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Crónicas de un mundo Roto - Capítulo 19

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19: Capitulo 20: Preguntas y respuestas 19: Capitulo 20: Preguntas y respuestas Momentos antes de su expedición a la herrería, el taller de Zain era un remanso de calma.

El sol de la mañana se filtraba por las ventanas, iluminando una escena que habría sido impensable el día anterior.

Zain y Elysia estaban sentados uno frente al otro en la pequeña mesa.

Frente a Elysia había un plato con pan caliente, queso y las manzanas que Lina había traído, junto a una taza de té humeante.

Ella comía en silencio, con la metódica eficiencia de un soldado.

Era la primera comida tranquila que probaba en este mundo, solo quería disfrutar un poco.

Zain, por su parte, había preparado todo para lo que él consideraba la verdadera tarea del día: el interrogatorio.

O, como él prefería llamarlo, la “sesión informativa post-misión”.

Tenía un nuevo pergamino, una pluma recién afilada y una pila de notas.

Había una nueva energía en él, una emoción académica que casi eclipsaba el feo moretón de su mandíbula.

—Espero que la comida sea de tu agrado —comenzó él, su tono formal—.

He considerado que un estómago lleno facilita una mayor función cognitiva.

Elysia simplemente asintió, dándole un mordisco a una manzana.

—Bien —dijo Zain, aclarando su garganta—.

Tengo…

varias preguntas sobre lo ocurrido ayer.

La aplicación de tu Aura, la resistencia de la criatura y, por supuesto, la transmutación cromática de tu armadura.

Es un fenómeno que desafía varias leyes de la metalurgia.

Hizo una pausa, y por primera vez, un atisbo de la lección que había aprendido con Lina pareció asomar.

—Sin embargo, en aras de un intercambio equitativo de información —añadió, como si estuviera citando un manual—, entiendo que tú también puedes tener preguntas.

Siéntete libre de preguntar cuando lo desees.

Elysia lo miró, levantando una ceja en señal de sorpresa y leve aprobación.

Zain, satisfecho con la expresión de Elysia, miró sus notas.

—Perfecto.

Empecemos con lo básico.

Para establecer una línea de base física para mis cálculos sobre tu fuerza y la energía cinética que generas…

¿cuál es tu masa corporal actual?

Elysia, que acababa de dar un sorbo a su té, se congeló.

Por un segundo, no pasó nada.

Luego, con un sonido explosivo, escupió un chorro de té directamente en la cara de Zain.

El líquido caliente y ambarino le goteó por la nariz y la barbilla.

Se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, su pluma suspendida en el aire, una expresión de pura y absoluta confusión científica en su rostro.

No entendía qué acababa de pasar ni por qué.

Elysia dejó la taza en la mesa con un golpe seco, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras una mezcla de shock e indignación coloreaba sus mejillas, ahora un poco rosadas.

—¡Por la luz!

—exclamó, su voz una mezcla de exasperación y incredulidad—.

¿Es que todos los magos de este mundo carecen del más elemental sentido común?

¡No se le pregunta a una dama su peso!

Zain parpadeó, el té goteando de su pelo.

—¡Es un dato biométrico fundamental!

—protestó, fallando completamente en captar el punto—.

¡No es una cuestión de etiqueta!

¿Cómo se supone que voy a calcular la fuerza de tus golpes sin una masa de referencia precisa?

¡La física lo exige!

La sesión informativa había tenido un comienzo difícil.

Elysia soltó un largo y cansado suspiro.

Se pasó una mano por la cara, dándose cuenta de que estaba intentando buscar sentido común en un hombre que voluntariamente se causaba pequeñas explosiones en nombre de la ciencia.

Era una batalla perdida.

—Olvidemos la pregunta —dijo ella, su tono firme y final—.

Y nunca la vuelvas a hacer.

Zain frunció los labios, claramente ofendido en nombre de la ciencia, pero asintió a regañadientes, secándose la cara con la manga de su túnica.

—En lugar de eso —continuó Elysia, tomando el control de la sesión informativa—, responderé a tu oferta.

Tengo una pregunta para ti.

Hablemos de los magos.

