CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 27
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Capítulo 27: Un camino sinuoso
Habían transcurrido tres días de marcha casi ininterrumpida. Tilfur, Gabriel y Bringo apenas se habían detenido, salvo para reponer fuerzas con trozos de carne salada, pan rancio y un trago de vino agrio. Ahora se hallaban a los pies de la montaña que custodiaba el acceso a Balamonte: una imponente mole de más de seis mil setecientos metros de altura que se extendía a lo largo de kilómetros, fundiéndose con la majestuosa cadena montañosa de las Azules.
La montaña, con su perfil amenazante y sus sendas angostas y escarpadas, desalentaba a cualquier viajero que se atreviera a desafiarla. Aún quedaba un mes antes de que las nevadas volvieran el camino intransitable hacia la ciudad.
La tarde daba paso a la noche, y el sol, ya oculto tras las cumbres, pintaba con sus últimos rayos la cima. Decidieron pasar la noche allí, preparándose para el arduo ascenso que les aguardaba con el alba. Sería una jornada larga y fatigosa hasta alcanzar la inexpugnable Puerta de Hierro, forjada por los fundadores de Balamonte bajo la égida de sus primeros reyes.
—Yo montaré guardia —dijo Tilfur con determinación. Su voz resonó en la quietud de la noche.
—No has descansado en estos tres días de cabalgata —replicó Bringo, preocupado por el estado de su compañero.
—No te preocupes, amigo mío. Puedo resistir mucho más si las circunstancias lo requieren. Ve y descansa; mañana nos espera un día agotador —respondió Tilfur, con palabras que infundían confianza.
—Aún no has saciado mi curiosidad, Tilfur —insistió Bringo, deseoso de respuestas.
—Y aún no hablaré hasta estar seguro de que el muchacho es quien creo que es. Pero para eso debemos llegar a Balamonte. Ahora, hazme caso: ve a descansar —ordenó Tilfur con firmeza.
Bringo obedeció sin rechistar. Sabía que no había espacio para discusiones. Observaba a Tilfur con nuevos ojos, reconociendo en él una seriedad y preocupación que contrastaban con su habitual carácter jovial y charlatán. Aun así, la ansiedad lo embargaba. ¡Pronto conocería la Ciudad de las Nubes! La legendaria Balamonte se alzaba sobre sus cabezas, y si todo salía según lo planeado, la descubrirían al amanecer.
Mientras tanto, Gabriel yacía profundamente dormido. Las últimas tres jornadas habían sido las más extenuantes de su vida. Además del cansancio, el dolor en sus posaderas se había convertido en una verdadera tortura. Nunca antes había montado a caballo, y su bautismo en la equitación se prolongaba más de lo esperado.
Tilfur se acomodó en un rincón sombrío. Había esperado este momento durante años. Ahora, con la llegada del Elegido, vislumbraba el desenlace de muchas incógnitas.
El día amaneció envuelto en un manto de nubes densas y oscuras que cubrían el cielo. La cima de la montaña se ocultaba tras ese velo cargado de agua, que se cernía amenazante sobre su silueta. La lluvia no tardaría en caer, añadiendo una nueva dificultad al ya arduo ascenso. Sin perder tiempo, Tilfur despertó a sus compañeros. No había espacio para desayunos pausados: comerían mientras avanzaban a caballo.
Con renuencia, Bringo y Gabriel se incorporaron de sus improvisadas camas. Una brisa suave del Este traía consigo el olor a lluvia, señal de que pronto caería sobre ellos.
Iniciaron el ascenso por el único sendero conocido hacia Balamonte, el mismo que transitaban mercaderes y mensajeros del reino. Sin embargo, Tilfur sabía que su viejo amigo Kaladryck, el rey, guardaba celosamente el secreto de un acceso alternativo a la ciudad. Aunque la pendiente inicial no era pronunciada, no exigieron demasiado a sus caballos. Avanzaban con paso lento pero constante, conservando la energía de las monturas. Más adelante, cuando la marcha se volviera más exigente, recurrirían a sus reservas, procurando hacer todo el recorrido con una sola parada de descanso.
Tras más de cinco horas de ascenso por un sinuoso camino entre las montañas, las ominosas nubes que presagiaban lluvia se disiparon, cediendo paso a un cielo claro y un sol reconfortante. Detuvieron la marcha para dar un respiro a los caballos y saciar su sed en una vertiente cercana. Se sentaron en silencio, envueltos por el zumbido de los insectos y el murmullo cristalino del agua danzando entre las rocas.
