CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 28
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Capítulo 28: Un viejo conocido
Gruffurd, el capitán, reconoció de inmediato al gigante de ojos azules que se acercaba acompañado por un pequeño y otro de porte normal.
—¿Tilfur? —preguntó, sorprendido, sin esperar volver a ver al gigante bonachón que había sido su instructor en la adolescencia.
—¿Cómo estás, muchacho? Has crecido un poco en estos últimos veinte años.
—¡Tilfur! ¡Querido amigo! ¡Qué gusto verte nuevamente! Después de tu partida, no pensé que regresarías.
—Yo tampoco —respondió Tilfur—, pero asuntos urgentes me obligan a dejar de lado viejas rencillas con tu rey. Necesito verlo cuanto antes.
—¿Y qué te hace pensar que mi padre querrá recibirte después de todo lo que le dijiste? —interrumpió Roderick, asomándose por detrás del grupo de soldados.
—No has perdido la insolencia, muchacho. Sigues siendo el mismo arrogante de siempre.
Gabriel y Bringo se miraron, esperando una dura réplica del príncipe. Pero, para su sorpresa, este se echó a reír.
—¡Tilfur! ¡Viejo carcamán! ¡Si de alguien he aprendido a ser orgulloso y arrogante, ese eres tú! —dijo Roderick, fundiéndose en un abrazo con él.
—¡Vaya, vaya! ¿Quién lo hubiera dicho? Mis dos alumnos más flacos y debiluchos, que apenas podían sostener una espada, hoy son hombres hechos y derechos.
—Y tú no has cambiado nada, querido Tilfur Barbablanca. Parece que los años no cuentan para ti.
—¡No te creas, muchacho! Antes mataba a un orco con una mano… ahora tengo que usar las dos. —Todos rieron.
—¿Y quiénes son tus amigos? —preguntó Roderick.
Tilfur iba a presentarlos, pero Bringo, que no soportaba estar tanto tiempo callado, dio un paso al frente y, haciendo una reverencia, se presentó:
—Bringo Valverde, mis señores. Único descendiente —junto con mi hermano Bongo— de Darby de la Colina Valverde, fundador de mi amado país.
—¡Vaya, vaya con el pequeñín!
—Disculpe, mi señor. No soy un pequeñín, soy un mediano. Para ser exactos, uno de los más altos entre mi raza, si me permite aclararlo.
—¡Un mediano! Pero claro que sí. En uno de mis tantos viajes a Iclys los he visto, pero los confundí con niños. Ustedes no son como los enanos, que se identifican al instante por su aspecto robusto y sus largas barbas. ¿Y tú, muchacho? ¿Cuál es tu nombre?
Gabriel iba a hablar, pero Tilfur alzó una mano para detenerlo antes de que dijera algo.
—Es respecto a este muchacho que me urge ver a tu padre, Roderick.
—Yo no tengo problema en dejarte entrar, Tilfur, pero sabes que mi padre prohibió tu ingreso a la ciudad después de tu partida.
—Entonces ve y dile que esto va más allá de nuestra discusión. Dile que tiene que ver con el futuro de todos nosotros.
El príncipe frunció el ceño y miró a Gabriel con ojos inquisitivos.
—¿Qué oculta tu extraño amigo para que no puedas decírmelo ahora? ¿Acaso es un mensajero de malas nuevas?
—Todo se develará cuando estemos en presencia del rey. Solo ve y dale este recado; no pienso moverme de estas puertas —contestó Tilfur con tono imperativo.
Roderick vaciló un instante, luego sonrió levemente y dijo:
—No hace falta que lleguemos a tal extremo, amigo. Ven. Entra conmigo a la ciudad. Mucho te debemos, Tilfur Barbablanca, como para impedirte el paso a lo que fue, según tus propias palabras, tu segundo hogar.
—Gracias, muchacho. Indudablemente has crecido… y no te andás con rodeos al momento de tomar decisiones.
—¡Abran la puerta! —ordenó Gruffurd a los guardias apostados arriba, quienes transmitieron la orden a los que estaban del otro lado.
Inmediatamente, un crujido de engranajes hizo vibrar el suelo. Lentamente, las enormes puertas comenzaron a abrirse, dejando un espacio suficiente para que los caballos pudieran pasar.
Cruzaron Puerta de Hierro. El camino continuaba entre las laderas de dos montañas a través de una angosta garganta que descendía suavemente, manteniendo aún oculta la ciudad. Roderick marchaba al frente, montado en Cirdón, un magnífico corcel negro. A su lado cabalgaba Tilfur. Detrás de ellos, Bringo y Gabriel avanzaban junto a Gruffurd. Tilfur inspiró hondo el aire fresco de la montaña.
—Tengo entendido que estabas en Iclys —comentó el príncipe, con tono inquisitivo.
—En el Bosque Tranquilo, para ser más exacto —respondió Tilfur.
—¿El Bosque Tranquilo? ¿Acaso no está infestado de esas molestas criaturas espinosas?
—Scrillch. Pues sí. Pero me llevo muy bien con ellos. Además, mantienen el bosque libre de curiosos.
—¿Y cómo está tu padre? —preguntó Tilfur tras una pausa.
Roderick suspiró, sin apartar la vista del camino.
—Sigue siendo un viejo testarudo. Los temblores se han intensificado. Muchas casas están agrietadas, y varias esculturas se vinieron abajo. El pueblo está asustado… pero él se niega a revocar las leyes que tú ya conoces.
—Todo sigue igual, entonces. El motivo de nuestra discordia permanece.
—Así es, Tilfur. Y, sin embargo, ahora me pide que abandone la ciudad junto con Lúrien, para refugiarnos en Aramar.
—Aramar ya no es seguro —replicó el gigante con gravedad—. También está condenada a perecer. Tu padre es un cabeza hueca que se contradice… pero quizás hoy todo cambie.
—Me intrigas, Tilfur… pero más me intriga tu compañero.
—¡Miren! ¡La ciudad! —interrumpió Bringo, señalando con el brazo extendido.
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