Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 10
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Capítulo 10: Capítulo 10 — Noche en cuatro direcciones
La noche llegó sin ceremonia.
Primero bajó la luz, luego bajó el sonido y, al final, pareció bajar el mundo entero, como si el valle se arropase a sí mismo. El aire se volvió más húmedo. La hierba dejó de brillar. Las rocas, que durante el día parecían simples, ahora tenían volumen de criaturas dormidas.
La cría se había quedado tumbada en el centro, donde el suelo cedía lo justo. No dormía todavía; estaba en ese estado raro de los muy pequeños, cuando el cuerpo descansa… pero el instinto sigue despierto. La respiración era profunda y lenta, aunque irregular, porque cada inhalación movía un poco de más el pecho, las alas, los cuellos y la cola. Aún estaba aprendiendo a ser “un solo animal” sin despertarse a sí misma cada pocos latidos.
Vaelnarya permanecía en el borde del valle, casi inmóvil. No vigilaba con rigidez, sino con una calma que no era pereza: era seguridad. Por momentos parecía una roca más… y luego el aire cambiaba alrededor de su cuello y quedaba claro que no era paisaje.
La cría intentó acomodarse mejor. La cola se recolocó con un movimiento corto y torpe… y la punta golpeó una piedra pequeña que no había visto. Sonó un “toc” seco, ridículo, y una vibración le subió desde la cola hasta el lomo.
Se quedó quieta un instante, como si el mundo fuese a delatarla por torpe.
No pasó nada.
Solo que, en la ladera, un animal nocturno respondió con un chillido ofendido y salió disparado entre la hierba.
Vaelnarya no se movió. Pero el hocico se inclinó apenas, en una especie de “sí, eso ha sido cosa tuya”.
La cría volvió a intentarlo, esta vez con más calma. Bajó el centro de gravedad, plegó bien las alas para que no quedaran tensas y dejó el peso repartido. La diferencia se notó: el suelo dejó de crujir y la hierba dejó de quejarse.
En la oscuridad, el mundo olía distinto. Más profundo. Más real.
Y ahí apareció el conflicto típico de una cría: el sueño tiraba fuerte… pero la curiosidad tiraba más. No era una idea clara ni una decisión consciente. Era un impulso, un “muevo esto” y “¿qué pasa si…?”, sin saber todavía dónde empieza su cuerpo y dónde termina el resto del valle.
La cría empezó a incorporarse.
Vaelnarya lo vio antes de que terminara el movimiento.
—No hace falta caminar para aprender —dijo, sin alzar la voz.
La cría se detuvo. Volvió a bajar un poco… pero no del todo. Se quedó a medio camino, como si hubiese recibido una orden sensata y, aun así, le pareciera injusta.
Vaelnarya avanzó dos pasos. Solo dos. Fue suficiente para que su sombra cubriera parte del valle.
—Escucha —añadió.
La cría no sabía “escuchar” como una instrucción. Aun así, el cuerpo se aquietó. Las alas se pegaron más al costado. La cola quedó inmóvil, como si por fin hubiese aprendido que moverse sin necesidad era gastar energía.
Entonces apareció lo que Vaelnarya quería que aprendiera sin discursos: la noche hablaba.
Primero, un roce leve en la hierba del lado izquierdo. Como una cosa pequeña desplazándose sin querer ser vista. Después, un crujido mínimo en una roca más alta, arriba, donde el viento golpeaba. Luego, un silencio raro… demasiado perfecto… al otro lado del valle.
La cría giró hacia ese silencio.
No había nada visible. La oscuridad era espesa y, aun así, había “algo”: una zona donde los insectos no zumbaban. Donde el aire parecía contener la respiración.
El cuerpo no se movió. Pero la piel reaccionó con un escalofrío.
Vaelnarya no se puso delante ni adoptó una postura teatral. Solo habló con la calma de quien ha sobrevivido a muchos inviernos.
—Cuando todo calla de golpe… es porque alguien está escuchando mejor que tú.
La cría tragó saliva. Fue un gesto exagerado, casi cómico, porque movía más cuellos de los necesarios. El cuerpo quiso levantarse del todo. Quiso retroceder. Quiso mirar en todas direcciones a la vez.
Y ese fue el error.
Se incorporó demasiado rápido. Una pata delantera pisó una zona más húmeda. El suelo cedió un dedo de más. El peso se desplazó. Las alas se abrieron un poco por reflejo para compensar… y el cuerpo dio un paso torpe, casi un tropiezo, como si la noche le hubiese puesto una zancadilla.
Se quedó clavada en el sitio, tensa, avergonzada y alerta a la vez.
Del silencio “perfecto” llegó una respuesta: un sonido corto, seco, como uñas contra piedra. Y luego, muy despacio, un par de ojos brillaron desde la hierba alta. No eran grandes. No eran demoníacos. Eran solo ojos… pero eran ojos de alguien que había decidido mirar de cerca.
La cría no atacó. No rugió. No soltó nada.
Se quedó mirando.
Vaelnarya avanzó un paso.
Los ojos parpadearon. La criatura ocultaba su cuerpo entre tallos y sombra; dudó un instante… y se retiró. No salió corriendo en pánico. Simplemente decidió que el centro del valle ya no era buena idea y se fundió con la oscuridad, como si nunca hubiera estado.
La cría tardó un segundo en darse cuenta de que estaba conteniendo el aire. Exhaló despacio, con un bufido que movió la hierba cercana.
Vaelnarya se giró hacia ella.
—Bien —dijo al fin—. No hiciste nada.
La cría pareció ofendida por eso. El hocico se inclinó un poco, como si preguntara “¿y eso es bueno?”
Vaelnarya se acercó lo justo para que su presencia se notara, pero sin invadir el centro.
—A veces, lo correcto es no gastar fuerza —explicó—. Eres pequeña. Tu ventaja ahora no es ganar. Es aprender.
La cría volvió a bajar el cuerpo, más despacio, como si esta vez sí entendiera el ritmo que se le pedía. Colocó mejor las patas. Plegó las alas sin tensión. Dejó la cola quieta, orgullosa de su nueva habilidad: no hacer ruido.
El valle volvió a respirar.
En la ladera, lejos, se escuchó un aullido suave. No amenazante. Solo un recordatorio de que el mundo seguía vivo incluso cuando no se veía.
La cría apoyó el hocico en la hierba y el cansancio cayó de golpe, pesado y dulce. No era miedo. Era agotamiento real: hambre, práctica, atención… y ahora, noche.
Vaelnarya se sentó al borde, como un guardián que no necesita demostrar que lo es.
La cría cerró los ojos… o, mejor dicho, los dejó descansar. La membrana nictitante se deslizó, suavizando la oscuridad. El cuerpo soltó el peso en el suelo y, por primera vez, el sueño llegó sin sobresaltos.
En el centro del valle, la cría durmió.
Y alrededor, la noche siguió probando, midiendo, decidiendo… como hacen todos los mundos con todo lo que nace.
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