Gabriel contempló el paisaje: el valle de Dor-Shalon se desplegaba ante él, extendiéndose más allá del río Salvaje hasta las remotas montañas. Una brisa fresca, aunque no gélida, indicaba buen clima, aunque en la montaña la certeza era efímera y la nieve podría aparecer en cualquier momento. La calma reinante indujo a Bringo y Gabriel a dejarse llevar por el sueño. Solo Tilfur permaneció en alerta, consciente de la vigilancia de la avanzada de la guardia de la Puerta de Hierro. Era algo habitual, y no dudaba de que permanecerían ocultos hasta que alcanzaran la entrada de la ciudad.
Hacía más de veinte años que había abandonado Balamonte. Había llegado como peregrino setenta años atrás, cuando el entonces príncipe —hoy rey— Kaladryck tenía apenas diez años, y cuando él, Tilfur, ya lucía igual que ahora. Llevaba siglos viajando, sin permanecer mucho tiempo en ningún lugar, hasta que al llegar a la Ciudad de las Nubes quedó maravillado por su paz y belleza. Cansado de vagar, pidió asilo al rey Adryckson. Para conseguirlo, debió contar parte de su historia y explicar su longevidad.
El rey, asombrado, creyó estar en presencia de un Daronni, una antigua raza mencionada en las Escrituras:
«Más allá del horizonte, en las heladas tierras de Rummeria, donde los pueblos son casi tan longevos como las eternas nieves que la cubren, vive una raza de gigantes inmunes a las inclemencias del frío: los Daronni».
Ese párrafo presentaba la tierra de Tilfur como posible referencia para quienes buscaban Daerontolian, el reino de los elfos. Sin dudarlo, el rey le concedió asilo, y Tilfur Barba Blanca se convirtió pronto en su consejero y amigo. Se encargó de instruir a los soldados y renovar por completo las defensas del reino.
Nueve años después, Adryckson falleció y su hijo Kaladryck, de diecinueve años, lo sucedió en el trono, adoptando a Tilfur como mentor. Con el tiempo, la relación entre ambos evolucionó hacia una gran amistad, y fue entonces cuando Tilfur compartió por primera vez su verdadera historia. La segunda persona en todo Eridian en conocerla fue el padre de Bringo, muchos años más tarde.
Sin embargo, el volcán Caratantor despertó. Los temblores, cada vez más frecuentes, presagiaban lo peor. Esto provocó discrepancias entre el rey y Tilfur, generando discusiones amargas que culminaron en la ruptura de su estrecho vínculo y en el exilio voluntario del consejero.
Hoy, Tilfur regresaba a la ciudad, desafiando la prohibición expresa del rey de permitir su reingreso, aun como visitante.
Reanudaron la marcha cerca del mediodía, cuando el sol se erguía alto en el cielo. Estaban en el tramo intermedio hacia la Puerta de Hierro. Los senderos se volvían más abruptos y desafiantes, con pendientes que obligaban a los caballos a reducir el paso. En algunos tramos, la escarpada inclinación y las piedras sueltas forzaban a los jinetes a desmontar y avanzar a pie, aligerando así la carga de sus monturas.
Con la llegada de la tarde y el sol ya semioculto tras las nubes, la temperatura descendió. A Bringo y Gabriel les comenzaron a castañetear los dientes: no llevaban más ropa que la que traían puesta. Pero para Gabriel, ese detalle era menor. Lo que más lo afectaba era la altura. A unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el oxígeno escaseaba, y su cuerpo lo sentía. Debieron detenerse más de una vez para que pudiera vomitar. Le dolía la cabeza, y todo le daba vueltas. Bringo solo padecía el frío; estaba acostumbrado a la altitud, ya que Colina Verde se hallaba en un valle con cierta elevación.
—Ya falta poco —dijo Tilfur, infundiéndoles ánimo. Y tenía razón.
Las imponentes puertas que marcaban el único acceso al valle se divisaban a lo lejos. Construidas por los Fundadores en el primer siglo de la nueva era, aquellas puertas de hierro eran casi tan antiguas como la ciudad misma. Incrustadas en la roca viva de la montaña, con diez metros de altura, quince de ancho y un espesor de veinte centímetros, eran prácticamente inexpugnables, incluso para el más poderoso de los arietes.
En lo alto, en el puesto de observación, se veían cuatro guardias con armaduras plateadas, armados con arcos y flechas. Uno de ellos llevaba un gran cuerno colgado en la cintura. Un segundo grupo, liderado por Gruffurd, compuesto por diez soldados con espadas y escudos redondos grabados con el estandarte de la ciudad, se adelantó para encontrarse con los viajeros. Era un protocolo habitual: inspeccionar minuciosamente a cada visitante y requisar temporalmente sus armas, que les serían devueltas al abandonar la ciudad.
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