Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz
  4. Capítulo 25 - Capítulo 25: El rescate de Gabriel · Huesos rotos al alba
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 25: El rescate de Gabriel · Huesos rotos al alba

Al amanecer, la taberna yacía desierta, apenas iluminada por la pálida luz matutina. Los meseros, como sombras solitarias, merodeaban por el salón, ocupados en limpiar y ordenar. Groomy se adentró en los fondos y despertó a Kooplá Koor con una patada brusca.

—¡Estúpido! ¡Te dije que vigilaras en lugar de dormir! —exclamó Groomy, con tono agresivo.

—¡No vuelvas a patearme, maldito! Necesitaba descansar antes del largo viaje que tenemos por delante —respondió Kooplá Koor, frotándose la zona golpeada.

—Ya es hora. El burundi está listo —anunció Groomy, con impaciencia palpable.

—Espero que sirva de algo ese estúpido —refunfuñó Kooplá Koor, con desconfianza en su voz.

—Son estúpidos, pero fuertes. Pueden matar un aphis con sus propias manos. No correrás peligro con él a tu lado —replicó Groomy, tratando de calmar las dudas de Kooplá Koor.

Los aphis fueron amarrados al carretón, cargado con cajones de mercancía variada para disimular su verdadero propósito. Además, se añadieron alimentos y vino para el viaje hasta el Golfo de Rukart.

Cuando partieron, la ciudad aún estaba sumida en el sueño matutino, y el silencio fue interrumpido por el pesado paso de los aphis y el quejumbroso traqueteo del carretón. Kooplá Koor y el burundi eran los únicos ocupantes visibles del transporte, escudriñando constantemente los alrededores para detectar algún observador curioso. Sin embargo, los habitantes de Iclys estaban acostumbrados al trasiego de los carretones mercantes.

Gabriel despertó con un dolor de cabeza punzante. Intentó llevarse la mano a la frente, pero se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos. Para empeorar las cosas, un trapo sucio, con un sabor a grasa rancia, le tapaba la boca. Su cuerpo se sentía rígido, y la espalda le dolía terriblemente. El lento avance del carretón no se detenía por pozos ni piedras en su camino. Confundido, Gabriel intentó recordar qué había sucedido. Lo último que recordaba era haber estado compartiendo una comida con Groomy y Kooplá Koor. Ahora se encontraba atado y encerrado en un baúl con agujeros por los que se filtraba la luz del sol. Intentó gritar, pero fue en vano. Solo recibió como respuesta un insulto, reconocible como la voz de Kooplá Koor.

—¡Deja de patear el baúl, gusano asqueroso! ¡O pronto olvidaré la consigna de Groomy y te degollaré acá mismo!

Una semana de viaje era el tiempo estimado que Kooplá Koor necesitaría para llegar hasta el Golfo de Rukart. No esperaba tener problemas con la gente de Balamonte, ya que las patrullas del Rey Kaladryck habían dejado de vigilar ciertas áreas del continente de Eridian. En cambio, se estaban concentrando en fortalecer la Ciudad de las Nubes ante una posible guerra con el Mago Oscuro. Sin embargo, debía tener precaución con los ladrones que merodeaban por las tierras libres de Eridian. Afortunadamente, contaba con el burundi, cuyos cuatro poderosos brazos eran capaces de estrangular y matar en un abrir y cerrar de ojos a un oso o a un lobo grande.

Los burundi son originarios de Narghá-Tor, una isla situada al sureste de Eridian, en el Mar de Lugh. Se les considera una raza bárbara que no reconoce leyes ni orden, excepto la fuerza bruta. Su avistamiento inicial fue registrado por Gildorion, el Osado, capitán del Flecha de Plata, quien los describió años más tarde en su obra “Aventuras del Flecha de Plata en los mares de Lugh” como “monstruos gigantescos con tentáculos”, una descripción un tanto exagerada, especialmente en una época en la que los mares del sur aún no estaban infestados por los piratas de Aldirk.

Aldirk, por su parte, se enteró de la existencia de los burundi gracias a los espías que tenía en Aramar. Preparó entonces una gran flota compuesta por orcos y bárbaros, liderada por el temible Kraor-Gor-Tanar, quien con el tiempo se convertiría en una pesadilla para las flotas de Aramar. Tras una feroz batalla en la que murieron cientos de combatientes de ambos bandos, Kraor-Gor-Tanar y su horda conquistaron a los burundi. Sin embargo, la fuerza se impuso sobre la fuerza, y esta fue la única ley que conocían los burundi. Por lo tanto, reconocieron la superioridad de su enemigo y se sometieron a su voluntad, uniéndose más tarde a los ejércitos que Aldirk estaba reuniendo y preparando.

El burundi que acompañaba a Kooplá Koor había sido un “obsequio” de Gravus para Groomy por los servicios de espionaje que venía prestando a los oscuros designios del mago.

El carretón avanzaba lentamente, y tras más de media jornada apenas habían cubierto una corta distancia. Gabriel estaba sediento y hambriento, pero sus captores no mostraban disposición alguna de hacer su cautiverio más llevadero. Pensó para sí mismo que este sería el triste final de su breve viaje de tres días. Qué héroe tan poco glorioso, reflexionó. Lo que no sabía era que su suerte estaba a punto de cambiar.

