Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 10
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10: capitulo 11 10: capitulo 11 Un rato después, el taller parecía un lugar diferente.
La tensión había sido reemplazada por el suave aroma de la manzanilla.
Los tres individuos se encontraban sentados en la pequeña mesa, cada uno con una taza de té humeante frente a ellos, preparada con una gracia natural por Lina.
Elysia, con la espalda recta, había explicado su versión de los hechos.
No hubo adornos ni disculpas.
Habló con la franqueza de un informe de batalla: el hombre la había curado, la había abrumado con preguntas, había invadido su espacio personal sin previo aviso y ella había reaccionado como la habían entrenado para reaccionar ante una amenaza percibida.
Simple.
Lógico.
Lina escuchaba con atención, sus ojos marrones pasando de la expresión seria de Elysia al rostro magullado de Zain.
Zain, mientras tanto, permanecía en silencio, sorbiendo su té.
Pero en su interior, su mente, que la noche anterior había estado bailando con las posibilidades de una nueva era de la magia, ahora estaba sumida en un pánico social de bajo grado.
Esto es un desastre, pensaba, mientras se preguntaba si era físicamente posible que su reputación empeorara.
Un completo y absoluto desastre social…
¿Desde cuándo eso me importa?
Después de todo, Lina no era una habitante más.
Era, en cierto modo, el nexo social del pueblo.
Era la chica más querida, la que organizaba los festivales y cuya sonrisa era prácticamente una institución local.
La historia que saliera de esta habitación, contada por ella, se convertiría en la verdad aceptada.
Y la historia actual era: “El bicho raro de Zain tenía a una mujer misteriosa en su casa que, además, lo golpeó”.
No era precisamente una buena publicidad.
Cuando Elysia terminó su relato, Lina dejó su taza en la mesa con un suave clic.
Miró a Zain.
Luego miró a Elysia.
Luego de nuevo a Zain, y un suspiro que era una mezcla de exasperación y afecto escapó de sus labios.
—Zain —dijo, su tono era el de una hermana mayor corrigiendo a su hermano pequeño y problemático—.
¿Cuántas veces te hemos dicho que no puedes tratar a la gente como si fueran uno de tus experimentos?
La declaración tomó a ambos por sorpresa.
Zain la miró, boquiabierto.
Esperaba miedo, desconfianza, quizás una reprimenda a Elysia.
No esperaba que la culpa recayera sobre él.
Elysia también se sorprendió.
Arqueó una ceja, observando a la joven del pueblo con un nuevo interés.
Esperaba tener que defender sus acciones, pero en su lugar, esta chica la estaba defendiendo a ella, a su manera.
—La gente no son frascos de pociones que puedes agitar para ver qué pasa —continuó Lina, su mirada suavizándose mientras se dirigía a Elysia—.
Discúlpalo, por favor.
Es la persona más inteligente que conozco, pero a veces su curiosidad se olvida de los modales.
Estoy segura de que no quería asustarte.
Luego, su mirada volvió a Zain, con un brillo severo.
—Y tú —dijo, señalándolo con el dedo—.
Te vas a disculpar apropiadamente.
Zain, completamente desarmado por el giro de los acontecimientos y la lógica irrefutable de Lina, solo pudo asentir dócilmente, su rostro una mezcla de vergüenza y alivio.
Por una vez en su vida, su ineptitud social había sido tan predecible que otra persona había logrado resolver el conflicto por él.
La mañana, que había comenzado con un caos, se estaba asentando en algo mucho más extraño ****** Bajo la mirada severa de Lina, Zain se revolvió en su asiento como un niño atrapado en una travesura.
Murmuró algo que sonó sospechosamente como: “Vamos, sé que me lo merecía, pero al menos ella también debería disculparse”.
Lina lo ignoró con la habilidad de alguien que ha tenido años de práctica en descifrar y descartar los refunfuños de Zain.
En su lugar, le dedicó una sonrisa cálida y abierta a Elysia.
—En nombre de este cabeza de chorlito y de todo Villaclara, te doy la bienvenida como es debido —dijo, su tono amable y sincero—.
Lamento que tu llegada haya sido tan…
caótica.
Por primera vez, la armadura invisible de la compostura de Elysia pareció aflojarse una micra.
La genuina amabilidad de la chica, sin segundas intenciones ni miedo, era más desarmante que cualquier amenaza.
—Gracias —respondió Elysia, y la palabra, aunque simple, tenía un peso considerable.
