Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 — El mundo a la luz
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6: Capítulo 6 — El mundo a la luz 6: Capítulo 6 — El mundo a la luz La brisa de la mañana fue lo primero que sintió al cruzar la entrada de la caverna.
El aire era distinto fuera: no olía a piedra húmeda, sino a hierbas frescas, tierra viva y el perfume limpio de la luz.
La joven hidra se quedó quieta unos segundos, como si el mundo entero esperara a que ella diera permiso para comenzar.
Las cuatro cabezas se elevaron con curiosidad infantil.
Fuego resopló un vapor cálido al sentir algo nuevo contra el hocico.
Hielo observó con precisión, analizando cada color y cada sombra del paisaje.
Veneno inclinó el cuello hacia los arbustos cercanos, olfateando con inquieta fascinación.
Tormenta vibró con un destello eléctrico fugaz, como si el aire fresco fuera demasiado emocionante para permanecer quieto.
Dio un primer paso fuera de la caverna.
La tierra mullida cedió ligeramente bajo sus patas, muy diferente a la roca lisa en la que había aprendido a moverse.
No estaba preparada para el cambio.
El cuerpo entero se balanceó hacia adelante y tuvo que abrir las alas para recuperar el equilibrio.
El movimiento no sirvió de mucho: una pata cayó en una zona más blanda del suelo y casi la derribó.
Fuego bufó con fastidio; Hielo mantuvo la calma; Veneno retrocedió sorprendido; Tormenta observó el tropiezo con una chispa de diversión.
A pocos pasos detrás, Vaelnarya salió al exterior.
La luz se extendió por sus escamas como un reflejo rojo y dorado que parecía encenderse desde dentro.
No mostró prisa por acercarse; dejó que la hidra descubriera el mundo por sí misma.
La paciencia de la dragona tenía algo de fuerza antigua, como si supiera que cada paso torpe era tan importante como un vuelo.
El paisaje se extendía enorme: praderas, bosques, colinas suaves, una caída lejana de agua y el cielo surcado por criaturas aladas cuyas sombras cruzaban la hierba.
El dominio de la hidra se manifestó casi sin querer.
Bajo Hielo, la tierra se humedeció apenas más de lo natural.
Junto a Fuego, la hierba se onduló con un calor tenue.
Tormenta hizo vibrar el aire con un zumbido casi imperceptible.
Cerca de Veneno, los insectos se alejaron instintivamente sin saber por qué.
Pequeños indicios de lo que algún día sería abrumador.
La hidra avanzó con pasos cortos, torpes pero decididos.
El suelo era una lección nueva: no había planicie constante, sino bultos, raíces, piedras y huecos.
Cada irregularidad era una historia.
Primero levantó la pata demasiado poco, luego demasiado, luego de forma exagerada.
Una piedra quedó en su camino; pasó por encima con toda la concentración del mundo y, con la seguridad de quien cree haber aprendido, tropezó justo después con una raíz insignificante.
El cuerpo dio un giro desequilibrado y la hidra cayó de costado.
Las cabezas reaccionaron todas a la vez: Fuego gruñó irritado, Hielo analizó con calma cómo había fallado el equilibrio, Veneno retrocedió como si la caída fuera un depredador y Tormenta agitó las alas de la emoción.
Desde detrás, Vaelnarya soltó una carcajada profunda y cálida; una risa que no se burlaba, sino que celebraba la vida.
La hidra volvió a levantarse.
Primero las patas delanteras temblorosas, luego las traseras y, por último, la estabilización de los cuellos a través de un movimiento casi instintivo de Hielo.
Fue la primera victoria de la mañana.
Pequeña, sí, pero real.
Moviéndose de nuevo, la criatura abrió ligeramente las alas.
No para volar, sino para experimentar dónde colocarlas sin estorbarse.
Cada pliegue era un cálculo nuevo: si las levantaba demasiado, rozaban las rocas; si las bajaba demasiado, pesaban al caminar; si las abría, perdía equilibrio; si las cerraba, chocaban entre sí.
Era un rompecabezas viviente, pero uno que no parecía molestarle.
Aprender era cansado, sí, pero también emocionante.
Una mariposa pasó cerca.
Inofensiva, delicada y colorida.
Las cuatro cabezas reaccionaron al instante.
Veneno quiso atraparla con instinto predador.
Fuego quiso espantarla.
Tormenta quiso perseguirla con un impulso travieso.
Hielo simplemente la observó, como si quisiera grabar en la memoria la precisión de su vuelo.
El resultado fue un enredo de cuellos, un salto torpe hacia un lado, un giro inesperado de las alas y un aterrizaje poco épico que terminó con la hidra deslizándose por la hierba hasta quedar patas arriba.
El silencio duró solo un segundo antes de que la risa de Vaelnarya llenara la pradera.
No había burla en ella, solo un orgullo infinito.
Era el orgullo de alguien que sabe que incluso caerse es parte de crecer.
La hidra movió las patas en el aire, tratando de enderezarse.
Una de las alas quedó atrapada bajo el cuerpo y eso complicó todo aún más.
Vaelnarya se acercó y, sin palabras, deslizó suavemente el morro bajo el costado del pequeño cuerpo, ayudándolo a girarse hasta recuperar la postura.
De pie otra vez, la hidra respiró hondo.
El aire sabía distinto: libertad, distancia, posibilidades.
Algo en el horizonte llamaba.
No sabía qué era.
No tenía por qué saberlo.
Solo sabía que existía.
Un paso más hacia adelante.
No hubo tropiezo esta vez.
El mundo era grande.
Ella era pequeña.
Y aun así, estaba perfectamente en su lugar.
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