Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 18
- Inicio
- Todas las novelas
- Crónicas de un mundo Roto
- Capítulo 18 - 18 capitulo 19 Solo curiosidad
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: capitulo 19: Solo curiosidad 18: capitulo 19: Solo curiosidad A la mañana siguiente, la posada “El Jabalí Risueño” de Villaclara olía a cerveza y a cera para cuero.
En una mesa en la esquina de la sala común, el pequeño grupo de aventureros preparaba su equipo dañado antes de llevarlo con el herrero del lugar.
Borin, con el ceño fruncido por la concentración, martilleaba usando su mano con cuidado la gran abolladura de su escudo redondo, intentando devolverle su forma.
Mael afilaba su estoque con una piedra de afilar, el sonido rítmico del acero contra la piedra llenando su rincón.
—Todavía no puedo creerlo —gruñó Borin, sin dejar de martillear—.
Un corte.
Un solo y maldito corte.
Mael asintió, sin levantar la vista de su hoja.
—Era como si el monstruo estuviera hecho de papel para ella.
Y la armadura…
¿viste cómo se movía con ella?
Como si no pesara nada.
No podían dejar de hablar de ella, del Caballero Oscuro.
La increíble fuerza y la elegancia letal que habían presenciado habían generado sobre ellos un peso de asombro y una pizca de terror profesional.
Solo dos personas estaban en silencio.
Lyra, la exploradora, que limpiaba y tensaba su arco con una calma metódica, y Elora, la joven maga, que se había pasado toda la mañana mirando fijamente una taza de té fría.
Estaba más curiosa de lo normal.
—No fue solo ella —dijo finalmente Elora, su voz baja y pensativa.
Los dos guerreros se detuvieron y la miraron.
Lyra también levantó la vista.
—Lyra me contó lo que pasó antes de que llegaran —continuó Elora, mirando a su amiga exploradora—.
La barrera que creó ese mago extraño.
—Sí, una suerte que apareciera —dijo Mael—.
Nos salvó el pellejo.
—No lo entiendes —insistió Elora, su tono volviéndose más serio—.
Ese tipo de barrera…
no puede ser creada por un simple mago de pueblo.
O al menos, no por un mago común.
Mael frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
La magia es magia, ¿no?
Elora suspiró, como una maestra a punto de explicar algo obvio pero fundamental.
—Las habilidades de un mago dependen de su “Nivel de Flujo Ambiental”.
Es nuestra capacidad para extraer y dar forma a la magia del entorno.
Va desde el más bajo, el Nivel 10, hasta el más alto, el Nivel 1, que ya es prácticamente una deidad andante.
»Yo, por ejemplo, soy un Nivel 7 decente.
Los maestros de la Academia que me enseñaron apenas llegan al Nivel 5.
Y luego están los Pilares, los cuatro Archimagos que se dice que superan el Nivel 3.
Son leyendas.
Los demás la escuchaban, empezando a entender.
—Una barrera como la que Lyra describe —explicó Elora, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y miedo—, tan instantánea, tan estable como para detener la carga de una bestia corrupta…
eso requiere un Nivel 5 como mínimo.
Y probablemente un Nivel 4 para hacerlo con esa facilidad.
Borin dejó el martillo.
—¿Estás diciendo…
que el mago desaliñado del pueblo…
está al nivel de un maestro de la Academia?
—Estoy diciendo que un mago de ese calibre no vive en un pueblo perdido como Villaclara, curando fiebres y cazando bestias corruptas —corrigió Elora, su voz bajando a un susurro—.
A menos que se esté escondiendo.
El peso de sus palabras cayó sobre ellos.
Habían sido salvados no por una, sino por dos anomalías aterradoras.
Una guerrera misteriosa y un mago arcano de un poder inmenso que fingía ser un simple sanador de pueblo.
La curiosidad en el rostro de Elora ahora estaba teñida de peligro.
—Entonces —dijo Mael, resumiendo el pensamiento de todos—, ¿quién demonios es ese tipo?
El peso de sus palabras cayó sobre ellos, denso y frío como la niebla.
En ese momento, una voz tan dulce como la miel y tan cálida como los rayos del sol les habló, haciéndolos sobresaltar a los cuatro.
—No estaréis hablando de nada demasiado serio sin mí, ¿verdad?
Era Lina.
Se había acercado a su mesa sin que ninguno de ellos, ni siquiera la atenta Lyra, la hubiera oído llegar.
Llevaba una cesta vacía en el brazo y una sonrisa tan genuina que parecía fuera de lugar en medio de su conversación sombría.
Mael casi deja caer su estoque.
Borin se tensó, como si esperara un ataque.
—¡Señorita Lina!
—dijo Mael, tratando de sonar casual y fallando miserablemente—.
No, nosotros solo…
eh…
planeábamos el día.
—¡Os oí desde la barra!
—rio ella—.
Murmurando como si estuvierais tramando robar las tartas de mi padre.
—Su sonrisa se suavizó—.
Escuché que necesitabais ir al taller de Gunter, el herrero.
Es un poco gruñón por las mañanas.
