Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 13
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13: capitulo 14: Estudio y Propósito 13: capitulo 14: Estudio y Propósito Zain no tenía tiempo que perder.
El hecho de que hubieran pasado dos días desde que el niño fue envenenado era un dato alarmante.
Su conocimiento sobre la corrupción, aunque teórico, era claro en un punto: cuanto más tiempo vive una bestia corrupta, más energía vil acumula.
Se hace más fuerte, más grande, más peligrosa.
El veneno que produce se vuelve más potente.
Lo que podría haber sido un simple roedor de río ahora podría ser un monstruo del tamaño de un perro con una malicia antinatural.
Cada segundo contaba.
Correr por el sendero era demasiado lento.
Se detuvo en medio del camino, el sonido de su propia respiración resonando en el silencio del bosque.
Cerró los ojos por un instante.
Colocó dos dedos de su mano derecha, el índice y el corazón, juntos frente a él y trazó un patrón rápido en el aire, un círculo con una flecha que lo atravesaba.
—Accelerar —susurró la palabra de poder.
Una ráfaga de aire visible se arremolinó a su alrededor, cubriendo su cuerpo con un tenue resplandor plateado.
Era un hechizo de celeridad, simple pero efectivo.
Cuando abrió los ojos, el mundo parecía moverse un poco más despacio.
Sus pasos se volvieron ligeros, largos, devorando el camino a un ritmo que habría dejado sin aliento al mejor de los atletas.
Mientras su cuerpo volaba por el bosque, su mente trabajaba con la misma velocidad.
El problema no era el diagnóstico.
El problema era la solución.
Él era un erudito, no un guerrero.
Podía crear el antídoto, pero necesitaba el catalizador biológico de la criatura.
Podía rastrear la corrupción, pero enfrentarse a una bestia enloquecida, por pequeña que fuera, era un riesgo que no podía permitirse.
Era un problema de aplicación, no de teoría.
Y entonces, la solución se presentó en su mente, tan obvia como inevitable.
Elysia.
La ironía era casi insoportable.
La anomalía que había estado estudiando con tanto fervor era ahora su única esperanza.
Tenía que volver, tragarse su orgullo, y pedirle ayuda a la mujer a la que había tratado como a un espécimen y que, en respuesta, le había dejado un doloroso recordatorio en la mandíbula.
Pero entonces, otro pensamiento, uno puramente académico y egoísta, se abrió paso.
Esta no era solo una crisis.
Era una oportunidad.
Una oportunidad de estudio sin precedentes.
Ver el “aura” de Elysia en un entorno controlado era una cosa.
¿Pero observarla en acción?
¿En una situación de combate real?
Los datos que podría obtener serían invaluables.
El pragmatismo y la curiosidad científica se fusionaron, dándole un nuevo propósito a su urgencia.
Llegó a su taller como una ráfaga de viento, el hechizo de celeridad disipándose en chispas plateadas mientras abría la puerta de golpe.
Elysia levantó la vista del libro de bestiarios, su expresión tranquila y alerta.
No pareció sorprendida por su repentina y agitada llegada.
—Hay un problema —dijo Zain, sin aliento, su tono desprovisto de cualquier formalidad o sarcasmo.
Era la voz de un sanador enfrentado a un reloj que corría en su contra.
Rápidamente, le explicó la situación: el niño, el veneno, la bestia corrupta, su necesidad de un componente para el antídoto y su incapacidad para conseguirlo solo.
Mientras hablaba, observó a Elysia.
Ella escuchaba, su rostro una máscara de calma, pero sus ojos grises se agudizaron.
Pudo ver cómo su mente procesaba la información, no como una historia triste, sino como un informe de misión.
—Tu conjunto de habilidades —dijo Zain finalmente, la frase sonando torpe y académica en su boca—, tu experiencia en combate contra entidades anómalas…
es el único recurso lógico aplicable a esta situación.
Elysia no respondió de inmediato.
Su mirada se desvió del rostro de Zain, al libro de bestias que tenía en el regazo, y luego a la pila de su armadura en la esquina.
Un niño envenenado.
Un monstruo que cazar.
Un propósito.
Lentamente, cerró el libro y se puso de pie.
—Prepara lo que necesites para el antídoto, mago —dijo, su voz resonando con una autoridad que Zain no había oído desde la noche anterior—.
Yo me encargaré de la cacería.
Zain sintió una oleada de alivio tan intensa que casi se tambaleó.
—Excelente —logró decir, su mente ya corriendo—.
Esto presenta una oportunidad única para documentar la eficacia de tu aura contra un vector de corrupción de clase…
—No soy un sujeto de estudio, mago —lo interrumpió Elysia, su mirada de acero clavándose en la suya—.
Soy un caballero.
Y hay un niño que salvar.
Dame cinco minutos para armarme.
Zain se quedó en silencio, procesando la reprimenda.
Tenía razón.
Asintió, un gesto corto y brusco, y salió del taller para darle espacio.
Esperó afuera, su impaciencia creciendo con cada segundo que pasaba.
El maletín, lleno de objetos para preparar el antídoto en el momento en que mataran a la bestia, se sentía pesado en su mano.
Podía oír los sonidos metálicos desde el interior, los familiares clics y clanks de un soldado vistiéndose para la batalla.
Y entonces, escuchó la puerta abrirse.
Zain se giró, esperando ver a la caballero de la armadura plateada y abollada que había caído del cielo.
Pero la persona que salió de su taller no era esa.
De ella salió una figura cubierta de pies a cabeza con una armadura.
El diseño era el mismo: las hombreras angulosas, el peto con el grabado del grifo.
Pero el color había cambiado por completo.
La armadura no era plateada.
Era del color de la obsidiana pulida, un negro profundo y líquido que parecía absorber la luz de la mañana.
No era el negro mate de la corrupción, sino un negro brillante, elegante y, al mismo tiempo, temible.
Hacía que su silueta pareciera más afilada, más letal.
En su mano, sostenía lo que quedaba de su mandoble, la hoja rota brillando extrañamente contra el nuevo color oscuro de su guantelete.
Zain se quedó sin palabras.
Su cerebro, que había aceptado la existencia de otro mundo y un sistema de magia imposible, luchaba por procesar este nuevo dato.
¿Pintura?
Imposible.
¿Un conjunto diferente de armadura?
No había visto ninguno.
Era la misma armadura.
Pero había cambiado.
—Tu armadura —logró decir, su voz una mezcla de asombro y confusión—.
Es negra.
¿Cómo?
Elysia se ajustó el yelmo, el sonido metálico resonando en el aire.
No se detuvo a explicar la ciencia detrás de ello.
Para ella, no era ciencia.
Era propósito.
—El plateado es el color de un juramento a la luz, el color de la defensa de un reino —dijo, su voz resonando metálica y profunda a través del casco—.
El negro es el color de la cacería.
Es el color del deber en las sombras.
Se movió, pasando a su lado sin esperar una respuesta.
—Vamos, mago.
El tiempo apremia y la presa nos espera.
Zain se quedó allí por un segundo más, mirando la espalda de la caballero negra.
La anomalía, el sujeto de estudio, se había transformado ante sus ojos en algo nuevo, algo que sus libros no podían explicar.
Y por primera vez, sintió que él no era el experto guiando a un extraño.
Era el erudito siguiendo a un depredador.
Sacudió la cabeza, una sonrisa de pura fascinación cruzando su rostro, y corrió para alcanzarla.
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