De los tuyos.

Zain se animó al instante.

Este era un terreno familiar y emocionante.

—En mi mundo —explicó Elysia—, los magos son…

simples.

Son artillería.

Canales de poder destructivo.

Lanzan bolas de fuego, lanzas de hielo, rayos…

Su propósito es la aniquilación a distancia.

Sirven en los ejércitos como un arma o una torre de asedio.

Miró a Zain directamente, su mirada penetrante, como si el fuera la extrañeza en este momento.

—Tú…

no eres así.

Creas barreras complejas.

Usas hechizos para ver lo invisible.

Curas.

La tuya es una magia de utilidad, no de destrucción.

Explícame la diferencia.

Una sonrisa genuina, la primera que Elysia le veía que no estaba teñida de sarcasmo, se dibujó en el rostro de Zain.

—¡Una pregunta excelente!

¡Mucho más pertinente que los datos biométricos, por lo visto!

—dijo, sus ojos rojos brillando con el fuego del conocimiento—.

Lo que describes, la magia de tu mundo, es una especialización.

La llamamos la Escuela de la Destrucción.

Es la más llamativa, la más directa.

Se enfoca en la canalización bruta de energía elemental.

Es fuerza bruta mágica.

Se inclinó hacia adelante, su entusiasmo desbordante.

—Pero es solo una de las muchas escuelas.

Lo que viste ayer, la barrera, eso es Abjuración, la escuela de la protección.

La curación que usé en ti y en el niño es una rama de la Restauración.

Mi lupa usa un encantamiento de Adivinación para revelar patrones energéticos y aquello que no ve a simple vista.

Y luego están la Ilusión, la Conjuración, la Transmutación…

cada una es un campo de estudio tan vasto como el de la Destrucción.

Se recostó en su silla, el académico en su máximo esplendor.

—La diferencia es la aplicación y la filosofía.

En tu mundo, parece que la magia es principalmente un arma.

Aquí, para los eruditos, es una herramienta universal para comprender y manipular la realidad misma.

La destrucción es solo una de sus aplicaciones más burdas y menos interesantes, desde mi punto de vista.

Elysia lo meditó.

El concepto de que la magia fuera algo más que una fuerza para usar en el campo de batalla era…

nuevo.

Y de repente, la extraña personalidad de Zain y su taller caótico empezaron a tener un poco más de sentido.

Zain, visiblemente emocionado por tener a alguien con quien discutir teoría mágica, se olvidó por completo del té que aún le goteaba del pelo.

—¡Fascinante!

¡Una cultura mágica centrada casi exclusivamente en la Destrucción!

—dijo, garabateando notas en su pergamino—.

En Theronis, ser un “mago destructivo puro” a menudo se considera…

poco sofisticado.

Una señal de gran poder, pero de poca fineza.

¡Es como usar un mazo para realizar una cirugía!

Curioso por los magos del mundo de Elysia, comenzó a contar historias.

Habló de las leyendas de su propio mundo: de Archibold, el primer transmutador que supuestamente convirtió una montaña en una estatua de sí mismo; de Laira la Silenciosa, una maestra ilusionista cuyas ciudades fantasma aún confundían a los cartógrafos.

—Y luego están los Pilares de la Era Actual —continuó, su voz bajando con un tono de respeto académico—.

Son cuatro.

Lord Vorlag, un destructivo tan poderoso que dicen que puede romper montañas con solo la mirada.

Maestra Illianara, una ilusionista que puede hacer que un ejército entero marche hacia un acantilado sin que se den cuenta.

Anciano Thoron, un adivino que puede leer los hilos del destino.

Y Lady Althea, cuya magia de Abjuración protegió la ciudad capital durante el último asedio de los gigantes durante tres días seguidos.

Son los magos de Nivel 2 y 1, lo más cercano a dioses andantes que tenemos.

Después de su apasionada conferencia, Zain se inclinó hacia adelante, sus ojos rojos fijos en ella.

—Ahora, compara.

Dame un nombre.

El mago más poderoso de Aethelgard.

¿Quién sería vuestro “Pilar”?

Elysia bajó la mirada a su plato.

