Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 CAPÍTULO 4 — El primer rugido
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4: CAPÍTULO 4 — El primer rugido 4: CAPÍTULO 4 — El primer rugido El sol estaba más alto que la última vez que abrí los ojos, pero todavía era de mañana.
El aire seguía oliendo a vida joven, a tierra húmeda, a rocío mezclado con luz.
Vaelnarya estaba en la entrada de la cueva, observando el horizonte como si escuchara voces que yo aún no podía oír.
Su cuerpo inmenso proyectaba una sombra perfecta sobre mí, pero esta vez no estaba ahí para hacerme dormir: estaba esperando a que me levantara.
Las cuatro cabezas se desperezaron de forma distinta.
FUEGO bostezó dejando escapar un hilo de vapor caliente; HIELO abrió los ojos muy despacio, como si quisiera saborear cada imagen; VENENO se incorporó primero, comprobando que nada vivo estuviera demasiado cerca; TORMENTA movió el cuello de lado a lado con un entusiasmo desbordante.
Mi cuerpo se levantó un segundo después, no porque lo decidiera, sino porque ellas lo hicieron.
Vaelnarya no dio ninguna orden.
Simplemente se giró hacia la llanura abierta y caminó despacio, dejando que si quería seguirla, la siguiera.
Y quise.
Cada paso fuera de la cueva hacía que el olor del mundo se multiplicara.
Los sonidos se volvían más fuertes: el viento golpeando copas de árboles, los graznidos lejanos de aves gigantes, los crujidos de ramas y hierba bajo mis patas.
Era demasiado… pero no malo.
En la primera colina, el suelo cambió otra vez bajo mis patas.
La grasa del musgo se volvió más densa, la tierra se volvió más fértil, como si hubiera sido regada recientemente.
Más flores.
Más color.
El mundo se comportaba como si yo fuese calor y agua y luz a la vez.
No lo entendía, pero lo sentía.
Vaelnarya se detuvo en la cima de la colina y me observó.
No había severidad en su expresión, pero sí expectativa.
Como si supiera que algo iba a pasar.
O quizá como si esperara que yo descubriera algo por instinto.
Todo estaba silencioso.
Como si la naturaleza contuviera la respiración.
Fue FUEGO el que lo sintió primero: una presión en la garganta, pequeña pero insistente, como una necesidad que no dolía.
HIELO sintió un cosquilleo detrás de la lengua.
TORMENTA escuchó un rumor eléctrico dentro del cuello.
VENENO percibió un sabor metálico saliendo de las encías.
Las cuatro cabezas levantaron la vista al mismo tiempo.
Vaelnarya no dijo nada.
No se acercó.
No enseñó cómo hacerlo.
Sólo observó.
El viento se detuvo.
Las hojas de los árboles dejaron de moverse, como si el mundo estuviera escuchando.
Y entonces mis cuerpos lo entendieron: no era un ataque.
No era defensa.
No era advertencia.
Era un instinto antiguo, tan antiguo como el primer latido del mundo.
Respiré.
Las cuatro gargantas se prepararon sin pensar.
No lo planeé, simplemente sucedió.
Un rugido.
Pero no un sonido.
No un grito.
No una descarga de ira.
Era más grande que eso.
El aire se dobló alrededor de mí.
Las rocas temblaron bajo mis patas.
Las aves levantaron vuelo a kilómetros.
El suelo se abrió en pequeñas grietas que no lastimaban, solo marcaban territorio.
El rugido no era violento.
Era poder en estado puro: presencia, identidad, existencia.
Las cuatro voces sonaron distintas pero alineadas, como si cantaran una nota que solo el mundo entendía: FUEGO sonó como si ardiera un volcán.
HIELO sonó como si el viento silbara a través de una tundra eterna.
VENENO sonó como si las selvas murmurasen secretos prohibidos.
TORMENTA sonó como si un trueno naciera en el cielo y terminara en la tierra.
Y, por un latido, todo en Asteron respondió.
Las nubes cambiaron de forma.
La hierba creció centímetros.
Los ríos aceleraron.
Hasta las montañas lejanas devolvieron eco, como si saludaran al recién nacido.
No fue destrucción.
Fue un despertar.
Cuando el rugido terminó, mi cuerpo tembló, agotado.
No por dolor, sino por intensidad.
Las cuatro cabezas respiraban rápido.
Las patas temblaban.
Era demasiado para un primer intento… y aun así se sentía perfecto.
Vaelnarya caminó hacia mí, lenta, solemne.
No se inclinó para calmarme; no me sostuvo para evitar una caída.
Se detuvo justo frente a mí, dejando que mis cabezas se recuperaran a su ritmo.
—Ése fue tu nombre —dijo.
No lo entendí con palabras, pero sí con el corazón.
El rugido no había sido una demostración de fuerza.
Había sido una declaración de identidad.
El mundo ahora sabía que existía.
Me senté, aunque no de forma elegante.
La caída terminó con la cola extendida como amortiguador y las cuatro cabezas respirando a un ritmo desigual.
Fuego orgulloso, Hielo sereno, Veneno alerta, Tormenta excitado.
El cuerpo estaba cansado, pero no herido.
De repente, un pequeño grupo de criaturas apareció entre los árboles.
Eran herbívoros, de tamaño mediano, parecidos a ciervos de cuello alargado.
Podrían haber huido.
Podrían haber corrido despavoridos.
Pero no lo hicieron.
Se quedaron mirando, quietos, como si hubieran reconocido algo familiar.
No era miedo.
Era respeto silencioso.
Vaelnarya no intervino.
Ella solo observó, asegurándose de que los instintos infantiles no me lanzaran a por ellos.
Las cuatro cabezas miraron a las criaturas, y ninguna sintió hambre.
No eran alimento.
No eran amenaza.
Solo… habitantes de un mundo que ahora me conocía.
Las criaturas se retiraron en silencio y el bosque volvió a respirar.
Vaelnarya volvió la mirada hacia mí.
—Hoy, el mundo ha aprendido tu voz —dijo con tono profundo—.
Y cuando crezcas, esa voz cambiará el destino de todos.
No fue una advertencia.
Tampoco un elogio.
Fue la verdad.
Las cuatro cabezas se apoyaron en su pata gigante, agotadas, y ella bajó su cuello para que pudiera descansar un momento bajo su sombra.
Ese día no hubo batalla.
No hubo caza.
No hubo peligro.
Solo hubo un rugido.
Y eso bastó para que Asteron recordara que la Hydra Primordial estaba viva.
No un monstruo.
No un héroe.
No un castigo del mundo.
Un ser que existía.
Y por ahora… eso era suficiente.
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