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Crónicas de la Hydra Primordial: Nacida para Cambiar el Mundo - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 — La primera práctica
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9: Capítulo 9 — La primera práctica 9: Capítulo 9 — La primera práctica La tarde empezó a inclinar la luz.

No era noche todavía, pero el valle ya había cambiado: el dorado del sol se volvía más tibio, y las sombras de las rocas se estiraban como si quisieran tocar el centro.

La Hidra seguía tumbada donde se había acomodado.

El cuerpo no dormía del todo; respiraba con ese ritmo raro de los animales jóvenes que descansan con un ojo dentro del sueño y otro fuera.

Las cuatro cabezas reposaban cerca del pecho, en distinta actitud.

Hielo mantenía una vigilancia silenciosa, con la membrana nictitante cruzando un par de ojos como un pestañeo lento.

Fuego parecía más inquieta incluso en reposo, soltando un calor suave que no quemaba, pero sí temblaba en el aire.

Veneno olía el valle con paciencia, como si probara el mundo por la nariz antes que por los dientes.

Tormenta tenía una vibración interna mínima, una electricidad casi doméstica, de esas que solo se nota cuando rozas el aire en el momento exacto.

No pasó nada dramático.

Y aun así, el valle cambió.

Un insecto grande, de alas transparentes, se posó sobre una piedra cercana.

Luego otro.

Después, un par de criaturas pequeñas —no más grandes que un puño— asomaron entre la hierba, se detuvieron, y se retiraron con la misma prudencia con la que habían salido.

Observaban.

Medían.

Esperaban.

La Hidra no se movió… hasta que el estómago decidió por ella.

El sonido fue poco digno: un gruñido grave que no parecía de cría, sino de algo que ya se imaginaba enorme sin tener derecho todavía.

Las cuatro cabezas se alzaron casi a la vez.

Fuego reaccionó primero, indignada con el hambre, como si el hambre fuese una falta de respeto.

Hielo calculó dónde estaba Vaelnarya incluso antes de verla.

Veneno olfateó y encontró el rastro más importante: carne.

Tormenta sintió un cosquilleo en el aire… y lo confundió con emoción, como si el mundo le estuviera diciendo “vamos”.

La Hidra se incorporó, lenta y torpe al principio, pero mucho menos que por la mañana.

Las patas buscaron suelo firme.

Las alas se plegaron con mejor control.

La cola —una sola, aún— se colocó como contrapeso.

Al borde del valle, Vaelnarya apareció sin hacer ruido, lo cual era casi ofensivo para alguien de ese tamaño.

Traía algo entre las mandíbulas: un cuerpo grande, reciente, de piel oscura y cuernos cortos.

Lo soltó con cuidado, no como quien lanza comida, sino como quien deposita una lección.

La Hidra se quedó quieta un instante.

No por miedo.

Por atención.

Vaelnarya bajó el cuello y empujó el cuerpo con el hocico, acercándolo unos palmos.

—Come —dijo, sin prisa.

La Hidra se acercó, y ahí salió la parte menos heroica del ser mítico: el cuerpo dudó, las patas delanteras se colocaron demasiado cerca, las alas se abrieron un poco por puro reflejo, y la criatura se quedó medio encajada sobre sí misma, como si no supiera dónde meter todo lo que era.

Vaelnarya observó sin intervenir.

La Hidra, con toda la dignidad que pudo reunir, avanzó un paso.

Luego otro.

Bajó el hocico hacia la presa.

Veneno olió primero, insistente.

Hielo miró la carne con una precisión que parecía desproporcionada para una cría.

Fuego soltó un resoplido caliente, como si la comida fuese demasiado lenta en existir.

Tormenta vibró con esa impaciencia eléctrica que no sabe quedarse quieta.

La Hidra mordió.

No fue una mordida limpia.

Fue un primer intento: dientes contra piel, mandíbula que busca el ángulo, cuello que se tensa demasiado… y un tirón que casi arrastra a la Hidra hacia adelante.

El cuerpo corrigió, plantó las patas, bajó el centro de gravedad, y por fin logró desgarrar un trozo.

La carne caliente llenó la boca.

El sonido de masticar no fue bonito, pero sí real.

La Hidra comía como lo que era: una cría que crecía y necesitaba materia para sostener ese crecimiento.

El valle respondió con una calma extraña.