La pregunta la hizo pensar.

Su mundo no clasificaba a las personas de esa manera.

El poder no era un fin en sí mismo; era una herramienta al servicio de un bien mayor.

—No tenemos “Pilares” —respondió ella en voz baja—.

El poder no se venera así.

Se utiliza.

—Pero debe haber alguien —insistió Zain—.

Alguien cuyo poder supere al de todos los demás.

A Elysia solo le vino una persona a la mente.

La imagen apareció clara y vívida: una mujer de porte regio, con una serena confianza que podía calmar a un general en pánico o congelar la sangre de un demonio.

—La Reina Seraphina —dijo, su voz teñida de una reverencia inconfundible—.

La mano derecha del Rey Theron.

Su esposa.

Zain esperó, pluma en ristre.

—Era la estratega arcana del reino —continuó Elysia—.

Podía invocar una muralla de fuego blanco tan alta como la de una fortaleza.

Podía hacer llover lanzas de luz sagrada que diezmaban legiones enteras.

Su poder en el campo de batalla era absoluto.

Pero…

—hizo una pausa, buscando las palabras correctas—, nunca luchaba por sí misma.

Luchaba por el Rey.

Por Aethelgard.

Su poder era una extensión del trono.

Zain dejó de escribir.

Se quedó en silencio, procesando.

No era la descripción del poder de la Reina lo que lo había dejado atónito.

Era la descripción de su rol.

Los Pilares de su mundo eran individuos monumentales, definidos por su propio poder y logros.

Eran fuerzas de la naturaleza que los reinos y los imperios trataban con cautela.

Pero el mago más poderoso de Aethelgard…

estaba definido por su relación con otra persona.

Su poder estaba subordinado.

En el mundo de Zain, un mago del poder de un Pilar podría ser un rey.

En el mundo de Elysia, el mago más poderoso servía al rey.

Esa simple diferencia le contó a Zain más sobre el orden fundamental del mundo perdido de Elysia que cualquier grimorio podría haberlo hecho.

Y entendió que la mujer que tenía delante no solo venía de otro lugar, venía de otro tipo de realidad por completo.

El entusiasmo de Zain era palpable.

Había descubierto una diferencia fundamental en la filosofía del poder, una que redefinía todo lo que sabía sobre las sociedades mágicas.

—Esa estructura de poder es fascinante —dijo, su pluma moviéndose a toda velocidad—.

Lógicamente, el siguiente paso es entender la figura central.

Tu rey.

Cuéntame de este Rey Theron.

Y de la calamidad a la que se enfrentó tu reino.

¿Quién o qué era este “Rey Demonio, Valak”?

La pregunta, aunque hecha con pura curiosidad académica, fue como una lanza de hielo en el pecho de Elysia.

El nudo helado que se había asentado allí desde su llegada se apretó dolorosamente.

La imagen de la bandera del Grifo cayendo en el barro, la risa cruel de Valak, el rostro sin vida de Sir Gideon…

todo volvió en una oleada silenciosa y abrumadora.

El peso de su fracaso era una armadura invisible, mucho más pesada que la de acero que llevaba.

No estaba lista para hablar de ello.

No estaba lista para ponerle palabras a la aniquilación de todo lo que había amado.

Vio una salida, una forma de desviar la atención de Zain sin parecer evasiva.

—Antes de hablar de…

eso —dijo ella, su voz cuidadosamente controlada para que no temblara—, tú tenías preguntas sobre mi equipo.

Sobre la “transmutación cromática” de mi armadura, como la llamaste.

Y mi espada.

Zain se detuvo, su pluma a un milímetro del pergamino.

La mandíbula se le tensó ligeramente, una señal de su frustración por haber sido desviado de una línea de investigación tan prometedora.

Pero la oportunidad de analizar un fenómeno físico tangible, uno que había presenciado con sus propios ojos, era demasiado tentadora para resistirse.

Su curiosidad científica ganó la partida.

—Sí…

sí, por supuesto —dijo, cambiando de rumbo sin perder el ritmo—.

La armadura.

Es la misma, estoy seguro.

Pero su color cambió.

Explícamelo.

