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CRONICAS DE ETHERIA: El elegido de la luz - Capítulo 9

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9: Antes de partir 9: Antes de partir El mundo estaba alterado, y no era para menos.

Estados Unidos había sido atacado y ahora preparaba una contraofensiva que amenazaba con arrastrar al resto de las naciones a una tercera guerra mundial.

Si bien las actividades no se habían interrumpido, sí se habían visto afectadas, y lo que en un principio sumió a la gente en la necesidad de satisfacción mediática, con el transcurso de las horas se transformó en necesidad de información.

Una creciente preocupación fue ganando el corazón de cada habitante del planeta cuando se conocieron los primeros datos oficiales de las miles de víctimas que, se estimaban, había ocasionado dicho ataque.

Entre toda esta psicosis colectiva desatada, solo una persona tenía muy claro en su mente lo que debía hacer, y no era precisamente correr tras un televisor o una radio en busca de información.

Gabriel viajaba de pie en un subte de la línea A atestado de gente que lo único que hacía era mirar un televisor ubicado en uno de los extremos del vagón.

Como nunca, el murmullo habitual que se sabe escuchar esta vez no existía.

Un silencio absoluto se había generado para escuchar las últimas informaciones que apenas si eran audibles, opacadas por el ruido de la formación.

Él, sin embargo, no miraba el monitor.

Iba absorto en sus pensamientos, deseando llegar cuanto antes a la casa del anciano.

Una hora y media después, se hallaba frente a la puerta del local de reparaciones de relojes del viejo.

Ingresó al lugar pero no vio a don Anselmo.

Inmediatamente, una voz se escuchó desde los fondos del pequeño taller de reparaciones, en donde el anciano pasaba la mayor parte de su tiempo enfrascado en resucitar viejas reliquias.

—Pasa, muchacho.

Acércate.

Gabriel sorteó el pequeño mostrador por uno de sus lados.

Encontró al viejo tal cual lo halló en su primera visita.

—Mira este reloj.

Me lo obsequió un queridísimo amigo en el año 1781.

Es uno de los primeros de cadena que se fabricaron; toda una reliquia.

Jamás había fallado.

Cada tres años le practicaba una limpieza, pero nunca se había detenido hasta hoy.

Extrañas coincidencias, ¿no te parece?

Quizás me esté diciendo que mi tiempo ha llegado a su fin —dijo el anciano.

Se puso de pie y volvió a guardar en su bolsillo el reloj de cadena en un acto reflejo que, según él, repetía desde hace dos siglos.

—Vamos, muchacho.

Acompáñame al sótano.

Tengo algo que mostrarte.—¿Cierro la puerta del negocio?—Déjalo así.

No creo que alguien venga hoy.

Mientras bajaban las escaleras, el viejo continuó hablando.

—¿Sabes, Gabriel?

No estoy para nada arrepentido de haber tomado la misión, si bien me alejó definitivamente de mis seres queridos, de mi pueblo y de mis amigos.

He conocido a gente maravillosa y he vivido momentos inolvidables, algo que nunca hubiera sucedido si no aceptaba el legado que me fue encomendado.

He vivido una aventura épica y gloriosa.

Llegaron abajo.

—Siéntate, debo buscar algo.

Solo déjame pensar dónde lo tengo —quedó dubitativo, de pie frente a una de las estanterías repletas de libros y papeles polvorientos—.—¡Ah, sí!

¡Ahora recuerdo!

Creo que estaba en esta pila.

Extrajo un montón de papeles viejos y amarillentos y los llevó hasta la mesa.

Se sentó y empezó a revisar mientras continuaba hablándole a Gabriel.

—Como te decía, Gabriel, he vivido una aventura épica y gloriosa, desde mi punto de vista, y para nada estoy arrepentido de haber iniciado aquel viaje que ahora llega a su fin: un viaje de miles de años.

A lo largo de todo este tiempo he amado, he sufrido, he reído y llorado.

He compuesto mi propio poema épico, así como los sumerios compusieron el del gran Gilgamesh.

Lo único que lamento es no poder presenciar la continuación de esta historia.

Y si bien seré recordado como aquel que hizo posible la última voluntad de Dontar —tu viaje, que ahora ha comenzado—, esta aventura opacará todas las que hayan sido contadas y transcriptas en el Gran Libro de las Leyendas, que reside en poder de los magos.

Tu viaje, Gabriel, se inscribirá, independientemente de cuál sea su final, como “La última leyenda”.

El viejo hablaba como si ya conociera la decisión de Gabriel.

Él ya no se sorprendía por ello; solo confirmaba todo lo que había sido expuesto la noche anterior.

—Lamentablemente, los acontecimientos se han suscitado de la forma más violenta.

Mucha gente ha muerto hoy, Gabriel, y mucha más morirá con el devenir de los días.

Eso no lo podremos evitar.

Pero debemos movilizarnos rápidamente para promover una oportunidad de salvación para el resto de los humanos y, como consecuencia, para el resto de las razas.

Debes partir cuanto antes.

El corazón de Gabriel dio un vuelco.

—¿¡Ahora mismo!?—Esta noche, Gabriel.

Pero antes debes ver esto.

Acá está lo que buscaba.

Extrajo un pergamino arrugado y amarillento, diseñado por él mismo hacía cientos de años.

Lo desplegó sobre la mesa y sopló sobre su desgastada superficie.

Era un mapa que mostraba continentes, ríos, bosques y poblados totalmente desconocidos para Gabriel, ya fuera por su conformación o por los nombres allí consignados.

—Observa bien este mapa, muchacho.

Observa mi mundo tal cual lo dejé miles de años atrás —expresó el viejo, mientras sus ojos se nublaban con antiguos recuerdos—.

No soy un buen dibujante, pero me las he arreglado bastante bien para reproducir lo que se conocía del mundo en aquel tiempo.

El gran problema de todo esto es si aún existen los pueblos que figuran en él; lo más seguro es que alguno haya desaparecido.

—Supongo que este mapa me lo va a dar.

—Supones mal, muchacho.

Por eso te decía que te fijes bien, que intentes grabarlo en tu retina, pero principalmente las X que he marcado y las líneas que las unen.

—¿Pero por qué no me hace una copia para llevar, si quiere conservar este mapa?

—No es que no quiera entregártelo; es que no puedes atravesar el portal con él.

Esa es una de las cuestiones de las que te tenía que hablar.

Cuando atravieses el portal, todo lo material, todo lo que no sea parte de ti, se esfumará.

Aparecerás desnudo del otro lado.

—¿Y dónde se supone que apareceré?

—Acá, en esta primera X: el Bosque Tranquilo —dijo el viejo, señalando con el dedo—.

—¡Pero no voy a andar desnudo caminando por ahí!

—Si todo sale como fue previsto, aparecerás a los pies del viejo Thom, el árbol más majestuoso del Bosque Tranquilo.

Debes buscar dentro de un hoyo en su tronco y, si aún no se han pulverizado, encontrarás allí ropas adecuadas.

Ahora quiero que escuches bien lo que tienes que hacer; pero recuerda: todo esto fue planeado hace más de cinco mil años.

Es muy probable que muchas cosas hayan cambiado y, si te encuentras con algún contratiempo para dar con aquellos a quienes debes ver, tendrás que resolverlo por ti mismo.

Lo esencial en esta primera etapa es que evites el peligro, pues todavía no estás preparado para enfrentarlo.

A continuación, el viejo le detalló paso a paso lo que debía hacer, en una charla que se prolongó por más de tres horas.

Luego, don Anselmo le pidió que se fuera a descansar; el paso por el portal no era nada agradable, según sus palabras, y por tal motivo también le pidió que no comiera.

Gabriel regresó al residencial.

Doña Zara no se sorprendió al verlo a esa hora; suponía que muchas actividades se habían paralizado como consecuencia del ataque sufrido por el país del norte.

De todas formas, Gabriel le dijo que salía de licencia, y con eso terminó de satisfacer la curiosidad de la buena mujer.

Subió a su departamento.

No tenía hambre.

Demasiadas cosas daban vueltas en su cabeza.

Algo irreal estaba a punto de sucederle.

Dudas, ya no tenía.

Salió del baño luego de una ducha refrescante.

Se secó el cuerpo y se dirigió desnudo al gran espejo del ropero.

Allí se observó detenidamente.

—¿Yo, un héroe?

—se preguntó mientras contemplaba su cuerpo, algo delgado para el metro ochenta y cinco que medía.

Gabriel era un joven apuesto, pero nada fuera de lo común.

Usaba el cabello corto, oscuro, peinado hacia atrás; sus espesas cejas y largas pestañas enmarcaban unos ojos pardos de mirada penetrante.

La nariz recta y la boca, de labios normales, armonizaban con un mentón cuadrado y firme.

Se terminó de peinar y se vistió.

No haría caso al viejo en lo referente al descanso; sería inútil intentarlo con tantas cosas cruzándole la mente.

Saldría a caminar y comería algo liviano, para no recargar el estómago.

Necesitaba despejarse, liberar la mente.

Quizás todo fuera un sueño, el mismo sueño que tienen miles de personas que, como él, se sienten atrapadas en una sociedad despiadada.

Un sueño del que quizá despertaría en cualquier momento y descubriría que nada había ocurrido, que seguía prisionero de aquella cárcel inexpugnable en la que todos ingresaban al nacer y cumplían una condena de cadena perpetua.

Así era la sociedad para Gabriel.

Pero él seguiría adelante: disfrutaría de ese supuesto sueño hasta el último minuto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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