Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 — El valle que responde
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8: Capítulo 8 — El valle que responde 8: Capítulo 8 — El valle que responde El descenso desde la colina fue mucho más prudente que la subida.
La Hidra avanzó con cuidado, midiendo cada paso antes de darlo.
No había prisa.
El cuerpo aún recordaba el desliz anterior y no estaba dispuesto a repetirlo sin motivo.
El terreno cambiaba sutilmente a cada metro.
La hierba era más alta en algunas zonas, más húmeda en otras.
En ciertos puntos, el suelo se hundía apenas bajo el peso, obligando a redistribuir la carga.
La Hidra no lo hacía de forma consciente, pero el aprendizaje ya estaba ocurriendo.
El equilibrio mejoraba.
Las alas permanecían plegadas casi todo el tiempo, ajustándose solo cuando era necesario para compensar una inclinación o una irregularidad.
Las cabezas observaban el entorno con una atención cada vez más afinada.
Hielo detectaba los cambios del terreno antes de que fueran visibles.
Fuego reaccionaba a las corrientes de aire más cálidas, siguiendo instintivamente las zonas donde el sol golpeaba con más fuerza.
Veneno prestaba atención a los olores, diferenciando cuáles eran simples rastros de vida y cuáles despertaban una alerta más profunda.
Tormenta sentía la presión del aire, las pequeñas variaciones eléctricas que anunciaban movimiento a distancia.
El valle se abrió ante ella como una cuenca natural.
No era grande, pero sí acogedor.
Rodeado por colinas suaves y salpicado de rocas cubiertas de musgo, transmitía una sensación de refugio primitivo.
La Hidra se detuvo un instante en el borde, observándolo.
Algo cambió.
No fue inmediato ni visible.
No hubo un destello ni un temblor.
Fue más bien una sensación, como cuando el aire se vuelve más denso antes de la lluvia.
El valle parecía atento.
La Hidra avanzó unos pasos más y el suelo respondió.
Donde las patas tocaban la tierra, la hierba se inclinaba de forma distinta, como si reconociera el peso.
No se rompía ni se aplastaba; simplemente cedía.
Cerca de la trayectoria, pequeñas flores cerraron sus pétalos.
No por miedo, sino por instinto.
Las cabezas reaccionaron de forma diferente ante ese fenómeno.
Hielo percibió la variación de temperatura en el suelo, apenas un grado más baja.
Fuego notó que el aire alrededor del cuerpo retenía el calor un poco más de lo normal.
Veneno captó cómo algunos insectos cambiaban de dirección antes incluso de verla.
Tormenta sintió una vibración suave en el aire, como un eco lejano.
La Hidra no entendía lo que estaba ocurriendo, pero tampoco le resultaba extraño.
Era como si el valle estuviera respondiendo a su presencia, ajustándose de forma natural.
Dio un paso más.
Una roca cercana se resquebrajó ligeramente, no por presión directa, sino por un ajuste interno del terreno.
El musgo que la cubría creció un poco más espeso en su base.
Nada espectacular.
Nada alarmante.
Pero real.
Desde una distancia prudente, Vaelnarya observaba sin intervenir.
Sus ojos antiguos seguían cada detalle, cada microcambio.
No había sorpresa en su expresión, solo confirmación.
El valle estaba reaccionando como debía.
La Hidra avanzó hasta el centro del valle y se detuvo.
El cuerpo respiró hondo.
El aire entró con facilidad, cargado de aromas húmedos, minerales y vivos.
Las alas se relajaron por completo.
La cola se acomodó con naturalidad, manteniendo el equilibrio sin esfuerzo.
Por primera vez desde que había salido de la caverna, el cuerpo dejó de moverse.
Las cabezas también se aquietaron.
No por orden, sino porque no había urgencia.
Hielo se mantuvo atento, pero sin tensión.
Fuego dejó que el calor se disipara de forma uniforme.
Veneno redujo la alerta, confiando en el entorno.
Tormenta dejó que la electricidad interna se calmara, como un cielo despejado tras una lluvia suave.
El valle parecía respirar al mismo ritmo.
Un pequeño animal asomó entre la hierba, a una distancia segura.
Luego otro.
Y otro más.
No se acercaban, pero tampoco huían.
Observaban.
Medían.
La Hidra inclinó ligeramente las cabezas, curiosa, y los animales se congelaron un segundo antes de retroceder despacio.
No había hambre.
No había caza.
Solo coexistencia.
Un sonido grave, casi imperceptible, recorrió el valle.
No era un rugido ni un aviso.
Era algo más profundo, como el eco de una estructura que se acomoda a un nuevo peso.
La Hidra no lo reconoció, pero Vaelnarya sí.
El territorio estaba aceptando a la criatura.
No como dueña.
No como amenaza.
Como presencia.
La Hidra se tumbó lentamente en el centro del valle.
El cuerpo se acomodó con cuidado, sin aplastar más de lo necesario.
El suelo cedió lo justo.
La hierba se apartó y volvió a crecer alrededor.
El calor se distribuyó de forma uniforme, sin quemar.
La humedad se mantuvo estable.
Las cabezas se plegaron hacia el cuerpo, descansando sin perder atención.
No era sueño.
Era reposo consciente.
Durante unos minutos, nada ocurrió.
Y en esa nada, el mundo y la Hidra se conocieron un poco mejor.
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