CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 35
- Inicio
- Todas las novelas
- CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz
- Capítulo 35 - Capítulo 35: La fiesta del cambio de estación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: La fiesta del cambio de estación
Cuatro días después, la fiesta del cambio de estación había llegado. Por la noche, se encendieron las grandes antorchas que iluminarían toda la celebración. La plaza central y el anfiteatro, poco a poco, se fueron poblando. La gente, extasiada, se acercaba para ver a los artistas. Era una oportunidad muy esperada para presenciar en una sola noche a malabaristas, contorsionistas, actores y juglares. Pero también era la noche en que la gente común, aquellos que no pertenecían a la nobleza, podía disfrutar de la bella voz de la princesa Lúrien.
Cientos de antorchas iluminaban el anfiteatro bajo una noche estrellada y con una temperatura agradable. Los variados eventos atraían grandes grupos a diferentes sectores de la plaza, ya que se celebraban simultáneamente.
Largas mesas se hallaban dispuestas, colmadas de exquisitos manjares que todos habían traído para compartir. El vino, los licores y las bebidas frutales eran consumidos en grandes cantidades, por lo que más de uno caía ebrio y era llevado inmediatamente a la fuente principal, donde era arrojado al agua helada para que se despabilara. El jolgorio, las risas, las bromas pesadas, los nuevos enamorados, las rupturas amorosas y hasta alguna que otra riña, pronto sofocada por los guardias, eran parte de la fiesta del cambio de estación, un festejo que se llevaba a cabo solo dos veces al año durante toda una noche.
Gabriel y Bringo deambulaban por distintos sectores de la plaza, disfrutando a fondo de los festejos y ayudando de vez en cuando a cargar y arrojar a algún borracho a la fuente con agua helada, especialmente dispuesta para ese fin. Bringo estaba maravillado y se preguntaba cómo no se le había ocurrido esto a su gente en Colina Verde. Esto hubiera sido un punto de atracción para visitantes y, en consecuencia, haría más conocida su amada ciudad, que estaba en decadencia. Gabriel también estaba asombrado. Era una noche fantástica.
Un pequeño revuelo se escuchó en un lugar de la plaza. Pensó que se trataba de otra riña, pero no. Era la princesa Lúrien, a quien le gustaba andar entre la gente común. Ella no sentía privilegios sobre los demás, los consideraba a todos iguales; por eso era tan querida por su pueblo. Los guardias pusieron el orden suficiente para que la princesa pudiera caminar sin interrupciones. Gabriel se acercó a ella y a la princesa se le iluminaron los ojos.
—¡Está usted muy elegante, mi señor!
—¡Y usted luce más bella que nunca, mi princesa!Se sonrieron por el formalismo utilizado. Lúrien sabía que Gabriel se sentía un poco incómodo por eso, y habían acordado tratarse de forma natural. Lúrien enlazó su brazo con el del muchacho.
—¿Y tu amigo Bringo?
—Estaba aquí hace un momento. Anda enloquecido con los artistas. Creo haberle escuchado algo de “tomar nota para hacerlo en mi ciudad” —dijo riendo Gabriel.
Siguieron caminando y se sentaron en uno de los bancos, un tanto alejados del grueso de la gente. Era el sector de los enamorados. Varias parejas estaban en la penumbra mientras que un tenor les dedicaba una serenata.
—¡Cuánta fortuna tienen ellos de tenerse el uno al otro! —dijo Lúrien suspirando.
—¿Nunca has tenido un pretendiente? —preguntó Gabriel.
—No, nunca. Supongo que mi condición de princesa los espanta —dijo sonriendo Lúrien—. ¿Y tú? ¿Has dejado a alguien en tu mundo?
—No. No he dejado a nadie. Quizás ese fue uno de los tantos motivos que me impulsaron a venir al tuyo, y no me arrepiento —dijo, mirando a los ojos de la muchacha.
La princesa se ruborizó. Gabriel llamó al tenor para que les dedicase una de sus melodías. El tenor, al reconocer a Lúrien, se cansó de hacer reverencias. Nunca antes había tenido público de la nobleza, mucho menos a la princesa. Entonó sus mejores canciones con todo el esmero. No solo Gabriel y Lúrien disfrutaban del concierto del tenor, sino que mucha gente se fue acercando para extasiarse con la inspiración del cantante. Durante el concierto, Gabriel tomó las delicadas manos de la princesa entre las suyas, y Lúrien apoyó su cabeza sobre el hombro del muchacho.
Cuando ya la madrugada estaba bien avanzada, se anunció que se cerraría la fiesta con la presencia de la princesa Lúrien. Esta se despidió momentáneamente de Gabriel con un beso en la mejilla. Debía prepararse para su acto.