Cerca de la media tarde, dos figuras se recortaron en el horizonte, sobre un fondo púrpura amarillento. Kooplá Koor alertó al burundi. No detendrían su marcha. Debían llegar al Golfo de Rukart a toda costa. Los jinetes se acercaron al trote. Uno montaba un corcel negro; su jinete tenía una contextura enorme, casi como la del burundi, aunque un tanto obeso. El otro jinete cabalgaba un caballo más pequeño, de color blanco con matices marrones. En contraste, este jinete era notablemente más pequeño. Dos extremos que realzaban aún más la figura imponente del primer jinete.

—Debí haberte eliminado cuando tuve la oportunidad, en lugar de perdonarte como lo hice. Sigues metiéndote en problemas —dijo el primer jinete a Kooplá Koor.

—¡Tilfur! —exclamó un tanto nervioso Kooplá Koor —¡No sé a qué te refieres, viejo Barba Blanca!

—Me refiero a la carga que llevas con destino al Golfo de Rukart.

—Solo son mercancías, viejo. Soy un simple mercader. Ya no me dedico a mis antiguas actividades. Ahora, si me permites, debo continuar mi marcha.

—Podrás continuar, siempre y cuando liberes al muchacho que llevas como prisionero.

—¿Prisionero? No veo ningún prisionero —respondió Kooplá Koor con una sonrisa burlona, mirando de un lado a otro de la carreta. —Solo el burundi me acompaña, y lo hace por su propia voluntad.

—No me refiero a esa bestia que tienes como esclavo. Me refiero al que llevas escondido en el baúl.

Los ojos de Kooplá-Koor se encendieron de ira.

—¡Te lo advierto, Tilfur Barba Blanca! ¡No te entrometas en asuntos que te superan! ¡No llevo en ese baúl nada más que mercancías!

—¡Mientes! —gritó Bringo, que hasta ese momento había permanecido callado.

—¡Vi cómo ataron y amordazaron a Gabriel y lo metieron en esa caja!

Gabriel, que se había quedado dormido, despertó por la discusión que subía de tono. Reconoció la voz de Bringo y comenzó a patear el baúl.

—¿Y esos golpes? ¿Es tu mercancía intentando escapar? —dijo Tilfur con sarcasmo. Luego, levantando la voz hasta un punto que asustó un poco a los caballos, concluyó: —¡Suelta al muchacho o pagarás con tu sangre! ¡Maldita rata!

—¡Los que pagarán con sangre serán ustedes por entrometerse! ¡El burundi los despedazará! ¡Naar-Gurk! ¡Mata a ese viejo gordo y a su amigo ridículo!

El burundi saltó de la carreta con la agilidad de un lobo joven y estiró sus casi dos metros y medio de puro músculo con sus cuatro poderosos brazos abiertos. Tilfur no llevaba armas. Hacía mucho tiempo que no las usaba. Se apeó del caballo. El burundi se le abalanzó como un rayo, apresándolo con un abrazo múltiple, mortal para cualquier otro ser. No para Tilfur, quien se retorcía con violencia para deshacerse del abrazo. El esclavo siguió apretando. Era más alto que Tilfur y echaba su aliento fétido en la cara barbada del otro, que ya se estaba quedando sin aire. Tenía que soltarse lo antes posible o sería demasiado tarde. Inclinó la cabeza hacia atrás todo lo que pudo y descargó un tremendo cabezazo que dio en la mandíbula de la bestia. Esta aulló de dolor. Dos colmillos habían saltado con el golpe, y la sangre oscura manaba de sus fauces, pero no aflojaba en el abrazo mortal. Tilfur, a pesar de su frente lastimada, le descargó dos golpes más, hasta que un ruido a huesos rotos sonó. La mandíbula despedazada del burundi era una masa sanguinolenta. La bestia soltó a su presa y fue su perdición. Tilfur no perdonaba.

El burundi se tomó el rostro ensangrentado y el gigante, a pesar de tener su frente maltrecha, saltó sobre su atacante tirándolo al suelo. Allí, con un movimiento veloz de sus manos y sin darle tiempo al burundi a reaccionar, le dislocó el cuello, que hizo un ruido espantoso de huesos destrozados. El burundi, aullando pavorosamente y entre espasmos, agonizó hasta morir.

Kooplá Koor saltó de la carreta y salió corriendo.

—¡Tilfur! ¡El otro se escapa!

—Déjalo. No llegará muy lejos. Saquemos a tu amigo del baúl.

Sacaron a Gabriel. Muy dolorido se pudo poner de pie. Pidió agua, y bebió con desesperación.

—Parece, muchacho, que eres más que un simple explorador —dijo Tilfur observando las orejas de Gabriel—. Debemos marcharnos pronto a Balamonte. Bringo, tú vienes con nosotros. No puedes volver a Iclys. Es demasiado peligroso.

—¡Por nada del mundo volvería! ¡Salvo por Lina, pero, por ahora, ese asunto debe esperar! —dijo Bringo.

—Gabriel, monta conmigo. ¡Debemos apurarnos! ¡Momentos cruciales se acercan para el futuro de nuestros pueblos! —dijo Tilfur.

Partieron con el caer del día rumbo a Balamonte, La Ciudad de las Nubes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo