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Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 CAPÍTULO 1 — El primer aliento
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1: CAPÍTULO 1 — El primer aliento 1: CAPÍTULO 1 — El primer aliento No había recuerdos antes del calor.

Solo oscuridad tibia.

Un latido profundo.

Un ritmo que no venía de fuera, sino de mí mismo.

Mi pequeño cuerpo reptaba contra la cáscara que me envolvía, blando todavía, húmedo, latiendo con una fuerza que parecía desproporcionada para algo tan pequeño como yo.

La primera grieta no sonó como un crujido.

Sonó como un suspiro.

La cáscara se quebró despacio, pétalos de un huevo mineral que se abrían solos.

Un resplandor rojizo se filtró hacia dentro y yo me encogí, no por miedo, sino porque el mundo era demasiado grande comparado con el refugio que estaba dejando atrás.

Y aun así, salí.

Mi pequeña pata delantera se apoyó fuera primero.

Después otra.

El aire frío de la cueva me recorrió las escamas recién formadas.

No entendía qué era, pero sabía con absoluta claridad que era vida.

Y entonces, mis cuatro cabezas abrieron los ojos por primera vez.

FUEGO, la primera en despertar, parpadeó con un brillo rojizo como brasas.

HIELO, más lenta, dejó escapar un vapor cálido al exhalar, sorprendida por el mundo exterior.

VENENO, silenciosa, observó todo con precisión casi inquietante.

TORMENTA, la más inquieta, recorrió el techo de la cueva como si estuviera buscando el origen de cada sonido.

Cuatro pares de gargantas emitieron sonidos distintos… pero el sentimiento era uno solo: curiosidad absoluta.

El mundo reaccionó antes de que yo hiciera nada.

Un temblor suave recorrió la tierra.

Las charcas de la cueva vibraron con ondas concéntricas.

Un soplo de viento se coló donde no debería haber viento.

El musgo de las rocas se iluminó tenuemente, como si la luz hubiese estado esperando encontrarme.

No era destrucción.

Era… reconocimiento.

Afuera, muy lejos de donde yo había nacido, un resplandor rojizo se elevó sobre el horizonte como un amanecer fuera de horario.

Las raíces de los árboles se agitaron en silencio.

Los pájaros de la noche abandonaron sus nidos y se alzaron para huir de algo que todavía no había ocurrido.

Todo eso yo aún no lo sabía.

Pero el mundo sí sabía quién había nacido.

Cada una de mis cabezas olió la cueva a su manera, sin competencia, sin conflicto.

Cuatro personalidades, una sola conciencia.

YO.

Pequeño.

Inocente.

Pero inevitable.

Intenté dar mi primer paso.

Las patas traseras se afirmaron bien… pero las delanteras resbalaron y mi cuerpo redondeado cayó de lado contra la roca.

Un chillido indignado salió de las cuatro gargantas a la vez.

Parecía que el destino épico podía esperar: la gravedad era mi primer enemigo.

Me levanté torpemente, sacudiendo el polvo.

Mi cola golpeó una estalagmita sin querer —se partió en dos.

Las cuatro cabezas se quedaron paralizadas un segundo.

FUEGO: un gruñido orgulloso.

HIELO: análisis inmediato.

VENENO: fascinación.

TORMENTA: sorpresa divertida.

Yo no sabía lo que significaba, pero el mundo sí.

Cada acción mía tenía consecuencias, incluso por accidente.

Algo se movió a la entrada de la cueva.

Un paso grande, demasiado grande para cualquier criatura pequeña.

Otro.

Y otro.

El suelo vibró al ritmo de la llegada.

Mis cabezas se tensaron, instintivamente alzándose para proteger el pequeño cuerpo que apenas sabía mantenerse en pie.

Y, cuando la gigantesca silueta apareció, no hubo rugido ni amenaza.

Solo una voz profunda, cálida, antigua: —Ah… por fin has nacido.

Una dragona colosal ocupó casi toda la entrada de la cueva, las escamas rojizas brillando como metal vivo, los ojos dorados llenos de emoción contenida.

No era madre biológica.

No era dueña.

No era carcelera.

Era protectora.

Vaelnarya, la Guardiana Roja.

Y al verme, no dudó.

Se inclinó lentamente.

No por miedo.

No por sumisión.

Por cariño.

Yo no entendía las palabras.

Pero entendí el tono.

Y las cuatro cabezas se acercaron a ella al mismo tiempo, sin miedo, sin desconfianza.

El mundo afuera temblaba por mi existencia.

Pero dentro de esa cueva… alguien me dio la bienvenida.

Y por primera vez, sin saber hablar, sin saber quién era, sin saber lo que vendría… …me sentí a salvo.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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