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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Capítulo 2 Un Curioso Descubrimiento
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1: Capítulo 2: Un Curioso Descubrimiento 1: Capítulo 2: Un Curioso Descubrimiento El sol de la tarde se filtraba a través del dosel del Bosque de Albasusurro, proyectando patrones danzantes de luz sobre el suelo cubierto de musgo.

Zain, un joven cuya edad era tan incierta como el rostro oculto bajo su capucha, tarareaba una melodía desafinada mientras examinaba la base de un árbol de corteza pálida.

Sus ojos, lo único visible en la sombra de su túnica, escudriñaban la tierra con una concentración que desmentía su aparente despreocupación.

—Veamos, veamos…

—murmuró para sí mismo, su voz un susurro animado—.

El manual decía “cerca de las raíces de los Alisos Plateados que miran al sol poniente”.

Eres un Aliso Plateado y ese es el sol poniente, así que no me hagas quedar como un tonto.

Se agachó y apartó con cuidado un poco de tierra húmeda.

Sus dedos, manchados de tierra y restos de pociones, se movieron con la delicadeza de un cirujano.

—Por aquí deberían haber raíces de mente.

Son cruciales para el Elixir de Claridad Mental y estoy harto de que mis experimentos de transmutación terminen en…

bueno, en pequeñas explosiones de confeti.

¡Ah, aquí están!

Justo cuando sus dedos rozaron una red de finas raíces que emitían un levísimo brillo violáceo, el mundo a su alrededor se estremeció.

¡ESTRUENDO!

Un sonido atronador, como si el cielo se estuviera partiendo en dos, rasgó la paz del bosque.

No fue un trueno.

Fue más violento, más físico.

El suelo vibró bajo sus rodillas y una bandada de pájaros plateados salió disparada de las copas de los árboles en un pánico ruidoso.

El estruendo fue seguido por el inconfundible crujido de ramas gruesas partiéndose en una rápida y brutal sucesión.

Y todo, muy cerca.

Zain se levantó de un salto, olvidando por completo las preciosas raíces.

La curiosidad, su rasgo más definitorio y a menudo más problemático, se encendió como una hoguera.

Una sonrisa se dibujó en su rostro oculto.

—Bueno, eso —dijo al aire—, es infinitamente más interesante que recolectar ingredientes.

Atraído por el caos como una polilla a la llama, se movió con agilidad entre los árboles, dirigiéndose hacia el origen del disturbio.

El olor a ozono y a algo más, una especie de energía residual que le hacía cosquillas en la nuca, flotaba en el aire.

A los pocos metros, vio la devastación.

Las copas de varios Alisos Plateados estaban destrozadas, como si un meteorito las hubiera atravesado.

En el centro de todo, en un pequeño cráter improvisado, había algo que definitivamente no pertenecía a ese bosque.

O a cualquier otro que él conociera.

Era metal.

Una figura humana completamente encapsulada en una armadura de un diseño extraño y anguloso.

Estaba abollada, rota en algunas partes y manchada de un carmesí oscuro que contrastaba vívidamente con el verde del musgo.

Una espada, o lo que quedaba de ella, seguía aferrada a un guantelete.

Zain notó con fascinación cómo una tenue luz azul parpadeaba en la hoja rota antes de desvanecerse por completo.

Magia.

Definitivamente había magia involucrada.

Se acercó con cautela, sus pasos ligeros sobre la tierra removida.

La figura no se movía.

Al inclinarse, pudo ver a través de la visera abierta del yelmo el rostro de una mujer.

Joven, con el cabello rubio ceniza pegado a la frente por el sudor y la mugre.

Estaba inconsciente, pero su respiración, aunque superficial, era constante.

Zain ladeó la cabeza, su mente analítica ya catalogando cada detalle: la manufactura de la armadura, el símbolo del grifo grabado en ella, la naturaleza de la energía mágica que acababa de sentir.

Era un rompecabezas fascinante.

Un descubrimiento increíble.

Se inclinó sobre ella, la sombra de su capucha cubriendo el rostro de la caballero.

