Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo
- Capítulo 3 - 3 CAPÍTULO 3 — El mundo empieza a oler
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: CAPÍTULO 3 — El mundo empieza a oler 3: CAPÍTULO 3 — El mundo empieza a oler Cuando desperté, sentí algo nuevo antes siquiera de abrir los ojos.
El mundo… olía.
No sólo flores o tierra húmeda.
No sólo vida vegetal o musgo.
Había capas, como si cada olor fuese un color de una pintura gigante: Hielo olió algo que daba sensación de pureza.
Veneno detectó partículas amargas en el aire.
Fuego notó temperatura y el rastro de algo comestible.
Tormenta sintió electricidad invisible suspendida alrededor.
Las cuatro cabezas abrieron los ojos a la vez.
Vaelnarya seguía allí.
No se había movido mucho.
Su cuerpo seguía sirviendo como barrera y refugio.
Sus alas estaban plegadas, pero cada membrana parecía respirar a su ritmo.
La cavidad del pecho subía y bajaba como un mar tranquilo.
Yo no sabía que la había obligado a quedarse despierta toda la noche.
Ella no se movía para no despertarme.
Me incorporé.
Mal.
Cuatro cabezas salieron disparadas en direcciones diferentes: —una hacia el techo, —otra hacia su cuello, —otra hacia una roca luminosa, —y otra hacia… mi propia pata trasera.
El cuerpo se tambaleó.
Las cuatro cabezas tuvieron el mismo pensamiento al mismo tiempo: > ¡SOCORRO, GRAVEDAD!
La caída fue inevitable… pero lenta.
Como una manta cayendo de la cama.
Vaelnarya estiró una garra, apoyando la almohadilla con un toque tan suave que no parecía real, estabilizándome sin detenerme del todo.
Era como si me enseñara a caer bien.
Las patas delanteras se clavaron en el suelo.
La cola se abrió como si fuera una ancla.
Me quedé en pie.
FUEGO sacó pecho orgulloso.
HIELO fingió que nunca hubo un problema.
VENENO siseó a la piedra luminosa por si acaso.
TORMENTA estaba demasiado ocupado impresionado con todo a su alrededor.
Vaelnarya soltó una risa minúscula, una vibración grave de garganta.
—Eres un desastre adorable —murmuró.
Entonces ocurrió la primera explosión sensorial real del mundo exterior.
Vaelnarya se giró hacia la entrada y la luz del sol de la mañana llenó la cueva.
No era peligrosa… pero era mucha luz.
Las cuatro cabezas entrecerraron los ojos a la vez, y luego cada una levantó la vista en diferente dirección, con cada pupila intentando procesar millones de colores y patrones espectrales.
Las escamas de Vaelnarya brillaron con reflejos rojizos, dorados y ámbar.
Y de repente entendí algo instintivo sin razonarlo: afuera no terminaba la cueva.
afuera estaba el mundo.
Un mundo inmenso.
Grande.
Inabarcable.
Y era para mí.
Fuego fue el primero en dar un paso.
Hielo lo siguió con elegancia exagerada, como si no hubiese forma de que volviera a caerse jamás.
Tormenta estaba tan emocionado que tembló.
Veneno fue último, mirando todo con sospecha protectora.
Cada uno avanzó un poco más, y pronto mis patas tocaron la zona donde el sol llegaba.
Era cálido.
Demasiado cálido.
Y perfecto.
El aire de la mañana tocó mis escamas como si las reconociera y yo sentí algo que no sabía nombrar, pero se sentía como… existir.
Vaelnarya caminó detrás, pero no para empujarme.
Solo acompañaba.
El paisaje fuera de la cueva era inmenso: colinas verdes, ríos brillantes, árboles gigantes que parecían tocar el cielo, aves gigantes cruzando el aire.
El viento era vivo, como si jugara con mi piel.
Y entonces ocurrió la primera reacción pública del mundo a mi presencia.
La hierba bajo mis patas cambió de color lentamente, desde verde normal hasta un verde más intenso.
El musgo nuevo creció en segundos.
Pequeños brotes de flores aparecieron donde mi sombra caía.
No hacía daño.
No quemaba.
No marchitaba.
Simplemente… creaba vida.
Vaelnarya no dijo nada.
Pero la miré —cuatro veces— y algo en su mirada decía: > Esto es sólo el principio.
El viento cambió dirección.
El sonido de los pájaros se detuvo por un segundo.
No como miedo.
Como reconocimiento.
Yo di otro paso.
Y otro.
Y luego descubrí algo incluso más fascinante que la vida misma: el olor de la comida.
Fuego olió calor dulce.
Hielo olió grasa nutritiva.
Tormenta olió corriente eléctrica interna de un cuerpo vivo.
Veneno olió proteína.
Las cabezas siguieron ese olor al unísono y llegamos a un arbusto lleno de frutas enormes, casi translúcidas.
Y sin pensarlo, una cosa muy bebé ocurrió: Las cuatro cabezas intentaron comer la misma fruta al mismo tiempo.
Choque de cráneos.
Choque de dientes.
Un silencio de confusión.
Y finalmente: BLOBF La fruta explotó y acabé pringado entero.
Vaelnarya se tapó la sonrisa con el ala… pero no lo suficiente.
FUEGO gruñó indignado.
HIELO fingió que todo había salido como planeado.
TORMENTA empezó a lamerse la cara con alegría.
VENENO atacó otra fruta por si acaso había sido culpa de ella.
Para el mundo, aquel segundo marcó una señal clara: La Hydra Primordial había nacido.
Y estaba aprendiendo.
Y aunque aún era pequeña… y torpe… y cubierta de pulpa de fruta… el suelo seguía reaccionando en un radio perfecto alrededor de mí.
El ecosistema no me evitaba.
Me aceptaba.
Vaelnarya se acercó despacio.
—Hoy has visto el mundo por primera vez —dijo—.
Y el mundo te ha visto a ti.
No era un ritual.
Era un hecho.
El viento rugió suavemente como confirmación.
Yo no sabía hablar.
Pero cuatro cabezas se apoyaron en Vaelnarya a la vez.
Y el día siguió.
No como una aventura épica.
No como una batalla.
Sino como el primer paso de alguien que cambiaría el mundo sin prisas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com