No se ensangrentó el suelo como si fuera una escena macabra; la tierra absorbió, la hierba se apartó, el aire mantuvo su equilibrio.

Un ciclo natural, sin dramatismo.

Cuando la Hidra terminó el primer trozo, Vaelnarya se movió, dando un paso que hundió apenas la hierba.

—Antes de que el mundo te pida nada… —su voz sonó grave, antigua— debes saber qué puedes hacer sin romperte.

La Hidra levantó las cabezas.

Hielo escuchó como si aquello fuese una regla.

Fuego lo escuchó como si fuese un reto.

Veneno lo escuchó con desconfianza, por si el mundo se aprovechaba.

Tormenta lo escuchó y vibró, porque “hacer cosas” sonaba bien.

Vaelnarya giró el cuello hacia una roca aislada, grande, con vetas claras.

No era una roca sagrada ni nada por el estilo.

Solo una roca.

Eso era lo importante: un objetivo que no se ofendía.

—No lo hagas por impulso —añadió—.

Hazlo por decisión.

La Hidra dio un paso, otro.

Se quedó mirando la roca.

Durante unos segundos, no pasó nada.

Y en ese silencio, se notó la diferencia: el elemento no se encendía solo.

No era una rabieta.

Era una herramienta que debía obedecer.

La primera en intentarlo fue Fuego.

La cabeza se inclinó hacia la roca y el aire alrededor empezó a temblar con calor ondulante.

No salió un aliento espectacular.

Salió una exhalación caliente, espesa, como el primer soplo de un horno que acaba de encenderse.

La roca se calentó… un poco.

Apenas.

Lo suficiente para que, al tocarla el aire, hiciera ese sonido leve de piedra que cambia de temperatura.

Fuego resopló, frustrada.

El orgullo quería un volcán.

El cuerpo solo podía dar una brasa.

Vaelnarya no dijo “bien” ni “mal”.

Solo observó.

La Hidra respiró otra vez, más despacio.

Esta vez lo intentó Hielo.

El aire frente a la cabeza se volvió más frío, pero no de golpe; fue una caída gradual, controlada.

En la roca apareció una película mínima de escarcha, como el primer aliento del invierno en una mañana húmeda.

Pequeño.

Preciso.

Hielo se quedó satisfecha… no feliz, sino correcta.

Veneno fue la tercera.

La cabeza abrió apenas la mandíbula.

No lanzó nada vistoso.

Solo dejó escapar una bruma mínima, tan fina que casi se confundía con el aire.

Aun así, los insectos del borde del valle cambiaron de rumbo al instante, como si hubieran sentido algo que no querían entender.

No era destrucción.

Era advertencia.

Tormenta fue la última.

No agitó alas ni buscó espectáculo.

La cabeza vibró con energía contenida, y un chasquido eléctrico cortó el aire.

No cayó un rayo del cielo.

No hacía falta.

Fue una descarga corta, localizada, que hizo saltar una chispa sobre la roca.

La chispa se apagó al instante, pero dejó una marca mínima, como un beso quemado en la superficie.

Tormenta vibró, orgullosa de sí misma.

La Hidra se quedó quieta.

Con eso, lo único que aprendía era a coordinarse sin agotarse.

Vaelnarya bajó el cuello, acercándose al cuerpo de la cría, y su voz se suavizó un punto.

—Eso es.

Control.

No perfección.

Control.

La Hidra volvió a mirar la roca.

Luego miró el valle.

Luego miró el cuerpo a medio comer.

El hambre seguía ahí, insistente.

Pero ahora había otra cosa: una sensación nueva, tenue, como un hilo.

Capacidad.

La luz seguía bajando hacia la tarde avanzada.

Y con ella, llegó el primer cansancio real.

No el de una caída, sino el de haber usado el cuerpo de forma consciente.

La Hidra se giró hacia el centro del valle, más lenta.

Las patas ya no tropezaban por torpeza, sino por fatiga.

Las alas se plegaron sin quejarse.

La cola se mantuvo baja, equilibrando.

Las cabezas se aquietaron, una a una.

Vaelnarya se quedó en el borde, vigilando sin invadir, como quien protege sin encerrar.

La Hidra se tumbó donde antes.

Y esta vez, el valle no solo la aceptó.

La sostuvo.

La noche aún no había llegado… pero ya se notaba cerca, agazapada tras las colinas, esperando su turno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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