Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 — Primeros pasos hacia la colina
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7: Capítulo 7 — Primeros pasos hacia la colina 7: Capítulo 7 — Primeros pasos hacia la colina El sol ascendía lentamente sobre la pradera, extendiendo una luz dorada que convertía cada brizna de hierba en un hilo brillante.
Frente a la entrada de la caverna, la joven Hidra permaneció inmóvil unos segundos, como si necesitara que el mundo la mirara primero antes de que ella lo mirara a él.
Las cuatro cabezas se inclinaron hacia adelante con distintas emociones.
Fuego dejó escapar un resoplido cálido, impaciente por avanzar.
Hielo observó con exactitud, procesando la amplitud del entorno.
Veneno olisqueó con desconfianza, buscando aromas que no conocía.
Tormenta sintió un impulso vibrante, casi juguetón, al ver el cielo tan abierto.
La Hidra dio su primer paso fuera de la caverna.
La tierra mullida cedió bajo las patas con un tacto completamente distinto al de la roca.
El nuevo suelo alteró la base de apoyo y el cuerpo perdió equilibrio hacia adelante.
Las alas se abrieron en un reflejo automático que solo empeoró la caída.
El cuerpo se desequilibró y acabó en el suelo de costado.
Las cabezas reaccionaron con personalidad propia: Fuego gruñó irritado; Hielo evaluó el error; Veneno retrocedió como si la caída fuese un depredador; Tormenta vibró eléctricamente de emoción.
Desde detrás, Vaelnarya salió de la cueva.
Su presencia era enorme incluso sin moverse, y su mirada estaba llena de calma antigua.
No reprochó la caída.
No tenía por qué hacerlo.
La caída era parte del crecimiento.
La Hidra se incorporó de nuevo.
Primero las patas delanteras, luego las traseras, y después un ajuste cuidadoso de las alas para que no estorbaran al andar.
Un paso más.
Dos.
Tres.
Todavía torpe, pero aprendiendo.
El exterior se extendía inmenso: praderas onduladas, un bosque espeso al norte, una cascada lejana y el cielo cruzado por criaturas aladas cuyas sombras corrían sobre la hierba.
El dominio de la criatura respondió de forma sutil.
Bajo la presencia de Hielo, la tierra parecía más húmeda y fresca.
Junto a Fuego, el aire vibraba con un calor tenue.
Tormenta agitaba el viento alrededor con un zumbido casi inaudible.
Cerca de Veneno, los insectos se alejaban instintivamente sin saber por qué.
Pequeñas consecuencias de algo mucho mayor que aún dormía en el interior.
La Hidra avanzó hacia una pequeña colina.
Cada paso era un descubrimiento: la pradera no tenía superficie uniforme.
Había piedras, huecos, raíces.
Primero levantó la pata demasiado poco y tropezó.
Luego demasiado, y trastabilló hacia adelante.
Intentó sortear una piedra concentrándose tanto que la superó con elegancia… solo para caer de rodillas al no ver una raíz diminuta justo después.
Las cabezas reaccionaron con una maraña de emociones, pero el cuerpo se levantó otra vez.
Perseverancia sin conciencia de que era perseverancia.
Solo instinto de seguir.
La colina se alzaba más empinada de lo que parecía desde abajo.
A mitad de subida, una ráfaga de viento lateral azotó el cuerpo.
Las alas se abrieron en reflejo y la base se desestabilizó; el cuerpo empezó a deslizarse hacia atrás.
Las cabezas reaccionaron casi a la vez con impulsos distintos: Hielo calculó el ángulo de caída y la orientación exacta para recuperar el equilibrio; Fuego sintió la urgencia de afirmarse, la necesidad de anclar el cuerpo al terreno; Veneno aportó cautela, control, la idea de bajar la base para que fuera más estable; Tormenta buscó aprovechar el viento en lugar de luchar contra él.
Esos impulsos no fueron movimientos separados.
Se unificaron en una única acción del cuerpo: la Hidra clavó las garras delanteras en la tierra, bajó la cola para estabilizar la base, plegó las alas justo en el ángulo correcto y detuvo la caída antes de que ocurriera.
No fue elegante, pero sí real.
Una victoria.
Coronó la cima de la colina.
Allí se detuvo.
La panorámica era distinta desde arriba.
El mundo ya no se sentía como algo que le rodeaba, sino como algo que se extendía entero.
La Hidra no podía comprenderlo, pero podía sentirlo: había más.
Mucho más.
Un sonido resonó desde el bosque al norte, un bramido profundo que hacía vibrar la tierra en la distancia.
No era un llamado para ella, pero tampoco era algo que pudiera ignorarse.
Las cabezas quedaron quietas, no en miedo, sino en reconocimiento instintivo de que el mundo era grande y estaba lleno de presencias.
Justo entonces una mariposa cruzó la cima, brillante y despreocupada.
El instante solemne se deshizo.
Veneno quiso atraparla con instinto cazador.
Fuego quiso espantarla.
Tormenta quiso perseguirla por puro juego.
Hielo quiso estudiarla.
Los impulsos chocaron en exceso: demasiada energía sin dirección.
El cuerpo dio un salto torpe, las patas resbalaron, las alas se abrieron demasiado, la Hidra perdió equilibrio y se deslizó colina abajo como un revoltijo de escamas, patas, alas y cabezas agitadas.
Cuando llegó al pie de la colina, quedó de espaldas con las alas dobladas bajo el cuerpo.
La risa profunda de Vaelnarya llenó la pradera.
No había burla.
Era orgullo.
La Hidra agitó patas en el aire, intentando incorporarse.
Vaelnarya se acercó y deslizó el hocico bajo el costado, levantándola con una suavidad imposible para un ser tan enorme.
De pie otra vez, la criatura avanzó hacia la dragona y rozó su cuello con las cuatro cabezas, una a una.
No pedía nada.
Solo contacto.
La escena duró unos segundos.
Después, la Hidra volvió a girarse hacia el prado.
Había caído.
Había subido.
Había vuelto a caer.
Y había vuelto a levantarse.
El mundo estaba allí fuera, enorme y vivo.
Y aunque la Hidra seguía siendo pequeña, ya estaba caminando hacia él.
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