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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - Capítulo 30: Secretos y revelaciones
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Capítulo 30: Secretos y revelaciones

Dos enormes guardias enfundados en sus armaduras plateadas custodiaban la entrada al palacio. Al ver al príncipe, se inclinaron en señal de saludo respetuoso.

—¡Arriba, arriba, soldados! Saben que toda esa pompa me fastidia. Encárguense de llevar los caballos a las caballerizas. Sobre todo, asegúrense de alimentar y cepillar el pelaje de los caballos de nuestros visitantes. Espera aquí, Tilfur. Deja que hable con mi padre para allanar el camino.

El príncipe atravesó solemnemente los umbrales del palacio, sus pasos resonando en la grandiosidad de la sala del rey. Un mar de llamas danzantes iluminaba con su resplandor dorado los símbolos ancestrales del reino, ondeando majestuosamente en los estandartes que decoraban las altas paredes de la estancia. Entre las sombras que se deslizaban como espectros por los rincones, la luz de las velas proyectaba un juego de luces y sombras, tejiendo una atmósfera mágica y misteriosa en el corazón mismo del palacio.

En el centro de aquella majestuosa sala, erguido como un testigo silente de los siglos pasados, se alzaba el trono de piedra, una obra maestra de la antigua artesanía. Cincelado con esmero por manos expertas en el año 16 N.E., sus relieves contaban la historia del reino en cada surco y cada detalle, desde sus albores hasta los días presentes.

En la penumbra que envolvía el salón, el rey reposaba en su trono como un soberano de otro tiempo, su figura apenas visible entre las sombras que lo acariciaban con su tacto etéreo. Su presencia irradiaba una serenidad profunda, como si estuviera en comunión con los misterios del pasado y los destinos del futuro, mientras sus ojos, ocultos en la oscuridad, observaban con atención al joven príncipe que se acercaba con reverencia hacia su majestuosa presencia.

—Padre…

—¿Por qué has entrado solo? ¿Dónde están tus invitados? —preguntó el rey en un tono que revelaba su disgusto.

—¿Cómo sabes que traigo invitados? Justamente de eso te quería hablar.

—Roderick, soy el rey. Viejo y vetusto, pero aún soy el rey y sé lo que pasa en cada rincón de mi reino. Debería reprenderte por desobedecer mis órdenes, pero si ese viejo engreído y orgulloso de Tilfur ha vuelto, tragándose ese orgullo, debe ser por algo importante. Hazlo pasar junto con sus amigos.

—Sí, padre —contestó sorprendido Roderick por la actitud de su progenitor.

Tilfur, Bringo y, un poco más atrás, Gabriel, ingresaron al palacio. Bringo no pudo contener unas palabras de admiración por la belleza del interior del edificio. Se acercaron hasta el trono de piedra y, a modo de saludo, hicieron una reverencia.

Tilfur y el rey se miraron fijos a los ojos, como en un duelo para ver quién sostenía más tiempo la mirada. Ninguno de los dos bajó la vista.

A Tilfur le parecía mentira que este anciano enjuto fuera aquel gallardo rey que conoció en el pasado. A lo largo de su extensa vida, el gigante había visto morir de viejo a muchos amigos y se había acostumbrado a la amarga situación de verlos nacer, crecer y morir. Pero la presencia desmejorada de Kaladryck lo afectaba más de la cuenta. Había aprendido a querer a aquel viejo carcamán.

—Ha pasado mucho tiempo, Tilfur; al menos para mí.

—El tiempo ha pasado, pero no en vano. Jamás pensé en volver después de nuestra pequeña discusión. A veces el estúpido orgullo obliga a uno a cerrar su corazón a los viejos amigos.

—Asumo la parte que me cabe en esto. He obrado como un idiota, y creo que es menester dejar esa vieja rencilla en el pasado. Me alegra volver a verte antes de mi ida definitiva de este mundo. Pero lo que ahora me intriga es saber quiénes son tus amigos.

No terminó de decir esto que Bringo ya había saltado al frente y con una reverencia aún mayor que la primera, hizo su presentación.

—Disculpa a mi pequeño amigo. No puede mantener su lengua quieta mucho tiempo —dijo Tilfur dedicándole una severa mirada de soslayo al mediano. Luego continuó—. En cuanto a este joven, solo lo conozco hace cuatro días, su nombre es Gabriel y…

El rey se puso de pie interrumpiendo el discurso de Tilfur. Con su vista clavada en Gabriel, se acercó a este, lo rodeó un par de veces observándolo con ojos inquisidores. De repente, retrocedió como espantado. Casi cae y fue sujetado por Roderick.

—¡Por Dontar! ¡No me digas que el muchacho es…!

—Así parece, Kaladryck. Es algo que este joven nos tendrá que confirmar.

—¿Pero ¿qué sucede acá? ¿Por qué hablan con incógnitas? —preguntó el príncipe.

—Si me disculpan, déjenme aclararles vuestras dudas —dijo Gabriel.

Bringo miraba y no entendía nada.

—Mi nombre es Gabriel. Hace cinco días que estoy en vuestro mundo. Ingresé a él a través de un portal abierto con La Llave confeccionada por los Cinco, según el relato de mi amigo Dercom. Con respecto a mi raza, debo afirmar que soy un humano; soy el que supuestamente ustedes estaban esperando, de lo cual aún no estoy muy convencido.