—Vaya, vaya…

—dijo, rompiendo el silencio con su tono alegre y sarcástico—.

No todos los días cae del cielo una señorita de metal.

Dime, ¿está lloviendo caballeros hoy y no me he enterado?

Ella no respondió, su conciencia perdida en el abismo del agotamiento.

Zain suspiró, un sonido más pragmático esta vez.

—Supongo que no.

—Se arrodilló a su lado, examinando sus heridas con una mirada más seria—.

Estás en un estado lamentable.

Pero eres, por mucho, la anomalía más interesante que he encontrado en años.

Se frotó la barbilla, pensativo.

Dejarla allí no era una opción.

Era un desastre a punto de ocurrir si cualquier bestia del bosque la encontraba.

Además, su curiosidad no se lo perdonaría jamás.

—Bueno, señorita caída del cielo —decidió finalmente—.

Parece que hoy es tu día de suerte.

Y quizás, el mío también.

Vamos a llevarte a un lugar un poco más cómodo.

————— Con un “manos a la obra” murmurado para sí mismo, Zain se agachó e intentó pasar un brazo por debajo de los hombros de la caballero para levantarla.

Fue un error de cálculo inmediato y garrafal.

Clank.

No se movió ni un centímetro.

Era como intentar levantar un ancla de barco firmemente asentada en el lecho marino.

Soltó un resoplido, de esfuerzo, sus músculos protestando inútilmente contra el peso muerto del acero y la persona que había dentro.

—De acuerdo, plan B —dijo, dando una palmada a la armadura como si fuera un mueble rebelde—.

Intentemos el método de “costal de patatas”.

Se posicionó mejor, flexionó las rodillas y trató de cargarla sobre su hombro.

Consiguió levantarla unos pocos centímetros del suelo con un gruñido, pero el peso era insostenible.

Si lograba llevarla, tardaría medio día en llegar a Villaclara, el pueblo cercano donde tenía su taller, y probablemente sufriría una hernia en el proceso.

Se detuvo, se enderezó y se sacudió el polvo de las manos.

Una risa silenciosa y contenida sacudió su cuerpo.

¿En qué estaba pensando?

Era un mago.

Se suponía que debía usar la cabeza, no la espalda.

—Qué vergüenza, Zain.

Años de estudio arcano para terminar peleando con la gravedad de forma tan…

mundana.

Extendió una mano y la posó suavemente sobre el peto abollado de Elysia.

Cerró los ojos por un instante, concentrándose.

Las yemas de sus dedos brillaron con una tenue luz plateada, y un patrón casi invisible, similar a una espiral, se dibujó en el aire sobre la armadura antes de desvanecerse en ella.

—Levitas Minor —susurró la palabra de poder.

No era un hechizo de levitación completo, sino una sutil manipulación de la masa gravitacional del objeto.

Un truco muy útil para transportar libros pesados o mover muebles sin rayar el suelo.

Volvió a agacharse y, esta vez, cuando la levantó, la caballero se sintió increíblemente ligera, no más pesada que un gran saco de plumas.

Con una facilidad casi cómica, la acomodó sobre su hombro en un transporte poco elegante pero efectivo.

—Mucho mejor —dijo satisfecho, ajustando la carga inconsciente—.

Ahora, a casa.

Tengo un sinfín de preguntas para ti, mi misteriosa dama de metal.

Y con suerte, no intentarás matarme cuando despiertes.

Sería una terrible forma de agradecerme el rescate.

Con la caballero a cuestas, Zain emprendió el camino a través del bosque, dejando atrás el pequeño cráter y las ramas rotas.

Mientras caminaba, su mente ya estaba trabajando, formulando teorías.

¿Era de otro reino?

¿Una especie de autómata?

¿Y qué era esa energía azul que había usado para frenar su caída?

No se parecía a ninguna escuela de magia que él conociera.

Definitivamente, este hallazgo superaba con creces a un puñado de raíces mágicas.

————— ¡La situación está bajo control (más o menos)!

La ha aligerado y está en camino a su casa/taller en Villaclara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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