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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capitulo 13 Confia en el extraño mago
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12: Capitulo 13: Confia en el extraño mago 12: Capitulo 13: Confia en el extraño mago El sendero que salía del centro del pueblo hacia el bosque era estrecho y familiar.

Zain y Lina caminaban a buen ritmo, el maletín de cuero de él golpeando suavemente contra su cadera.

Se dirigían directamente a la casa de Gregor, el guardabosques y leñador del lugar.

Un hombre rudo, con manos como jamones y una barba que parecía tener vida propia, pero que se convertía en un cordero temeroso cuando se trataba de su familia.

Mientras caminaban bajo el dosel de los árboles, Lina rompió el silencio.

—Así que…

Elysia —dijo, su tono casual, pero con un matiz de curiosidad que Zain no pasó por alto.

—¿Qué pasa con ella?

—respondió él, su mente ya repasando los síntomas de fiebres con erupciones cutáneas.

—Bueno…

es impresionante —dijo Lina, eligiendo sus palabras con cuidado—.

¿Qué piensas de ella?

Zain se encogió de hombros, sus ojos fijos en el camino.

—Es una anomalía fascinante.

Una fuente de datos sin precedentes.

La divergencia en la aplicación de su energía vital como sistema de poder autosuficiente podría reescribir todos los principios de la taumaturgia moderna.

Es, literalmente, un universo nuevo de investigación.

Lina suspiró, una pequeña nube de vaho en el aire fresco de la mañana.

—No me refería a eso, Zain.

Me refería a ella.

—Hizo una pausa y luego lanzó una indirecta con la sutileza de un martillo de guerra—.

¿No crees que es…

linda?

Zain se detuvo y la miró, completamente perplejo.

La pregunta pareció cortocircuitar su cerebro analítico.

Procesó la palabra “linda” como si fuera un término técnico que nunca había encontrado.

—¿”Linda”?

—repitió, ladeando la cabeza—.

Sus rasgos faciales son simétricos, lo que es estadísticamente agradable a la percepción visual humana.

La estructura ósea es robusta, indicativa de una buena salud.

La pigmentación de su iris es un gris poco común, probablemente un rasgo genético recesivo en su mundo de origen.

Supongo que, desde una perspectiva puramente biológica y estética, cumple con los criterios.

¿Por qué lo preguntas?

¿Es relevante para el caso de Thomas?

Lina se llevó una mano a la cara, conteniendo una risa que era una mezcla de incredulidad y cariño.

—Olvídalo —dijo, reanudando la marcha—.

A veces hablo contigo y me pregunto si no caíste tú también de otro mundo.

Llegaron a un pequeño claro donde se alzaba una robusta cabaña de troncos, con un hacha clavada en un tocón cerca de la entrada.

Un hombretón con una barba poblada y ojos llenos de pánico salió a recibirlos.

Era Gregor.

—¡Zain!

¡Gracias a los dioses!

—dijo, su voz, normalmente un trueno, ahora era un murmullo tembloroso—.

¡Es Thomas!

¡No deja de temblar y las manchas…

las manchas se están extendiendo!

—Tranquilo, Gregor —dijo Zain, su tono cambiando instantáneamente al de un profesional calmado y autoritario—.

Déjame verlo.

Entraron en la cabaña, que olía a madera de pino y a miedo.

En una pequeña cama, un niño de unos siete años yacía pálido y sudoroso, temblando bajo una gruesa manta de lana.

Su madre lo secaba con un paño húmedo, sus ojos rojos de tanto llorar.

Sobre la piel pálida del niño, se extendían unas feas manchas oscuras, casi negras, con un patrón extraño, como si fueran las venas de una hoja.

Zain dejó su maletín en una mesa y se acercó al niño.

Se puso unos guantes finos de cuero y examinó una de las manchas con cuidado.

No era un hematoma.

Parecía…

una corrupción.

Se irguió, su rostro inusualmente serio.

—Nunca he visto esto antes —admitió en voz baja, no a los padres, sino a sí mismo.

En un pueblo normal, con un curandero normal, esas palabras habrían sido una sentencia de muerte, una declaración de desesperanza.

Pero en Villaclara, la gente había aprendido a confiar en el extraño mago.

Sabían que cuando Zain decía “nunca he visto esto antes”, no significaba “no sé qué hacer”.

Significaba: “Esto es interesante.

Es hora de empezar a trabajar”.

_______________ —¿Qué es?

¿Es una plaga?

¿Está maldito?

—preguntó Gregor, el padre del niño, su voz cargada de un pánico apenas contenido.

Su esposa sollozaba en silencio a su lado.

Zain no respondió de inmediato.

Abrió su maletín y sacó la lupa con las lentes intercambiables.

Eligió una lente de un color azul pálido, casi translúcido, y la encajó en el marco.

—Sujétalo —le dijo a Lina, mientras se inclinaba de nuevo sobre el niño.

Acercó la lupa especial a una de las manchas oscuras.

No era un simple artefacto de aumento; era una herramienta de diagnóstico arcano.

A través de la lente encantada, el mundo visible se desvanecía, reemplazado por el resplandor de las energías mágicas.

Era una de las pocas herramientas que había conservado de su tiempo en la Academia, y le permitía ver cosas que los ojos normales no verían.

Lo que vio le heló la sangre.

Las manchas no eran solo una decoloración de la piel.

Eran hebras de energía púrpura y negra, finas como hilos de araña, que se introducían en el niño.