La gente se volcó masivamente al anfiteatro para tratar de ganar los mejores lugares. Gabriel se preguntaba por dónde andaría Bringo. Lo encontró jugando a los dados. Ya había perdido su chaqueta y estaba a punto de perder sus pantalones. Gabriel lo tomó del brazo y lo sacó de allí ante el rezongo de los demás jugadores, que quisieron tener un atisbo de reacción, pero los guardias, que tenían orden de cuidar a Gabriel, pusieron orden enseguida y, además, recuperaron la chaqueta de Bringo. Apuraron el paso, pues habían quedado muy atrás del gentío, pero cuando llegaron al anfiteatro tenían sus lugares reservados en primera fila junto al rey, la reina, el príncipe Tilfur, los oficiales de alto rango y los monjes del alto clero.
Poco a poco, el murmullo se fue apagando y la espera se volvía expectante por la aparición de la princesa. Aparecieron los músicos con sus instrumentos de cuerda y, por último, se hizo presente Lúrien.
Nuevamente surgieron los murmullos, pero esta vez de admiración ante tanta belleza que irradiaba la joven princesa. Gabriel quedó boquiabierto y su corazón dio un vuelco cuando ella le dedicó una mirada y una sonrisa. Parecía una diosa iluminada por las antorchas, ataviada con finas telas que dejaban traslucir su bella figura. Cuando el silencio se hizo nuevamente, los músicos comenzaron a tocar, sacando hipnóticos acordes de los laúdes. Pero lo más hermoso y cautivante fue cuando la voz de Lúrien comenzó a recitar un poema de amor:
“La niebla.
Humedad absoluta que se adhiere a mi cuerpo.
Blanca ceguera que oculta la flor del amor. ¿Dónde estarás?
Camino sin rumbo en el bosque de mi soledad, un bosque frío, triste, amargo.
Un bosque con espinas invisibles, pero palpables.
Un bosque donde la flor que busco podría estar a mi lado, oculta, inalcanzable.
Mi alma se retuerce en un laberinto infinito. Cada paso me encierra más en esa maraña de espinas, desangrando mi corazón en interminables gotas de amor, reduciendo mi vida a una triste expresión.
Y todo por esta maldita niebla de soledad, que me sigue a todas partes, implacable, pegándose a mi cuerpo como una segunda piel, compartiendo mis miedos y acrecentándolos sin cesar.
Lo que aún me mantiene viva es una pequeña llama de esperanza, que me susurra que algún día el Sol brillará, despejará esta sucia niebla y me mostrará el camino hacia mi flor, esa flor que todos tenemos, pero que yo aún no he sabido encontrar.
Hubo lágrimas y aplausos, que la princesa agradeció. Después cantó varios temas, que todos agradecieron. Ya estaba a punto de amanecer cuando la princesa se despidió con otro poema.
-Iba a recitar otra poesía que había escrito especialmente para esta noche, pero voy a ofrecerles otra, que se me acaba de ocurrir ahora. Así que, por favor, sepan disculpar pues recitaré directamente lo que dicte mi corazón. Es para alguien especial. Solo espero que sepa comprender su significado pues yo aún no lo he encontrado -dijo mirando directamente a los ojos de Gabriel, que se puso colorado.
“Vientos nocturnos
del velo dorado
despejan el rostro
del bosque encantado.
Tristes presagios
de duendes odiados
golpean sus oídos
están asustados.
Le cuentan historias
del demonio alado
le piden que escape
que huya hacia el prado.
El busca a la princesa
de belleza plateada
su alma por ella reza
por ella reza su espada.
La ve a lo lejos
blanca iluminada
corre a su encuentro
va por su amada.
Toma su mano
huye angustiado
entre magos y duendes
llegan a un claro.
La abraza fuertemente
posee sus labios
ella entierra su daga
en su frío costado.
El cae torpemente
mira azorado
su bella princesa
es el demonio alado”.
Los aplausos tardaron en llegar, pues todos quedaron boquiabiertos, intentando descifrar los versos recitados por Lúrien. El rey y Tilfur comprendieron al instante que esas estrofas no eran simples versos nacidos de la imaginación de la princesa, sino una advertencia dirigida al Elegido.
Finalmente, prorrumpieron en aplausos y vítores, dando por concluida la fiesta del cambio de estación. Poco a poco, la plaza se fue despejando y cada uno regresó a su hogar justo cuando las luces del alba anunciaban el comienzo de un nuevo día; un día de descanso para reponer fuerzas después de tan agitada noche, un día ideal para la reflexión, especialmente para Gabriel.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com