Pensé que podría hacer de intermediario y guiaros.
Los aventureros intercambiaron una mirada rápida.
Era una oferta amable, pero ahora veían a esta chica del pueblo bajo una nueva luz.
Era la amiga del misterioso mago.
Mael, como líder, tomó la decisión.
—Eso sería…
de gran ayuda.
Gracias.
Mientras recogían sus cosas, Mael intentó pescar información de la forma más sutil que pudo.
—Así que…
conoces bien a ese mago, ¿a Zain?
La pregunta hizo que Lina se iluminara.
—¿Oh, Zain?
¡Claro!
¡Es nuestro bicho raro local!
—dijo con un afecto evidente—.
Ha estado aquí un par de años.
Arregla huesos rotos, prepara ungüentos para la tos y a veces hace que su chimenea eche humo de colores extraños.
Es brillante, pero más despistado que una oveja en una biblioteca.
¿Por qué?
¿Os causó problemas?
Los aventureros volvieron a intercambiar una mirada.
La descripción de Lina era tan normal, tan mundana, que hacía que sus sospechas parecieran aún más siniestras.
“Bicho raro local”.
Si supiera la verdad…
—No, para nada —mintió Mael, forzando una sonrisa—.
Solo…
curiosidad.
Es un hombre…
interesante.
—¡Desde luego que lo es!
—confirmó Lina, completamente ajena a la corriente subterránea de la conversación—.
¡Vamos, os llevaré!
Si le llevamos un bollo de canela, Gunter estará mucho más dispuesto a arreglar vuestro equipo.
Y con eso, la alegre hija del panadero comenzó a guiarlos por el pueblo, mientras que detrás de ella, cuatro aventureros la seguían en silencio, sintiéndose como si estuvieran caminando por un campo de minas del que solo ellos conocían la existencia.
Cada habitante sonriente, cada casa pintoresca, ahora parecía ocultar secretos insondables.
———— Guiados por Lina, el pequeño grupo se acercó al corazón ruidoso del pueblo: la herrería.
El sonido rítmico de un martillo contra un yunque resonaba en el aire, una canción familiar y tranquilizadora.
Pero a medida que se acercaban, otro sonido se unió al martilleo: los gritos de protesta de un hombre.
—¡Ya te he dicho que no, Zain!
¡No voy a meter esa…
esa basura en mi fragua!
¡Parece escoria encantada!
El grupo de aventureros se detuvo, intercambiando una mirada nerviosa.
Lina, sin embargo, suspiró con una sonrisa divertida.
—Ah, parece que Gunter está de su humor habitual.
Se asomaron al amplio y oscuro taller.
En el centro, frente al resplandor anaranjado de la fragua, estaba Gunter, el herrero.
Era un hombre bajo y macizo, con brazos como troncos de árbol y un delantal de cuero cubierto de hollín.
Estaba discutiendo acaloradamente con Zain.
A un lado, silenciosa e imponente como una estatua, estaba Elysia, con su armadura negra.
Sostenía varias piezas de la misma —un guantelete abollado, una hombrera agrietada— que claramente requerían el mantenimiento de un maestro herrero.
—No es basura, Gunter.
Es una aleación ferrosa de una composición que no se encuentra en los registros de ningun libro—explicaba Zain con su frustrante calma académica—.
Si tan solo la examinaras…
—¡He examinado suficientes de tus cachivaches de mago para saber cuándo algo va a explotar o a convertir mi yunque en un sapo!
—rugió Gunter.
Sin perder la paciencia, Zain se acercó a Elysia, tomó una de las piezas más pequeñas un trozo de metal roto del tamaño de la palma de su mano y se la ofreció al herrero.
—Tócala.
Solo eso te pido.
Con un resoplido de disgusto, Gunter le arrebató el pedazo de metal de la mano, con la intención de lanzarlo a una pila de chatarra.
Pero en el momento en que sus dedos callosos tocaron el metal, todo su cuerpo se tensó.
Su rostro, rojo por el calor de la fragua y la ira, cambió.
La rabia se desvaneció, reemplazada por una profunda confusión.
Era demasiado ligero para su aparente densidad.
Y estaba frío, con un frío antinatural que no tenía nada que ver con la temperatura del aire.
Gunter lo acercó a sus ojos, sus décadas de experiencia escudriñando cada centímetro.
No había marcas de soldadura, ni uniones.
Parecía como si hubiera sido cultivado, no forjado.
Sin decir una palabra, lo colocó sobre su yunque y le dio un golpecito suave con su martillo.
En lugar del sordo clang del acero normal, el metal emitió un sonido puro y prolongado, un canto cristalino que vibró en el aire del taller y silenció todo lo demás.
El rostro del herrero pasó de la confusión al asombro.
Su desdén se transformó en la curiosidad voraz de un maestro artesano que acaba de descubrir un nuevo elemento.
Levantó la vista, sus ojos muy abiertos fijos en el mago que tanto despreciaba.
—Zain…
—dijo, su voz apenas un susurro ronco—.
¿Qué demonios es este metal?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com