Se movían, pulsaban con una vida lenta y maligna, convergiendo en un punto cerca de su corazón.

No era un patrón aleatorio.

Era dirigido.

Era parasitario.

Zain se enderezó, su rostro sombrío.

—Esto no es una enfermedad —dijo con total concentración, su voz dejando claro que no había lugar para el debate—.

Es veneno.

Veneno mágico.

Sacó una de las finas pinzas de plata de su maletín y, con una precisión increíble, tocó el centro de una de las manchas.

La punta de plata siseó y emitió un humo negro, como si hubiera tocado ácido.

El niño gimió de dolor.

—¡Zain!

—gritó la madre.

—Tranquila —ordenó él con calma—.

Necesitaba confirmarlo.

—Se volvió hacia Gregor, su mirada dura como el acero—.

¿Dónde ha estado jugando Thomas estos últimos días?

¿Se ha acercado al Cañón Sombrío?

¿Ha traído algo extraño del bosque?

Gregor negó con la cabeza, desesperado.

—No, solo ha estado en el arroyo que está al este, donde siempre juega.

No se aleja mucho.

Zain procesó la información.

El arroyo.

Agua corriente.

Un lugar perfecto para un encuentro casual.

Con un rápido vistazo a través de su lupa, entendió la verdad.

Esto no era obra de un hechizo malicioso.

Era algo peor.

Era el mordisco o el rasguño de una “bestia corrupta”.

Animales que solían ser normales —un tejón, una rata de río, incluso un insecto— pero que, debido a la exposición a las cicatrices residuales de “La Fractura”, se llenaban de algo que los magos llamaban simplemente la “corrupción”.

Una energía vil y antinatural que retorcía la carne y el instinto, convirtiendo a criaturas ordinarias en portadores de plagas y venenos arcanos.

—Fue una criatura —dijo Zain, su voz sonando definitiva—.

Una pequeña.

Probablemente ni siquiera se dio cuenta de que lo había herido.

Pero lo ha infectado con corrupción.

Se volvió hacia los padres, y por primera vez, había una sombra de incertidumbre en su rostro.

—Puedo intentar neutralizar el veneno.

Pero es lento y peligroso.

La única forma de curarlo de verdad es conseguir un antídoto.

Y para eso…

—hizo una pausa, su mirada perdiéndose en la distancia—.

Para eso, necesito un componente de la propia criatura que lo mordió.

Necesito encontrarla.

______________ El pánico en el rostro de Gregor fue reemplazado por la determinación desesperada de un padre.

—¿Qué criatura?

¡Iré contigo!

¡Te ayudaré a cazarla!

Zain ya se estaba moviendo, guardando apresuradamente sus artefactos en el maletín de cuero.

No había tiempo que perder.

La corrupción se extendía, lenta pero inexorablemente, hacia el corazón del niño.

—¡No!

—dijo Zain con una firmeza que silenció al corpulento leñador—.

No puedes hacer nada.

Quédate aquí.

—¡Es mi hijo!

¡No voy a quedarme de brazos cruzados!

—protestó Gregor, dando un paso al frente.

Zain se giró y lo enfrentó, su mirada intensa y sin concesiones.

—Escúchame con atención, Gregor —dijo, su voz cortante y precisa—.

La razón por la que tu hijo sigue con vida es por su juventud.

Su fuerza vital, aún en crecimiento, está luchando contra el veneno, ralentizándolo.

Si un adulto, como tú o como yo, llegara a ser infectado…

—hizo una pausa, dejando que el peso de sus siguientes palabras se asentara—.

El veneno se extendería en minutos, no en días.

No sería capaz de salvarte.

Estarías muerto antes del anochecer.

La brutal honestidad de Zain golpeó a Gregor como un puñetazo en el estómago.

Retrocedió, su rostro palideciendo bajo la barba.

La idea de no poder luchar, de ser impotente ante esta amenaza invisible, era más aterradora que cualquier bestia del bosque.

Zain se dirigió a Lina.

—Hierve agua.

Mantén las compresas frías en su frente.

Y, pase lo que pase, no dejes que nadie más toque las manchas.

La corrupción puede transmitirse por contacto si hay heridas abiertas.

Lina asintió, su rostro pálido pero resuelto, y se puso a trabajar inmediatamente.

Con su maletín en la mano, Zain se dirigió a la puerta.

No había tiempo para más explicaciones.

Cada segundo que pasaba era un segundo que el veneno ganaba.

—¿A dónde vas?

—preguntó la madre con voz temblorosa.

—Al arroyo —respondió Zain sin mirar atrás—.

Voy a cazar.

Salió de la cabaña, dejando atrás a una familia rota y el olor a miedo.

Se detuvo por un momento en el claro, respirando el aire fresco del bosque, su mente corriendo a toda velocidad.

Necesitaba rastrear a una pequeña criatura, probablemente no más grande que su mano, en un bosque entero, basándose solo en el rastro de la corrupción.

Era una tarea casi imposible.

Necesitaba encontrarla, matarla y extraer el componente necesario para el antídoto.

Y necesitaba hacerlo rápido.

Y tenía que hacerlo solo.

Era un investigador, no un cazador.

Un sanador, no un guerrero.

De repente, la imagen de una mujer de ojos grises sentada en el suelo de su taller, puliendo una armadura con la devoción de un monje, apareció en su mente.

Maldición, pensó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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