Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 Capitulo 16Bestia Corrupta 2
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15: Capitulo 16:Bestia Corrupta (2) 15: Capitulo 16:Bestia Corrupta (2) El chillido agudo los impulsó a moverse.
El pequeño grupo de aventureros corrió desesperadamente, tropezando con raíces y rocas hasta que irrumpieron en un pequeño claro junto al arroyo.
Era un espacio abierto, un aparente refugio.
Pero también era una arena.
—¡Aquí!
¡Rápido!
—gritó Mael.
Borin depositó con cuidado a Elora cerca de la base de un viejo roble, lejos del centro del claro.
Lyra, la exploradora, se arrodilló a su lado, desenvainando una daga con una mano mientras con la otra comprobaba el pulso de la chica enferma.
Sus ojos, por encima del pañuelo, eran dos pozos de determinación y miedo.
Los dos guerreros se pusieron en posición de combate, espalda contra espalda por un instante, antes de volverse para encarar la espesura de la que habían huido.
Borin plantó su escudo redondo firmemente en el suelo y desenvainó su pesada maza.
Mael ajustó el agarre de su estoque, su postura tensa como la cuerda de un arco.
El silencio que cayó después fue antinatural, solo roto por el suave murmullo del arroyo y los gemidos febriles de Elora.
Entonces, desde las sombras del bosque, algo emergió.
La bestia que los perseguía se presentó frente a ellos.
Tenía el tamaño de una oveja muy lanuda, pero ahí terminaba cualquier parecido con una criatura normal.
Su pelaje no era lana, sino un amasijo negro, apelmazado y grasiento, que se movía como si estuviera vivo.
Su espalda estaba arqueada de forma antinatural, sus extremidades eran demasiado largas y delgadas, dándole un aspecto arácnido.
Un tenue humo púrpura emanaba de su cuerpo.
Lo que alguna vez había sido una rata de río, un animal inofensivo y cobarde por naturaleza, ahora era el depredador ápex del bosque.
Sobre su rostro deforme, un mosaico de ojos rojos y brillantes, desprovistos de inteligencia, solo llenos de un hambre maligna, los observaban.
Dejó escapar un chirrido agudo, una mezcla del sonido de un roedor y de algo sobrenatural.
—¡Por Elora!
—gritó Mael, su voz temblando ligeramente a pesar de su esfuerzo—.
¡No retrocederemos!
La bestia respondió.
Se lanzó hacia adelante, no con la carrera de un animal, sino con una serie de espasmos antinaturales que cubrieron la distancia en un parpadeo.
Apuntó a Borin, el objetivo más grande.
El guerrero rugió y recibió la carga con su escudo.
El impacto fue brutal, un ¡CRACK!
ensordecedor que resonó en todo el claro.
El escudo de madera y hierro se abolló visiblemente, y Borin fue lanzado hacia atrás varios pasos, sus botas derrapando en la tierra.
Aprovechando la apertura, Mael se lanzó a un lado, su estoque buscando el flanco de la bestia.
Pero su hoja, diseñada para estocadas precisas, se deslizó por la piel endurecida con un chirrido frustrante, sin lograr penetrar.
La criatura, ignorando a Borin, se giró hacia Mael con una velocidad aterradora.
Un zarpazo de sus garras negras y curvas, largas como dagas, rasgó el aire.
Mael apenas logró interponer su brazo, y las garras desgarraron su armadura de cuero como si fuera tela, dejando cuatro surcos sangrientos en su antebrazo.
Gritó de dolor y retrocedió, tropezando.
Estaban superados.
Estaban atrapados.
Y la bestia, con un hambre renovada al oler la sangre fresca, se preparaba para su segundo ataque.
Viendo a Mael caer, Borin rugió de furia y desesperación.
Ignorando su propia seguridad, se lanzó hacia adelante e intentó ir en su ayuda, golpeando con su maza la cabeza de la bestia con todas sus fuerzas.
El impacto fue un ¡CRACK!
sordo de hueso contra hueso.
Pero no funcionó.
La bestia apenas se inmutó, como si la hubieran golpeado con una rama.
En respuesta al molesto ataque, solo movió su cola larga y musculosa, gruesa como el brazo de un hombre, y la azotó lateralmente.
La cola golpeó el costado de Borin de forma tan brutal que el metal de su armadura se hundió con un gemido agudo.
El guerrero salió disparado, un grito ahogado escapando de sus labios antes de chocar contra un árbol y desplomarse en el suelo, inmóvil.
La fuerza del golpe fue tal que, de no ser por su físico robusto y la protección del metal, el pobre hombre habría sido partido en dos.
Todo estaba perdido.
Mael estaba herido y desarmado.
Borin estaba inconsciente.
La criatura olfateó el aire, su mosaico de ojos rojos pasando por encima de los guerreros caídos.
Su mirada se fijó en el objetivo más débil, el más vulnerable.
Miró directo a la exploradora.
Con un chillido de triunfo, la bestia se lanzó.
No corrió, se evaporó.
Se convirtió en un borrón de pelaje negro y garras extendidas, una bala de corrupción disparada con una velocidad antinatural directamente hacia Lyra y la chica indefensa a sus pies.
Las garras estaban a escasos centímetros de la cara de Lyra.
El tiempo pareció detenerse.
Ella no tuvo tiempo de gritar, ni siquiera de levantar su daga.
Solo pudo mirar con horror su muerte inminente.
Pero algo pasó.
La bestia no golpeó la carne.
Golpeó algo sólido y traslúcido que apareció de la nada.
¡¡¡CHRR-ZZZT!!!
Un panel de luz plateada, con un patrón de hexágonos brillantes, se materializó en el aire un instante antes del impacto.
Las garras de la bestia chirriaron contra la barrera mágica que apareció de repente, la cual se onduló violentamente pero no se rompió.
La criatura fue repelida, lanzada hacia atrás por su propio impulso, y aterrizó en un revoltijo de miembros confundidos.
La barrera parpadeó una última vez y se desvaneció.
Desde la línea de árboles por la que había huido el grupo, dos figuras emergieron.
Uno era un mago desaliñado de cabello rubio pálido, con una mano extendida, de cuyos dedos aún emanaban volutas de energía plateada.
Su rostro no mostraba miedo ni pánico, solo una concentración fría y absoluta.
La otra figura era una silueta de acero negro.
Una caballero, inmóvil como una estatua, que sostenía una hoja de espada rota en su mano.
Su yelmo se giró lentamente, evaluando la escena: los guerreros caídos, la chica enferma, la bestia que se levantaba.
Elysia había encontrado su presa.
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