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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 32

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Capítulo 32: El plan

Instalados en la sala del rey, Kaladryck le pidió a Gabriel que refiriera todos los detalles de su historia. Gabriel no omitió nada de lo sucedido e intentó utilizar palabras comunes para describir su mundo cuando el relato lo requería, a fin de no generar confusión. Rememoró desde su primer encuentro con Dercom, cuando era niño, hasta el reencuentro años después; también describió la síntesis que el enviado le había narrado sobre la situación en Eridian, su paso por el portal, el encuentro con el scrillch, la visión de la bestia alada, el salvataje de Bringo, la cena en casa de Tilfur —y sus temores con respecto al gigante— y hasta la emboscada sufrida en la posada de Groomy.

Luego, Tilfur tomó la palabra, aseverando lo dicho por Gabriel con respecto al scrillch, a la presencia de la figura alada durante dos noches seguidas y al rescate del muchacho.

También se le pidió a Bringo que relatara con lujo de detalles su parte en la historia, y se hizo especial hincapié en la charla mantenida entre Groomy y Kooplá-Koor. Los tres relatos confluían y se entrelazaban perfectamente. Esto le daba tranquilidad al rey, pero principalmente a Roderick, respecto de la veracidad de lo dicho por Gabriel.

—Es evidente que el enemigo no ha descansado y ha permanecido alerta todo este tiempo. La presencia de Gravus en el Golfo de Rukart es la pauta de que ha sido así. Cabe preguntarse qué otras cosas, además de lo que involucra a Gravus, estará preparando Aldirk. Hace mucho tiempo que nuestro nivel de vigilancia en el continente ha decaído. Lástima, Tilfur, que no pusiste fin a esa rata de Kooplá-Koor —dijo el rey.

—Aprovechó mi lucha contra el burundi para huir. Espero que no haya llegado muy lejos y que los lobos hayan puesto fin a su miserable vida.

—¿Quién iba a decir que, gracias a la audacia de Bringo, hoy El Elegido está con nosotros? —dijo Roderick.

—Mi deuda con Gabriel era grande. Él me salvó de morir ahogado —respondió el mediano.

—Deuda o no deuda, has actuado con mucho valor, mi pequeño amigo —dijo el rey.

—Pero ahora tenemos que hablar de cómo vamos a hacer para ingresar a Orgrass, para que Gabriel pueda tomar posesión de la espada —dijo Tilfur.

—He estado meditando sobre el asunto. No desde ahora, sino desde hace mucho tiempo. Durante diferentes épocas se han intentado excursiones a las ruinas de Valarión para ver qué sucedía allí, pero todas fueron un fracaso. Solo en una hubo alguien que logró escapar, pero perdió la razón. Está visto que una incursión directa a Orgrass, por más fuerzas que llevemos, es casi un suicidio. No sé qué oscura magia despliega allí el nigromante, pero sin duda es muy poderosa —dijo el rey.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Tilfur.

—Hay un medio que no se ha utilizado para ingresar, y ese medio es a través del río Salvaje, que nace en las Anil-Dhum y se interna en lo profundo del bosque de Orgrass.

—Pero seguramente las márgenes del río deben estar vigiladas, padre. Una embarcación sería fácilmente detectable —argumentó Roderick.

—Sí. Una embarcación común sería un blanco fácil, pero no una embarcación poco convencional.

—¿A qué te refieres, Kaladryck? —preguntó Tilfur, intrigado.

—El río arrastra muchas ramas y troncos de árboles con cada tormenta. Esos troncos seguramente llegan al corazón de Orgrass sin llamar la atención de la vigilancia. Lo que propongo es utilizar troncos de árboles como medio de embarcación.

—Troncos huecos —dijo Tilfur, comprendiendo la idea del rey.

—¡Exacto! Estos troncos provienen en su mayoría de un pequeño bosque situado en la confluencia de las cadenas montañosas de Anil-Dhum y Dor-Shalon.

—El Bosque de las Termitas —afirmó Tilfur.

—Veo que lo conoces, Tilfur. Es exactamente ese bosque.

—Habrá que ver si todavía quedan árboles aptos para nuestros propósitos en ese bosque infectado —dijo Roderick.

—Pues es una alternativa. Si ustedes sugieren otra mejor, los escucho —concluyó el rey.

Se hizo un silencio hasta que Tilfur habló.

—La idea no es mala. La mayoría de los árboles en el Bosque de las Termitas son solo cáscaras vacías. Si encontramos uno suficientemente grande, podremos viajar en su interior hasta las ruinas de Valarión. Apoyo la idea de Kaladryck; otra opción de ingreso a Orgrass no encuentro.

Todos se miraron.

—Entonces, ¿cuándo partimos? —preguntó Roderick.

—Lo antes posible, hijo. Irán con ustedes unos pocos soldados, los mejores. Tendrán que viajar disfrazados y deberán evitar, ante todo, cualquier tipo de enfrentamiento. Recuerden que la vida de Gabriel es lo único que cuenta. Si se ven en serios problemas, huyan.

Todos aprobaron lo allí conversado. Tenían días intensos por delante antes de su partida. Se pusieron de pie en señal de respeto al rey, que se retiraba a descansar. Pero antes de irse, Kaladryck hizo una observación a Tilfur.