Satisfecha, Lina asintió.
Pero entonces, su expresión cambió.
La alegría de su rostro se desvaneció, reemplazada por una sombra de preocupación que parecía más profunda que la que había mostrado por el moretón de Zain.
El ambiente, que se había vuelto casi cómodo, cambió de nuevo.
—Bueno —dijo, sus manos jugueteando con el borde de su taza de té—.
La verdad es que no he venido solo para traerte manzanas y un regaño.
Vine a buscarte para otra cosa, Zain.
Zain levantó la vista, su propia vergüenza olvidada al instante al ver el cambio en la expresión de Lina.
—¿Qué ocurre?
—preguntó, su tono volviéndose serio.
—Es el pequeño Thomas, el hijo del leñador —dijo Lina en voz baja—.
Lleva dos días con una fiebre que no cede.
Y esta mañana…
su madre dice que le han empezado a salir unas manchas extrañas en la piel.
Oscuras, como hematomas.
El curandero del pueblo no sabe qué es, dice que nunca ha visto algo así.
La descripción hizo que la mente de Zain se activara, su pánico social reemplazado por el enfoque frío de un sanador.
—Sabía que estarías ocupado —continuó Lina, su voz teñida de súplica—, pero…
eres el único que puede ayudar.
El único que podría saber qué es.
Un pesado silencio cayó sobre la mesa.
La petición de Lina no era solo para Zain.
Era una intrusión del mundo real, un problema que no tenía nada que ver con dimensiones paralelas o sistemas de magia opuestos.
Era un niño enfermo.
Zain miró hacia la puerta, su mente ya repasando los síntomas y las posibles causas.
Luego, casi por instinto, su mirada se desvió hacia Elysia.
Ella estaba sentada en silencio, escuchando, con una expresión indescifrable en su rostro.
Ya no era una anomalía que estudiar ni una amenaza que contener.
Era un testigo, un factor desconocido en una nueva y urgente ecuación.
Zain decidió no perder más tiempo.
Si bien Elysia era, sin duda, el objeto de estudio más fascinante de toda su vida, su deber con el pueblo en el que vivía tenía un valor un poco más inmediato.
Un pueblo sano y funcional era un laboratorio estable.
Un pueblo presa del pánico y la enfermedad era…
un inconveniente.
Y de no ser por la paz relativa de Villaclara, no podría investigar de forma tan tranquila.
Con una nueva energía, se levantó de la mesa, su ineptitud social reemplazada por la eficiencia de un profesional.
Se dirigió a un aparador y tomó varios objetos: una lupa con varias lentes de cristal intercambiables, una serie de frascos de vidrio vacíos y un juego de pinzas finas de plata.
Metió todo con cuidado en un maletín de cuero gastado que parecía haber visto muchos viajes.
Se colgó el maletín al hombro y se volvió hacia Lina.
Con una voz que era a la vez alegre y profesional, dijo: —Guía el camino, Lina.
Veamos qué le ocurre a ese pequeño.
Ambos se dirigieron hacia la puerta.
Lina le dedicó una última sonrisa de agradecimiento a Elysia, un gesto que ella devolvió con un leve y rígido asentimiento.
Zain se detuvo en el umbral y miró a Elysia por encima del hombro.
Una pizca de su habitual humor sarcástico regresó a sus ojos.
—Intenta no romper nada más mientras no estoy —dijo—.
Y cuida de Pepe.
Es un conversador muy exigente.
Y con eso, él y Lina salieron, cerrando la puerta detrás de ellos y dejando a Elysia sola de nuevo en el taller silencioso.
Ella observó la puerta cerrada por un largo momento.
La fácil camaradería entre el mago y la chica del pueblo, la urgencia de un problema real…
todo ello subrayaba su propia y extraña posición.
Un niño enfermo.
Un problema tangible en un mundo real, que requería una solución real.
Su vida en Aethelgard había estado llena de problemas así, pero a una escala monumental.
Hordas de demonios, reinos en guerra, la supervivencia de la humanidad.
Su propósito siempre había sido claro, su papel, vital.
Aquí…
su propósito era cuidar de un grillo en un frasco.
Miró la pila de su armadura, que brillaba débilmente a la luz de la mañana.
Luego volvió a mirar la puerta por la que se habían marchado.
Por primera vez desde que había caído del cielo, no se sentía como una guerrera o una prisionera.
Se sentía irrelevante.
Y esa, decidió, era una sensación mucho peor.
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