Se hizo un instante de silencio insoportable. El rey estaba petrificado. Roderick observaba a Gabriel como si se tratase del mismísimo enemigo y no del salvador que profesaban las Escrituras. Bringo miraba los rostros de uno y de otro y, por cierto, no pudo contenerse.

—Perdón, pero… ¿qué es un humano?

—Un humano, mi señor Valverde, es lo que hemos estado esperando durante generaciones —dijo la princesa que, sin despegar los ojos de Gabriel, hizo su aparición en el recinto luego de haber escuchado todo tras las cortinas.

El rey se desplomó sobre el trono.

—¡Dime que es verdad, muchacho! ¡Dime que no se trata de una broma de mal gusto!

—No sé cómo podría confirmar lo que digo de otra manera. Solo sé que me pidieron ayuda y que acepté el desafío a pesar de no tener ni idea de cómo podría ser útil. Mi objetivo inicial era llegar a Valarión, según lo conversado con Dercom antes de cruzar el portal, pero me sorprendió descubrir que ya no existe.

—¡No podemos confiar en él, padre! ¿Cómo sabemos que nos dice la verdad? Puede tratarse de un ardid del enemigo.

—Existe una prueba, muchacho —dijo Tilfur.

—¿Una prueba?

—Tilfur tiene razón, hijo. En la extinta Valarión, cuando fue designada como el pueblo a cargo de seleccionar al enviado que cruzaría el portal al mundo de los humanos, le fue entregada en custodia Antherion, la espada de la luz, la que solo El Elegido puede portar. Esta espada fue forjada en las fraguas de Dontar y entregada a La Orden de Los Cinco en la cima del Danmajera. Los Cinco la transportaron a Valarión, y allí fue empotrada en un campo de luz que la protege. Esa luz divina que mantiene la espada forjada hace miles de años ha causado la muerte de centenares de ladrones que han osado tomarla. La espada no puede ser removida de su sitial por nadie salvo por El Elegido y cuentan las Escrituras que en el mismísimo momento en que tome posesión de ella todo el conocimiento de la historia, de las lenguas y del arte del manejo de la espada le será transmitido. Cuando Los Cinco dejaron esta espada, nunca pensaron en que Valarión caería por sus propias luchas internas. La espada no pudo ni podrá ser removida de su sitial por ningún otro ser. Por eso, aún hoy está descansando en las ruinas de nuestra antigua civilización, en lo que otrora fue el magnífico templo de la orden inicial, el templo de Terendor.

—¡Pero es imposible ingresar allí! Las ruinas de Valarión han sido devoradas por Orgrass, un bosque en el que, según dicen los más ancianos, vive la muerte misma. Eso sin contar a los bárbaros, los ladrones y por vaya a saber uno qué otras alimañas que pululan por el lugar. Es más, creo que hay registros en nuestra historia de viejas expediciones que han tratado de llegar al corazón de Valarión y que jamás retornaron para contarlo. Solo se tiene mención de un sobreviviente, el cual logró escapar y volver a Balamonte. Pero nunca más pudo pronunciar, hasta el final de sus días, una palabra, ni siquiera escribir lo que le sucedió a él y a sus compañeros en aquel bosque maldito — dijo Roderick.

—Algo de lo que dices es real, muchacho. Hace tres mil trescientos veinticinco años se estableció allí un nigromante: Rajkal es su nombre, y es uno de los peores en su especie. Indudablemente no se estableció por su cuenta, fue enviado por el Mago Oscuro para que convirtiera las ruinas de Valarión en un lugar inaccesible. No solo pululan los ladrones y los sin patria, mercenarios que operan para el poder oscuro, sino que también pululan sus propios muertos y los muertos de aquellos que han intentado llegar a Valarión. Todos estos obedecen el poder del nigromante. Si hemos de ir, tendremos más oportunidades de pasar a engrosar ese ejército de cadáveres, que de llegar al corazón de la ciudad — dijo Tilfur.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? — dijo Roderick.

—Por el momento, dejar esta discusión para mañana — contestó el rey poniéndose de pie—. Nuestros visitantes están hambrientos y agotados. Quiero que coman y descansen, sobre todo tú, muchacho — le dijo a Gabriel—. Mañana quiero escuchar tu historia completa.

Llevaron a los tres viajeros al comedor, donde pudieron saciar a fondo su sed y su apetito. Después, fueron conducidos a los baños termales. Al sumergirse en las cálidas aguas que fluían desde el corazón de la montaña, pudieron liberar sus cuerpos del polvo acumulado durante tres días de viaje y aliviar el dolor de los músculos agarrotados por la prolongada cabalgata. Una vez finalizado el baño, les entregaron ropas limpias y los condujeron a las habitaciones de huéspedes.

Roderick, aún receloso de la presencia de Gabriel, ordenó disponer una guardia que custodiase el cuarto donde este descansaba. El día siguiente prometía ser una jornada llena de deliberaciones, algo que no se había experimentado en siglos de existencia de Balamonte. De repente, todo parecía haber cambiado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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