—Por cierto, mi querido amigo. Hace muchos años dejaste un objeto muy preciado para ti, que juraste no volver a usar hasta que la profecía se cumpliera. Creo que es hora de que te familiarices nuevamente con tu amiga de toda la vida.

—¡Thorindiak! Pues sí. Mucho tiempo ha pasado desde que la empuñé por última vez. Espero tener la fortaleza necesaria para asirla nuevamente.

—¡Llévalo con ella, muchacho! —dijo Kaladryck a Roderick—. Este viejo rey se retira a descansar. Nos vemos a la noche.

El rey se retiró y los demás se pusieron en marcha, conducidos por Roderick.

—¿Quién es Thorindiak? —preguntó un intrigado Bringo al príncipe.

—Ya la conocerás, Bringo, ya la conocerás —respondió Roderick.

Salieron de la sala del rey y atravesaron un pequeño patio interior empedrado. Se detuvieron frente a una de las dos puertas que allí había. Roderick extrajo de sus ropas un llavero con varias llaves de gran tamaño. Seleccionó una y la introdujo en la cerradura. Ingresaron a un angosto y oscuro pasillo que descendía, luego se nivelaba y finalmente volvía a ascender a lo largo de cien metros. Allí toparon con otra puerta, que también se encontraba cerrada. Roderick la abrió y ante ellos se reveló un espacioso cuarto plagado de armas de diferentes tipos.

—Bienvenidos a la sala de armas —dijo, a modo de saludo, un enorme y corpulento sujeto de torso desnudo, empapado en sudor y cubierto de manchas de hollín.

—Les presento a Reynolds, nuestro jefe de armas. Continúa con lo tuyo, amigo; yo me encargo de la visita guiada —anunció Roderick.

Las paredes estaban atiborradas de espadas perfectamente pulidas. Yunques y herramientas yacían por doquier. Una gran fragua en un rincón convertía el lugar en una caldera. Varios hombres martillaban con vehemencia barras de hierro al rojo vivo, dándoles forma. No solo se fabricaban allí armas, escudos y armaduras, sino también las herramientas que se utilizaban en todo el reino; todo era construido y reparado en ese sitio.

Pasaron luego a otro recinto, un poco más silencioso, poblado de armaduras y cotas de malla. El brillo que se reflejaba en ellas era hipnotizador. Invitaba al visitante a recorrer sus diseños con las manos para apreciar su pulido extraordinario. Tan finamente trabajadas estaban las armaduras que daban la sensación de fragilidad, aunque en realidad eran increíblemente resistentes.

—No teman tocarlas. No se romperán —dijo Tilfur a Bringo y Gabriel.

Para aseverar sus palabras, Roderick regresó a la fragua y volvió con una maza. La blandió y asestó un golpe terrible sobre un peto. El entrechocar de los metales aturdió a todos. Luego, el príncipe les pidió al mediano y al humano que observaran la zona del impacto. La armadura no presentaba la mínima deformación, ni siquiera una ralladura.

Salieron de esa sala para internarse en otra, donde los escudos eran los objetos predominantes. Un hombre trabajaba en ellos, grabando el estandarte que los identificaba. Gabriel se atrevió a sopesar uno de los escudos; apenas pudo sostenerlo con ambas manos, ante la risa general. Si en el futuro debía cargar uno de aquellos, no se imaginaba cómo iba a lograrlo.

Avanzaron un tramo más por otro pasillo y llegaron a un pequeño cuarto solitario que ponía fin al recorrido.

—¡Bienvenidos a la morada de Thorindiak! —anunció Roderick.

Ante ellos se abrió un espacio reducido, en cuyas paredes descansaba un único objeto, iluminado por dos antorchas a ambos lados. El hacha era enorme, imponente; parecía imposible que alguien pudiera cargarla. Su doble hoja pulida reflejaba las llamas, otorgándole una tonalidad ígnea. El mango, de considerable longitud y grosor, era de una madera antiquísima, de color blanquecino. En él estaba grabado el nombre de Tilfur en una lengua extraña que solo el gigante comprendía.

Los ojos de Tilfur se iluminaron. Hacía más de ochenta años que no tomaba entre sus manos aquella arma increíble. Deslizó con suavidad los dedos sobre el mango y luego la asió con fuerza. Los músculos del gigante se tensaron hasta descolgar la fabulosa hacha.

—¡Es impresionante! No comprendo cómo puede levantarla con tanta facilidad —dijo Gabriel.

—Ni nosotros. Intentamos en más de una ocasión sacarla de su sitial para trasladarla a la sala del Rey, pero nos fue imposible. Nadie puede mover esta hacha; solo Tilfur. Cuando él la deja, es como si todo el peso del mundo recayera en ella. Él la colocó aquí hace muchos años, y solo él ha logrado descolgarla nuevamente —contó Roderick.

—Y esta vez ya no me separaré de ella —dijo Tilfur, emocionado.

Dieron media vuelta y regresaron al palacio por el mismo camino. Bringo y Gabriel salieron a recorrer las calles de Balamonte, mientras que Tilfur se retiró a un lugar solitario de los jardines reales. El reencuentro con Thorindiak —el único objeto que conservaba de su tierra natal— lo había sumido en la nostalgia, y tenía mucho que recordar de aquello que había dejado atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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