil. Cargó en el morral lo justo y necesario para un viaje rápido. Cuando finalmente partió, el cielo comenzaba a aclararse apenas, con una franja pálida en el horizonte. El galope rompió el silencio de la madrugada, y con cada paso, la granja quedó un poco más atrás. Tilfur no volvió la vista. Sabía que, si lo hacía, le costaría seguir adelante.
Bringo avanzaba por el camino de las granjas con más voluntad que pericia. El caballo, alto y nervioso, no parecía del todo convencido de llevar a un mediano sobre el lomo, y Bringo tampoco estaba seguro de ser la elección correcta para montar semejante bestia. Aun así, apretó las riendas y lo instó a seguir.
—Solo un poco más… —murmuró—. No es tan difícil.
El camino bordeaba una pequeña charca oculta entre juncos y pastizales cuando, de pronto, una familia de patos decidió cruzar con absoluta tranquilidad, como si el mundo entero pudiera esperar. El caballo relinchó y frenó en seco.
Bringo no tuvo tiempo de reaccionar.
Salió despedido hacia adelante con un breve grito ahogado y fue a dar directamente al centro de la charca, levantando una nube de agua turbia y plumas. Los patos, aterrados, estallaron en un caos de graznidos y aleteos. Algunos lograron huir de inmediato; otros, menos pacientes, descargaron su indignación sobre el intruso, propinándole varios picotazos antes de escapar despavoridos.
—¡Basta! ¡Ya me voy! —protestó Bringo, chapoteando mientras intentaba incorporarse.
Logró ponerse de pie empapado, cubierto de barro y plumas, con el cabello pegado al rostro y el orgullo hecho trizas. El caballo lo observaba desde el camino, inmóvil, con una expresión que Bringo interpretó como un silencioso reproche.
—No fue mi culpa —le dijo, señalando la charca—. Ellos cruzaron sin mirar.
El animal resopló.
Bringo salió como pudo del agua, chorreando, con varias marcas rojas en las manos y los brazos. Se sacudió sin demasiado éxito y volvió a montar, esta vez con más cuidado y bastante menos dignidad.
—Cuando termine este asunto —gruñó—, vuelvo a los carros. O a caminar. Pero nunca más a esto.
Apuró la marcha, ignorando el frescor matutino que se intensificaba al estar mojado. Gabriel estaba en peligro, y aunque los patos se hubieran empeñado en retrasarlo, no pensaba detenerse.
Tilfur avanzaba a buen ritmo, cuidando de no cansar a su compañero de viaje. Mientras una mancha rojiza comenzaba a teñir el horizonte y anunciaba el nacimiento de una nueva jornada, distinguió a lo lejos una figura que se acercaba en sentido contrario. No tardó en reconocer a Bringo, montado a caballo. Aquello era inusual para un mediano, quienes solían preferir la seguridad de un carro y el paso lento antes que el trote veloz y el equilibrio incierto de una montura.
A medida que se acercaban, Tilfur frunció el ceño. Bringo estaba cubierto de barro, y varias plumas blanquecinas se le adherían aún a la ropa y al cabello, como testigos de algún infortunio reciente.
—¡Tilfur! —exclamó Bringo, visiblemente aliviado al ver a su amigo.—¡Bringo! —respondió Tilfur, sin apartar la mirada de su aspecto—. ¿Qué te ocurrió? ¿Y dónde está tu amigo? —preguntó, ahora con una inquietud apenas disimulada.
—¡Por eso mismo regresaba a tu casa! ¡Está en peligro, Tilfur! Groomy y otro tipo llamado Kooplá lo tienen encerrado en los fondos de la taberna. A primera hora de hoy pensaban llevárselo al Golfo de Rukart. Allí lo espera un tal Gravus —explicó con urgencia, sin aliento.
Tilfur frunció el ceño.
—El Golfo de Rukart… Eso implica cruzar el Valle de las Sombras. Debemos alcanzarlos antes de que se internen allí. ¿En qué lo transportan?
—En un carro tirado por aphis. Con Kooplá va un burundi… y te aseguro que ese sujeto tiene muy mala apariencia —respondió Bringo, repasando los detalles.
—Kooplá Koor —murmuró Tilfur—. Un bandido extremadamente peligroso. Y Gravus… uno de los principales generales del Mago Oscuro. Pero ¿Groomy metido en esto? Esa no me la esperaba. —Alzó la vista con decisión—. Tenemos la ventaja de los caballos. Los aphis son más resistentes, sí, pero también más lentos. ¡En marcha! ¡No hay tiempo que perder!
Comenzaron a cabalgar y, tras unos metros, añadió sin apartar la vista del camino:
—A propósito… ¿me dirás por qué diantres estás lleno de plumas? Me tiene intrigado.
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