Elysia miró su plato, ordenando sus pensamientos.

—No es una ‘transmutación’ —corrigió—.

Es un reflejo.

—Levantó la vista, sus ojos grises encontrando los rojos de él—.

Mi armadura y mi espada están vinculadas a mí.

A mi Aura.

No son simples objetos de metal.

Son una extensión de mi voluntad y mi propósito.

»El plateado es el color de mi juramento al reino.

Es el color de la defensa, de la protección de muchos bajo un mismo estandarte.

Es el color de un caballero de Aethelgard.

Pero cuando mi propósito cambia, cuando mi deber se vuelve más…

personal y enfocado, la armadura lo refleja.

»El negro —continuó, y su voz adquirió un tono más afilado— es el color de la caza.

De una misión singular.

Es el deber despojado de estandartes y ceremonias.

Es la voluntad de un solo individuo centrada en un único objetivo.

Zain la miraba, completamente cautivado.

Había olvidado por completo al Rey Demonio.

Esto era infinitamente más interesante.

—¿Estás diciendo —susurró él, su mente corriendo a toda velocidad— que el material está vinculado a ti?

¿Que tu intención puede alterar sus propiedades físicas a nivel molecular?

¿Qué hay de la espada?

¡La hoja está rota!

¿Cómo pudiste cortar con ella?

La sesión informativa había vuelto a empezar, pero esta vez, en los términos de Elysia.

Ante la avalancha de preguntas técnicas de Zain, Elysia respondió de la única manera que sabía: con la sencilla verdad de su entrenamiento.

—El acero de la hoja es solo el canal —explicó ella con calma—.

El verdadero filo no es el metal.

Es mi Aura.

Elysia comenzó a contarle sobre su entrenamiento.

Le habló de los años, desde que era una niña, de meditación y práctica para aprender a sentir y manipular su fuerza vital.

Le describió los ejercicios para extender su Aura más allá de su cuerpo, para imbuirla en objetos inanimados.

—La hoja rota no importa —dijo, su voz segura y firme—.

Mientras haya un fragmento de la hoja original, puedo extender mi Aura a través de él.

La luz azul que viste…

esa es la espada.

Crea un filo de energía pura, más duro y afilado que cualquier acero forjado.

Aprender a hacer eso, a mantener ese filo en medio del caos de una batalla, es la prueba final para convertirte en un caballero.

Zain escuchaba, completamente absorto.

El concepto era elegante y, al mismo tiempo, increíblemente complejo.

No se trataba de encantar un arma, sino de convertirse en el arma.

Mientras ella hablaba, la mente de Zain se desvió hacia su propio conocimiento.

Él no era un experto forjando metal, pero sí observando sus cualidades cambiantes ante los diferentes elementos y energías.

La metalurgia mágica era un campo de estudio, pero uno que él siempre había considerado secundario a las artes arcanas más puras.

Había libros en su taller, polvorientos y olvidados, sobre la forja de armas rúnicas y la vinculación de metales con núcleos elementales.

De repente, vio esto como una oportunidad.

Una oportunidad para estudiar más a fondo esta área un poco olvidada por su parte.

Si el metal de Elysia podía responder a su voluntad, ¿podría él, con su conocimiento de la Transmutación y la Alquimia, ayudar a repararlo?

¿Podría crear un nuevo canal, una nueva hoja, que fuera aún más receptiva a su increíble poder?

La idea de forjar un arma para una guerrera de otro mundo, combinando los principios de la metalurgia de su realidad con la energía vital de la de ella…

Era un proyecto de una complejidad y una originalidad que hacían que su corazón de investigador latiera más rápido.

Levantó la vista hacia Elysia, que había terminado su explicación.

—Fascinante —dijo, su voz cargada de un nuevo tipo de respeto—.

Tu vida es…

excepcional.

Y en su interior, una nueva pregunta se formó, una que no se atrevió a hacer en voz alta todavía.

¿Qué pasaría si intentáramos reparar esa hoja?

La sesión informativa había terminado, pero una nueva colaboración, mucho más tangible y peligrosa, acababa de empezar a tomar forma en la mente del mago.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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